7 noches por el Mediterráneo Noche 2 Mónaco #6
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Noche 2 Mónaco #6

Pero resulta que ahora, en este momento que no es ni una cosa ni otra, tiene un Hermès.

Se ha gastado más dinero del que le hubiera gustado en un bolso de marca que le encanta y que duda de si quiere devolver.

Entonces, ¿quién es Sabrina Díaz? ¿La Sabrina que se ligaba a su jefa sin pensar en las consecuencias o la Sabrina que está dispuesta a vender sus ideales por entrar en una familia adinerada?

¿La que arde en deseos por tomarse una buena pinta o la que desea que se le aparezca Jeeves para indicarle el camino de vuelta su camarote del Yacht Club?

Ay, Sabrina, Sabrina.

S-a-b-r-i-n-a.

¿Cuáles son sus ideales al fin y al cabo?

—¿Puedo ayudarla en algo, señorita Díaz? —la voz de Jeeves emerge antes que su cuerpo cuadrado.

—Jeeves, gracias a Dios. Me he perdido… Otra vez.

El butler sonríe sin despegar sus manos entrelazadas a la espalda.

—Es un barco muy grande, ¿verdad?

Sabrina asiente, pero ojalá no se refiriera al barco y Jeeves pudiera ayudarla a encontrarse a sí misma de manera literal y metafórica.

Está agotada. El ligero bamboleo del barco no le ayuda a centrarse y todavía tiene la lengua en carne viva por la manzanilla.

Está tan descolocada que sopesa la posibilidad de acostarse con Jeeves.

—¿Desea que le acompañe a su camarote?

—¡No! —grita Sabrina. Jeeves se asusta—. Perdón. No, gracias. Sólo indícame, por favor.

Jeeves le da las indicaciones, pero Sabrina se ha perdido en el tercer giro a la izquierda.

Asiente como si lo entendiera pero está segura de que, cuando el butler vuelva a seguirla por las cámaras de seguridad (no hay otra manera de que Jeeves sepa en todo momento dónde está), verá de nuevo a una Sabrina desubicada.

—Puedo acompañarla yo —dice una voz que se va acercando.

Jacobo lleva una toalla al cuello y una mochila al hombro.

Sonríe divertido por la casualidad y le indica a Jeeves que puede marcharse y dejar a Sabrina en sus manos.

El butler obedece y entonces Sabrina entiende que nunca fue su mayordomo y descarta por completo cualquier ideación de acostarse con él.

Sonríe a Jacobo con educación. Empieza a dominar esa sonrisa. Es muy parecida a cuando algún compañero de la firma se mostraba condescendiente hacia ella diciéndole en otras palabras que “se le daban bien las finanzas a pesar de ser mujer” cuando comunicaba sus análisis al equipo.

Camina junto a Jacobo. Desde que llegara al crucero, le da la sensación de que nunca está sola, y de que le debe una explicación a todo el mundo con el que se topa. Desde luego, eso no le ayuda para encontrarse a sí misma.

—En realidad, quería verte —dice el joven Meier—. Tengo una cosa para ti.

Sabrina da un respingo. Se detienen en uno de los múltiples salones del interior del barco. Jacobo apoya su mochila en un sillón de terciopelo verde y abre un bolsillo interior. Debe apartar algunos enseres del gimnasio para acceder a él.

—He ido al gimnasio. Me tocaba brazos y hombros, pero al final he hecho piernas. Me he puesto en una prensa de piernas y me he puesto a dibujar —dice sacando un cuaderno cuadrado forrado de piel.

—¿Dibujar? No sabía que dibujabas.

—No lo sabe nadie, en realidad. Lo hago a escondidas —Jacobo sonríe como un niño y abre su cuaderno. Antes de enseñarle nada a Sabrina se lo lleva al pecho—. Me guardarás el secreto, ¿verdad?

Sabrina se sella los labios. Jacobo le enseña uno de los dibujos.

Es claramente ella con su Birkin y una mano sujetándose el pelo.

El trazo del dibujo está hecho con tinta y el color con acuarela.

De fondo se ve el mar, el puerto con algunos yates y veleros, y algo más lejos el crucero en el que viajan, como si Sabrina estuviera en un mirador de la ciudad.

—Es precioso —dice Sabrina. Advierte entonces que en la esquina inferior izquierda está la fecha y en la derecha la firma: Jack Ginés—. ¿Jack Ginés?

—Es mi nombre de artista —dice—. Jack, Jacob. Y Ginés es el apellido de mi madre.

—¿Tu madre se apellida Ginés? No lo sabía.

—Usa el apellido de mi padre.

—¿Y has expuesto alguna vez?

Jacobo se ríe.

—¡Qué va! Mis padres me matarían. Ya te he dicho que es un secreto.

—Pero si eres muy bueno.

—Nah, lo hago por afición. No creo que me ganase la vida con esto. ¿Te imaginas? Hago como Jimena y me doy la vuelta al mundo haciendo retratos de turistas.

Sabrina ríe ante la ocurrencia. No se imagina a Jacobo teniendo una vida bohemia, pero tampoco se lo imaginaba como un habilidoso dibujante y entre sus dedos tiene la prueba de que lo es.

Llegan a la puerta del camarote de Sabrina. Los dos miran el número como para cerciorarse, como si no supieran dónde mirar. Jacobo arranca la hoja y se la regala a Sabrina.

—Para ti.

El hecho de que haya querido compartir con él su secreto le hace sentir especial. Por fin, algo hecho con pasión y sin esperar nada a cambio. Se alza de puntillas y le da un beso en la mejilla.

—Buenas noches, Jacobo.

—Buenas noches, Sabrina.

Su nombre en los labios de Jacobo le suena diferente.

Se apoya en la puerta cuando la cierra y observa el dibujo una vez más.

Sí, podría funcionar.