Noche 2 Mónaco #5
El silencio que se queda es es espeso, con el ronroneo de la respiración de su padre de fondo, ninguno de los dos sabe cómo seguir la conversación.
En cualquier otra circunstancia, Sabrina se habría levantado para rodearle la cintura con un brazo y agradecerle así que se preocupe tanto por ella.
Desde que se quedó solo, ella siente que debe ser el ancla que lo mantiene unido al mundo.
Pero el vuelo en parapente todavía le pasa factura.
¡Cómo va a ser un ancla si ni ella misma se sujeta!
El estómago le da un vuelco de advertencia y la habitación amenaza con rotar sobre su eje.
Sabrina busca la mano de su padre. Él se la aprieta con fuerza.
—Me vas a perdonar que no me ponga mimosa, papá —dice ella con una sonrisa débil, apoyando la cabeza en el respaldo—, pero si me muevo ahora mismo para darte un abrazo, voy a decorar tus zapatos con la comida.
Ramón suelta una carcajada vibrante que disipa la tensión de un plumazo. Le da un beso cariñoso en la coronilla y le revolvió el pelo.
—Anda, quédate quieta. Ya voy yo a por una manzanilla.
LA excusa del estómago revuelto le ha servido para saltarse la cena con los Meier. Sabrina puede imaginarse a Tina echándole la culpa a Jimena por haber trastocado otra noche ideal para el acercamiento entre Jacobo y ella.
No es fácil encontrar un lugar en el crucero donde estar sola.
Pasea por cubierta despacio, tranquila, buscando un sitio donde sentarse y asentar su mente.
Una pareja se levanta de una zona de descanso entre cortinas de lino que se agitan con la brisa del mar.
Sabrina aprovecha las hamacas vacías que ha dejado la pareja y se sienta en una de ellas.
Todavía está caliente. Sobre una mesa baja, un par de cócteles a medio tomar.
En seguida llega un camarero para llevárselos y pregunta a Sabrina si quiere tomar algo.
Su bandeja parece el mar: oscura, plana, brillante.
Ahora que nadie la ve, sería el momento ideal de pedir una pinta bien oscura, pero ahora es su estómago y su conciencia quien le niegan el capricho.
—Una manzanilla me vendría bien.
El camarero escucha pero no juzga y se marcha con el mar en bandeja.
Sabrina, cierra los ojos un momento y se deja mecer por el sonido del agua y el murmullo de las conversaciones a media voz en las hamacas adyacentes.
Podría poner un poco de oído y captar algunas palabras en inglés o en francés, pero prefiere dejar la mente en blanco.
O mejor, bucear en sus propios pensamientos en busca de algo profundo y real.
Usa a su madre de anclaje, un consejo que le dio su psicóloga londinense.
Es difícil bregar en un mundo que no es tuyo, que sabes que, al mínimo fallo, te expulsa.
En Londres encontró su sitio: profesional en el trabajo, salvaje entre las sábanas.
El olor de su jefa le inunda, y le viene el recuerdo de su cuerpo desnudo sobre ella.
Se revuelve con gusto en la hamaca y no escucha los pasos que se acercan.
El sonido de una taza sobre la mesa la saca de su recuerdo.
—Gracias… —dice. Cuando abre los ojos, comprueba que es Jimena quien le ha traído la manzanilla—. Ah, eres tú.
—La misma que viste y calz… —Jimena se mira sus pies desnudos y sonríe para sí.
Sabrina le mira los pies, luego sube por las piernas.
Jimena lleva unos leggins negros, una camiseta básica blanca y una cazadora de color verde remangada.
De repente, siente frío. Se queda ahí, no quiere mirarle la cara.
Cada vez que lo hace, ve a la Jimena adolescente y se le agitan los recuerdos.
Jimena se quita la chaqueta y cubre a Sabrina con ella.
—No tengo frío, gracias.
—Pero si estás tiritando —dice Jimena y se sienta al borde de la hamaca contigua—. ¿O no tiritas de frío?
Sabrina se incorpora, se pone la chaqueta y le da un trago a la manzanilla.
—Ya no soy una cría, Jimena. Ya no me haces temblar.
—Entonces, mírame a los ojos.
La manzanilla se le atasca en la garganta.
—No me apetece discutir —advierte Sabrina.
—No estamos discutiendo. Sólo hablando. Hace mucho que no hablamos.
—Ni falta que hace.
—Venga, Sabrina… No puedes vivir con todo este rencor. Al final, eres esclava del odio.
Ahora sí que le mira a los ojos. Bueno, más bien al entrecejo, pero no hay otra manera de que Jimena vea su mirada furiosa.
—Habló la que ha venido a un crucero a chafarle los planes a sus padres. Podrías aplicarte el cuento.
—Lo mío es diferente.
—Lo tuyo siempre es diferente, Jimena. Tú siempre tienes una justificación, una excusa, un punto de vista superior al resto. Los demás sólo somos unos vendidos.
—Es que…
—Es que… ¿qué? —salta Sabrina.
—No me jodas, Sabrina. ¿Es que es verdad? ¿Es que piensas liarte con Jacobo? Si es un soso —dice Jimena levantando una mano, incrédula.
—Será un soso, pero al menos no me deja tirada a las primeras de cambio.
—¡Que no te dejé tirada! Que mis padres me sacaron del internado. Y da gracias que nunca supieron que tu fuiste la otra chica, si no…
—Si no ¿qué?
—Pues que si lo supieran ya no serías la opción ideal para su heredero.
Si alguien estuviera poniendo oreja en esa conversación, estaría flipando. Eso, si su mente fuese capaz de entender las palabras con la misma rapidez con la que salen de sus bocas.
—Bueno, no querían que me liara con uno de sus herederos, qué más le da con cuál —suelta Sabrina.
—Oh, sí les da. Créeme.
—¿Y a ti qué más te da? —Sabrina se odia a sí misma cuando habla con este odio, con esta ira—. Calla, sí lo sé. Sigues con tu rebeldía juvenil de no querer pertenecer a una familia de expoliadores nazis.
—No es ninguna rebeldía juvenil. Son mis principios.
—Principios con Visa Oro, ¿no? Así cualquiera.
—No como los tuyos, ¿verdad? Tu madre se estará revolviendo en la tumba.
Sabrina se levanta de un brinco y señala a Jimena con el índice. Esta vez sí, esta vez le está dedicando toda su atención a sus ojos.
—No te atrevas a meter a mi madre en esto.
—Sabrina, por favor. Tú no eres así.
—Tú no sabes cómo soy. Tú no tienes ni puta idea de cómo soy.
Puede que tengas razón, que no me dejaras tirada en el internado rodeada de hienas, pero desde luego no has vuelto a escribirme ni a preocuparte por mí, si estoy bien o no.
Te has perdido quién soy, así que ahora no me vengas diciendo que soy de tal o cual manera porque no tienes ni puta idea —Sabrina da un trago largo a la manzanilla, se pone en pie y deja a Jimena con la palabra en la boca.
El aire fresco de las aguas internacionales le seca los ojos llorosos por los recuerdos y la lengua en carne viva porque la jodida manzanilla seguía ardiendo.
SEGUNDA noche con los Meier y ya quiere tirarse por la borda.
Sabrina camina deprisa por el barco. De noche, todos los gatos son pardos y todos los pasillos llevan a su camarote.
Sin embargo, ahí no hay gatos y sigue perdida en el interior del crucero buscándose a sí misma.
Lleva tiempo sin saber quién es. No es algo nuevo.
No es cosa de ahora por fingir que debe ser quien no es para encajar en el canon que le dará una vida más fácil, que le colocará en una posición privilegiada cuando llegue la próxima crisis.
Cuando estaba en Londres ya sospechaba que aquella Sabrina pizpireta y atolondrada tampoco era ella misma, sino una versión de sí misma moldeada por la urgencia, por las libertades prestadas, como una oferta por tiempo limitado que debía aprovechar antes de agotar existencias.