7 noches por el Mediterráneo Noche 2 Mónaco #4
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Noche 2 Mónaco #4

JACOBO devora comida con los modales más exquisitos y, al tiempo, marciales que le han inculcado. Apenas Sabrina ha probado su plato, y él ya se lo ha terminado. Para llenar ese vacío, Jacobo habla de sus rutinas en el gimnasio.

—No quiero que pienses que soy un superficial, pero para mí es importante cuidar mi cuerpo. Mens sana in corpore sano . Para mantener el foco, ¿sabes? Eliminar lo innecesario. Como decía Marco Aurelio: “la calidad de tus pensamientos determina la calidad de tu vida”. ¿Conoces a Marco Aurelio?

Sabrina traga rápido para poder limpiarse la boca y decir un sí que acompañe al movimiento de su cabeza. Quiere decir que sí, que lo conoce, pero que los youtubers de ahora están desvirtuando sus enseñanzas. Pero tarda demasiado en tragar para la paciencia de Jacobo y este sigue.

—Ahora en el crucero me relajo con la dieta, claro. Pero sigo con las pesas. Dos grupos musculares por día. Espalda y bíceps, pecho y tríceps, y los jueves sólo piernas. Aunque a veces meto abdominales entre series. Sirve para disciplinar la mente. Si controlas el cuerpo, controlas el negocio.

Ahora que llevan unas horas juntos, Jacobo ha cogido carrerilla y no para de hablar.

—El otro día le dije a mi entrenador: “no quiero volumen, quiero definición”. Y él me dijo: “Jacobo, lo que quieres es respeto”. Y tenía razón. Porque eso es lo que al final todos buscamos, ¿no? Respeto.

Sabrina parpadea.

—Claro —dice.

—Vale, estoy siendo un pesado —dice por fin Jacobo—. Y no quiero que pienses que soy un soso. Por eso lo del paddle surf . ¿Te apetece?

—Por supuesto —responde Sabrina que ya ha adquirido la habilidad de llevarse la comida a los carrillos para poder hablar algo durante la comida.

—¿Estás lista? —Jacobo se levanta, mete la mano en el bolsillo y saca la cartera.

—¿Ya nos vamos? ¿Y el postre?

—¿Postre? Eso es todo azúcar. Puro veneno.

Jacobo ignora que no hay nada más venenoso que dejar a Sabrina sin postres, pero la joven no dice nada. Prefiere guardarse su mala uva para más adelante, cuando Jimena se ponga en modo Jimena.

LA susodicha ya está en el punto de encuentro cuando la pareja llega del crucero, donde han ido a cambiarse rápidamente (tener una lancha a tu disposición facilita las cosas).

Por fin Sabrina se siente ella misma enfundada en unos shorts , una camiseta y un petate a la espalda que ha tenido más vidas que ella misma.

Algo no le encaja a Jacobo cuando alcanzan a su hermana.

—¿Y las tablas de paddle ?

—Hay un cambio de planes —dice Jimena con sonrisa juguetona.

—¿Qué cambio?

Jimena se hace a un lado y señala una lancha con un hombre en chaleco haciendo una última inspección.

Parece ser que una de las cuerdas anda un poco floja pero el gesto de su cara indica que aguantará.

Más o menos. La lancha no cumple con los requisitos mínimos de seguridad y clase de Jacobo y así se lo hace saber a su hermana.

—Me sorprende que este tipo tenga una licencia para operar en Montecarlo —protesta con clasismo.

A Sabrina le divierte la cobardía de Jacobo y todavía le divierte más la manera en que Jimena no hace más que chincharle para dejarlo todavía más en evidencia. ¿Dónde está el espíritu de Marco Aurelio ahora?

—¿Qué es lo que se supone que vamos a hacer? —pregunta Sabrina.

Como respuesta, un colorido paracaídas se despliega sobre ellos.

— Parasailing .

—¿ Para qué? Eso te lo acabas de inventar —protesta Jacobo.

—Para nada —ríe Jimena—. Venga, hermanito, demuestra que eres un Meier.

La frase va con retintín y Jacobo lo sabe.

Los Meier nunca se han caracterizado por ser unos valientes, precisamente.

De apoyar al más fuerte y aprovechar la oportunidad para cobrarse el favor, sí; de valientes y bravos, nunca.

Jacobo se inclina hacia su hermana. Tiene las manos enredadas en sus dedos para evitar que se le escape un temblor de miedo.

—Esto no es lo que habíamos quedado —le susurra a Jimena.

—Sí, tienes razón, pero es que me confundí. El amigo que hace paddle surf lo tengo en Marsella —Luego levanta la voz—. Ya veréis, es súper divertido.

La cara de Sabrina es de pura emoción; la de Jacobo, de puro terror.

—¿Estáis listos? —pregunta el conductor de la lancha con una voz tan cascada que resulta difícil entender cómo ha podido salir de su garganta. En la comisura de los labios aguanta un cigarro encendido que va consumiendo sin necesidad de usar las manos.

—No tenéis que hacer nada —dice Jimena—. Sólo sentaros aquí y ¡a volar! Lo bueno es que si te meas de la emoción no lo notas porque vas completamente mojada.

—Eso no me consuela —responde Jacobo.

—Venga, Jacobo, va a ser divertido. ¡Ya verás! —le anima Sabrina dándole un codazo mientras se colocan el arnés.

Están sentados en el suelo de la lancha.

Jimena se acerca a Sabrina para asegurarse de que se ha abrochado bien, su cara demasiado cerca de su hombro.

Las pulsaciones de Sabrina se aceleran y no sabe muy bien si es por la emoción de la actividad o por tener a Jimena tan cerca…

otra vez. Pero ya no es la misma. Jimena sí, no ha cambiado.

Su olor tampoco. Esa mezcla ácida de sudor de axila y dulce del propio aroma de su piel de rica del que nunca ha podido desprenderse.

Alocada y egoísta, como siempre. Sin embargo, Sabrina ha cambiado, ha madurado, ha conocido a más gente, se ha conocido a sí misma.

—Lista —dice Jimena y se vuelve para sonreírle. De nuevo, demasiado cerca de su cara.

Las pulsaciones se aceleran conforme lo hace la lancha.

Jacobo se agarra fuertemente a las cuerdas y mantiene los ojos cerrados.

De repente, sus culos se despegan del suelo y en un instante se ven con los pies colgando y con el único sustento a la tierra (o al agua, mejor dicho) que un par de cuerdas.

Y ni siquiera están sujetos a algo estable.

Sólo cuando levantan el vuelo Jacobo abre los ojos, pero más fruto del impacto del estómago en su boca que por la emoción.

—¡Joder, joder, joder! —grita cuando ve a su hermana pequeñita saludando desde la lancha.

Sabrina le coge una mano y la agarra con fuerza. Jacobo le devuelve el gesto con tanta fuerza que Sabrina cree que le va a romper los metacarpios.

—Mira, nuestro barco —le señala.

Jacobo lo mira y sonríe nervioso.

—Sí.

—Y mira, el puerto de yates.

—Mmm.

—Y ahí a lo lejos, el Grimaldi Forum.

—Sé… sé lo que estás intentando hacer, Sa… Sabrina —dice Jacobo.

—¿Y funciona?

Jacobo respira un par de veces y afloja la mano de Sabrina. Luego la mira con una sonrisa tensa, pero sonrisa al fin y al cabo. Mira por encima de su cabeza y al fin es capaz de disfrutar del viaje.

—Sí, funciona —le sonríe de nuevo, esta vez de manera relajada. Hay brillo en sus ojos y el sol se recrea en ellos—. ¡Wow! !Wow!

—¡Woooow! —le acompaña Sabrina en sus alaridos.

Ambos ríen.

Efectivamente, el pis no se nota con tanto agua.

SAbrINA se tumba agotada en la cama. Ha sido un día intenso y tiene esa sensación de levitar constante.

O más bien, de flotar. Acaba de visitar Mónaco, pero ha sido todo tan etéreo, tan irreal que todavía no se lo cree, como si todavía estuviera subida en el amarre del parasailing .

Se pregunta si, más allá de ese momento, intenso y vivo, guardará algún recuerdo de la ciudad cuando todo esto termine.

Es como si no se sintiera dueña de sí misma, como si fuera otra persona.

De alguna manera, lo es.

En una butaca forrada de terciopelo azul descansa su bolso de Hermès. La Sabrina de ayer iría rápidamente a devolverlo. La de hoy piensa que se lo merece. ¿Qué dirá la Sabrina de mañana?

Llaman a la puerta. Ojalá sea Jeeves con un buen bocadillo de embutido aunque no se lo haya pedido.

—Hola, cariño —dice su padre cuando entra. Le mira la parte alta de la cabeza—. ¿Y esos pelos?

Sabrina se mira en el espejo de su entrada y ve su pelo encrespado y revuelto.

—Hemos hecho parapente con una lancha —le informa.

—¿Jacobo también? —pregunta Ramón sorprendido.

Sabrina recoge algunas prendas que hay esparcidas por su camarote. Su padre se sienta en la otra butaca azul.

—Va a resultar que sí hay algo de aventura en él.

—¿Y eso… nos gusta? —pregunta su padre meneando inconscientemente el bigote en señal de preocupación.

Su hija se acerca y le da un golpecito en la nariz con el dedo.

—Eso nos encanta.

Ramón sonríe. Da una palmada a sus rodillas y se pone en pie.

—Pues habrá salido a Tina. Martín es más… conservador.

—¿Y Tina no? —pregunta Sabrina con retintín mientras guarda las prendas en el armario—. Es más estirada que los propios Meier.

—Pero a veces no puede esconder su origen.

—¿Qué origen?

Sabrina se gira hacia su padre con dramatismo. Sus orejas se han erizado.

—Digamos que es más como nosotros que como ellos —Ramón suspira.

En algún momento tendría que contarle todo esto a su hija, y mejor que disponga de toda la información para saber cómo jugarle a su futura suegra, ahora que parece que la cosa con Jacobo va para adelante—.

Siempre fue conocida como una cazafortunas.

—¿Tina? ¿Una cazafortunas?

—Sí, antes que con Martín lo intentó con otro hombre, pero no cuajó.

El otro señor era un mujeriego y Tina podía ser una cazafortunas, pero no estúpida —Ramón camina por la habitación, incapaz de estarse quieto—.

Es una buena mujer. Sus padres eran de origen humilde pero tuvieron un golpe de suerte, una quiniela de 14.

—¿Hicieron fortuna con una quiniela? —pregunta Sabrina sorprendida.

—Sí, bueno, la hicieron y Tina la supo aprovechar para avanzar en la escalera social. Sólo quiere que sus hijos tengan una buena vida. Es lo que queremos todos los padres.