Noche 2 Mónaco #3
Su mujer le arrebata los prismáticos pero no logra localizar el rostro del dueño del Fondo de Inversión que se hizo con buena parte de las acciones tras la última crisis del Grupo Meier.
—¿Dónde dices que le has reservado mesa para Jacobo y Sabrina? —pregunta a su mujer. Luego se retira de la terraza—. Espero que funcione tu plan porque de lo contrario perderemos el control de la empresa en menos de un año.
Martín se pasa una mano por el cabello, siente que han pasado años desde la última junta, y apenas fue el mes pasado.
En el rostro se le marcan las advertencias de su Consejo que ha ignorado durante años, en el pelo, las señales del mercado que le indicaban que el rumbo de la empresa iba directo a un acantilado.
Tiene arrugas, tiene canas, tiene la piel y los músculos flácidos. Pero sobre todo tiene miedo. Miedo de ser el Meier del hundimiento.
DEBÍA haberlo supuesto. Con el rostro mojado de gotitas de agua expelidas por la proa de la lancha en su camino hacia el puerto ahora se siente estúpida, pero Sabrina debía haber supuesto que tenía que usar maquillaje waterproof para la ocasión.
Como no lo hizo, como pagó la novatada de aspirante a rica, ha llegado a tierra con el rímel corrido y el colorete hecho un churretón.
Lo malo es que hasta que Jacobo no le mirado con gesto de horror no ha podido saber cuánto tiempo llevaba siendo un cuadro de Pollock andante.
—No pasa nada, no pasa nada —dice Jacobo. Saca un pañuelo del bolsillo y se lo da a Sabrina.
Antes de llevárselo a la cara Sabrina mira las iniciales bordadas de J. M.
—Debo estar horrible —Sabrina está dejando perdido el pañuelo. El logo de Ralph Lauren parece estar fregando el suelo lleno de manchas negras más que jugar al polo. Sabrina se acerca a Jacobo para que su espalda ancha le oculte de las miradas extrañas.
—Para nada, para nada. A ver —Jacobo la agarra de los hombros y la obliga a mirarle—. Eres preciosa, Sabrina. Hasta con el maquillaje estropeado.
Sabrina no sabe cómo reaccionar. ¿Es un cumplido o una broma? Hace siglos que no ha visto a Jacobo bromear (hace siglos que no veía a Jacobo), así que imagina que es un cumplido. Sonríe.
—¿Ya está? —pregunta.
Jacobo coge el pañuelo y limpia delicadamente una mancha negra que había llegado hasta la sien.
—Ya está —sonríe y dobla el pañuelo.
—Te lo he dejado perdido.
—No te preocupes, para eso está —Jacobo alarga el brazo por encima de los hombros de Sabrina y la estrecha un par de veces con cariño. Luego vuele a dejarle su espacio—. ¿Vamos?
Sabrina asiente aunque no sepa muy bien hacia dónde se dirigen. Forma parte de este calculado laissez-faire de los Meier.
La pareja pasea por Mónaco bajo un cálido sol que empieza a apretar.
De nuevo, Sabrina debía haber supuesto que tenía que haber salido con un sombrero, pero con el gasto del Hermès, que lleva apretado al cuerpo como si fuera un bebé, ya tenía suficiente.
Jacobo insiste en comprarle una pamela o un sombrero panamá y pese a la negativa de Sabrina, el joven entra a una tienda y sale con un Fedora en color topo con una cinta marrón alrededor.
Cuando Sabrina extiende la mano, Jacobo le retira el sombrero.
—Que conste que te lo presto. Siempre he querido un Fedora, pero a mi madre no le gustan.
Dice que son de mafiosos —dice imitando fielmente el tono de su madre —Se queda mirando un momento el sombrero, girándolo entre sus dedos con una mezcla de orgullo y resignación.
Orgullo por haberlo comprado por fin, resignación por haber tardado tanto—.
A mí siempre me han gustado. Te hace ver más…
no sé, como si supieras algo que los demás no.
—Como si fueras de otra época —le sigue Sabrina.
La boca de Jacobo se ensancha en una sonrisa. A la nariz roja por el sol de Sabrina se le suman ahora los carrillos por esta conexión inesperada.
—Exacto. Así que te lo presto, pero luego me lo devuelves, ¿eh?
Jacobo le coloca el sombrero a Sabrina y lo gira hasta encontrar el ángulo perfecto. Cuando lo encuentra, da un golpecito en el ala ligeramente curvada hacia abajo.
—Perfecta.
Se quedan mirándose a los ojos unos segundos. Sí, parece que hay algo de aventura en la mirada de Jacobo. Quizá sólo hacía falta sacarlo del radio de influencia de sus padres para que el joven se atreviera a mostrarlo.
Caminan sin prisa, dejando que el mar les guíe desde lejos, con ese azul vibrante que se cuela entre las callejuelas del Principado.
Han empezado en la explanada del Palacio del Príncipe, donde el cambio de guardia ya ha terminado y los turistas comienzan a dispersarse.
Desde allí, las vistas del puerto son de postal: yates blancos como nubes flotando en una bahía perfectamente ordenada, edificios color crema escalando la colina con una elegancia innegable.
—Parece un decorado —dice Sabrina.
Todo le lleva a lo mismo. Se ha propuesto ser más consciente, detectar cuándo sus pies se elevan del suelo para volver a tierra.
Sabe que nada de eso es suyo. Ni el Hermès, ni el Fedora, ni el paseo.
Todo tiene fecha de caducidad. Pero es tan fácil dejarse llevar, creerse que sí, que todo eso le pertenece, que se lo ha ganado y, a la vez, que se lo debe a su padre, a los Meier.
Bajan por las callejuelas del casco antiguo, entre fachadas ocres y balcones floridos, donde los aromas a pan recién horneado y café fuerte se mezclan como lo hace el francés y el italiano.
Hay una pequeña librería escondida en una esquina, un oasis dentro de tiendas elegantes, escaparates de joyería y coches que relucen como si estuvieran recién salidos del concesionario. Sabrina se detiene.
—¿Te gusta leer? —le pregunta a Jacobo.
—Depende —responde.
Sabrina sabe qué significa ese “depende” es el de los que leen por obligación, y si lee algo por voluntad propia son sólo libros de autoayuda que le recomienda el couch de turno.
—¿Quieres entrar? —pregunta el joven.
Sabrina se muerde el labio. Le encantaría entrar, pasarse un buen rato mirando libros, leyendo sinopsis, oliendo sus páginas.
—No, no hace falta.
En ese momento, la puerta de la librería se abre.
—¡Anda, qué casualidad! —dice Jacobo al ver a su hermana.
—Mónaco tiene 2 kilómetros cuadrados. No es tanta casualidad —responde Jimena. Lleva una totebag al hombro donde se adivinan varios libros en su interior. Mira a Sabrina de arriba abajo, desde el sombrero hasta las sandalias, pasando por el bolso—. ¿Llevas ahí el bikini?
—¿El bikini? —pregunta Sabrina.
—Era una sorpresa —dice Jacobo.
—¿Qué sorpresa?
—Después de comer haremos algo de paddle surf con el amigo de Jimena.
—Podías haberme avisado y me cogía el bikini.
—No hace falta, luego volvemos al barco a cambiarnos —dice Jacobo—. Yo tampoco llevo el bañador.
—Bueno, pareja, yo me vuelvo al barco a leer. Esta ciudad me da urticaria. Nos vemos luego.
La pareja se queda mirando a Jimena irse cuesta abajo hacia el puerto.
Sabrina daría lo que fuera por ponerse un pareo, tumbarse en una hamaca, y leer toda la tarde, refrescándose de vez en cuando en alguna piscina.
Vamos, vivir una vida contemplativa en lugar de fingir una vida consumista. No pedía tanto, ¿no?
Jacobo la agarra del codo y le invita a seguir caminando.
Rodean el Casino de Montecarlo, admirando su fachada de Belle Époque, los jardines simétricos y las fuentes que chispean bajo el sol.
El aire tiene un aroma salino, pero también a lujo viejo, como fundido con los adoquines, capa a capa, formado por estratos de fortunas de diferentes familias.
El paseo les sirve también para ponerse al día.
Sabrina finge ser una joven responsable con una relación seria en Londres que cortaron de mutuo acuerdo cuando vieron que sus visiones de la vida eran diferentes.
Algo lo suficientemente indeterminado y maduro como para que Jacobo se quede tranquilo y no indague más.
A partir de ahora no han existido ni los líos con la jefa, ni la relación de follamigos con algún compañero de trabajo, ni las borracheras con Emily.
Ay, Emily… Lo que daría Sabrina por tenerla a su lado, lanzándole consejos y advertencias con su acento cerrado.
Cruzan por el Jardín Japonés, donde el ritmo de la ciudad se atenúa por completo.
Los pasos sobre la gravilla les hacen creerse que están en otro lugar, que pueden ser otra persona.
Sabrina se quita el sombrero aprovechando la sombra.
Usa la cámara de su móvil para ver cómo tiene el pelo: mojado y aplastado contra la frente.
Se lo peina como puede para recuperar algo de amor propio, pero sigue sin reconocerse en el retrato espejado que le escupe la cámara.
Una vez le toca a él responder, comienza a divagar.
—A ver, novia novia no he tenido. Pero no es que sea rarito ni nada, es que no he encontrado a la adecuada.
Es decir, todas eran maravillosas. No todas…
quiero decir, no es que haya tenido decenas.
Las que he tenido. Cuatro… o cinco. Pero todas especiales, no me pongo a contar por no parecerte un insensible…
—Jacobo suda y echa en falta un Fedora sobre su cabeza—.
Mi madre es… exigente. Sabía que ninguna de ellas iba a… cumplir con sus expectativas.
—Jacobo —le dice Sabrina poniéndole una mano en el brazo—. Lo entiendo.
Hablan un poco más sobre el tiempo y la historia más popular de Mónaco.
Una actriz de Hollywood que se convierte en reina y que muere en un accidente de tráfico en el que conducía su hija pequeña da para unos cuantos minutos de conversación.
Sin embargo, sigue planeando la idea de que, por muy jóvenes que sean, no disponen del tiempo para sí mismos.
Tienen una cita para comer y no quieren llegar tarde.
A ver si el menú del chef es capaz de llenar el vacío existencial de la pareja.