7 noches por el Mediterráneo Noche 2 Mónaco #2
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Noche 2 Mónaco #2

—¡Aquí hay de todo! —sonríe Jeeves con satisfacción.

La preocupación de Sabrina inunda la habitación.

Un poco más y se hace sangre en los labios de tanto mordérselos.

Jeeves duda de cómo actuar. ¿Hasta dónde llega su papel de mayordomo?

¿Debe ayudar a su cliente en todo lo posible…

aunque vaya en detrimento de los intereses del crucero?

—. Mire, podemos hacer esto. Pide un crédito.

Luego va a Hermés y se compra un bolso para completar este look —Elige el pantalón blanco y la camisa a rayas—.

Unas gafas de sol grandes también le irán bien.

—Pero no tengo…

Jeeves le pone el dedo en los labios para que le deje terminar.

—Mañana, devuelves el bolso y las gafas y aquí no ha pasado nada. Lo hace muchísima gente.

—¿De verdad?

El butler asiente con seguridad.

—Vale. Vale. Eso haré —dice Sabrina mientras se muerde un pellejo del pulgar bajo la preocupada mirada de Jeeves.

EL sol del amanecer les cae de frente, tiñendo el mar de un naranja limpio, casi irreal. En la proa del crucero, los cuerpos se estiran con lentitud sobre esterillas alineadas; son un mandala de tonos pastel.

Jimena está en postura del guerrero II, con los brazos extendidos como alas tensas.

Su pelo, corto y alborotado como si se lo hubiera cortado ella misma con unas tijeras de cocina (puede que así haya sido) le da un aire salvaje, improvisado.

La brisa salina de la mañana le sienta bien.

Parece no pertenecer a ningún lugar. Ni siquiera a ese barco.

El mar respira debajo y Mónaco empieza a crecer ante ellos, alzándose con su escenografía de película.

Entonces lo oye.

—Qué bien te queda ese top —susurra una voz a su izquierda—. Te da como... un aura de maestra zen. Pero rebelde.

Jimena no se gira para ver a su hermano. Solo esboza una sonrisa que se parece bastante a un bostezo.

—¿Es ahora cuando me pides que me cuele en la cocina para robar merengues de Dolores?

—¿Qué?

—Como cuando tenías ocho. Me decías que era la más valiente, la más lista, que nadie lo hacía como yo... y luego yo terminaba castigada y tú entre algodones porque tanto azúcar te había hecho daño en la tripita.

Jacobo ríe y se le escapa un rebuzno. Alguien del fondo protesta en francés.

El grupo cambia de postura hacia el triángulo lo que obliga al hermano a agacharse con torpeza para seguir susurrando cerca de la cara de Jimena.

Sin querer, pisa la esterilla de una mujer alemana, que le lanza una mirada asesina. Demasiadas horas sin cafeína.

— Sorry —se disculpa Jacobo—. Esto es en serio, Jimena. Nos jugamos mucho.

—¿Nos?

—Sí. La familia —Y quizá consciente de que ha quedado muy mafioso, se corrige a sí mismo—. La empresa, ya sabes.

—Al grano —le insta Jimena aunque sospecha lo que le va a pedir. Cambio de postura hacia el árbol. El equilibrio de Jimena es envidiable, como si nada le perturbara la paz.

—Es sobre Sabrina —Su hermana no contesta, por lo que Jacobo se explica—. Creo que cree que no soy un buen partido. O sea, sí lo soy, pero no soy un tipo divertido.

—Y tiene razón.

—¡Jimena!

— Silence, please —dice la monitora, que en un perfecto inglés le dice a Jacobo que terminan en cinco minutos.

Jacobo se sienta en un banco enfurruñado y Jimena sonríe traviesa. La paciencia no es una de las virtudes de su hermano. Tener dinero tampoco ayuda a construirla.

La clase concluye, sin más susurros e interrupciones por parte de los hermanos Meier, en paz y armonía y con los chacras restaurados, listos para el desayuno. Jimena pasa de su hermano y va directa a una de las decenas de barras del barco. Jacobo le sigue.

—¿Para eso me has invitado? ¿Para hacerte de Celestina? —pregunta Sabrina cuando nota a su hermano en su espalda.

—Sí. O sea, no. Te he invitado para pasar tiempo en familia y eso.

—Vale. Vamos a hacer un trato —dice Jimena—: yo dejo de fingir que no sé que me has traído para eso y tú dejas de fingir que lo tuyo con Sabrina es amor verdadero.

—Ay, Jimena, qué cruda eres a veces.

—Sin aditivos —responde su hermana levantando el zumo de frutas que le han servido antes de volver a marcharse.

Jacobo la sigue de nuevo.

—Jime, porfi, necesito que me ayudes a conectar con Sabrina.

—¿Conectar? ¿Qué sois? ¿Unos routers?

—Muy graciosa.

Los hermanos caminan por la cubierta ajenos al revuelo que hay a su alrededor. La gente señala Mónaco y se relame ante el lujo de los Grimaldi. La ciudad se va desplegando como un decorado de opereta: edificios de mármol, colinas peinadas, yates que parecen dibujados con escuadra y cartabón.

—¿Pero a ti te gusta Sabrina o no? —pregunta Jimena, y enseguida se arrepiente de la pregunta.

¿Y si dice que sí? Una cosa es querer arruinar los planes de su madre y otra es romperte el corazón a su hermano.

Pero, ¡qué narices! Su hermano es cómplice de esta mala opereta urdida por una nueva rica que odia sus orígenes como si fueran una maldición que le acecha—.

Bueno, da igual. Que no, que no te ayudo.

No te hace falta. Sé tú mismo y que la suerte te acompañe.

—Vale, si no lo quieres hacer por mí, hazlo por ella.

—¿Por quién? ¿Por Sabrina?

—Sí —responde Jacobo—. Ya sabes, nuestros padres han apostado por ella.

—Invertido, querrás decir.

—Va, Jime. Deja el cinismo cinco minutos.

—Que deje el cinismo, me pide un señor que quiere que le ayude a hacer creer a una chica que realmente está enamorada de él pese a que todo el mundo sabe que está todo arreglado.

—Tía, eres imposible.

Jacobo levanta los brazos con desesperación y se marcha.

—¿Sabes lo que pasa, Jacobo? —dice Jimena desde la distancia. Su hermano se gira y el sol monegasco se refleja en los bucles de su pelo—. Que si te ayudo, tú te comes todo el dulce, y yo termino castigada.

Jacobo levanta el labio superior y baja las cejas. El gesto que pone cuando no entiende algo. Su madre se lo ha hecho notar varias veces para que lo corrija. Por eso, cambia el gesto de inmediato y sonríe antes de colocarse las gafas de sol e irse.

DESDE la enorme terraza de su suite presidencial, Tina sostiene los prismáticos con ambas manos con firmeza casi marcial.

El viento le revuelve el pareo de seda, pero ella no se inmuta.

Está demasiado concentrada en la escena que se despliega allá abajo, en el mar brillante como una bandeja de plata.

En el muelle flotante, una lancha zumba.

Jacobo se inclina para ayudar a Sabrina a subir, pero ella no espera.

Pisa el borde con seguridad, se impulsa y entra con elegancia felina.

Ni un gracias. Ni una sonrisa fingida. Tina entorna los ojos, fascinada.

Hay algo en esa autosuficiencia de la joven que le parece peligrosamente delicioso.

Entonces lo ve.

El bolso.

No cualquier bolso: una versión veraniega de un Birkin de Hermès.

Lona beige en el exterior, colorida seda en el interior, asas de piel, costuras perfecta.

Casi podía ver el botón con las palabras “Hermés” y “París” grabadas desde su posición.

Tina siente un cosquilleo entre el orgullo y el alivio.

Reconoce ese modelo como otras reconocen a su hijo en una foto de grupo.

Lo ha llevado ella misma en más de un evento casual.

Es una opción más asequible, seguramente de segunda mano, pero igualmente válida.

Y sabe lo que significa. “Lujo tranquilo con un toque burlón” es como la fundadora de Hathaway Hutton, Jen Risk, describió el bolso.

Lo leyó en un artículo del NYT. Para Tina, que había aprendido a leer los signos del poder como otros leen el horóscopo, es un manifiesto.

Sabrina no solo sabe jugar el juego, también tiene la intención de ganarlo.

Con ese bolso se esfuma el secreto temor de Tina de que la hija de Ramón hubiera sacado el espíritu monacal y austero de su madre.

De ahí la sonrisa triunfal que soma bajo los prismáticos.

—¿Mónaco viene de monje? —dice en alto, divertida por la ironía, mientras observa la lancha alejarse rumbo al puerto.

—No estoy seguro, señora —dice el mayordomo que aguarda en silencio a su lado desde que le entregara los prismáticos—. Creo que viene del griego.

El butler de los Meier no tiene nada que ver con Jeeves. Es más delgado y un palmo más bajito. Si la mandíbula de Jeeves es cuadrada y morena, la de este joven es fina y ovalada.

Martín sale del baño ente vapores y aromas, y sale a la terraza.

—¿Así voy bien? —pregunta a su mujer y al mayordomo.

Tina se gira con su gracia ensayada y observa el look de su marido. Pantalón beige y camisa blanca y jersey azul marino anudado al cuello. Mantiene la percha que le encandiló.

—Perfecto, querido.

El hombre se acerca y pregunta por curiosidad qué observa con los prismáticos. Alguna vez Tina le ha sorprendido diciéndole el nombre de algún pájaro.

—¿Ves gaviotas? —le pregunta.

—Son albatros, pero no es eso lo que observo —Tina le presta los prismáticos y Martín encaja sus ojos en ellos. Jacobo y Sabina ríen en la lancha, instantes antes de salir hacia el puerto—. Deberías tomártelo con calma, no lo fuerces.

—No lo fuerzo, sólo… lo acelero.

Martín sigue con los prismáticos en los ojos.

Le ha encontrado el gusto a esto de ver sin ser visto.

De la tender de su hijo, pasa a observar las lanchas, los yates.

Si su mujer es capaz de reconocer las aves, él se conoce todos los modelos de barco.

Da con algunas caras reconocibles, famosos, empresarios de éxito, algún futbolista. Y entonces…

—¿Ese no es…? —Martín se acerca al borde de la barandilla ignorando las llamadas de atención de su mujer y su mayordomo.

Con el dedo corazón hace resbalar la ruleta que le ayuda a enfocar mejor la imagen.

Su pulso no ayuda. Pese al temblor de la imagen, podría reconocer ese gesto altivo y esas enormes orejas a kilómetros de distancia—. Vicuña.

—¿Vicuña? ¿Estás seguro? —pregunta Tina.

—Como que me llamo Martin Meier.