Noche 2 Mónaco
SAbrINA abre la puerta con ansia. Piensa que es Jeeves con su desayuno y ya se está relamiendo al pensar en los huevos revueltos con bacon, las judías con champiñones, la tostada con aguacate y salmón y el latte con hielo en vena.
La corriente de aire que se genera cuando abre la puerta se abre asusta a Jacobo.
—Bu… Buenos días —dice.
Los ojos del joven parpadean deprisa, todavía aturdido por la energía mañanera con la que le ha recibido Sabrina.
—¡Jacobo! No sabía que eras tú. ¿Habíamos quedado? —pregunta Sabrina. Tiene metido en el cuerpo el miedo de que Tina le haya mandado la agenda del viaje por email y que el mensaje haya ido directo a la carpeta de spam .
—No, no. Sólo quería preguntarte si querrías desayunar conmigo. Es muy pronto, ¿verdad? ¿O muy tarde? ¿Ya has desayunado? Perdona, debería haberte preguntado antes. Soy un estúpido…
Sabrina duda si la torpeza de Jacobo es natural o aprendida.
O aprendida de manera natural. Todo el mundo a sus pies y el tío aún no ha adquirido la autoestima y seguridad en sí mismo que a otros le vienen de serie sin justificación alguna.
Los ruedines de un carro se escuchan al otro lado del pasillo.
Es Jeeves con su desayuno. ¿Qué pensará su pretendiente al ver tanta cantidad de comida?
—¡Sí! Vamos a desayunar —dice y se engancha del brazo de Jacobo.
Jeeves ve la escena y da media vuelta sin necesidad de que nadie le explique nada.
Sentados en una mesa con vistas al Mediterráneo la joven pareja sonríe sin saber muy bien qué decir.
Jacobo ha pedido un café sólo, un bol de avena con yogur y frutos rojos, y unos huevos revueltos que Sabrina mira con ansia mientras le sube el olor de la rodaja de piña y el te que se ha pedido ella.
—¿Has dormido bien? —le pregunta Jacobo.
—Como un bebé —Sabrina le ofrece una sonrisa pulida tras horas de ensayo frente al espejo.
Un silencio. Los dos son reflejos en las gafas de sol del otro, como si, en lugar de hablar con el otro, hablaran con una versión pulida y brillante de sí mismos. El camarero llena sus copas de zumo fresco. Jacobo observa el líquido, midiendo cada ola, cada cambio de color en la copa.
—El tiempo está espléndido —dice él.
Sabrina sonríe al viento y agita ligeramente su melena.
—Dicen que lloverá mañana. Espero que nos pille en altamar y no nos perdamos Portofino.
—Disfrutemos el día de hoy, entonces —Hace como que brinda con el zumo y bebe un sorbo.
La acidez de la naranja le despierta la lengua—.
Mónaco es el segundo país más pequeño del mundo.
Aunque es famoso por el Casino de Monte Carlo, en realidad el juego es ilegal.
¿Lo sabías? Yo he estado un par de veces para ver la Fórmula Uno.
—Eso es… emocionante —dice Sabrina gratamente sorprendida. Le cuesta imaginarse a Jacobo vibrando con el rugido de los motores.
—Ruidoso, más bien. Y huele a neumático quemado, hace calor, hay demasiada gente…
Jacobo sostiene su taza de café con precisión militar. Por muchas horas que se pase domándolos, tiene los mismos bucles que su hermana.
—Me encantaría vivir una carrera de F1.
—¿Sí? No te pega —sentencia Jacobo—. Bueno, puedo conseguir pases, si quieres.
—El ruido, el calor, el peligro. Me parecen… emocionantes —dice Sabrina sugerente. Quiere tantear si tanta corrección en Jacobo es real o fingida. Y si es fingida, hasta cuándo es capaz de sostenerla—. ¿No crees?
—Su… supongo.
A Jacobo se le atraganta el desayuno. Sabrina se descalza del pie derecho y duda.
¿Demasiado atrevido? ¿Arruinaría la maniobra?
Pese a que todo esté guionizado, necesita algo de acción, un poco de margen que le de la sensación de que tiene el control de algo.
Levanta el pie y roza la espinilla de Jacobo.
—Dime, Jacobo, ¿tienes algún pasatiempo, alguna opinión impopular, un vicio?
—¿Un vicio?
—Sí, algo que hagas sin pensar, que te haga sentir libre.
—¿Además del gimnasio?
El pie de Sabrina sube y Jacobo parece no darse cuenta. Se inclina ligeramente hacia atrás y se da cuenta de que está acariciando la pata de la mesa.
—El gimnasio está muy bien, pero me refiero a algo que no deberías hacer.
Jacobo se pone nervioso.
—¿Te ha contado algo mi hermana?
—¿Contarme el qué? —Sabrina levanta una ceja, complacida al saber que hay secretitos entre hermanos. Luego la baja: ¿le habrá contado lo suyo?
—Pues, bueno, yo no… —Jacobo se mueve en el asiento, se rasca la nariz, se atusa el pelo—, no sé si…
—¡Oh, aquí estáis! Míralos qué adorables, Ramón —dice Tina, que va acompañada—. Nuestros hijos ya quedan sin nosotros.
Ramón sonríe, y después se acerca para darle un beso a su hija.
—¿Gustáis? —pregunta Jacobo, aunque en su mesa sólo caben dos personas.
—No, hijo, muchas gracias —responde Martín—. Hemos desayunado en la terraza del camarote.
—¿Y tú, papá? —pregunta Sabrina a su padre.
—Pues he desayunado unos huevos revueltos con bacon, unas judías con champiñones y una tostada con aguacate y salmón que me ha traído el mayordomo. Muy amable. No recordaba haber solicitado el desayuno —Ramón se rasca la nuca.
—Madre mía, ni que fueras al campo a trabajar, Ramón —dice Martín.
—A veces parece que el butler te lee la mente, ¿verdad? —dice Tina—. Bueno, os dejamos solos para que terminéis el desayuno. Oh, hace un día delicioso. ¿Le has dicho lo del restaurante, Jacobo?
—¿Qué restaurante?
—Eres muy despistado. Sabrina, hemos reservado en un restaurante en Mónaco. Es precioso, ya lo verás. De primer nivel. A las 14h, ¿de acuerdo?
—Algo me había contado Jacobo —responde Sabrina para echarle un cable al joven. No tiene nada en la maleta para un restaurante en la ciudad de primer nivel. ¿Dónde había quedado el plan de hacer paddle surf ?
—Oh, perfecto, perfecto —responde Tina complacida—. Iremos los cinco y… ¿dónde está Jimena?
—Está en el sunrise yoga —le informa su hijo.
Tina sonríe de manera fingida. Necesita saber en todo momento dónde está su hija y qué hace para poder adelantarse a cualesquiera que sean sus planes.
Por fin, Jacobo se marcha con el beneplácito de su madre. Probablemente, al gimnasio hasta la llegada a Mónaco. Sabrina y Ramón se van cogidos del brazo.
Martín y Tina se quedan de pie, mirando cómo Mónaco se hace cada vez más grande ante sus ojos.
—En realidad, he reservado sólo para dos.
—¿Y Ramón?
—No para nosotros dos, Martín. Para Jacobo y Sabrina.
—¿Es una encerrona?
—Es una adelanto de los acontecimientos.
Martín se muestra preocupado por la maniobra de su mujer. Le dice que no fuerce las cosas, que la rebeldía e inexperiencia de su juventud puede hacer que se rebelen cuando vean que está todo preparado.
—Querido, está tan preparado como el crucero en el que nos conocimos, y aquí seguimos —responde Tina—. No es el cómo; es el con quién. Y Jacobo y Sabrina son la pareja perfecta para el Grupo Meier.
Martín reacciona con una sonrisa por la referencia a Maquiavelo de su mujer, pero en el fondo sabe que, efectivamente, lo que hay que hacer es encontrar una buena socia que te acompañe en el día a día, y él supo que Tina lo era en cuanto la vio colarse al crucero hace ya 32 años, mimetizándose con la alta sociedad con una facilidad tan perfecta que resultaba criminal. Ella no fue a divertirse; fue a cazar.
LA carita de Sabrina queda encajada entre la puerta y el marco de la misma, como si ella misma quisiera aplastársela de un portazo.
Desde que recibiera la llamada de su padre para ir al crucero, permanece atenta a cualquier señal, cualquier indicio que le diga que ya está en el punto de no retorno, ese en el que ha perdido su identidad en pos de una vida de lujo y despreocupación.
De momento, su sed de pinta negra sigue intacta.
Por si acaso se amarra a la medalla de su madre colgada al cuello para mantenerse con los pies en el suelo.
Por el pasillo aparece Jeeves con su sonrisa profesional.
—Psst, psst —le chista Sabrina.
Jeeves aprieta los pasos lo cual, en su figura grande y cuadrada, lo hace resultar cómico.
Sabrina le agarra del brazo y lo mete en su habitación.
—Señorita Díaz, ¿puedo preguntar a qué viene tanto misterio?
—No quiero que te vea mi padre.
Sobre la cama de la habitación Sabrina ha desplegado todo el contenido de su maleta.
Hay un vestido ligero de color mostaza, unos pantalones ajustados blancos, una americana, una camisa blanca con volantes (que ya se ha puesto), unos pantalones beige de pata de elefante (que ya ha combinado con la camisa), una camisa a rayas, un sweater de punto y un vestido más en blanco, además de la ropa para la playa, como un par de pantalones cortos y tres camisetas de tirantes.
—¿Qué me pongo para bajar a Mónaco? Vamos a un restaurante de lujo y no quiero ir underdressed ni overdressed .
Jeeves se rasca la sien.
—Lo importante es que vaya dressed —se atreve a bromear Jeeves.
La mirada de Sabrina le advierte de que no está para bromas.
Ir bien vestida debe ser importante para ella, así que se recompone—.
Lo importante es que usted se sienta cómoda con la ropa.
Cualquier trapito le sentará bien. Es joven y guapa.
A Sabrina, Jeeves le recuerda a chatGPT, siempre complaciente y con la respuesta ideal.
—Ya, pero quiero parecer joven, guapa y rica.
—Pues pásese por el centro comercial. Hay Channel y Hermés.
—No tengo dinero para eso.
—Pues pásese por el banco y pida un crédito.
—¡No voy a pedir un crédito! —dice Sabrina con los brazos en jarra—. ¿También hay un banco en el barco?