Noche 1 Barcelona #7
Se acerca a Jimena, lo suficiente para que solo ella pueda oír el temblor de su vo.
—Ya tienes lo que querías… —le dice, con los ojos empañados por una mezcla de odio y derrota—. Otra vez.
Y sale en dirección opuesta a Tina.
BARCELONA apenas son unas luces en el horizonte oscuro.
La noche todavía es cálida, aunque la brisa del mar comienza a levantarse.
Al final, ni infinity pool con vistas a la Barceloneta ni nada.
Apoyada en una barandilla, a Sabrina le llegan de lejos, como si estuvieran en otra ciudad, los sonidos de una discoteca al aire libre: la música, la gente riendo y bailando, la voz del DJ animando al público.
Se inclina ligeramente para mirar hacia abajo y ve las luces, las ropas blancas, el jolgorio de la cubierta inferior.
Da un trago a su copa. Una ligera corriente de aire se cuela entre su pelo y le descoloca un par de mechones.
También se le mete en los ojos hasta hacerlos agua.
Con un nudillo, se retira la humedad con cuidado de no retirarse el maquillaje.
—Tampoco ha sido para tanto —escucha por detrás. No se gira; ya sabe quién es. Tampoco contesta.
Jimena se acerca y se apoya en la barandilla junto a ella. El aire es su cómplice y a Sabrina le llega su perfume, ese que hace escasos minutos ha notado tan cerca de su propia piel.
—Déjame en paz, por favor —le pide.
Por supuesto, Jimena no le hace caso.
—Mira quién se ha hecho amiga del Chardonnay.
De buena gana, Sabrina se metería una pinta entre pecho y espalda, pero está en un crucero de lujo y debe fingir que no corre cerveza por sus venas.
—Es lo que toca —dice sin pensar.
—¿No te molesta?
El trago se le amarga en la boca. Sabe que con Jimena debe medir sus palabras, casi más que con su futura suegra, y ha sido una torpe al delatar que bebe Chardonnay por postureo.
—¿El qué?
—Seguir el guion —Jimena se pone de medio lado, de cara a Sabrina. Sus pechos casi le rozan el brazo.
—Tiene sus ventajas. Ya sabes lo que pasa en cada escena.
—¿Y si no es tu película?
Sabrina pone los ojos en blanco. Le aburre tanta metáfora.
—Oye, Jimena, ¿a qué has venido? Nadie entiende tu presencia aquí.
—Es un crucero familiar, ¿no? —dice abriendo los brazos—. Guste o no, yo también formo parte de la familia.
—Es a ti a quien no te gusta ser una Meier.
—Por el contrario, tú parece que estás deseando serlo —le escupe.
—Sólo cumplo una promesa —Sabrina se excusa aunque sabe que, efectivamente, la frase forma parte de su guion de niña buena.
—¿Una promesa o una condena? —un camarero se acerca para preguntar si desean algo, y Jimena pide una cerveza—. He venido a salvarte.
Sabrina suelta una carcajada cargada de sarcasmo.
—Tendrás valor. Si me dejaste tirada en el internado.
—De eso nada —Jimena coge la cerveza de la bandeja y da un trago largo tras el que se le queda un bigotillo de espuma—. Me sacrifiqué por ti.
—¿Pero qué dices, Jimena? —pregunta irritada Sabrina—. Me dejaste encerrada rodeada de lobos...
—No fue así… —trata de explicarse Jimena, pero Sabrina la interrumpe.
—O debería decir, zorras. Fui una paria durante toda mi estancia allí. Que te marcharas cuando saltó el escándalo sólo te vino bien a ti.
—¿A mí? Me llevaron a un internado mucho más estricto.
—Oh, pobrecita… ¡No me das ninguna pena! Yo me quedé con el estigma, señalada como la bollera descarriada, una paria a la que nadie se quería acercar. Me costó los tres años de internado cambiar el relato hacia la niña inocente engañada.
—O sea, que te arrepientes.
—¡Por supuesto que me arrepiento, Jimena!
Fui una estúpida por creer que querías estar conmigo, que te habías enamorado de mí, pero sólo resultó que querías escandalizar a las monjas y ponerle la cara colorada a tus padres.
Al final sí que resulté ser la niña engañada —Los carrillos de Sabrina están encendidos.
Jimena va a hablar, decirle que, para odiarla tanto, está demasiado cerca de su cara, pero Sabrina está desbocada y no es momento para ir de gracioseta—.
Y lo peor es que no he aprendido. Ahí dentro has vuelto a usarme.
¿Sabes? Te crees que eres diferente a tu madre pero en realidad eres igual que ella, igual de manipuladora y maquiavélica.
Usáis a las personas para vuestro propósito y no paráis hasta conseguirlo.
La única manera de venceros es doblegarse a vuestros deseos.
Así que aquí estoy —Sabrina abre los brazos mostrándose ante Jimena—.
Toda vuestra. Todita para los Meier. Vengo a saldar mis deudas.
Puede que mi vida sea una película con el guión ya escrito, pero al menos es una película de lujo y glamour.
Pasa de nuevo el camarero y Sabrina le estampa la copa en el pecho. Con buenos reflejos, el camarero coge la copa y la coloca en la bandeja.
—Buenas noches —se despide.
Jimena se queda junto al camarero que la mira como si hubiera pasado un tifón sin haberlo previsto.
1 "Ofrece un desempeño de alta calidad de manera consistente, superando las expectativas".