7 noches por el Mediterráneo Noche 1 Barcelona #6
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Noche 1 Barcelona #6

Y Jacobo sonríe más y Sabrina ve en él la cara de niño que recordaba.

Cualquier chica caería rendida a sus pies.

Quizá sólo sea cuestión de tiempo que ella también lo haga.

Sus años en el fondo le han enseñado a decir siempre sí a una ganancia sin riesgo.

Mira a Jimena. Mastica con la boca abierta y tiene la mirada clavada en el mantel.

Apenas ha participado de la conversación.

En el internado era igual: parecía ausente y de repente soltaba alguna inconveniencia que hacía reír e incomodaba a partes iguales.

La ha seguido en sus redes sociales. Una hippie con dinero que no sabe dónde sentar la cabeza.

Poca ganancia con mucho riesgo asociado.

Jimena toma aire para hablar y la mesa se estremece.

—Conozco a un tipo que imparte clases de paddle surf en Marsella. Podríamos ir.

Hay un silencio a la espera de que Jimena continúe, de que diga algo incómodo, inapropiado. Algo tipo “es el que me pasa la maría” o “ya ha cumplido la condicional”, pero no dice nada más. El aire vuelve a fluir.

—Sí, podría estar bien —dice Jacobo.

A Tina se le va cambiando el color de la piel para mimetizarse con su vestido.

—Me enrollé con su prima y la dejé muy satisfecha, así que nos hará precio —suelta Jimena.

El tenedor de Tina cae sobre el plato.

—Veo que sigues comportándote como una cría.

—Veo que sigues comportándote como una nueva rica.

A Tina se le desencaja la mandíbula.

—El pianista toca muy bien —dice Ramón buscando la complicidad de Martín.

—Un poco engolado para mi gusto, pero no está mal.

Pero Tina y Jimena siguen enzarzadas.

—Eres incorregible.

—¡Qué alivio! Pensé que ibas a seguir intentándolo.

—No, ya te di por imposible cuando te expulsaron del internado por escándalo público.

—¿Qué tal será el flan? —pregunta Sabrina. La carta tiembla en sus manos.

—De público nada, que estábamos en mi habitación; fue invasión de la intimidad —se defiende Jimena.

—¿Intimidad? Pero si los gritos de placer se oían desde el otro lado del pasillo —La voz de Tina se agudiza con cada comentario de su hija. No puede evitarlo.

—Así es como debe sentirse un orgasmo, mamá.

—No te voy a tolerar que hables así a tu madre —salta Martín.

—No pasa nada, querido, siempre ha sido una desagradecida.

—¿Ahora es cuando habláis de mí como si yo no estuviera?

—¿Bailamos, Jacobo? —dice Sabrina para aliviar la tensión.

—¿Bailar?

—Sí, bailar, hijo —dice Tina que deja su servilleta con desdén sobre la mesa—. Eso que hace la gente moviendo los pies al ritmo de la música.

Sabrina arrastra su silla y coge del brazo a Jacobo. Cualquier cosa antes que seguir con la conversación del internado.

Desde la mesa ven cómo la torpeza de Jacobo va a dejar sin uñas de los pies a Sabrina. Adiós, manicura veraniega.

Jimena se levanta.

—¿Adónde vas? —le pregunta irritada Tina.

—A liberar a la pobre Sabrina de esta tortura.

—No te atrevas…

Tina se incorpora un poco de su silla. Le puede más el temor a ser reprobada por el resto de comensales por montar un escándalo que el deseo de frenar a su hija, que ya va directa al pianista y habla con él.

El hombre se recoloca en su asiento y se relame.

El ritmo de sus dedos aumenta, se disloca las muñecas para terminar la canción que estaban “bailando” Jacobo y Sabrina, y enlazarla con un merengue de Juan Luis Guerra.

Jimena arrebata a Sabrina de los brazos de Jacobo, que se hace a un lado sin saber muy bien dónde meterse. Tina le llama a su lado y él va.

Sabrina no sabe cómo reaccionar pero Jimena la guía.

La tela de los bombachos le roza las piernas, no se atreve a mirarla a los ojos.

Al principio se siente torpe, pero no tarda en acompasar los pasos de Jimena, de encontrar el ritmo de la música, de aislarse del mundo y, simplemente, bailar sin pensar en todos los ojos que miran a esas dos locas que se mueven al son del merengue en los postres.

Están cogidas de las manos. Al principio, sus caderas se mueven rectas, luego van bamboleando con más gracias.

Ladean el cuerpo a un lado y a otro. Sonríen con las palmas de las manos pegadas, unas manos que se reconocen.

De vez en cuando, dan una vuelta. El olor de Jimena le llega de vez en cuando.

No es el olor que esperaba, a incienso y flores, sino que es el de un perfume caro.

Una vez Sabrina ha pillado el ritmo de la música se atreve a levantar la cabeza y, entonces sí, se topa con los ojos de Jimena, que no ha dejado de mirarla en todo momento.

Le sonríe y ve a la Jimena del internado: impertinente e impredecible, sí, pero también cariñosa, divertida y atenta.

Cuando termina la canción, ambas están exhaustas, acaloradas, con las mejillas encarnadas. En el centro de la pista, el tiempo se dobla sobre sí mismo: ya no son dos mujeres adultas en una cena de gala; son las dos adolescentes que se buscaban a tientas en la oscuridad de un dormitorio compartido.

La mano de Jimena todavía descansa en la base de la espalda de Sabrina, y sus dedos presionan con una familiaridad muscular que Sabrina reconoce al instante.

El recuerdo del roce de aquellas sábanas de hilo áspero la asalta con la fuerza de un golpe físico.

El calor del baile se transmuta en el calor de la culpa vieja, de la piel contra la piel en pasillos prohibidos.

Sabrina abre los ojos de golpe, asustada por lo mucho que su cuerpo recuerda ese contacto, y se separa de Jimena con un movimiento brusco, casi violento, como si se hubiera quemado.

Tina, que ha estado observando el intercambio desde la mesa con una palidez creciente, se levanta de su silla sin terminarse el postre.

Jimena se recoloca un mechón de pelo con una parsimonia cruel. En su rostro brilla una sonrisa triunfal. Ha ganado este set, y lo sabe. Ha vuelto a activar el mecanismo de demolición que perfeccionó hace años.

Cuando termina la canción están exhaustas, acaloradas, con las mejillas encarnadas. Son las dos adolescentes que se acostaban juntas en el internado. El recuerdo asalta a Sabrina, la vergüenza le atormenta (el calor del baile se mezcla con el del recuerdo), y se separa rápidamente de Jimena.

Tina se levanta de su silla sin terminarse el postre, se disculpa ante Ramón y se marcha de la sala avergonzada.

Jimena sonríe triunfal. Ha ganado este set.

Sabrina siente cómo el aire del salón se vuelve pesado, asfixiante. De nuevo, vuelve a ser la joven abandonada, vilipendiada y señalada del internado. Vuelve a ser el arma utilizada para avergonzar el apellido de los Meier.