Noche 1 Barcelona #5
El mayordomo abre la botella de champán de manera perfecta, exacta.
Con parsimonia, desenreda el alambre mientras padre e hija se sientan en la mesa de la terraza.
Después, saca el papel de aluminio y hace una bola que se mete de manera discreta en el bolsillo de su kimono, junto al alambre.
Con su enorme puño, Jeeves rodea el corcho y sin que el esfuerzo se refleje en su cara, lo saca.
El pop del descorche airea las burbujas del interior que chisporrotean alegres.
El mayordomo sirve dos copas de champán y las lleva a la mesita que hay en el balcón.
—Ponga una tercera en honor a mi madre —pide Sabrina que se sorprende a sí misma de lo rápido que se ha acostumbrado a tener una persona a su servicio—. Por favor.
Cuando el butler se marcha, padre e hija alzan las copas brindando secretamente por los últimos instantes de libertad de Sabrina.
A Sabrina le cuesta horrores ubicarse dentro de aquel crucero.
Y eso que como miembro del Yacht Club sólo se mueve en la zona más exclusiva del mismo.
Una jaula de oro dentro de otra jaula de oro.
Todo le parece enorme, un exceso detrás de otro.
Salones de diferentes ambientes para tomar una copa y escuchar un poco de música en directo, un spa con diferentes tipos de saunas, duchas, masajes y tratamientos de belleza, un gimnasio con decenas de máquinas (la mayoría desocupadas), un casino, un pasillo detrás de otro pasillo.
Han quedado a cenar con los Meier en en el restaurante (¿El Olivo?
, ¿La Parra?) y no quiere llegar tarde la primera noche.
Daría una pésima impresión. “Tendría que haberme ido con mi padre”, piensa.
Pero cuando ha salido de la ducha le han asaltado las dudas y ha sufrido un bloqueo: ¿debía maquillarse más o menos?
¿debía llevar sus mejores galas o algo más relajado?
¿y qué zapatos elegir? ¿eso era un grano incipiente o una picadura de mosquito?
En resumen: Se ha pegado más de treinta minutos mirándose al espejo, escrutando cada pliegue, cada poro, cada asimetría, hasta no reconocerse a sí misma.
S-a-b-r-i-n-a.
Está en la zona más lujosa del crucero, un saloncito donde relajarse y dejarse llevar con la música del hilo musical (bossa jazz), y sin embargo, se siente estresada y ansiosa, dando vueltas sobre sí misma, intentando ubicar el camino de baldosas amarillas.
—¿Puedo ayudarla, señorita Díaz?
Como caído del cielo, Jeeves aparece a su lado luciendo una gran sonrisa.
—Me he perdido. ¿Dónde está el restaurante?
—¿Cuál de ellos?
—¿Hay más de uno? —pregunta Sabrina aterrada. Se siente pequeña entre tanto exceso—. Tiene nombre de árbol.
Jeeves vuelve a sonreír confiado.
—Acompáñeme.
¿Serviría de algo si le pidiera que no la tratara de usted? Apenas tiene 26 años y le hace sentir mayor y, lo que es peor, importante.
En el camino, Jeeves le da algunas pautas sobre cómo guiarse en el Yacht Club pero Sabrina sabe que caerán en saco roto: la espacial no es una de sus inteligencias más desarrolladas.
Por fin llega al restaurante y agradece al butler su ayuda. En seguida ve a su padre sentado solo en una gran mesa redonda con seis servicios. La lógico-matemática sí es una de sus inteligencias y no le salen las cuentas. A no ser que Jimena se una a ellos en la cena.
—Pensaba que llegaba tarde —le dice Sabrina a su padre.
—Y lo haces. Sólo que los Meier llegan todavía más tarde. El tiempo es suyo —dice mientras se coloca una servilleta en los muslos—. Pero pronto será tuyo también.
Le extiende la mano por el fino mantel de blanco impoluto y la coloca encima de la de su hija. Sabrina sonríe. Si no sabía qué hacer con tanto espacio, duda que sepa manejarse con tanto tiempo.
Un camarero se acerca y les ofrece un aperitivo mientras esperan.
—¿Está incluido en el precio? —pregunta Sabrina inclinada hacia su padre.
El hombre sonríe divertido y pide dos vinos blancos y un par de gildas.
A Sabrina casi se le cae la lágrima, no tanto por el picor tan característico de la guindilla, como por el recuerdo del último verano en España antes de viajar a Londres.
Los vermús de los domingos con su padre recorriendo los mismos bares del barrio en el que, por mucho dinero que ganara Ramón, seguía viviendo.
—El de casa Unai sigue siendo la mejor gilda que he probado.
—Se jubiló y ahora es una gastrotaberna modernilla —le informa su padre.
—¡No!
—Sí. Al menos, la gilda es la misma. De momento.
Sabrina carraspea para pasar la acidez del vinagre. Los ojos le hacen chiribitas.
—Ahora que estaré en España retomaremos esos vermús.
La sonrisa ancha y apretada de Ramón se esconde bajo la espesura de su bigote. Sabrina advierte que sus ojos, pese al brillo del vinagre, no sonríen.
—¿Todo bien, papá?
—Sí, es sólo que me he acordado de tu madre.
Su hija le acaricia la espalda y Ramón no puede evitar echarse sobre ella en un abrazo que, dada la distancia de las sillas, queda raro e incómodo.
Así se los encuentran los Meier cuando llegan. Tina y Martín los miran con ternura, como si fueran un par de osos panda en un zoo. En su familia, los gestos de cariño llevan oro, diamantes y distancia de seguridad.
—No me puedo creer que Jacobo llegue tarde —se indigna Tina.
Pese a que la etiqueta de la cena es casual, la señora Meier viste un vaporoso vestido coral que Sabrina se pondría para una boda.
A ver si al final sí que va a tener problemas con la poca ropa de su maleta.
De manera instintiva se acaricia los volantes del pecho de su camisa blanca, impoluta, recién estrenada y le parece áspera y fea.
—Me ha dicho que tenía que hacer una llamada de negocios —miente Martín para disculparle—. Bajará en un momento.
Todos en la mesa saben que no es cierto, pero fingen de maravilla que se lo creen.
—¿Llego tarde? —Jimena aparece con sobrealiento.
A Tina le encantaría decirle que sí, pero eso significaría restarle puntos a su hijo frente a Sabrina y tiene que morderse la lengua. Jimena 1 - 0 Tina.
El atuendo de Jimena hace que Sabrina vuelva a sentirse bella y bien vestida. Lleva unos bombachos de rayas verticales y unas sandalias bastas que dejan ver los dedos de sus pies. Se quita una de ellas y se sienta sobre su propia pierna.
—¿Has olvidado sentarte correctamente con tanto viaje? —le reprocha Tina, deseosa de empatar el marcador.
Jimena sonríe victoriosa.
—Hace tiempo que tiré el palo que tenía metido por el culo.
Es como si tuviera preparada la respuesta.
Mira a Sabrina y le guiña un ojo, esperando su complicidad, pero lo único que encuentra son unas cejas arrugadas y medio labio levantado.
Ya sabe a lo que Jimena está jugando. No es la primera vez que lo hace y Sabrina no quiere volver a ser su juguetito y terminar rota.
Jimena aprieta los labios decepcionada por el poco éxito de esta nueva interacción.
Por fin llega Jacobo.
—Perdón por el retraso —dice mientras se acomoda en la silla, palo en el culo—. De camino aquí, he pasado por el gimnasio y tenía que entrar a verlo.
Martín se rasca disimuladamente la nariz. Un gesto que, de nuevo, el resto fingen no ver.
—¿Qué tal, hermanito? —Jimena le acaricia la nuca y Jacobo encoge los hombros como esperando recibir una colleja—. Relájate. Ya no estás en el internado…
—Ya —El joven se ruboriza y mirando a Sabrina dice—: Eran muy estrictos.
—Las de nuestro internado eran más… relajadas —dice Jimena intentando involucrara a una Sabrina que permanece ajena.
—Así te fue —dice Tina, y antes de poder saborear el punto que le da el empate, un camarero llega y les toma nota.
Sabrina pide otro vino blanco. Va a necesitar más alcohol para relajar los músculos que se le han tensado en cuanto ha salido a colación el internado.
Aunque en cursos diferentes, fue al mismo que Jimena, con la ayuda de los Meier, por supuesto.
Guarda un recuerdo amargo de su estancia rodeada de monjas y chicas de familia bien, con Jimena siempre revoloteando como una avispa dispuesta a dar su siguiente picotazo.
—Nos lo pasábamos bien, ¿verdad, Sabrina?
Exhala. ¿Cómo decirle que fue un infierno para ella por su culpa sin exponerse delante de sus futuros suegros?
—Creo que tenemos diferentes recuerdos.
La respuesta descoloca a Jimena, que opta por callar.
—Jimena siempre se lo pasa bien, da igual a costa de qué o de quién —dice Tina con una sonrisa de satisfacción—. Sabrina, tengo que decir que esa camisa te queda estupenda.
—Gracias —responde halagada.
—Oh, sí, estás muy guapa, Sabrina —dice Jacobo.
En un lado, hay un pianista tocando éxitos actuales que a veces cuesta reconocer por las licencias que se toma. Se nota que disfruta y resulta agradable, cuando no se encona demasiado con los arpegios.
Jimena permanece callada durante el primer plato, y el silencio de Jimena es siempre una mala noticia para el resto de comensales porque saben que saltará en el momento más inoportuno posible.
La conversación sobre lo bien o mal que están ejecutados los platos transcurre entre el delicado sonido de los cubiertos y el murmullo del resto de comensales, que no son muchos.
Tal como le enseñaron en el internado, Sabrina se esfuerza por no rayar el plato con su cuchillo, en apoyarlo despacio para no hacer ruido, en limpiarse la comisura de los labios sin retirarse el carmín.
Nota la mirada escrutadora de Tina y le ha pillado un par de veces sonriendo con aprobación.
—La lubina está deliciosa —dice Ramón.
—Mañana he reservado en La table de la mer, en el mismo puerto de Marsella, ¿sabéis que el cocinero tiene una estrella Michelín? —informa Martín.
—¿Has estado en Marsella alguna vez, Sabrina? —pregunta Jacobo.
—No. ¿Es bonita?
—¡Te va a encantar! ¿Me dejarás ser tu guía?
La sonrisa de Jacobo es sincera, abierta e infantil. Imposible decirle que no.
—Por supuesto.