7 noches por el Mediterráneo Noche 1 Barcelona #4
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Noche 1 Barcelona #4

La fría bienvenida de su padre no le borra la sonrisa a Jimena que saluda a Ramón con más entusiasmo. Probablemente haya pasado más tiempo con él, yendo y viniendo con el coche, recogiéndola de fiestas a horas tremebundas o llevándola a sitios de dudosa reputación, que con su propio padre.

Mientras Jimena saluda a Ramón, Martín mira el pelo de su primogénita y no lo entiende.

Es una estructura informe de caracoles negros y enredones caoba.

Lo que sí reconoce son los ojos vivarachos de Jimena, esos que saltan de un sitio a otro para recoger toda la información posible… Para luego volverla en tu contra.

—¿Por qué no iba a querer pasar más tiempo con mis padres en un crucero sin salida posible? Es el plan ideal. —Por fin mira a Sabrina—. Sabrina Díaz, cuánto tiempo…

—Sí, unos cuantos años —atina a decir Sabrina. Esto no se lo esperaba y le ha roto los esquemas. Los recuerdos se le agolpan uno detrás de otro, o uno al lado del otro, o encima, o a la vez… Siente que se marea y debe hacer un esfuerzo para asegurarse de que sus pies están pisando el suelo.

El factor Jimena ha convertido una transacción que iba a ser un quick-win en una operación de alto riesgo. Justo las que más le gustan a ella. En el preciso momento que menos la necesita.

—¿Subimos?

Jimena avanza hacia la pasarela de embarque con su enorme mochila a la espalda dejando a los Meier y los Díaz sin capacidad de reacción.

VALE. Jimena. La hija pródiga. “Huida” a los 22 cuando vio que su padre tenía planificada su vida (trabajo, casa y, sí, como Jacobo, pretendiente incluido, así en masculino).

Siempre buscando la triquiñuela, creyéndose más lista que nadie, especialmente que su madre.

¿Por qué iba a querer una pihippie que siempre ha renegado del apellido familiar pasar 8 días con sus 7 noches en un barco con sus padres y su hermano?

Mírala, dando saltitos por el puente del crucero, y emanando vapor con sabor a fresa, con su mochila a la espalda, llena de polvo, de rotos, de parches cosidos.

Y la mochila también. Nota la mirada de su madre en la nuca.

No le hace falta girarse para saber qué cara tiene: ojos entrecerrados, medio labio levantado, la cabeza ladeada, como si no quisiera ver en qué se ha convertido su hija.

Su hija se ha convertido en una nómada digital, una trotamundos a la que es difícil localizar, ni con detectives, ni con apps espías.

La única herramienta que tienen los Meier para saber por dónde para su hija son los movimientos del banco.

El alquiler de un coworking en Bali, un hotelucho en Lisboa, un kebab en Berlín, una compra en un supermercado en Zurich, un vuelo en aerolínea low-cost a Marruecos.

Y por supuesto, el ingreso semestral de los dividendos del Grupo Meier.

—¿A qué crees que ha venido? —pregunta Tina por lo bajo sin perder de vista a su hija, cuyos bucles saltan al compás de sus talones.

—Igual está arrepentida y quiere volver al redil —dice su marido.

—Martín, querido, no seas iluso —Tina vuelve a ladear la cabeza—. Jimena quiere algo.

—Pues ya lo pedirá.

—¿Acaso no conoces a tu hija? Ella nunca pide las cosas. Simplemente, las consigue.

—Hablas de ella como si fuera una mafiosa.

A Tina le hubiera encantado decirle a su marido que, al fin y al cabo, lo lleva en la sangre, pero se muerde la lengua. Ella también debe fingir que se han ganado su fortuna con el sudor de la frente y no como un pago por sus favores al régimen.

Sacude su melena platino para despegarse las dudas, y un poco también, los roces de la gente al entrar al barco.

Les lleva un rato subir hasta su zona. El vestíbulo la transporta a un escenario propio del Titanic y Tina mira a Sabrina para ver su reacción, que no es otra que la mandíbula desencajada y unos ojos titilantes por el efecto de los brillos. Se aproxima a ella y le coloca una mano en el hombro.

—Debes empezar a acostumbrarte, querida —le dice al oído.

Sabrina le sonríe de manera tímida.

Al pisar la cubierta, el aire salado se mezcla con el perfume de las flores frescas dispuestas en jarrones de plata, y el murmullo de las olas es ahogado por el suave tintineo de las copas de champán que ya empiezan a servir.

A su alrededor, todo brilla: los pasamanos pulidos, los candelabros de cristal, las sonrisas perfectas de la tripulación, vestida de blanco impecable. Es la vida por la que Tina tanto ha luchado. Ella, como su hija, no pide las cosas. Simplemente, las consigue.

Un camarero le ofrece una bebida en una copa tallada, y ella acepta con una sonrisa que es puro triunfo.

El sol se refleja en sus gafas de sol, en sus joyas, en esa melena lisa y bien peinada que ahora ondea libre, como bandera de victoria.

Por fin, el mundo se inclina a sus pies.

Asomada a la barandilla, viendo pasar a las personas en las cubiertas inferiores no es la pueblerina de familia humilde, sino una reina.

Sea lo que sea lo que haya traído a Jimena al crucero familiar, lo aplacará, porque ella siempre ha sido experta en navegar tormentas.

EL aire acondicionado del camarote es casi tan glacial como la sonrisa que Sabrina intenta mantener mientras su padre revoloteaba por la estancia haciendo como si viviera ese lujo todos los días.

El camarote es un apartamento flotante con salón incluido y un balconito privado donde desayunar viendo el amanecer.

—¿Qué te parece, hija? ¡De primera! —Ramón extiende los brazos, abarcando la opulencia y casi derriba una lámpara con forma de coral.

Sabrina deja caer su bolso de mano sobre la cama queen-size .

Es suave. Demasiado suave. Como una nube de algodón de azúcar que te engulle el presupuesto anual.

Su padre sigue inspeccionando la habitación, asintiendo con aprobación cada detalle.

Está más nervioso que ella ante la perspectiva de ese crucero trampa.

—Papá, esto es… una barbaridad —consigue articular, mirando el albornoz con el logo del crucero bordado en hilo dorado que descansa sobre el edredón—. Con una cabina interior me hubiera apañado de sobra. ¿Ya te has olvidado de cómo es mi apartamento en Londres?

“Era…”, se corrige a sí misma con una punzadita en el centro del pecho. Puede que fuera minúsculo y alejado del centro, pero era de las pocas cosas que había ella elegido.

Ramón se acerca a su hija y le acaricia los brazos.

—Después de tanto esfuerzo en Londres, el MBA con matrícula de honor y ese puestazo en la city… ¡te mereces esto y más!

Sabrina arquea una ceja. El MBA pagado a medias con la generosidad de los Meier. El “puestazo” conseguido tras la oportuna llamada de Martín al jefe de Recursos Humanos del fondo. La cadena de favores tenía eslabones de oro macizo, y cada uno pesaba más que el anterior.

—Ya, papá, pero… con la empresa como está… y bueno, con todo —dice con un deje de cansancio que no pasa desapercibido para su padre.

Por un momento, la euforia del nuevo rico se desvanece en el rostro de Ramón, dejando paso a una expresión más vulnerable.

—Mira, cariño —comienza, bajando la voz como si las paredes (tapizadas en seda, por supuesto) tuvieran oídos—.

Sé lo que estás pensando. Y sí, esto ha sido un esfuerzo, no te voy a engañar.

Un esfuerzo del quince. Pero quería… —hace una pausa, buscando las palabras— quería que estuviéramos al mismo nivel de los Meier, aunque fuera tan sólo una semana.

Y que cuando estuvieras con Jacobo, no te sintieras… de menos.

Sabrina lo mira, y la ligera irritación se mezcla con una punzada de ternura. Su padre, siempre queriendo protegerla, incluso cuando la protección implica casi hipotecar la casa por un camarote con ínfulas de palacio.

—Papá, no hacía falta. De verdad. A Jacobo le conozco desde que llevábamos pañales y se comía los mocos. Dudo que le impresione más o menos mi tipo de camarote.

—No es por él, o no solo por él —insiste Ramón, y ahora sí, su voz suena firme, con ese deje de testarudez que ella conoce tan bien—. Es por ti. Y por mí, ¡qué narices! Quería que tuvieras… no sé, una migaja de libertad, que pudiéramos disfrutar de algo que nos hemos ganado a pulso.

Sabrina no puede negarle eso. El esfuerzo de su padre por ascender ha sido titánico. De pequeña solía contarle cosas de su infancia, de la pobreza, de la guerra, de todavía más pobreza. Ramón siempre supo culebrear entre oportunidades en busca de una vida mejor.

—Mamá estaría orgullosa de ti.

—¿Orgullosa por haberme gastado los dividendos, cada vez más escasos, en un par de camarotes de lujo? Más bien me hubiera matado.

—Es verdad —ríe Sabrina—. Nos hubiera matado a los dos, a ti por malgastar el dinero y a mí…

Detiene a tiempo su estómago y la risa se le corta.

Todo el mundo le decía que era igualita que su padre (la constancia, la sensatez, el saber estar…), que sólo le faltaba el bigote (de no haber pedido cita en la esteticién hace un par de meses, hasta en eso se parecerían), pero ella sabía que el fuego de su madre la quemaba por dentro y que cada favor que aceptaba de los Meier era un jarro de agua fría a su memoria.

Pero su madre ya no estaba y ese fuego era apenas un rescoldo.

Un golpe discreto en la puerta interrumpe el momento. Sabrina la abre y encuentra a un hombre alto y cuadrado, con el pelo engominado y raya a un lado, vestido con un impoluto chaqué. En su pecho, una discreta chapa metálica con el logo del crucero y un nombre: Jeeves.

—Hola, me llamo Jeeves y seré su butler durante su estancia.

—¿Mi butler ? —Sabrina se gira a su padre—. ¿Tengo mayordono?

Ramón levanta las cejas de manera juguetona. Su misión de conseguir que su hija sea feliz va viento en popa.

Jeeves pide permiso para entrar en la estancia y Sabrina se hace a un lado. En ese momento ve que el butler empuja un carrito que tintinea con el rodamiento.

—Champán de bienvenida, señorita Díaz. ¿Desean que lo sirva en la terraza? El capitán anuncia que zarparemos en breve.

Ramón levanta el pecho con orgullo.

—¡Adelante, adelante! Que no se diga.