Noche 1 Barcelona #3
—Bueno, ya sabes, hay noches de gala, e imagino que saldremos a cenar con los Meier, y…
—Papá, no te preocupes: lo llevo todo.
Lo cierto es que ha sido todo un reto meter la ropa que va a necesitar para “conquistar” a Jacobo y cumplir con las expectativas de los Meier usando sólo una maleta de mano para no facturar nada extra.
En el aeropuerto hay ríos de gente y padre e hija deben encontrar el camino para esquivarlos.
Los carteles en castellano, catalán e inglés se le hacen confusos a Sabrina y no termina de aterrizar.
Sigue en la nube que le ha llevado de Londres a Barcelona; la física y la mental.
Prefiere no pensarlo mucho porque si lo hace, si piensa fríamente en lo que están haciendo, sabe que podrá haber recorrido miles de kilómetros pero no la separan muchos años de la época medieval.
Tienen que coger un taxi para ir del aeropuerto al puerto.
Su padre habla sin parar (del tiempo, de la ciudad, de la empresa).
Está nervioso. Quizá tampoco quiera pensar mucho lo que están haciendo.
Un crucero de lujo a gastos pagados por los Meier.
Una más, ¿pero será la última? Hace tiempo que Sabrina sabe que ya es difícil salir del rabbit hole en el que se han metido.
Al menos se está caliente y fuera hace mucho frío.
Hay personas en la acera cargadas de maletas que salen de la boca del metro y van a pie hasta la dársena.
Desde la carretera ven el crucero, apenas un barco tras las rejas, pero en cuanto suben el puente del puerto, el monstruo marino se manifiesta en toda su enormidad.
Padre e hija deben abrir bien los ojos para poder abarcar semejante obra de la ingeniería náutica.
Sabrina no puede apartar la mirada de ese Moby Dick que va a engullir sus sueños.
—Es precioso —dice su padre.
Sabrina apenas puede asentir.
Al bajar del taxi, el mar se refleja en los ojos de Ramón que torna su clásico marrón avellana en un verde oliva casi mágico. Está cerca de cumplir su sueño, de pagar su deuda. Mira a Sabrina y sonríe. Su boca queda oculta bajo el bigote espeso y blanco, pero bien recortado y cuidado.
El crucero es inmenso y deben detenerse para verlo de una punta a otra. Les duele el cuello de tanto moverlo.
—No sé si en 7 noches lo vamos a ver entero —dice Sabrina.
—La mayor parte ni la vas a ver —dice su padre—. Tenemos zonas exclusivas y los Meier han preparado algunas excursiones.
¡Por supuesto! Todo está bien planeado por Martín. O mejor dicho, por su mujer, Tina.
Suspira de nuevo, pero ya no es el suspiro de su madre; es de otro tipo, del tipo de: si voy a renunciar a mis sueños que sea al menos por una vida de ensueño.
Un coche largo y negro se detiene a unos metros.
Ramón lo señala: son los Meier, le dice a su hija.
Del coche sale Martín, con un atuendo para la ocasión: chinos, zapatos náuticos y jersey azul claro anudado al cuello.
Saluda con la mano. Les ha visto. También sale del coche Jacobo, pero su estilo es muy diferente al de su padre.
Lleva unas bermudas caqui y una camisa blanca remangada.
En los pies, unas alpargatas blancas con rayas azules.
Se atusa el pelo. Unas gafas oscuras ocultan sus ojos pero en cuanto ve a Sabrina, la boca se le abre y, pese a la distancia, se ve una sonrisa blanca, brillante y perfecta.
Sabrina le devuelve la sonrisa. Sin los filtros de Instagram, Jacobo no está nada mal…
Los dos hombres esperan a que el chófer descargue las maletas, una labor que parece no terminar nunca.
—Con cuidado —Se oye desde lejos. Es la voz grave y rota, inconfundible, de Tina, que advierte al chófer que en esa maleta lleva todas sus cremas y que son carísimas.
Tina también los ve desde lejos y se acerca a ellos.
Es elegante en sus andares, y delicada cuando mueve las manos.
Su pelo es rubio platino, cortado en una media melena lista que recoge en una de sus orejas para dejar a la vista por lo menos uno de sus pendientes de perla.
Lleva una americana azul marino y una camisa blanca cuyas solapas saltan por encima de la chaqueta.
Apresura el paso para esquivar a un grupo de estudiantes y las patas de elefante de sus pantalones blancos se agitan como velas de barco.
—¡Sabrina! —Abre los brazos y la coge de los hombros. Le da dos besos que apenas rozan sus mejillas—. Madre mía, estás guapísima.
Hay pocas veces en las que Tina suena sincera y esta es una de ellas. Llama a su hijo y este se acerca. Antes de llegar hasta Sabrina, Jacobo se vuelve a atusar el pelo (tiene un flequillo rebelde) y parece un anuncio de champú.
—Hola, Sabrina, ¿qué tal? —dice. Jacobo sí besa a Sabrina en las mejillas y ella aspira su aroma. Es más fresco que el de su padre, pero igualmente embriagador.
Es muy diferente al Jacobo que conoció en su adolescencia, cuando ella tenía 16 y el era un enano de 14 con vello en la barbilla y granos por toda la cara. Ahora parece un hombre de anuncio.
—Hola. Has… has cambiado mucho —saluda Sabrina. Nota sus mejillas calientes y sólo espera que el colorete haya sido capaz de disimular su rubor.
—Tú sin embargo sigues igual.
Tina le da un codazo.
—Quiero decir, igual de guapa. Has crecido, eres mayor.
Otro codazo.
—Una mujer, toda una mujer —Jacobo no sabe cómo acertar y él no tiene maquillaje que le disimule su vergüenza—. ¿Has tenido un buen vuelo?
—Algunas turbulencias al cruzar el canal de la Mancha, pero por lo demás, muy agradable.
—Bueno, técnicamente es un estrecho con 172 metros de profundidad. ¿Sabes que se puede cruzar en tren?
Tercer codazo de Tina para acallar a su hijo. Un minuto más hablando y se destapa el pastel sin azúcar que es.
—¡Estas maletas también! —Martín indica a un chico con uniforme de la naviera que coja las maletas de Ramón y Sabrina. El joven las sube al carro y se las lleva—. Las dejarán directamente en nuestro camerino —informa. Luego mira a Sabrina y sonríe con franqueza—. Sabrina… Estás preciosa.
De nuevo, dos besos. La barba del patriarca de los Meier es suave y delicada.
—Va a ser un viaje delicioso —dice Tina—. ¿Verdad, Ramón?
Ramón asiente y sonríe con educación.
—Desde luego, el barco es lo mejor en su clase —dice Martín—.
210 metros de eslora y 26 de manga. Puede llegar a alcanzar los 22 nudos, un ratio de 1.
5:1 de tripulación y 4 motores diésel. No tengo ni idea de lo que he dicho pero es lo que me dijeron cuando lo contraté.
Lo que sí sé es que tiene 8 restaurantes, incluido uno con estrella Michelín, y un helipuerto.
—También hay una infinity pool —le dice Jacobo a Sabrina—. Luego podemos tomarnos una copa mirando el atardecer de Barcelona.
Tina asiente complacida de que su hijo haya dicho la frase que le indicó.
Los carrillos sonrosados de Sabrina le advierten de su éxito.
Sabrina, aunque complacida, cree que la relación está escalando demasiado deprisa.
Apenas han subido al barco y ya parece una conquista hecha.
Lo paradójico es que, pese a que está ahí para ser conquistada, debe hacerse de rogar para que Tina, la principal interesada, no piense que es una mujer fácil.
Tanto sobrepensar le atolondra la cabeza.
¿O es el graznido de las gaviotas que no paran de saludar a los viajeros?
¿O quizá el sol del mediodía, que se aproxima?
Se masajea el puente de la nariz disimuladamente.
Todo lo va a tener que hacer disimuladamente a partir de ahora.
Cualquier gesto, cualquier palabra está bajo escrutinio.
¿Dejará de estarlo alguna vez? Hay una voz que la llama desde dentro.
Intenta distinguirla pero el jaleo que la rodea lo hace complicado.
Hay conversaciones en, por lo menos, cinco idiomas que se cruzan con sus propios pensamientos (¿está pensando en español o en inglés?); el ruido de las ruedas de las maletas, de las carretillas elevadoras, de las grúas de carga, el silbido ocasional del sistema de ventilación del barco.
Un grave trompetazo la saca de la cacofonía.
Es el barco, que les invita a subir ante su inminente salida.
—¿Vamos? —dice Martín.
Jacobo mira el reloj (precisión suiza de 24 kilates) con impaciencia.
—Un momento…
—¿A qué se supone que estamos esperando? —pregunta Tina entre impaciente y aterrada. Se teme la respuesta. Y su temor se hace carne (y gritos) desde el otro lado de la dársena—. No puede ser. ¿Jacobo? —pregunta a su hijo con la voz al borde del grito.
—Si es un crucero familiar, tenía que venir, ¿no? —dice el joven.
Sabrina no entiende. Mira hacia donde madre e hijo llevan la mirada y a lo lejos advierte la figura de una mujer que esquiva viajeros y staff con la habilidad que le ha dado años de mezclarse con multitudes en Vietnam, Corea o la India.
Ha cambiado mucho desde la última vez que la vio, pero reconocería la figura de Jimena Meier a la legua, por mucho pantalón bombacho y camiseta ancha que lleve.
—Hola, familia —dice Jimena recuperando la respiración. Su boca luce una sonrisa victoriosa, socarrona. Sabe que nadie, salvo su hermano, la esperaban allí. Se abraza a Jacobo.
—Hueles raro —le dice.
—Es comino. He venido en una foodtruck de comida marroquí.
—Ogh, por Dios —dice su madre.
Jimena se abalanza sobre ella en un abrazo que incomoda a Tina.
—Yo también me alegro de verte, madre.
—¿No podías haber venido en un taxi, como cualquier hijo de vecino —protesta Tina.
La sonrisa de Jimena es enorme, divertida. Se mueve con una energía incontrolada que emana de ella como el olor a comino.
—Pues porque no soy cualquier hijo de vecino, madre, soy una Meier.
—Vaya, vaya —dice Martín que le da un beso que es apenas un roce a su hija—, pensaba que te daba alergia el apellido. ¿Qué haces aquí?