Noche 1 Barcelona #2
—Sí, que no holdee con un alto riesgo que no me puedo permitir.
—Y eso significa…
Sabrina enfoca la mirada en los ojos verdes de su amiga. Se empeña en pintárselos de colores que, según ella, combinan, pero ya le ha dicho mil veces que con una sombra tierra y una máscara de pestañas arrancaría suspiros por los pasillos de la ofi.
—Que no me enamore de gente con pasta.
—Exacto. Tenemos que estar con los pies en la tierra. No somos como ellos y nunca lo seremos.
Beben en silencio, mirando a la jefa reírse con un director financiero en la barra.
El primer día que Sabrina pisó la oficina, Emily se fijó en ella.
La seguía con la mirada por los pasillos, la estudiaba en la distancia.
Por fin, en el almuerzo, la “secuestró”.
Allí le dijo lo mismo: “No somos como ellos y nunca lo seremos”.
La había reconocido. Emily, como Sabrina, se había colado en la fiesta y tenía que redoblar esfuerzos para permanecer encastrada entre los niños pijos.
Lo hacía tan bien que se obligaba a ir una vez al mes a Yeovil, su pueblo de origen en el condado de Somerset, para que su gente la recolocara en su sitio.
La jefa se atusa el pelo y por el camino caza a Emily y Sabrina mirándola. Emily disimula, pero Sabrina le aguanta la mirada. La jefa sonríe.
—¿Crees que la jefa está liada con el CFO? —se pregunta Emily.
Sabrina sopesa la respuesta.
—Ni de coña. Ese es 1/6, ¿no? Collateral : su matrimonio en crisis. Retornos nulos; seguro que tiene problemas de impotencia. Credit rating : BB- con perspectiva negativa. La jefa es más lista que eso.
A Emily se le sale la pinta negra por la nariz.
—¡ Underperformer total! —Y al ver que Sabrina sigue sin quitarle ojo de encima a la jefa, le advierte—: Si vas a por ella, al menos espera a Q4, cuando sepamos si hay bonus o no, a ver si te vas a jugar el sobresueldo por un mal polvo.
—No voy a llegar al Q4, Emily.
Le han salido las palabras raspadas. Podría ser fruto del alcohol, que tensa las cuerdas vocales hasta enrojecerlas, pero Emily ha sabido leer entre líneas.
—¿Ha pasado algo? —le pregunta.
Sabrina apura su bebida y chasquea la lengua para retener unos segundos más el sabor amargo de la tónica.
—Mi padre me ha mandado un mensaje.
—Bueno, pero eso es normal; habláis todas las semanas —dice Emily más convenciéndose a sí misma de lo que significa lo que su amiga le está contando que por tranquilizar a Sabrina.
—El mensaje —responde Sabrina que no deja que a Emily le de tiempo a anticipar el duelo.
Saca su móvil del bolso. Tiene la pantalla rajada por tres sitios que bien podrían ser tres muescas de tres borracheras distintas.
Abre el mensaje y pone el móvil delante de las narices de Emily.
La inglesa habla español lo justo ( una servesa, por favor), pero sus veranos en Magaluf le han ayudado a hacer oído y a reconocer ciertas expresiones.
Por eso, cuando ve el mensaje, sumado a todo lo que Sabrina le ha contado, entiende perfectamente lo que dice: “Ha llegado la hora”.
Una sombra ha cubierto su mesa. Normalmente suele ser un británico con cuerpo de jugador de rugby y dientes torcidos que quiere ligar con ellas (algunos, hasta lo consiguen), pero ahora esa sombra no corresponde a nada físico, sino más bien anímico. Un smog que amenaza con arruinar la noche.
Emily la mira de arriba abajo, luego mira la mesa rayada con nombres y dibujos, echa un vistazo al local, al camarero atendiendo comandas con diligencia, a la gente riendo y bebiendo. Quiere retener esa imagen, guardarla en su memoria, en su álbum personal de momentos felices.
—Está bien —dice por fin—. Último comentario de Emily Vowles, MD de Afterwork Risk Assessments: Tú eres hold , pero con stop-loss en el segundo cocktail (y llevas tres).
Alta liquidez (bailas entre las mesas cuando suena Rosalía en el pub).
Tres estrellas Morning Star, atractiva rentabilidad a corto plazo, pero cuidado con el horizonte temporal.
Más volátil que el Bitcoin, pero con mejor dress code .
Recomendación: diversificar exposición y no operar en horas de resaca.
—Entonces, tendré que aprovechar antes del cierre de mercado —dice Sabrina. Deja su copa en la mesa y se dirige directamente a la jefa, que la recibe con una sonrisa.
Emily añade la imagen a su álbum.
—UN crucero —repite Sabrina para procesar la noticia.
—Un crucero, sí —dice su padre al otro lado de la línea. Pese a la distancia, su hija le nota cansado. La voz, la pesadez de las palabras, los lánguidos suspiros.
Sabrina se ha ido directa a casa desde Belgaria, previo paso por un 24/7 para comprar algo de cena.
El choque sociocultural del cambio de escenario ha sido como una bofetada de realidad.
Con el teléfono atrapado entre la oreja y el cuello, pone las dos bolsas sobre la encimera de su cocina.
El apartamento es pequeño y lo comparte con una estudiante japonesa que apenas lo pisa porque ha empezado a salir con un londinense que vive a las afueras en una casa también compartida, pero más espaciosa.
Así que lleva un par de meses viviendo prácticamente sola.
—Y nos invitan, claro —asume Sabrina. Coge la caja de helados de una de las bolsas y la mete al congelador. El resto puede esperar.
—Sí, nos invitan.
—¿Y no podían haber hecho una cena sin más?
Sabrina pasea por el piso y pronto llega a la ventana del salón.
Es domingo y no llueve, milagro que aprovechan las familias para pasar un día en el countyside .
A su izquierda, las grúas sobre un esqueleto de hormigón de lo que serán más apartamentos de lujo (la gentrificación ha llegado a su barrio, señora).
A la derecha, el bloque de viviendas sociales de ladrillo oscuro, con la ropa tendida en los balcones y las antenas parabólicas oxidadas.
—Ten en cuenta que ellos no creen que les debamos ningún favor. O sea, sí, pero no quieren admitir que lo que hacemos es porque les debemos un favor…
—Varios, diría yo.
—Bueno, lo que sea. Lo que ellos quieren es que cumplamos con nuestro deber no porque se lo debamos sino porque queremos hacerlo. ¿Me explico?
—Así ellos siguen pensando que son buenas personas y que tienen amigos en lugar de prisioneros.
—Hija, tampoco es eso. Son buena gente.
—Son nazis.
—¡Sabrina! —le reprende su padre para bajar el tono después—. Su padre era nazi; Martín no.
—Si vinieran ahora los nazis, ya te digo yo en qué bando se pondrían él.
Sabrina hace una lista mental de todos esos favores que los Meier les han hecho desde el fallecimiento de su madre:
Costear el entierro de la mujer de Ramón (un favor que les pilló con la guardia baja y la urgencia de darle a Violeta el adiós que se merecía).
Pagarle a Sabrina el internado.
Ascender a Ramón como Office Manager .
Pagarle a Sabrina la Universidad.
Ascender a Ramón como director de Logística.
Pagarle a Sabrina un MBA… que no deseaba.
Tardó en darse cuenta cada favor, cada acto de aparente bondad de los Meier, era en realidad un eslabón más en una cadena invisible que apretaba cada vez más fuerte.
—Para, por favor.
Un largo suspiro de su padre evidenciaba el agotamiento. No quiso meter más cizaña. Al fin y al cabo, Ramón admiraba a Martín y eran amigos… de alguna manera. Su padre había encontrado el acomodo atado en esa cadena invisible. A Sabrina le iba a costar renunciar a su libertad.
—Paro —A Sabrina se le agria la voz—. ¿Y cuándo dices que es el crucero?
Es inútil resistirse, la sombra de los Meier es alargada y mejor estar bajo su cobijo a que te de un golpe de calor en la próxima crisis. Sabrina también tendría que encontrar el acomodo en la cadena de los Meier en su forma final: un matrimonio arreglado.
La cuenta de Instagram de Jacobo Meier, el heredero designado del grupo empresarial y, a la sazón, futuro marido de Sabrina, mostraba una vida de lujos, superficialidad y primeras marcas.
Atardeceres en yates, restaurantes caros, reflejos en el espejo del gimnasio.
Por lo menos, estaba bueno. Pensándolo bien, era un 1/6 con altísima rentabilidad.
Una ganga. Sólo esperaba que tuviera algo de emoción si no quería correr el riesgo de tener que buscársela en otros activos.
Un escalofrío le recorre el cuerpo al sorprenderse pensando así.
A diferencia de Emily, ella no ha tenido un pueblo al que volver para que le bajaran los pies a tierra, a tratar a la gente como personas y al dinero como un recurso para vivir y no para especular.
Necesita un recordatorio constante de quién es y, sobre todo, quién no es antes de que acabe engullida por el cinismo.
Ya lo encontrará. Ahora lo que tiene que buscar es ropa adecuada para no desentonar en el Yacht Club. Fingir ser rica sale muy caro.
A Sabrina se le escapa un suspiro y sonríe. Es el mismo suspiro que se le escapaba a su madre cuando se resignaba ante la, en su opinión (levanta las cejas y el dedo como lo haría ella), innecesaria ambición de su marido.
DE los suspiros de una madre a los abrazos de un padre.
El olor a perfume cargado de cedro y jazmín inunda a Sabrina cuando le rodea con los brazos.
Ha sido de las primeras en salir por la puerta de embarque y enseguida ha visto a su padre entre las caras de espera del resto de la gente: tan blanco, tan puro, tan ilusionado.
—Mi pequeña… —dice Ramón. Se despega, la mira de arriba abajo—. Estás hecha toda una mujer. Cuánto has crecido.
—Papá, que sólo hace tres meses de la última vez que nos vimos.
—Calla, calla, aún me dura el regusto amargo de la Guinness.
Ríen y en los ojos de Ramón su hija puede ver la alegría, pero también el miedo.
Miedo a que todo salga mal y a la vez a que salga bien.
¿Está haciendo lo correcto? El miedo que se agudiza cuando le coge la maleta a Sabrina.
La siente ligera. Demasiado para un crucero de 7 noches por el Mediterráneo.
—Estás segura de que lo llevas todo? —pregunta levantando sin esfuerzo la maleta.
—¿Todo para qué?