7 noches por el Mediterráneo Noche 1 Barcelona
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7 noches por el Mediterráneo

7 noches por el Mediterráneo

Por A. M. Irun

© inepub.com

Noche 1 Barcelona

Los viajes de un lado a otro dieron para mucho y Ramón resultó ser un hombre inteligente y vivo por lo que, pese a la diferencia de estatus, Martín lo fue ascendiendo, convirtiendo a Ramón, además de en su amigo, en su hombre de confianza dentro de la empresa.

Estos dos hombres, pues, están en el despacho de Martín.

—Los viejos tiempos mueren, los nuevos no terminan de nacer, y entre tanto surgen los monstruos —dice Ramón con pesadez.

—¿Te refieres a Vicuña? —le responde Martín sin disimular el hastío.

—No ha ido tan mal —dice Ramón. Tiene un bigote espeso y blanco y un tupé encima de su frente arrugada que le disimula un poco las entradas. Lo que es difícil de disimular es la coronilla al descubierto.

—Te lo agradezco, Ramón, pero no hace falta andarse con paños calientes: se me quieren comer —reconoce Martín. Se apoya con los puños cerrados en su mesa—. ¿Has visto a Vicuña? Ya se está relamiendo. Cuanto peor vaya la empresa, mejor le irá a él para seguir con sus conspiraciones en el Consejo.

Ramón concede. Abre una botella de whisky del minibar con la confianza que le da haberlo hecho durante años. Le ofrece un vaso.

El despacho de Martín tiene algo de decoración fresca y actual que él no entiende pero que le ha recomendado su asistente para parecer más modernillo: un sillón extraño en el que nunca se sienta porque no sabe cómo, una lámpara de diseño que decora más que ilumina y una alfombra de vivos colores que no se atreve a pisar por no estropearla.

Echa de menos su mesa de roble que ha sido sustituida por una con superficie de cristal “para subrayar la transparencia de su estilo de dirección”.

—Igual es momento de proponer que Jacobo tome las riendas.

Pese al sabor dulce y ahumado del bourbon , el trago se le amarga a Martín.

—Se lo van a comer y perderemos la empresa —Martín se deja caer en el chéster, su innegociable en decoración—. No tiene lo que hay que tener. Es demasiado cándido, desapasionado...

—Eso no es necesariamente malo.

—Es un soso, Ramón.

El viejo chófer se levanta la pernera y se sienta en el brazo del chéster emitiendo un quejido.

—Sin embargo, Jimena…

Martín se pone alerta.

—No me hables, no me hables —Se pone en pie, da pasos perdidos en su despacho.

Él tiene una cuidada barba grisácea y unos ojos azules que delatan su origen alemán.

Todo el mundo le llama Martín, pero en realidad se pronuncia Martin.

Martin Meier. De los Meier que se apropiaron de un gran banco que pertenecía a una familia republicana.

Su ínsula Barataria como cobro por su fidelidad al régimen.

—No podemos decir que tenga aversión al riesgo.

—¡Ninguno! Ni siquiera sé por qué parte del globo está —El alemán se mantiene recto—.

Son dos caras de la misma moneda: si Jacobo es tranquilo, Jimena es aventurera; si él es un soso, Jimena es carismática, arrolladora…

Prudente él, Rebelde ella —Chasca la lengua y da otro trago que se le hace todavía más amargo—. ¿Seguro que este es el whisky bueno?

Ramón bebe para asegurarse y asiente.

—Parece que lo han hecho a propósito —dice Martín refiriéndose de nuevo a sus hijos.

—Bueno, un poco sí —dice Ramón y Martín ya sabe que con el whisky relame también una de sus teorías sobre la condición humana, eso que a él nunca le alcanza a entender—. Si todo estaba destinado para que heredara la empresa Jacobo, ¿qué sentido tenía para Jimena prepararse para lo mismo?

—¡Pero recibieron la misma educación! Hasta que Jimena abandonó el Máster, claro…

—Ella es mujer. Sabía que lo iba a tener más difícil.

—¿Y por eso se dedica a dilapidar su mensualidad yendo de nómada por la vida? Al menos tu hija sí ha aprovechado bien el dinero de la empresa.

Ramón agria el gesto pero disimula mirando el vaso con el líquido dorado. Martín se inclina para coger la botella y cerciorarse de que no le dieron gato por liebre en su día con aquel bourbon de 40 años.

—El último reporte de tu hija fue muy positivo, ¿verdad?

Ramón asiente. Reciben un reporte semestral de la performance de Sabrina en un fondo londinense donde le colocó Martín después de un MBA que le pagó el Grupo Meier tras una carrera que pagó Ramón a duras penas… con ayuda de Martín. Y así una larga cadena de favores a la que Ramón se siente anclado.

—Es taimada, inteligente, con recursos. Consistently delivers high-quality performance, exceeding expectations 1 —recita Martín de memoria en un perfecto inglés.

El padre de la citada no entiende inglés pero sabe que en Londres están encantados con Sabrina. Y ella está encantada de vivir en Londres, tal como le cuenta en sus llamadas.

Martín chasquea los dedos y se pone en pie.

—¡Ya lo tengo!

Se marea, se apoya en el reposabrazos del chéster. Ramón se acerca para sujetarle, pero Martín le rechaza amablemente.

—Estoy bien, estoy bien. Tira este whisky por el desagüe, por Dios.

—¿Qué es lo que tienes?

—La solución para que la empresa no acabe absorbida por un fondo, vendida de mala manera o, peor aún, en manos de Vicuña. Mira, Ramón —dice dejando el vaso sobre una mesa. Levanta los dedos índices de sus manos —Jacobo. Sabrina—. Acerca los dedos—: La pareja ganadora.

—¿Ganadora de qué?

—Para acabar con las dudas de Vicuña y del Consejo. Y para dirigir la empresa hacia la modernidad.

Ramón levanta una ceja. Sopesa un segundo la idea.

Le suena medieval, a Reyes y Reinas, a herederos y dominios.

A antiguo, a naftalina. Aunque, bien mirado, si Sabrina se convierte en reina de la empresa de los Meier, sus deudas por fin quedarán saldadas.

Intenta que en su rostro no se note la velocidad de su pensamiento.

—Pero… ¿cómo? ¿Cómo hacemos que se enamoren?

—¿Amor? Eso es una entelequia.

—Será una entelequia, pero conozco a mi hija y no sé si Jacobo es su tipo…

—De Jacobo me encargo yo —dice Martín—. Tú encárgate de tu hija.

Poco tardó Ramón en darse cuenta que entrar en el mundo de los Meier no salía gratis. Mucho menos para alguien que no tenía nada, que dependía de su reconocimiento, de su dinero, de sus migajas. Ya se lo decía su mujer: Algún día se querrán cobrar el favor.

—¿Y cómo lo hacemos? —pregunta Ramón, más por acallar sus pensamientos que por curiosidad.

—De la misma manera que nos conocimos mi mujer y yo.

Los viajes de un lado a otro dieron para mucho y Ramón sabe perfectamente cómo Martín conoció a Tina, su mujer. Está en su cabeza, quizá fruto del alcohol, pero le ha parecido ver cómo las baldosas del despacho de Martín han hecho una breve ola bajo sus pies.

¿CÓMO eran las palabras que había usado Martín para describir a Sabrina? Taimada, sensata, inteligente, con recursos. Bueno, recursos tiene, desde luego. Que los aplique con sensatez es otra cosa.

Sabrina es muy diferente a como su padre y Martín creen.

Pero claro, la Sabrina de Londres no es la misma que la que ellos conocen.

Ni siquiera ella sabe cuál es la Sabrina real.

“Tengo que aprovechar mientras dure” es su mantra, un mantra que lleva repitiéndose desde que llegara a la capital británica y que ha dicho tantas veces que ya ha perdido su significado, como cuando repites mucho una palabra hasta que te resulta extraña. ¿Cómo puede “mesa” significar mesa ?

Sabrina.

Sabrina.

Sa-brina.

Sa-bri-na.

S-a-b-r-i-n-a.

¿Quién es esa?

En fin, la abstracción del lenguaje.

Sabrina, la taimada, la sensata, sale de puntillas del apartamento de su jefa.

Para no dar un portazo, moja con saliva el resbalón del cierre y este se desliza suave hasta quedar cerrado.

Sabrina, la mujer inteligente y con recursos.

El lunes harán como que no ha pasado nada.

Su jefa le seguirá pidiendo sus informes, Sabrina le seguirá metiendo notitas picantonas en los mismos; y la jefa seguirá enviando reportes a su apoderado.

El desempeño de alta calidad de manera consistente, superando las expectativas se refiere al trabajo y a la cama.

¿Cómo ha llegado hasta ahí, hasta ese portal típico de una townhouse , de suelo pulido de mármol blanco, con los zapatos en la mano y caminando descalza por el frío suelo del barrio de Belgravia?

Pues como empiezan todas las historias en Inglaterra: tomando una pinta en un pub.

El pub está lleno de ruido, vasos medio vacíos de stout pegajoso sobre mesas de madera gastada.

Sabrina, con el flequillo ligeramente despeinado por el tercer gin-tonic que no debería estar tomando, se inclina sobre la mesa.

Frente a ella, Emily agita una mano con uñas pintadas de azul oscuro y suelta un “ bloody hell ” entre risas.

—Sabri , my darling, estás loca si piensas —dice con acento británico arrastrado.

Usa la pinta negra para señalar hacia el rincón donde está el equipo de Forex —Shaun es menos que un 5/6.

El tipo tiene  default risk  escrito en la frente.

¿Has visto cómo mira a las juniors? Pfff, apalancado hasta las cejas.

Sabrina ahueca las manos alrededor de su copa, como si fuera un megáfono.

—¡Pero es que la jefa es un 6/6  exposure , ¿ok? Te hunde con el scalping en tres segundos. Pero… —suspira, gira el hielo del gin con un dedo—, ¿sabes qué pasa? Que su ratio de liquidez es… tentador. Y a mí me interesa jugar en el corto plazo ahora.

—Ok, ok —dice Emily con un golpe demasiado fuerte que hace girar algunas miradas—: Vamos a hacer un technical analysis  rápidito: Shaun es un  pump and dump  clásico.

Hot  hoy, bono basura mañana, cuando te lo encuentres en el cuarto de la impresora y se piense que lo de anoche, lo de esta noche, fue diferente, especial…

—Le sale una risita que contagia a Sabrina—.

Pero la jefa… —baja la voz—. No sé. Si te la juegas, que sea con  stop-loss en mitad de la noche.

Te levantas, coges tus zapatos de charol y te vuelves a casa con paseo de la vergüenza incluido.

Ni se te ocurra holdear y despertarte con ella, que te quedas prendada y se te deprecia el capital —Emily le agarra la cara para asegurarse de que la escucha—. ¿Me has entendido?