CAPÍTULO 23 La libertad #2
Sofía apoyó la mejilla contra su vientre y Nuria le besó la cadera. Cuando Miguel recuperó el aire, se tumbaron los tres en la cama.
Se movieron sin prisa hasta que la excitación volvió a crecer.
Miguel bajó junto a Sofía entre las piernas de Nuria; ella reconoció primero la lengua de Sofía y después la barba de Miguel, y dejó de intentar distinguirlos.
Cuando estuvo demasiado cerca del límite, se incorporó, atrajo a Sofía y la besó; la mano de Miguel siguió entre sus piernas mientras Sofía le rodeaba la nuca.
Nuria cayó sobre Sofía. Miguel se colocó detrás, le abrió más las piernas y recorrió su espalda. La polla le rozó el coño, empapado por las bocas de Miguel y Sofía. Cuando la hundió en ella, Nuria gritó contra el pecho de Sofía.
Miguel entró hasta el fondo y se detuvo. El coño de Nuria se contrajo alrededor de la polla; ella necesitó un instante para acomodarse a la presión mientras Sofía le ofrecía un pezón y le acariciaba el pelo.
Nuria empezó a moverse antes que él. Retrocedió buscando la embestida y la recibió con la boca pegada a Sofía. Miguel le sujetó las caderas, primero acompañándola, después imponiendo un ritmo más profundo que hacía ceder el colchón bajo los tres.
Cada embestida la llevaba contra el cuerpo de la otra mujer. Sofía abrió los muslos alrededor de su cabeza y Nuria descendió hasta encontrarla con la lengua.
Miguel follaba a Nuria mientras ella se comía a Sofía, que se arqueaba bajo su boca.
Él se inclinó sin reducir las embestidas.
Nuria hundió la cara entre las piernas de Sofía mientras ella le estimulaba el clítoris.
Una rodilla chocó con otra y Nuria perdió el ángulo; se rio contra Sofía, Miguel aflojó hasta que pudieron recolocarse y la risa terminó convertida en un gemido.
Sofía empezó a correrse contra la boca de Nuria. Los muslos se le cerraron alrededor de la cabeza y el cuerpo se le tensó en oleadas. Nuria siguió con ella mientras Miguel aumentaba el ritmo detrás.
A Nuria le fallaron los brazos. El placer que recibía y el que provocaba se mezclaron hasta que llegó gritando contra la piel de Sofía, mientras Miguel seguía moviéndose detrás.
Él se retiró antes de correrse. Nuria rodó de lado, sin aliento, y Sofía se incorporó para recorrerle el pecho y atraerlo hacia sí.
Miguel le apartó el pelo de las mejillas antes de besarla.
La lentitud inesperada interrumpió por un instante los jadeos.
Sofía abrió los ojos, buscó a Nuria y la atrajo hacia sí.
Nuria se tumbó junto a ella, bajo el brazo de Miguel, y guio la mano de él hasta su vientre mientras Miguel se acomodaba entre sus muslos.
Miguel entró despacio. Sofía arqueó la espalda y el gemido le nació tan abajo que pareció atravesar el cuerpo de Nuria; él avanzó hasta hundirse por completo y se detuvo con la cara en su cuello, mientras Nuria se inclinaba para verlos unidos y besaba la piel donde ambos se encontraban.
Sofía agarró a Nuria por el pelo y la hizo subir para besarla mientras Miguel empezaba a moverse entre ellas, lento al principio, atento a cada cambio en la cara de Sofía.
Nuria siguió con las yemas el recorrido de los músculos bajo la piel y, cuando Miguel le ofreció la boca, encontró en ella el sabor de Sofía y la sal que aún conservaban en la piel.
La lentitud se volvió imposible cuando Sofía rodeó la cintura de Miguel con las piernas y tiró de él.
Nuria mantuvo los dedos sobre su clítoris mientras las embestidas ganaban fuerza; Miguel tenía una mano bajo el culo de Sofía y la otra enlazada con la de Nuria.
No se soltaron cuando empezaron a necesitar el aire más que los besos.
Cada espasmo de Sofía alteraba el ritmo de Miguel y devolvía a Nuria una descarga que aún encontraba eco en su propio cuerpo.
Sofía volvió a correrse aferrada a los dos. Miguel perdió el compás poco después, se hundió en ella y se corrió con un gemido ronco.
Los dedos de ambos se cerraron sobre los de Nuria.
Miguel cayó sobre el pecho de Sofía y Nuria se tumbó pegada a ellos, con una pierna atravesada sobre sus caderas.
Desde la terraza llegaban el roce de las ramas y el rumor distante del mar.
Cuando Miguel se apartó, Nuria besó la marca del cuello de Sofía y después buscó la boca de él.
Los tres quedaron unidos otra vez, sin fuerza para mucho más que respirar y recorrer despacio la piel de los otros.
Miguel tenía la cara agotada y el pelo húmedo. Esperó a tenerlas a las dos cerca para hablar.
—Quiero esta vida —dijo.
Sofía besó su pecho, Nuria enlazó la mano con la de ella y Miguel las cubrió con la suya.
—Tengo arena en sitios incompatibles con la felicidad —murmuró Sofía al cabo de un rato.
—No pienso levantarme —dijo Nuria, riéndose contra su hombro.
—Tú eres el médico, cariño. Busca una solución.
Miguel intentó sentarse, llegó hasta la mitad y volvió a caer sobre la almohada; Sofía levantó la cabeza lo suficiente para examinarlo.
—Es preocupante.
—Ducha —dictaminó él.
—Descartada.
Se levantaron cuando la sal y la arena empezaron a secarse sobre la piel.
Nuria arrastró a Sofía hasta el baño y Miguel las siguió protestando porque ninguna había pensado en las toallas; el agua salió fría al principio y las quejas llenaron el baño hasta que empezó a calentarse.
Se ayudaron a quitarse la arena y las marcas de sal.
Cuando las caricias amenazaron con convertirse otra vez en otra cosa, Nuria cortó el agua.
Regresaron húmedos al dormitorio y cayeron sobre la cama sin secarse, entre caricias que ya no pretendían llegar a ninguna parte.
Sofía se acomodó sobre el pecho de Miguel, Nuria se pegó a la espalda de Sofía y fue la primera en dormirse; Miguel buscó entonces a ciegas la mano de Nuria y la sostuvo sobre el vientre de Sofía.
***
Nuria despertó con una franja de sol sobre la cara. Miguel seguía dormido boca abajo y Sofía ocupaba el hueco entre ambos, con una pierna enredada con la de él.
Se escabulló sin despertarlos. El vestido de la noche anterior seguía a mitad del pasillo. Pasó por el baño, se recogió el pelo de cualquier manera y salió desnuda a la terraza con un vaso de agua. Sofía apareció unos minutos después, también desnuda y adormilada.
Nuria señaló el teléfono con el vaso.
—He pedido el desayuno.
Sofía se acercó y la besó. Nuria la recibió con una mano en la cintura, con la boca fresca por la pasta de dientes. Permanecieron abrazadas hasta que Miguel salió con una camiseta y el pantalón corto sin abrochar, despertado por sus voces o por el hueco que habían dejado en la cama.
—Son las diez —dijo.
—Y dentro de veinte minutos habrá café —respondió Nuria—. Te toca abrir.
—Entiendo —dijo Miguel al reparar en que era el único vestido—. Yo recibo al camarero.
—Eres el único que se ha vestido —observó Sofía.
El desayuno llegó en un carro con café, zumo, huevos, pan y fruta.
Miguel lo llevó hasta la terraza y dejó la ropa en el salón antes de sentarse con ellas; comieron desnudos bajo la pérgola, Sofía se apropió del café y Miguel acabó picando de los platos de ambas después de asegurar que no tenía hambre.
Cuando terminaron, Nuria apartó la silla y cruzó la terraza corriendo para saltar a la piscina sin comprobar la temperatura.
Salió a la superficie con un grito; Sofía se lanzó detrás y protestó en cuanto sacó la cabeza del agua.
Miguel apenas tuvo tiempo de alejar la taza antes de que las dos lo empaparan.
Miguel entró por los escalones, sin prisa, y Nuria y Sofía esperaron hasta que tuvo el agua por la cintura para abalanzarse sobre él; los tres desaparecieron bajo la superficie entre piernas, brazos y una carcajada convertida en burbujas.
Después de aquella mañana, las otras habitaciones quedaron para las maletas abiertas y las toallas húmedas.
Los tres dormían en la cama principal, aunque el orden cambiaba cada noche; se despertaban tarde, desayunaban en la terraza y elegían una playa cuando el calor ya había despejado los caminos.
Las siestas empezaban junto a la piscina y terminaban donde los alcanzara el deseo.
Al cuarto día, Sofía ya no buscaba su sitio antes de acostarse: se metía medio dormida en el hueco que quedara entre los otros dos y seguía durmiendo pegada a ambos.
El martes siguiente salieron del resort a las once y cuarto.
Miguel conducía el coche de alquiler, Nuria iba a su lado terminándose un café y Sofía ocupaba el asiento trasero con las tres toallas y una bolsa en la que había metido agua, crema solar y dos libros que nadie abriría.
Tenían mesa a las dos y media en un chiringuito de Ses Illetes; todo lo demás seguía sin plan.