CAPÍTULO 23 La libertad #3
Tardaron poco más de veinte minutos en llegar al acceso del parque y caminaron por una pasarela de madera entre dunas bajas y sabinas retorcidas.
Antes de mediodía avanzaban ya por la arena blanca de es Trucadors, con el agua inmóvil y turquesa a un lado y un mar más oscuro al otro, hasta que las sombrillas se separaron y los bañadores dejaron de ser la norma.
Había cuerpos desnudos de todas las edades —pieles curtidas, cicatrices, vientres blandos, marcas de operaciones que nadie se molestaba en esconder— y la desnudez no reclamaba miradas: formaba parte del paisaje con la misma naturalidad que los libros abiertos y los niños cubiertos de arena.
Nuria se quitó el bikini antes de extender la toalla, Miguel dejó el bañador encima de la mochila y Sofía los imitó casi enseguida. Al echar a andar hacia el agua, Nuria la vio mirar una sola vez alrededor; unos pasos después ya caminaba sin comprobar quién podía verla.
Miguel clavó la sombrilla y se tumbó bajo ella mientras Nuria echaba a correr hacia el mar y Sofía la seguía antes de que la arena le quemara los pies. Nadaron hasta dejar de hacer pie y flotaron un rato frente a la línea baja de la isla.
Nuria y Sofía habían nadado juntas muchas veces.
Con Miguel, en cambio, la isla estaba sacando pequeñas manías que en Madrid se perdían entre horarios: se dormía al sol con un antebrazo sobre la cara, calculaba distancias incluso cuando juraba que no tenía prisa y hablaba más de la cuenta después de demasiado tiempo bajo el sol.
—Se ha dormido —dijo Nuria.
Sofía comprobó que Miguel seguía bajo la sombrilla, con un antebrazo sobre la cara y una pierna fuera de la sombra.
—Se va a quemar.
—Que aprenda a darse la vuelta.
Nuria la abrazó bajo el agua y el beso supo a sal y a la crema que aún conservaban alrededor de la boca. Una ola las separó; volvieron a encontrarse riéndose mientras dos bañistas pasaban cerca sobre una tabla, indiferentes a ellas.
Cuando regresaron a la sombrilla, Miguel las esperaba con tres bebidas y un vaso frío apoyado sobre el vientre.
—Cuarenta minutos —dijo.
—Te has entretenido contando —respondió Nuria, dejándose caer mojada sobre la toalla.
Sofía se sentó a su lado y bebió de su vaso antes de coger el suyo; Miguel le quitó arena de la mejilla con el borde de la toalla y ella lo besó, mientras Nuria, tumbada junto a ellos, le dejaba una pierna encima.
Permanecieron así hasta que el hambre y el calor los obligaron a vestirse lo justo para entrar en el chiringuito.
A las dos y media ocupaban una mesa protegida por cañizo, con la sal en la piel, y cuando el camarero preguntó por el vino Miguel cerró la carta.
—Un José Pariente, bien frío.
—En casa de Jesús me dejaste estudiar la carta —recordó Sofía.
—Entonces no sabía lo que te gustaba.
La botella llegó en una cubitera. Sofía probó el vino y dejó la carta cerrada junto al plato sin hacer ningún comentario; pidieron pescado y ensalada, Nuria comió de ambos platos y Sofía se quejó hasta que empezó a hacer exactamente lo mismo con el de Miguel.
Hablaron de la noche anterior y de una fiesta a la que quizá irían el jueves. Madrid apareció una sola vez: el teléfono de Miguel vibró dentro de la bolsa y él no se levantó a buscarlo.
Regresaron a la playa poco después de las cuatro y dormitaron bajo la sombrilla hasta que el hombro de Miguel quedó fuera de la sombra y empezó a enrojecer.
—Ni una palabra —advirtió él.
Nuria ni siquiera lo intentó; Sofía consiguió aguantar hasta que él empezó a ponerse crema y pidió ayuda para alcanzar la espalda.
Se la extendieron entre las dos, aunque las manos tardaron poco en recorrer bastante más que la zona enrojecida, y Miguel terminó levantándose para correr hacia el agua con ellas detrás.
El último baño duró hasta que el sol perdió la dureza del mediodía. Sofía descansó entre ambos donde el agua les llegaba al pecho; alrededor, la playa empezó a vaciarse.
Salieron de la playa a las siete y veinte y regresaron con las ventanillas bajadas, discutiendo dónde cenar hasta cambiar de opinión demasiadas veces y abandonar el asunto.
Llegaron al resort poco antes de las ocho.
Dejaron las bolsas en la entrada y atravesaron la villa sin encender las luces.
Sofía se quitó el vestido junto a la piscina y entró desnuda; Nuria dejó su ropa junto a la de ella y la siguió.
Miguel puso el bañador sobre una tumbona antes de bajar al agua.
Sofía apoyó la espalda contra el pecho de Miguel y atrajo a Nuria por la cintura. Nuria la besó mientras él las rodeaba a las dos. El deseo seguía allí, pero ya no necesitaba precipitarse hacia ninguna parte. Permanecieron enlazados mientras el cielo se oscurecía sobre los pinos.
Desde el salón llegó el zumbido de uno de los teléfonos contra la mesa. Miguel volvió la cabeza por costumbre; Sofía buscó su mano bajo el agua y Nuria continuó besándole el cuello. Él no se apartó.
El zumbido cesó cuarenta y ocho segundos después. Sofía seguía entre los dos, con la boca de Nuria en la suya, una mano de Miguel sobre el vientre y la otra cerrada en la cintura de Nuria.
FIN.