48 segundos CAPÍTULO 23 La libertad
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CAPÍTULO 23 La libertad

El barco atracó en La Savina poco después de las tres y media y un conductor del resort se ocupó del equipaje antes de llevarlos por una carretera estrecha entre pinos y sabinas.

La villa estaba apartada de las zonas comunes del resort, blanca, con una terraza orientada hacia el mar y una piscina que devolvía manchas de luz al techo del salón.

Había tres dormitorios; Nuria abrió el primero, asomó la cabeza y siguió hasta el principal sin molestarse en mirar las otras camas, con Sofía detrás y el conductor dejando el equipaje en el recibidor.

—Hay sitio para que cada uno duerma solo —comentó Miguel.

—Qué desperdicio —dijo Nuria, abriendo las puertas de la terraza.

—Las otras habitaciones pueden servir para discutir —añadió Sofía al dejar su maleta junto a la de Nuria.

Las tres maletas habían acabado reunidas al pie de la cama principal.

—¿Y si quiero dormir? —preguntó Miguel.

—La cama es enorme, cariño —respondió Nuria.

Antes de abrir las maletas pidieron comida al servicio de habitaciones y comieron en la terraza. La sobremesa se alargó hasta que el cansancio pudo más que las ganas de estrenar la piscina.

Pasaban de las cinco cuando se tumbaron, con las maletas aún cerradas y las cortinas moviéndose sobre el suelo por las puertas abiertas de la terraza.

Nuria despertó algo después de las siete, pegada a la espalda de Sofía y con una mano de Miguel sobre la cadera; permaneció así un rato, escuchando la respiración de ambos, hasta que el rumor del mar entre los pinos y la luz que llenaba la habitación terminaron de despejarla.

Se escabulló de la cama y bajó a la cocina, donde encontró agua fría y la bandeja de fruta que había sobrado de la comida. Miguel apareció por el pasillo antes de que terminara de servirse.

—Te has ido.

—A cinco metros. Sofía sigue dormida.

Miguel cogió un trozo de melocotón, le dio un mordisco y asomó la cabeza hacia el dormitorio.

Nuria le limpió con el pulgar una gota de zumo junto a la boca; Miguel le mordió el dedo y la sentó sobre la mesa. Se besaron, ella cruzó los talones detrás de sus piernas y lo atrajo hasta pegarlo a su cuerpo, pero cuando Miguel empezó a subirle la camiseta llegó una voz desde el pasillo.

—De verdad que no se os puede dejar solos.

Sofía apareció envuelta en la sábana. Nuria le tendió una mano sin separarse de Miguel.

—Ven y vigílalo.

—A él no le hace falta vigilancia.

Sofía dejó caer la sábana al llegar y Miguel la besó por encima del hombro de Nuria, que seguía entre ambos, sentada en el borde de la mesa.

Apartaron el plato de fruta antes de tirarlo al suelo.

El sueño y las horas de club les pesaban en el cuerpo, así que se metieron desnudos en la piscina y después se sentaron en el borde para compartir el resto del melocotón, con los pies dentro del agua.

Siguieron allí hasta que el sol dejó de alcanzar la terraza.

Cenaron en un restaurante pequeño junto a la playa, con el aire oliendo a pescado, crema solar y madera caliente. La mesa redonda deshacía cualquier orden: Nuria probó de los platos de ambos y terminó comiendo pan mientras discutían si merecía la pena madrugar al día siguiente.

—No hemos venido a madrugar —dijo Miguel.

—Habla por ti —respondió Sofía—. Yo quiero ver la isla.

Nuria miró el vestido arrugado de Sofía y después sus pies descalzos bajo la mesa.

—Mañana vas a levantarte a las once y pedir café sin abrir los ojos.

—Puedo hacer las dos cosas.

Miguel le advirtió que a las once ya habría media isla en la playa.

—Entonces nos iremos más lejos —respondió Sofía, tomando un trozo de pan del plato de Nuria.

No buscaron otro local después de cenar y regresaron andando por un camino estrecho, con la arena caliente bajo las sandalias y el sonido del mar entrando entre los árboles.

Sofía terminó descalza y Miguel llevó sus zapatos en una mano; Nuria se agarró al brazo que le quedaba libre, aunque cada pocos pasos se apartaba para rozar a Sofía o detenerla con un beso.

Las casas dispersas y una luna baja daban luz suficiente al camino.

En la entrada, Nuria dejó las sandalias junto a la puerta y continuó hacia el dormitorio sin necesidad de mirar atrás para saber que los dos la seguían: oyó el golpe de los zapatos de Sofía contra la pared, la puerta al cerrarse y los pasos de Miguel, más lentos que los de ellas.

Esperó hasta llegar al pasillo para abrir la cremallera del vestido; la tela se le había pegado a la piel por el calor y la sal, y tuvo que tirar dos veces antes de notar unas manos apartando las suyas.

Sofía le recogió el pelo sobre un hombro, terminó de bajarle la cremallera y besó el surco húmedo de su espalda; olía al perfume que se había puesto después de la siesta, pero también al vino, a crema solar y al aire salado de la noche.

Nuria apoyó el cuerpo contra Sofía mientras el vestido caía hasta su cintura y las uñas de ella descendían con la tela, despacio.

Miguel se había detenido unos pasos más atrás.

Los tres conocían ya aquella cercanía, los besos compartidos y las manos que no se apartaban; aquella noche sabían también hasta dónde querían seguir.

En la cara de Miguel había deseo y algo de vértigo.

Se volvió entre los brazos de Sofía, dejó que el vestido resbalara hasta el suelo y le tendió una mano.

—Ven, cariño.

Miguel se acercó sin apartar los ojos de las dos y besó a Nuria, con la boca caliente y el sabor del vino en los labios.

Sofía continuó pegada a su espalda, una mano cubriéndole un pecho y la otra abierta sobre el vientre; cuando sus dedos estuvieron por debajo del encaje, Nuria gimió dentro de la boca de Miguel y lo atrajo agarrándolo de la camisa.

—Lleváis todo el día volviéndome loco —murmuró él.

Nuria sintió la sonrisa en los labios de Miguel cuando Sofía le soltó el pelo y apareció a su lado, vestida, con las mejillas encendidas y la respiración acelerada. Miguel la acercó por la nuca; el primer beso fue lento y después Sofía le abrió la boca con la suya y se agarró a sus hombros.

Nuria sentía las respiraciones de ambos sobre la cara.

Había deseado verlos así mucho antes de atreverse a reconocerlo.

Y no era solo morbo: Miguel acariciaba a Sofía con la misma concentración con que la tocaba a ella y Sofía, que rara vez cedía terreno, se apretaba contra él sin esconder cuánto lo deseaba.

Nuria se abrió paso entre los dos, desabrochó la camisa de Miguel y besó el pecho que iba descubriendo; él la atrajo contra su costado sin separarse de Sofía y los tres avanzaron hacia el dormitorio tropezando con el vestido que había quedado en el suelo.

La terraza permanecía abierta y por ella entraban una claridad azulada, el aire tibio y el olor de los pinos, mezclados con el salitre que aún conservaban en la piel.

Miguel retrocedió hasta la cama, se sentó y atrajo a Nuria entre sus piernas, mientras Sofía se quitaba el vestido a su lado.

Durante un instante los tres se miraron, desnudos a medias, conscientes de que esta vez no iban a detenerse en los besos y las manos.

Nuria atrajo a Sofía y la besó mientras Miguel hundía la boca entre sus piernas.

El contacto de su barba sobre la piel sensible le arrancó un escalofrío; el beso de Sofía sabía a sal, a vino blanco y al pan que había robado de su plato.

Nuria le mordió el labio, bajó la mano entre sus piernas y encontró una humedad espesa que ya le manchaba los dedos.

—Joder —dijo Sofía, pegando la frente a la suya.

Miguel levantó la cabeza y Nuria le ofreció los dedos sin pensarlo; él los tomó en la boca y Sofía soltó una risa incrédula antes de inclinarse para besarlo.

Cuando Sofía se enderezó, Nuria retrocedió hasta notar el colchón detrás de las piernas y se sentó a su lado, con Miguel de pie frente a las dos, la camisa abierta y la excitación ya imposible de disimular.

Ellas volvieron a besarse, al principio sin apartar los ojos de él.

Nuria deslizó la mano entre las piernas de Sofía y ella respondió abriéndole los muslos y buscando con los dedos la humedad que Miguel había dejado en su piel.

Se tocaron pegadas por la boca y el pecho hasta que Sofía perdió el ritmo, hundió los dedos dentro de Nuria y apoyó la frente contra la suya.

El orgasmo le cerró la boca en mitad de un gemido; Nuria llegó casi al mismo tiempo, agarrada a Sofía y sin apartar los ojos de Miguel.

Cayeron de espaldas sobre la cama, enlazadas, con las piernas colgando por el borde. El aire de la terraza les enfrió el sudor. Miguel seguía de pie ante ellas.

Las dos se incorporaron despacio. Sofía reparó en la erección que deformaba el pantalón de Miguel y se arrodilló en el borde del colchón. Esta vez no tanteó ni se rio.

Abrió el cinturón, desabrochó el botón y bajó la cremallera mientras Nuria permanecía sentada junto a ella, acariciándole la espalda. Después tiró del pantalón y del bóxer hasta liberar la polla, dura contra el vientre.

Sofía cerró la mano alrededor de la base y alzó la cara hacia él.

No se precipitó. Lo llevó a la boca con una lentitud que contrastaba con la urgencia anterior, demorándose justo en los movimientos que hacían tensarse a Miguel.

No intentó dirigirla. Ella imponía el ritmo y parecía disfrutar tanto de su placer como del poder de mantenerlo suspendido.

Nuria se arrodilló a su lado, besó los hombros de Sofía y le acarició los pechos antes de acercarse también a Miguel.

Durante un rato se movieron sin orden: una boca dejaba sitio a otra, las manos seguían tocando, aunque los cuerpos cambiaran de posición y Nuria dejó de saber qué caricia venía de quién.

Miguel resistió hasta que el control empezó a fallarle. Separó las piernas para conservar el equilibrio y se sostuvo en los hombros de ambas.

—Parad.

Ellas se detuvieron al mismo tiempo, arrodilladas ante él. Miguel tardó unos segundos en poder hablar.

—Como sigáis, se acaba aquí.