CAPÍTULO 22 La consecuencia #3
—Dice que está lista.
—Lleva diciendo eso media hora.
—Me limito a transmitir.
Nuria salió mientras se colocaba un pendiente. Llevaba un vestido negro, corto y abierto por la espalda hasta la cintura. Se plantó delante de ellos.
—¿Qué?
Miguel cogió la chaqueta.
—Llegamos tarde.
—Te quedan menos de cuatro horas para cumplir treinta y seis. Ibiza no va a cerrar.
Sofía consultó la hora.
—El restaurante tiene otra opinión.
Nuria pasó entre los dos hacia la puerta.
—Qué poca confianza tenéis en mi capacidad de persuasión.
La cena comenzó a las nueve. Nuria y Sofía evitaron hablar del cumpleaños, aunque las dos miraban la hora con una frecuencia que terminó delatándolas.
Miguel dejó de preguntar; le divertía verlas sostener mal el secreto y descubrir la cantidad de cosas que habían organizado juntas sin que él hubiera conseguido averiguar prácticamente ninguna.
Después un coche los llevó al club. La música se oía desde el aparcamiento y al cruzar la entrada los envolvieron perfume, alcohol, cuerpos calientes y graves que subían desde el suelo.
Tenían una mesa elevada junto a la pista, lo bastante apartada para dejar las copas y lo bastante cerca para que Nuria tardara menos de cinco minutos en ponerse de pie.
Tomó la mano de Sofía.
—Una canción.
Miguel se sentó.
—Eso no te lo crees ni tú.
Nuria se inclinó, lo besó y tiró de Sofía hacia la pista.
Miguel las siguió con la mirada entre la gente.
Había visto bailar a Nuria muchas veces y conocía el instante en que dejaba de provocar para limitarse a disfrutar.
Con Sofía la familiaridad venía de años: se acercaban, se rozaban y recuperaban distancia sin necesidad de mirarse para saber dónde estaba la otra.
Nuria terminó localizándolo desde la pista, dijo algo junto al oído de Sofía y ambas volvieron la cara hacia la mesa.
Miguel levantó la copa.
Nuria respondió besando a Sofía.
Regresaron acaloradas y riéndose. Nuria se sentó sobre uno de los muslos de Miguel y bebió de su copa antes de buscar la propia; Sofía se recogió el pelo con la goma de la muñeca y dejó los zapatos bajo la mesa.
—Has sobrevivido —dijo Nuria.
—Con dificultad.
—Te hemos visto hablando con ese pibón.
Miguel indicó discretamente a una mujer de una mesa cercana que, al sentirse observada, levantó la copa.
—Me ha preguntado si estaba solo.
Sofía miró a Nuria y después a él.
—¿Y qué has dicho?
—Que no.
Nuria le pasó un brazo por el cuello y le besó la mejilla. Miguel extendió una mano hacia Sofía. Ella se acercó hasta quedar pegada al otro lado y permaneció allí mientras seguían hablando; poco después, la mujer de la mesa contigua dejó de prestarles atención.
Faltaban pocos minutos para medianoche cuando Miguel notó el cambio en las dos. Nuria llevaba un rato demasiado pendiente del teléfono y Sofía había perdido todo interés por la pista.
Miguel intentó levantarse.
Nuria seguía sentada sobre su pierna.
—¿Dónde vas?
—A pedir champán.
Sofía llamó a la camarera.
—Ya está.
La botella llegó con tres copas y una cubitera. Durante el último minuto hablaron de cualquier cosa, ocupando los segundos sin convertirlos en ceremonia. Cuando cambió la fecha, Nuria le sujetó la cara y lo besó.
—Feliz cumpleaños, cariño.
Miguel sonrió contra su boca.
—Gracias, nena.
Sofía estaba a su lado. Él la atrajo por la cintura antes de que pudiera hablar y la besó mientras Nuria seguía apoyada contra su hombro.
—Feliz cumpleaños, amore —murmuró Sofía al separarse.
Miguel le acarició la nuca.
—Gracias.
Nuria levantó las copas.
—Treinta y seis.
—No noto ningún deterioro.
—Dale unas horas —dijo Sofía.
Brindaron y volvieron a la pista.
Miguel dejó de mirar el reloj. Bailaron, se separaron entre la gente y terminaron encontrándose una y otra vez.
Nuria perdió parte del maquillaje bajo un ojo, Sofía acabó descalza y Miguel dejó la chaqueta en la mesa mucho antes de admitir que llevarla había sido absurdo.
Cada cierto tiempo aparecía una mano conocida sobre una cintura, una boca encontraba otra y los tres volvían a reunirse.
Nuria terminó con los brazos alrededor del cuello de Miguel.
—¿Te está gustando?
—Mucho.
—Pues falta.
Miguel miró a Sofía.
Ella apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Mañana.
—Sois pésimas guardando secretos.
—Y sigues sin saberlo —dijo Nuria.
Bailaron hasta que el cielo empezó a aclarar. En el coche de regreso, Nuria se quedó dormida contra Miguel poco después de salir del aparcamiento; Sofía apoyó la cabeza en el otro hombro y cerró los ojos mientras él cubría con la mano las de ellas, enlazadas sobre su pierna.
La habitación conservaba el frescor del aire acondicionado y el desorden de la tarde. Nuria abandonó el vestido antes de llegar a la cama; Sofía dejó los zapatos junto a la puerta y se tumbó vestida. Miguel cerró las cortinas y encontró a las dos medio dormidas, ocupando casi todo el colchón.
—Dejadme sitio.
Nuria abrió un ojo.
—Hay muchísimo.
—Entre vosotras no.
Sofía levantó la sábana.
—Ven.
Miguel se quitó la camisa y se metió entre ambas.
Nuria se acomodó contra su pecho y Sofía terminó de lado, con una pierna sobre las de los dos.
A los pocos minutos dormían. Miguel despertó cerca del mediodía con la boca seca, el brazo de Nuria atravesándole el abdomen y el pelo de Sofía sobre el hombro.
Intentó alcanzar el teléfono de la mesilla y Nuria le atrapó la muñeca sin abrir los ojos.
—Hoy no.
—Quiero saber la hora.
—Tienes cumpleaños todo el día.
Miguel consiguió coger el móvil con la otra mano. Las doce menos veinte. No había llamadas de Laura. Jaime había enviado una felicitación que terminaba recomendándole no regresar tatuado, casado o empadronado en Baleares.
Sofía leyó el mensaje por encima de su hombro.
—Tu amigo tiene una opinión curiosa de nosotras.
Nuria se incorporó sobre un codo.
—Dile que de las tres opciones solo descartamos una.
Miguel dejó el teléfono sobre la mesilla.
—No voy a preguntar cuál.
—Muy sensato —murmuró Sofía.
La ducha fue el único plan que consiguieron completar antes de bajar. Dejaron el equipaje preparado, comieron deprisa y poco después subieron al coche que las dos habían pedido. Miguel dejó de preguntar adónde iban después de que ninguna respondiera a la segunda pregunta.
Al llegar al puerto vio el barco y se detuvo junto a la acera. Tenía una cubierta amplia a popa, sombra suficiente y un patrón que los saludó desde la pasarela antes de regresar a sus preparativos.
Miguel se quitó las gafas.
—¿En serio?
Nuria se acercó y le rodeó la cintura.
—Feliz cumpleaños.
Sofía los esperaba unos pasos más adelante con una bolsa al hombro.
—Esto sí llevamos semanas preparándolo.
Miguel besó a Nuria, fue hacia Sofía, le quitó la bolsa del hombro y la dejó en el suelo antes de atraerla hacia él.
—Gracias.
Sofía sonrió contra su boca.
—Aún no hemos llegado.
—¿Adónde vamos?
Ella recuperó la bolsa y señaló la pasarela.
—Sube.
Salieron del puerto con Ibiza alejándose a la espalda.
Cuando el barco ganó velocidad, Miguel se sentó entre las dos; Nuria extendió las piernas sobre sus muslos y Sofía se acomodó contra su hombro, protegida del viento.
Hablar exigía elevar demasiado la voz y ninguno hizo el esfuerzo.
Nuria buscó la mano de Sofía sobre el asiento y Miguel cubrió las dos con la suya.