48 segundos CAPÍTULO 22 La consecuencia #2
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CAPÍTULO 22 La consecuencia #2

Fuera seguía haciendo calor. Nuria caminó hasta la esquina y escribió en el grupo.

«Han encontrado el cuaderno y el memorando en Orbe. Ortega encargó la vigilancia y el allanamiento. Aún no han identificado a quien entró en el piso. Voy a Salesas».

Miguel respondió casi enseguida.

«Llego en media hora».

Sofía tardó algo más.

«Sigo en el juzgado. Salgo y voy».

***

Sofía abrió la puerta de Salesas con su llave poco antes de las nueve.

Venía con la chaqueta doblada sobre un brazo, el pelo recogido y una señal roja en la base del pulgar después de horas escribiendo.

Miguel apareció desde la cocina, la besó al entrar y cogió el bolso que ella le tendía mientras señalaba la terraza con la cabeza.

Nuria estaba fuera, descalza, con los pies sobre otra silla y la fotografía del cuaderno abierta en el teléfono.

Sofía dejó la chaqueta y fue directamente hacia ella.

—Ven aquí.

Nuria levantó un brazo y Sofía se sentó a su lado, atrayéndola contra el cuello mientras Miguel terminaba de sacar la cena. Nuria les enseñó las fotografías desde allí; él se inclinó sobre las dos para ampliar el cajón y el archivo con el memorando.

—Quiero que me lo devuelvan —dijo Nuria—. Tengo todo reconstruido y no necesito el original para nada, pero quiero tenerlo otra vez.

Miguel le acarició la espalda al incorporarse.

—Es tuyo.

—Ya. Me da rabia que siga importándome.

Sofía cogió la cerveza que llevaba un rato junto a la silla, probó un sorbo y frunció la cara.

—Esto está caliente.

Entró en la cocina y volvió con tres frías. Le dio una a Nuria y mantuvo los dedos sobre los suyos antes de soltar la botella.

—Empieza por esta.

Nuria sonrió.

Miguel repartió la comida y durante un rato volvieron sobre el registro, sobre lo que Celia había podido contar y sobre las piezas que aún faltaban. Cuando preguntó por tercera vez qué había dicho exactamente la inspectora acerca de Ramírez, Nuria le apoyó una mano en el antebrazo.

—Cariño, ya te lo he contado entero.

Sofía, con la boca llena, señaló a Nuria con el tenedor.

Miguel miró a las dos y regresó al plato.

—Gran equipo.

—Te has metido tú solo —respondió Sofía después de tragar.

Nuria le pasó una pierna por encima de la de Miguel bajo la mesa.

Poco después dejó el teléfono boca abajo y la conversación se fue hacia el hospital, después hacia una vista de Sofía y terminó en una discusión sobre quién iba a comprar al día siguiente.

Las fotografías continuaron en el móvil, pero Nuria no volvió a abrirlas aquella noche.

El miércoles 31 de julio, Ramírez, Poza y Ortega pasaron a disposición del juzgado de instrucción.

Aquella noche, Miguel, Nuria y Sofía cenaban otra vez en la terraza cuando Miguel vio el nombre de Asterión en la franja inferior de la televisión encendida dentro del salón y buscó el mando.

La presentadora mostró imágenes de los detenidos entrando por un acceso lateral de los juzgados; quedaban en libertad provisional, con retirada del pasaporte y obligación de comparecer periódicamente, dentro de una investigación por estafa, falsedad documental, administración desleal y corrupción en los negocios.

La pieza vinculó el procedimiento a la factura de Álex Santacruz, citó la documentación conservada por CRT y la declaración de Nuria y recordó que fue Asterión Spain quien había remitido el expediente a la policía.

Cerró con imágenes de Álex saliendo de Rehabilitación.

Miguel bajó el volumen.

—Al menos han dicho instrumentista —murmuró Nuria.

Sofía bebió un poco.

—Y Bosch. No pidamos más hoy.

El teléfono de Miguel vibró sobre la mesa. Jaime.

—¿Lo habéis visto? —preguntó, sin saludar.

—Estamos cenando delante de la tele, así que sí.

—Puede que os llamen como testigos de algo puntual, si acaso. No como parte, y no tiene nada que ver con lo vuestro con Asterión, que sigue cerrado y pagado como estaba.

—¿Entonces por qué me llamas a estas horas?

—Porque mañana lo vas a leer en un titular distinto y quería que lo oyeras primero de mí.

Miguel colgó y volvió al plato. Sofía estiró la mano hacia una de sus patatas y él lo apartó antes de que llegara.

—Tienes comida.

—Ya me la he terminado.

—Eso explica tu problema.

Sofía se inclinó sobre Nuria para alcanzar el plato desde el otro lado. Nuria quedó atrapada entre ambos y empezó a reírse mientras intentaba salvar la cerveza; el brazo de Sofía golpeó el vaso y medio contenido acabó sobre el mantel.

Miguel miró la mancha extendiéndose.

—Magnífico.

—Ha sido ella —dijo Nuria.

—Tú sujetabas la cerveza.

—Porque me estaba aplastando.

Sofía apareció desde la cocina con un paño.

—Todo este talento y nos vence una patata.

Cuando volvieron a sentarse, la televisión hablaba ya del calor previsto para el fin de semana.

Durante los días siguientes, los periodistas fueron marchándose a medida que las respuestas dejaron de cambiar.

El juzgado reclamó documentación adicional a Jaime y el cuaderno siguió intervenido.

Seguía sin saberse quién había entrado en el piso de Velázquez, pero la orden, el pago y la entrega del cuaderno conducían ya a Ortega.

A Nuria le bastó para dejar de esperar una noticia cada vez que sonaba el teléfono.

El lunes 5 de agosto, Laura abrió CRT a la hora de siempre.

Miguel llevaba dos consultas cuando Rubén entró protestando por un cambio de sala en Valencia y salió cinco minutos después porque ella ya lo había resuelto.

En Asterión se averió un equipo de la sala cinco y Nuria pasó casi dos horas localizando otro; cuando bajó a comprobar que funcionaba, descubrió que las cámaras de televisión habían desaparecido de la entrada.

A la hora de comer, en el grupo que compartían los tres solo hablaban de quién compraba la cena y a qué hora conseguiría salir Sofía.

Nuria llegó a Salesas con una carpeta bajo el brazo y la dejó sobre la consola. Miguel y Sofía trabajaban en la terraza y habían dejado libre el sitio entre ambos. Se sentó allí, puso los pies sobre los muslos de Miguel y apoyó la cabeza en el hombro de Sofía.

—Laura dice que me habéis vaciado la agenda desde hoy y que el miércoles no debo aceptar ni una llamada —dijo Miguel.

—Laura habla demasiado —respondió Nuria sin abrir los ojos.

Sofía dejó la tableta.

—Cumples treinta y seis. Tienes edad para soportar que otra persona organice tu vida una vez.

Miguel apretó uno de los tobillos de Nuria.

—Necesito saber cuántos días pensáis tenerme fuera.

—Diez —dijo Nuria.

—¿Y qué meto en la maleta?

—Ropa de verano —respondió Sofía.

—Muy útil.

—Bañador, algo decente para cenar y ninguna excusa para trabajar —añadió Nuria.

—¿Destino?

Nuria levantó la cabeza y miró a Sofía. Las dos sonrieron.

—Mañana lo sabrás.

Miguel observó a las dos. Llevaban semanas preparando el viaje y habían conseguido implicar a Laura sin que nadie le revelara nada. Volvió a apoyar las manos sobre los tobillos de Nuria.

—Ropa de verano —repitió.

—Vas aprendiendo —dijo Sofía.

***

El martes 6 de agosto, poco después del mediodía, Miguel intentaba leer de reojo la pantalla del teléfono de Nuria mientras el avión descendía sobre Ibiza.

Ella abría la confirmación del hotel y la cerraba cada vez que él volvía la cabeza; al otro lado del pasillo, Sofía llevaba varios minutos observándolos por encima de las gafas de sol.

—¿Puedes estarte quieto, cotilla?

Miguel miró hacia la ventanilla.

—Estoy viendo la costa.

—Por supuesto.

Nuria bloqueó el teléfono y lo guardó contra el pecho.

El mar se extendía debajo con una claridad casi blanca junto a las calas.

Había barcos inmóviles sobre el azul y, hacia el sur, una franja de tierra más baja que Miguel reconoció sin necesidad de hacer preguntas.

Había cerrado la última consulta el día anterior y no volvería a abrir agenda hasta el lunes 19; sabía que el regreso estaba reservado para el viernes 16 y que todo lo demás seguía escondido entre los mensajes de Nuria y Sofía.

El hotel estaba apartado de la carretera, con acceso directo a una cala pequeña.

La habitación daba al mar y tenía una terraza medio oculta entre pinos; Miguel abrió las puertas de cristal y una bocanada de aire húmedo llenó el dormitorio, con olor a sal y el rumor del agua golpeando las rocas.

Nuria dejó las sandalias junto a la cama y se tumbó atravesada sobre las sábanas; Sofía hizo lo mismo al otro lado mientras él terminaba de colocar las maletas.

—¿Cuál es el plan?

Nuria hundió los pies debajo de una almohada.

—Llegar.

—Ya hemos llegado.

—Entonces vamos estupendamente.

Miguel miró a Sofía.

—¿Tú tampoco vas a contarme nada?

Ella señaló la funda de un vestido sobre la silla.

—Cenamos, salimos y evitamos que trabajes el día de tu cumpleaños.

—¿Y mañana?

Sofía se quitó las gafas.

—Mañana tendrás treinta y seis. No conviene darte demasiada información de golpe.

Miguel se acercó a la cama. Nuria sonrió al verlo venir y trató de retroceder, pero él le sujetó un tobillo y tiró de ella.

El beso le cortó la risa. Sofía los miró unos segundos antes de acercarse; Nuria buscó su mano y la atrajo hasta que los tres terminaron ocupando el centro de la cama, besándose entre frases que nadie acababa de terminar.

El hambre y el cansancio del viaje consiguieron imponerse antes de que el deseo los retuviera allí.

Pidieron comida, vaciaron varias botellas de agua y dejaron que la tarde avanzara entre la terraza, la cama y la cala.

Bajaron al mar cuando el sol empezó a caer y regresaron con arena pegada a los tobillos, el pelo húmedo y esa lentitud que en Madrid parecía siempre reservada para los domingos.

A las ocho y cuarto, Miguel esperaba en la terraza con una camisa blanca y los puños desabrochados cuando oyó a Nuria y Sofía discutir en el baño.

—Te estás quedando con mi máscara.

—Es la mía.

—Te la compré yo.

—Pues elegiste muy bien.

Sofía apareció primero, con un vestido claro que dejaba buena parte de la espalda al descubierto. Al llegar junto a Miguel le arregló el cuello y lo besó.