CAPÍTULO 22 La consecuencia
Dejó las muletas contra la pared y se sentó.
—Empiezo a estar hasta los cojones de que todo el mundo me diga que tenga paciencia.
Miguel abrió las últimas pruebas en la pantalla.
—Puedes cansarte de oírlo. Los tiempos seguirán siendo los mismos.
El padre de Álex sonrió desde la otra silla.
—Llevo meses diciéndoselo.
—Tú llevas meses diciendo «te lo dije» cada vez que me ves.
—Porque cada vez que te veo has hecho algo que te dije que no hicieras.
Miguel siguió leyendo mientras los dejaba discutir.
El encaje había cambiado durante las dos últimas semanas y al final del día aparecía una zona enrojecida que desaparecía al retirar la prótesis.
Álex intentaba caminar sin muletas cuando nadie lo vigilaba, convertía cada ejercicio en una competición y había empezado a medir las distancias con el teléfono para discutir con los fisioterapeutas utilizando cifras.
—El domingo hice cien metros.
Su padre resopló.
—Sesenta.
—No los mediste.
—Los conté mientras tu madre te llamaba imbécil desde la terraza.
Miguel levantó la vista del informe.
—Me quedo con los sesenta.
Álex negó con la cabeza y empezó a quitarse la prótesis.
La cicatrización evolucionaba bien; el muñón había reducido volumen, la piel soportaba la carga y no había cambios vasculares ni zonas de presión que obligaran a modificar el plan.
Subió solo a la camilla, utilizando las manos para recolocarse cuando la cadera no respondió con la rapidez que quería.
Su padre amagó con acercarse y se detuvo antes de recibir la protesta.
—¿Dolor fantasma?
—Menos. Alguna noche. A veces me pica el pie.
Ya habían hablado de aquello en revisiones anteriores. Miguel comprobó la sensibilidad, la cicatriz y la movilidad de la cadera antes de indicarle que volviera a colocarse la prótesis. Álex recorrió la consulta de un extremo a otro, giró y regresó.
—Quiero correr.
Miguel observó la carga al volver.
—Primero tienes que caminar sin castigar la otra pierna.
—Camino.
—Cuando te cansas vuelves a las muletas y cargas demasiado el lado sano.
—Pues entrenaré más.
—Entrenarás mejor.
Álex estuvo a punto de responder y acabó sentándose.
Seguía enfadándose cuando el cuerpo no obedecía a la velocidad que quería y continuaba intentando discutir los plazos de rehabilitación, aunque aquella impaciencia se parecía mucho más al futbolista que Miguel había conocido antes de la operación que al silencio de las primeras semanas.
Programó la siguiente revisión para septiembre. El padre preguntó por la prótesis definitiva y por las adaptaciones que podrían plantearse cuando Álex estuviera preparado para correr. Miguel estaba cerrando la historia cuando el chico dejó de ajustar el encaje y levantó la vista.
—Mi madre sigue pensando que deberíais haber esperado aquella mañana.
Su padre detuvo la mano sobre la mochila.
Miguel recordaba a la mujer junto a la UCI, buscando unas horas que nadie podía ofrecerle y preguntando una y otra vez si quedaba alguna posibilidad de salvar la pierna.
Álex continuó antes de que él contestara.
—Yo ya no.
Miguel esperó.
—Le he dado muchas vueltas. También después de todo lo de la comisión y de que Garrigues me enseñara los informes. Si hubierais esperado, la pierna habría seguido igual y yo habría estado peor.
Miguel cerró la historia clínica sin apartar los ojos de él.
—¿Has leído los dos?
—Enteros no. Tampoco estoy tan loco. —Álex sonrió—. Pero me explicaron las conclusiones.
Su padre intervino entonces, más despacio.
—El informe que encargó el club y el de vuestro perito llegan al mismo sitio.
Miguel conocía ambos documentos. Jaime había solicitado por cuenta de CRT una valoración a un equipo independiente que no había participado en la intervención ni tenía relación con Asterión.
Garrigues había encargado la otra para el club y la familia, con acceso a las imágenes, la historia clínica completa, los registros de quirófano y los tiempos preservados por Asterión y CRT.
Ninguno había conocido las conclusiones del otro antes de cerrar su dictamen.
Los dos coincidían en lo esencial: cuando Miguel constató la inviabilidad del miembro, ya no existía una alternativa reconstructiva con una expectativa razonable de conservar la pierna sin aumentar de forma grave el riesgo sistémico.
Los cuarenta y ocho segundos transcurridos hasta la orden formal de amputación pertenecían a la secuencia de decisión y ejecución; no constituían una ventana terapéutica perdida y carecían de relación causal con el desenlace.
Prolongar el intento de salvamento habría añadido tiempo a una hemorragia masiva y a una coagulopatía que ya empezaba a instalarse.
Álex se pasó una mano por el muslo sano.
—Garrigues me dijo que, si quería seguir reclamando, tendría que hacerlo sabiendo que su propio perito decía que no hubo mala praxis.
El padre dejó la mochila en el suelo.
—El club tampoco va a seguir adelante. La aseguradora ha recibido el informe y da por cerrada la reclamación contra CRT. Garrigues se lo comunicó a vuestro abogado el viernes.
Miguel sabía que Jaime esperaba únicamente la notificación formal.
No sintió alivio inmediato; llevaba demasiados meses viviendo con aquella posibilidad para que desapareciera al escuchar una frase.
Aun así, algo se relajó dentro de él al ver a Álex sentado delante, vivo, irritado con la rehabilitación y hablando de correr.
—Me jode haber perdido la pierna —dijo Álex—. Me va a joder siempre. Pero ya no pienso que la perdiera porque alguien se equivocó aquellos cuarenta y ocho segundos.
Miguel apoyó una mano sobre la carpeta.
—Perder la pierna te va a seguir jodiendo. El informe no pretende arreglar eso.
Álex sonrió.
—Pensaba que ahora sí soltarías el discurso.
—Te estás empeñando en que te decepcione.
—Un poco.
Recogió las muletas y se puso de pie. Su padre estrechó la mano de Miguel antes de seguirlo hacia la puerta.
Álex probó el primer apoyo y salió con un ritmo algo más rápido que al entrar; durante unos segundos se oyó en el pasillo el golpe alterno de las conteras y la prótesis hasta mezclarse con las voces de recepción.
Laura apareció con la historia del siguiente paciente y dos hojas impresas debajo.
—Han detenido a Ramírez, Poza y Ortega. Están registrando Orbe desde primera hora.
Miguel levantó la cabeza.
—¿Los tres?
—Los tres. Jaime quiere hablar contigo cuando termines.
—¿Los tres en la misma situación? —preguntó Miguel.
— Poza no. Según Jaime, la documentación acredita que cobró y participó en la ejecución, pero sitúa las órdenes en Ramírez y Ortega. Haber entregado la memoria y declarado puede atenuar su responsabilidad.
Miguel señaló la carpeta que Laura llevaba bajo el brazo.
—¿Qué tengo ahora?
—Femoral superficial. Y vas diecisiete minutos tarde.
Miguel se levantó y cogió la bata.
—Dile que lo llamo después de las consultas.
Cinco minutos más tarde estaba sentado frente a otro paciente.
***
La inspectora de la UDEF que llevaba la pieza relacionada con el allanamiento se llamaba Celia.
Había contactado con Nuria semanas antes para confirmar el atestado, la documentación sustraída y la interrupción de las cámaras.
Aquella tarde volvió a llamarla y evitó darle detalles por teléfono.
Le pidió que pasara por las dependencias de la UDEF al salir del hospital.
Miguel se ofreció a cancelar su última consulta cuando ella se lo contó; Nuria rechazó la idea mientras caminaba hacia el vestuario y quedaron en verse después en Salesas.
Llegó poco después de las seis, aún con la marca del gorro en el pelo y el cansancio de una jornada que había empezado antes de las siete.
Celia la recibió en una sala pequeña y colocó frente a ella una fotografía.
El cuaderno aparecía dentro de una bolsa transparente, abierto por la página donde Nuria había anotado la primera reunión con Susana.
Reconoció la esquina doblada, la mancha de café junto al lomo y su propia letra antes de leer la fecha.
—Es mío.
—Lo encontramos en el despacho de Ortega —dijo Celia.
Fue pasando las demás imágenes: el cajón donde había aparecido el cuaderno, el memorando abierto en el ordenador, la fachada de su edificio, el portal y el acceso al garaje.
Nuria las recorrió despacio. Ver el cuaderno le devolvió el olor de aquel piso después del registro ajeno, los cajones abiertos y la sensación de haber perdido durante unas horas la seguridad de su propia casa.
—¿Sabéis quién fue?
—Aún no sabemos quién entró en el piso. Pero sí quién lo encargó.
Nuria dejó de mirar las fotografías.
—¿Ortega?
—La empresa facturó el trabajo a Orbe. Ortega autorizó el pago y las instrucciones salieron de su cuenta. La empresa subcontrató a un tercero para entrar en tu casa. Ese es el nombre que aún no tenemos.
—¿Y Ramírez?
—Hay mensajes entre los dos antes y después del allanamiento.
Tenemos que determinar qué sabía y qué pidió.
Su detención se sostiene también por la investigación económica.
Poza ha entregado una memoria cifrada con instrucciones y validaciones; estamos comprobando qué demuestra y qué intenta cargar sobre los demás.
Celia apartó las fotografías del edificio y colocó delante de Nuria el correo con la imagen del asador.
—¿También la encargó Ortega?
—La tomó la misma empresa que vigiló tu domicilio. Se la remitió a Ortega, que la reenvió el día anterior a su publicación.
El asunto del mensaje contenía cuatro palabras: «Es la de Santacruz».
Nuria pensó en aquella comida convertida en material para una historia ajena. Devolvió la copia y miró otra vez la imagen del cuaderno.
—Quiero recuperarlo.
—Cuando el juzgado lo autorice. Tardará.
—Me da igual. Quiero volver a guardarlo yo.
Celia asintió. Nuria leyó la declaración completa antes de firmarla y pidió que añadieran que no reconocía las dos anotaciones manuscritas de la copia del memorando. Celia incorporó la frase y la acompañó hasta el pasillo.