48 segundos CAPÍTULO 21 La costumbre
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CAPÍTULO 21 La costumbre

En julio dejaron de necesitar una ocasión para verse a solas.

Algunas cenas duraban tres horas y otras terminaban pronto porque alguno trabajaba a primera hora.

Una tarde tomaron café y acabaron caminando hasta casi medianoche; otra, Sofía apareció en CRT cuando Miguel cerraba consulta y fueron a cenar a Serrano sin haberlo planeado.

Nuria conservaba su propia vida con ambos.

Dormía muchas noches en Salesas, otras se quedaba en Velázquez y seguía entrando en casa de Sofía con una familiaridad que había recuperado sin discutirla.

La necesidad de organizar cada encuentro empezó a desaparecer.

Sofía podía llegar a Salesas antes que Nuria y quedarse trabajando en la terraza mientras Miguel terminaba una historia clínica.

Nuria volvía del hospital y encontraba a los dos en la cocina, con una botella abierta y una conversación empezada.

En otro viaje a Valencia, Miguel llamó y encontró a Nuria y Sofía en Velázquez con una cafetera desmontada sobre la mesa.

—La ha roto ella —dijo Sofía en cuanto apareció en la pantalla.

—Estaba rota.

—La has abierto con un cuchillo.

—No encontraba el destornillador.

Miguel observó las piezas extendidas.

—¿Queréis que os diga dónde está el problema?

Las dos contestaron a la vez.

—No.

Miguel sonrió.

—Perfecto.

La azafata anunció el embarque.

—Me tengo que ir.

—Te mandamos una foto cuando la arreglemos —dijo Nuria.

—Mandadme una cuando hayáis comprado otra.

Colgó con las dos insultándolo desde el teléfono.

Las tres casas empezaron a acumular rastros de los otros.

Un cargador de Sofía quedó en Salesas; Miguel dejó una camisa y un neceser en su piso; Nuria tenía ropa suficiente en ambos sitios para no pasar por Velázquez durante varios días.

Cuando Sofía empezó a llegar antes que ellos algunas tardes, Miguel le dio una copia de Salesas.

Nadie repartió cajones ni convirtió aquello en una conversación.

Las cosas aparecieron y dejaron de marcharse.

Miguel y Sofía regresaron tarde de cenar un jueves. Nuria estaba despierta. Los oyó entrar desde el baño y siguió cepillándose los dientes mientras Sofía se despedía porque tenía que madrugar. Cuando Miguel apareció en el marco, Nuria se enjuagó la boca y dejó el vaso.

—Me ha jodido no saber nada en toda la noche.

Miguel apoyó un hombro en la puerta.

—No estaba pendiente del teléfono.

—Ya.

Nuria recogió el pelo.

—No quiero ubicación en directo, cariño. Tampoco un parte cada media hora. Pero un «seguimos vivos» habría estado bien.

—La próxima vez te escribo.

Ella lo miró por el espejo.

—Con eso me vale.

Miguel se acercó y le besó el cuello.

—¿Estás cabreada?

—Un poco.

—Lo siento.

Nuria volvió al espejo.

—Y ahora tengo sueño.

—Eso también parece bastante tuyo.

—Vete a la mierda.

Él se rio y salió detrás de ella.

Unos días después fue Sofía quien llegó a Salesas con un día de mierda encima.

Miguel y Nuria estaban en la terraza hablando de una llamada de Jaime y se callaron justo cuando abrió la puerta.

Sofía dejó el bolso, se sirvió agua y permaneció un rato con ellos.

Llegaba cansada y de mal humor; al encontrarlos callados se quedó a tres metros de la mesa, con el vaso en la mano y la expresión cerrada.

Nuria la observó desde la mesa.

—Ven aquí.

—Estoy aquí.

—No. Estás a tres metros haciendo cara de querer irte.

Sofía bebió.

—Tengo un día horrible.

—Ya lo veo.

Nuria estiró una pierna y le empujó la silla libre.

—Siéntate.

Sofía obedeció refunfuñando. Miguel retomó la historia de Jaime desde el principio y, cinco minutos después, Sofía ya estaba interrumpiéndolo para decir que su abogado tenía razón.

Nuria sonrió sin comentarlo.

El último sábado de julio cenaron en Salesas.

Había llovido durante la tarde y después de las diez entraba por la terraza un aire que Madrid llevaba semanas negándoles.

Las baldosas seguían oscuras junto a las macetas y de vez en cuando llegaba olor a tierra mojada por encima de los tejados.

Habían terminado una botella de vino, quedaba media fuente en la mesa y Sofía llevaba casi toda la cena mirando a Nuria cada vez que Miguel se distraía.

Él terminó dándose cuenta.

—¿Qué coño pasa?

Nuria dejó el tenedor.

—Nada.

Sofía soltó una risa.

—Muy convincente.

—Cállate.

Miguel miró a una y después a la otra.

—Lleváis así desde que habéis llegado.

—Yo no —dijo Sofía.

Nuria abrió la boca.

—Serás hija de puta.

—Has dicho que querías empezar tú.

—No he dicho eso.

—Lo dijiste en mi cama.

Miguel dejó la copa sobre la mesa.

—Ahora sí que quiero saberlo.

Nuria se tapó la cara un momento con ambas manos y Sofía empezó a reírse mientras jugueteaba con el borde de la servilleta. Llevaba cinco minutos con la cerveza intacta.

—Esto era mucho más fácil cuando lo hablamos nosotras —dijo Sofía.

—Porque él no estaba delante.

—Ese es exactamente el problema.

Miguel se reclinó en la silla.

—Puedo irme cinco minutos.

Las dos hablaron a la vez.

—No.

Se miraron y volvieron a reírse, aunque a Nuria la risa le duró poco. Se levantó para recoger un plato que no molestaba, entró en la cocina y regresó con tres cervezas. Miguel la observó abrirlas. La conocía lo suficiente para saber que necesitaba ocupar las manos.

Nuria dejó una botella delante de él y volvió a sentarse junto a Sofía.

—Vale.

Sofía le rozó la rodilla.

—Vale.

—No me metas prisa.

—Llevamos un buen rato dándole vueltas.

—Tú. Yo ya sabía lo que quería decir.

Miguel sonrió, pero ninguna de las dos le devolvió la broma esta vez.

Nuria bajó la vista hacia la mano de Sofía sobre su pierna. Le pasó los dedos por los nudillos y después levantó la cabeza.

—Te quiero.

Miguel tardó un segundo en comprender que se lo decía a él.

—Eso ya lo sé.

—Pues déjame acabar, cariño.

La voz le salió más baja. Miguel dejó de sonreír.

Nuria siguió acariciando la mano de Sofía.

—Te quiero. Muchísimo. Y a ella también.

Sofía giró ligeramente la cara hacia Nuria.

—Nena…

—Es verdad.

—Ya.

—Pues hoy me toca decirlo.

Sofía la besó en la sien. Nuria cerró los ojos un instante y, cuando volvió a mirar a Miguel, había perdido casi toda la ironía con la que solía protegerse.

—Pensé durante mucho tiempo que podía quererla a ella y quererte a ti y que ya estaba. Y podía. Puedo. No necesito que estéis los dos delante para querer a ninguno.

Miguel permaneció quieto.

Nuria respiró.

—Pero luego estamos los tres y me pasa otra cosa.

Sofía dejó de mover la mano.

Nuria buscó las palabras durante unos segundos.

—Estoy en casa.

Miguel bajó los ojos.

Sofía apretó los dedos de Nuria.

—Eso —dijo.

Nuria volvió la cara.

—¿Eso qué?

—Que yo tampoco sabía cómo decirlo.

Miguel las miró.

Sofía tragó saliva antes de hablar.

—Yo sigo enamorada de ella. No he dejado de estarlo.

Nuria inclinó la cabeza hacia su hombro.

—Ya.

—Y me he enamorado de ti.

Miguel levantó la vista.

Sofía lo miró sin sonreír, una mano enlazada a la de Nuria.

—Te quiero, Miguel.

Él no respondió enseguida.

Sofía intentó sonreír.

—Puedes decir algo. Ahora sí.

Miguel extendió la mano sobre la mesa.

Sofía se la dio.

—Te quiero.

Ella cerró los ojos un momento.

Nuria dejó escapar el aire.

—Joder.

Sofía empezó a reírse, con los ojos húmedos.

—No llores, que me jodes.

—No estoy llorando.

—Claro.

—Que te den por culo.

Nuria la besó en la mejilla y permaneció allí, pegada a ella.

Miguel seguía sujetando la mano de Sofía.

Nuria le tendió la otra.

Él la tomó.

Durante un rato no dijeron nada. Las tres manos seguían juntas sobre la mesa.

Desde otra terraza llegó una carcajada, alguien movió una silla varios pisos más abajo y una moto cruzó la calle; Madrid continuaba haciendo ruido mientras ellos permanecían allí, demasiado conscientes de las manos y de la respiración de los otros.

Miguel acarició los dedos de Nuria.

—Ven aquí.

Ella negó.

—Todavía no.

—¿Qué falta?

Nuria miró a Sofía.

—Lo difícil.

Sofía soltó una risa pequeña.

—Esto era lo fácil, por lo visto.

Miguel no las apresuró.

Nuria terminó hablando.

—No quiero seguir queriéndoos por turnos.

Miguel frunció ligeramente el ceño.

—No lo haces.

—Ya sé que no. Pero a veces actuamos así.

Sofía se acercó un poco más a ella.

—Nos besamos y alguien se aparta. Tú me besas y Nuria mira. Nosotras nos besamos y tú miras. Tú y Nuria estáis juntos y yo…

Se interrumpió.

Nuria terminó por ella.

—Y tú te quedas fuera hasta que pensamos que te toca entrar.

Sofía asintió.

Miguel bajó la vista hacia las manos que tenía entre las suyas. Recordó demasiadas noches en las que cualquiera de los tres había terminado medio paso atrás.

—Estoy cansada —dijo Sofía—. No de vosotros. De apartarme.

Nuria apoyó la cabeza en su hombro.

—Yo también.

Miguel levantó los ojos.

—Pues no os apartéis.

Las dos se quedaron mirándolo.

Nuria fue la primera en sonreír.

—¿Ya está?

—¿Qué quieres que diga?

—No sé. Algo precioso.

—Te quiero.

La sonrisa de Nuria desapareció.

Miguel no apartó la mirada.

—Te quiero a ti. Quiero a Sofía. Y cuando estoy con las dos no quiero estar esperando a que una se vaya al baño para besar a la otra.

Sofía soltó una carcajada inesperada.

—Joder, Miguel.

—Ha pedido algo precioso.

Nuria empezó a reírse también, pero tenía los ojos brillantes.

—Eres imbécil.

—Y sigues aquí.

—Claro que sigo aquí.

Se levantó.

Miguel creyó que iba hacia él, pero Nuria se volvió primero hacia Sofía y le tendió la mano.

—Ven.

Sofía la tomó.

Nuria tiró suavemente de ella hasta ponerla de pie y la besó. Un beso lento, conocido. Miguel las había visto besarse muchas veces, pero aquella noche Nuria no soltó su mano.

Cuando se separó de Sofía, siguió sujetándola y se acercó a Miguel.

Lo besó.

Tampoco soltó a Sofía.

Miguel le rodeó la cintura y sintió cómo Sofía se acercaba por el otro lado.

Nuria quedó entre ambos. Durante unos segundos nadie supo quién había buscado a quién; tampoco importó.

Sofía besó a Miguel mientras Nuria seguía pegada a su pecho y él encontró la nuca de Sofía por encima del hombro de ella.

Nuria empezó a reírse contra su cuello.

—Joder.

—¿Qué? —preguntó Sofía.

—Nada.

Miguel la miró.

—Eso es mentira.

Nuria levantó la cara. Tenía las mejillas encendidas.

—Es que sois vosotros.

Sofía dejó de sonreír.

Nuria los miró a los dos y se encogió de hombros.

—Mis dos personas.

Sofía le tocó la cara.

Nuria la besó y, mientras lo hacía, buscó a Miguel con una mano. Él entrelazó los dedos con los suyos.

Esta vez nadie se apartó.

El beso de Sofía terminó en la boca de Miguel, la mano de Nuria seguía dentro de la suya y Sofía mantenía la otra apoyada sobre la cintura de Nuria. Los tres quedaron demasiado juntos para la pequeña franja de terraza que ocupaban y una de las rodillas de Sofía tropezó con la mesa.

La botella tembló.

Sofía se rio.

—Muy místico todo.

Nuria apoyó la frente en su hombro.

—Cállate, que estaba siendo precioso.

Miguel retiró la mesa unos centímetros con el pie.

—Solucionado.

—Cirujano tenías que ser —murmuró Sofía.

Nuria volvió a besarlo.

El deseo subió enseguida, cálido y cada vez menos disimulable, aunque ninguno tiró de los otros hacia el dormitorio.

Miguel besó a Sofía mientras Nuria le recorría la espalda; Sofía hundió la cara en el cuello de Nuria mientras Miguel la abrazaba desde atrás.

A ratos hablaban. A ratos se reían. En otros momentos solo permanecían con las frentes juntas y los brazos mezclados, incómodos físicamente y sin ninguna intención de separarse.

Sofía fue la primera que miró la hora.

—Mierda.

Nuria seguía con los brazos alrededor de su cintura.

—No, porfa…

—Hoy estoy de guardia. Entro a las ocho.

—Queda mucho para las ocho.

Sofía le enseñó la pantalla.

—Es casi la una y media.

Nuria hizo una mueca.

Miguel le acarició la espalda.

—Tiene que irse.

Nuria volvió la cabeza hacia él.

—No ayudas.

—Dentro de diez minutos tampoco vas a querer que se vaya.

Sofía soltó una risa y escondió un momento la cara en el cuello de Nuria.

—Ese es otro problema.

Nuria la abrazó más fuerte.

—Quédate cinco minutos.

—Cinco.

—Diez.

—Cinco.

—Siete.

Sofía levantó la cabeza.

—Eres insoportable.

—Y estás enamorada de mí.

La respuesta le borró la sonrisa durante un instante. Sofía le tocó la mejilla.

—Muchísimo.

Nuria la besó.

Miguel permaneció pegado a las dos y Sofía buscó su boca al separarse de Nuria. El beso empezó despacio y terminó obligándola a apartarse para recuperar el aire.

—Me tengo que ir de verdad —murmuró.

Miguel apoyó la frente contra la suya.

—Sí.

Sofía lo miró.

—No me lo digas así.

—¿Así cómo?

—Como si quisieras que me quedara.

Nuria se rio contra su hombro.

—Quiere que te quedes.

—Tú no ayudes, nena.

—Puedes llamar y decir que estás enferma.

Sofía volvió la cara hacia ella.

—Tengo una comparecencia a primera hora.

—Eso se puede sobrevivir con sueño.

—Claro. Y cuando meta la pata explico que estaba ocupada acostándome con vosotros.

Nuria empezó a reírse.

—Argumento sólido.

—Impecable. Seguro que al juez le encanta.

Miguel sonrió.

—Yo no contaría con ello.

Sofía los miró a los dos y negó con la cabeza, demasiado cerca de ambos.

—Por eso me voy ahora. Porque dentro de cinco minutos me va a importar una mierda la comparecencia.

Nuria aflojó los brazos lo justo para dejarla separarse.

—Eso sí me parece una razón bastante seria.

—Gracias por tu comprensión.

—Siempre.

Sofía volvió a besarla y después buscó la boca de Miguel una última vez. Cuando se apartó, respiró hondo y dio un paso atrás.

—Ahora sí. Me voy.

Entraron juntos en el salón. Sofía recogió la chaqueta y el bolso mientras Nuria la seguía demasiado cerca y Miguel buscaba las llaves.

—No hace falta que bajes —dijo Sofía.

Miguel ya las tenía en la mano.

—Voy a bajar.

Nuria se apoyó contra la pared.

—Yo también.

Sofía la miró.

—Tú no.

—¿Por qué?

—Porque si bajáis los dos, no me voy.

Nuria abrió la boca y terminó sonriendo.

—Vale.

Sofía volvió hacia ella, le rodeó la nuca y la besó otra vez. Esta vez fue breve.

—Buenas noches, cariño.

—Buenas noches.

Después se volvió hacia Miguel. Él la abrazó antes de besarla y Sofía permaneció unos segundos contra su pecho.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Sofía abrió la puerta y salió al rellano sin dejar de sonreír. Miguel la acompañó hasta el ascensor. Antes de entrar, ella se volvió y lo besó una última vez.

—Voy a arrepentirme de haber sido responsable.

—Probablemente.

—No ayudes.

Las puertas se cerraron.

Miguel regresó al ático y encontró a Nuria donde la había dejado, apoyada contra la pared del recibidor.

—¿Se ha ido?

—Sí.

Nuria soltó el aire y se acercó.

—Menos mal.

Miguel sonrió.

—¿Menos mal?

Ella le pasó los brazos alrededor de la cintura.

—Si se queda, cariño, esta noche no dormimos ninguno.

—No.

Nuria apoyó la cara en su pecho. Permanecieron un momento así, con la risa y los besos de Sofía encima.

El teléfono de Nuria vibró sobre la encimera unos minutos después.

«En el taxi».

Nuria enseñó la pantalla a Miguel y la dejó boca abajo.

—Chica responsable —murmuró.

Miguel le besó el pelo.

—Por poco…