48 segundos CAPÍTULO 20 La apertura #3
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CAPÍTULO 20 La apertura #3

Miguel observó la fila que empezaba a formarse delante de la puerta.

—Tienes razón. Lo siento.

Sofía guardó silencio.

—Vale.

—El martes estoy libre a partir de las ocho.

—Yo también.

—Paso por tu casa.

—Y si te mandan a operar a Lisboa, me lo cuentas antes de despegar.

Miguel sonrió.

—Intentaré avisarte antes de cruzar la frontera.

—Qué detalle.

Cuando colgaron, Miguel se quedó mirando la pantalla un momento. Las urgencias habían desmontado cenas, viajes y fines de semana durante media vida profesional; estaba acostumbrado a que bastara con explicar que había un paciente. Sofía no había discutido el viaje. Le había discutido a él.

El martes siguiente llegó a su casa con vino y una bolsa de comida.

Sofía abrió la puerta y miró la compra.

—Habíamos quedado en cocinar.

—Hay que cocinarlo.

—Has comprado para seis.

Miguel entró.

—Comes poco.

—Eso ha sido una crítica.

—Una observación.

—Ya estamos.

Cocinaron juntos. Miguel ocupó la cocina con demasiada confianza. Cambió una sartén de armario, movió una tabla y apartó tres botes de especias. Al tercer cambio, Sofía dejó de sonreír.

—Esa sartén vive ahí.

Miguel abrió el armario de al lado.

—Vivía mal.

Sofía se quedó inmóvil.

—Es mi cocina.

Él levantó la vista.

—Sí.

—Pues deja de reorganizarla.

Miguel volvió a colocar la sartén donde estaba.

Sofía parpadeó.

—¿Así, sin discutir?

—Me has dicho que la deje.

—Joder. Me quitas toda la diversión.

Miguel volvió a coger el cuchillo.

—Puedes discutir contigo misma.

—No sería lo mismo.

Puso música, abrió el vino y se sentó un rato sobre la encimera mientras él terminaba.

Cenaron tarde, con las ventanas abiertas y los platos calientes.

Hablaron de Álex, de una compañera de Sofía que llevaba tres días intentando redactar una conclusión de cuatro líneas y de las vacaciones que Miguel tenía previstas en agosto.

Al terminar recogieron juntos y Sofía dejó los últimos platos en el fregadero.

Se quedó apoyada en la encimera. Miguel se secó las manos mientras Sofía lo observaba desde el otro lado de la cocina. Llevaban toda la noche acercándose y alejándose y a esas alturas ninguno parecía interesado en seguir fingiendo que aquello iba a terminar con los platos recogidos.

—Nuria y yo nos hicimos las analíticas hace poco. Todo negativo.

Miguel dejó el paño sobre la encimera.

—Me lo contó. Yo me las repetí en diciembre y desde entonces solo he estado con ella.

—Y llevo un DIU.

Miguel la miró. Sofía sostuvo la mirada un instante y se acercó.

—Miguel, llevo semanas queriendo follarte.

Le agarró el cuello de la camisa y lo besó.

La prudencia duró menos que en el portal.

Miguel la sujetó por la cintura y Sofía se pegó a él mientras se desabrochaba la falda; la tela cayó alrededor de sus pies y ella la apartó de una patada sin romper el beso.

Le abrió el cinturón a tientas y tiró de la cremallera; cuando encontró su polla contra la mano soltó una risa breve.

—Qué ganas tenía, joder.

Miguel la levantó y Sofía le rodeó la cintura con las piernas. Llegaron al dormitorio besándose y el golpe contra el colchón les arrancó una carcajada que duró poco. Ella lo atrajo por las caderas.

—Fóllame. Quiero sentirte.

Miguel entró con una embestida y Sofía cerró las piernas alrededor de él. La habitación se llenó pronto del golpe del colchón y de sus respiraciones. Ella le mordió el cuello, hundió las uñas en su espalda y perdió cualquier intención de contenerse cuando empezó a acercarse al orgasmo.

—No pares…

Miguel mantuvo el ritmo. Sofía se corrió con la cara hundida en su hombro y el cuerpo entero tenso alrededor de él. Cuando el temblor empezó a ceder, Miguel perdió el compás. Sofía lo empujó por el pecho.

—Espera.

Se deslizó por su cuerpo. Miguel alcanzó a decir su nombre antes de que ella se lo metiera en la boca. Sofía marcó el ritmo con la mano y la boca, más despacio al principio y después sin darle tregua cuando sintió que empezaba a tensarse. Miguel se corrió con un gemido que rebotó en la habitación.

Sofía se apartó y empezó a reírse.

—Hola, vecinos.

Miguel acabó riéndose con ella. La camisa de Miguel había quedado atrapada debajo de su muslo. Sofía tiró de ella.

—La has destrozado.

—Está arrugada.

—Mírala.

—Tengo más.

Sofía empezó a reírse de nuevo.

—Eso es muy de rico.

Miguel la miró.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa.

Volvieron a besarse. Más tarde follaron otra vez, con menos urgencia y bastante más tiempo para descubrir cosas que la primera vez habían pasado por encima.

Cerca de las cuatro despertó y encontró a Sofía de espaldas, pegada a su cuerpo.

La habitación estaba casi a oscuras y desde la calle llegaba el ruido de un camión descargando en algún lugar próximo.

Pensó en Nuria durmiendo en Salesas y después en Sofía, en las semanas buscándose, en la cena que habían perdido por Valencia y en lo natural que resultaba tenerla ahora dormida contra él.

Le pasó un brazo por la cintura. Sofía se acomodó sin despertarse y apoyó la mano sobre la suya.

Miguel permaneció así hasta que volvió a dormirse.