48 segundos CAPÍTULO 20 La apertura #2
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CAPÍTULO 20 La apertura #2

—Has contestado muy rápido.

—Porque estoy bien. También estoy descubriendo que una cosa puede ponerme cachonda y tocarme los cojones durante diez minutos.

Miguel sonrió.

—Eso sí parece bastante tuyo.

—No te pongas listo.

—No he dicho nada.

—Tu cara sí.

Nuria lo besó antes de que pudiera responder. Al principio fue solo un beso; después le pasó los brazos alrededor del cuello y lo acercó más. Miguel le sujetó la cintura y ella notó su erección contra el vientre.

Se rio en su boca.

—Ves.

—¿El qué?

—Nada.

Miguel la levantó y la sentó sobre la encimera.

—Tú has empezado.

—Y pienso terminar.

La cocina quedó a medias.

***

Pasada la una, Nuria dormía atravesada en la cama, con una pierna encima de Miguel y una mano abierta sobre su pecho. Él permaneció despierto mirando la sombra irregular que proyectaba la persiana.

Había deseado a Sofía desde Cercedilla. Eso era sencillo.

Lo demás llevaba meses creciendo en espacios bastante menos espectaculares: mensajes que esperaba, una recomendación enviada sin pensar en Nuria, una frase que recordaba dos días después, aquella cena cerca de Santa Ana que había terminado demasiado pronto.

El beso del portal le había quitado la posibilidad de seguir tratándolo como curiosidad. Quería volver a verla.

El lunes siguiente, Sofía escribió poco antes del mediodía.

«Estoy cerca de Plaza de Castilla. Tengo media hora. ¿Café?»

Miguel consultó la agenda.

«Voy».

Ella ya estaba sentada cuando llegó. Había elegido una mesa apartada y tenía un café delante; el local estaba casi vacío y dos camareros preparaban el servicio detrás de la barra. Miguel dejó las gafas sobre la mesa y pidió otro.

Hablaron de la vista que acababa de terminar y de una intervención que Miguel tenía programada a primera hora del día siguiente.

El beso del portal seguía entre ellos sin necesidad de mencionarlo.

Sofía le tocó la mano un par de veces mientras hablaba y, cuando se daba cuenta, no la retiraba enseguida.

Miguel terminó dejando la taza.

—Quiero volver a verte.

Sofía lo miró.

—Yo también.

—A solas.

—Miguel, ya estamos a solas.

Él sonrió apenas.

—Sabes lo que quiero decir.

—Sí.

Sofía dejó la mano junto a la suya.

—Y quiero que siga siendo así. Quiero conocerte a ti, no solo al hombre que está con Nuria cuando estamos los tres.

Miguel entrelazó los dedos con los suyos.

—Eso quiero yo.

Sofía sostuvo su mano unos segundos.

—Bien.

Cuando salieron, Miguel la acompañó hasta la boca del metro. La avenida estaba llena de tráfico y el calor subía desde el asfalto. Sofía miró la hora al llegar a las escaleras.

—Llego tarde.

Miguel le sostuvo la cara y la besó.

Sofía le agarró la camisa y respondió sin reservarse nada. Cuando se separaron seguía sujetándolo por la solapa.

—Tengo una reunión dentro de veinte minutos.

—Yo una consulta.

Sofía miró hacia las escaleras, pero no lo soltó.

—El jueves estoy libre al mediodía.

—Termino a las doce.

—Llámame.

—Te llamo.

Bajó el primer escalón y se volvió.

—Y avísame antes.

Miguel sonrió.

—Vale.

Sofía continuó bajando.

El jueves volvieron a verse. Miguel terminó antes de la una y la encontró en una terraza cerca de Alonso Martínez, con las gafas de sol sobre el pelo y el teléfono junto al vaso de agua. Sofía levantó la vista al verlo acercarse y sonrió.

—Pensaba que llegarías tarde.

—Yo también.

Se inclinó para besarlo antes de que se sentara.

La comida se alargó más de lo previsto sin que ninguno pareciera pendiente de la hora.

Con Sofía todo tenía otro ritmo. No llenaba los silencios por costumbre ni necesitaba convertir cada desacuerdo en una broma.

Escuchaba, preguntaba cuando algo le interesaba y podía quedarse unos segundos mirándolo antes de continuar.

Miguel descubrió que le gustaba aquella calma y también la forma en que, cuando él decía algo que realmente le importaba, ella dejaba de sonreír para prestarle atención.

Salieron tarde. Miguel la besó y ella le rodeó la cintura con los brazos, manteniéndolo cerca.

—Esto me está gustando —dijo Sofía cuando se separaron.

Miguel le apartó un mechón de la cara.

—A mí también.

Ella lo besó otra vez.

—Escríbeme.

—Lo haré.

Sofía entró en el Uber y cerró la puerta. Miguel esperó a que arrancara antes de marcharse.

***

En las dos semanas siguientes volvieron a verse varias veces y cada encuentro fue quitándole excepcionalidad al anterior.

Una cena terminó caminando por Madrid pasada la medianoche.

Habían empezado hablando de política y acabaron con viajes, restaurantes, ciudades donde podrían vivir y lugares que Sofía consideraba insoportables porque había demasiada gente empeñada en pasárselo bien.

Ella le contó otro verano que había pasado sola; Miguel terminó hablando de su padre mientras cruzaban Recoletos y, cuando llegaron al coche, ninguno tenía demasiada prisa por despedirse.

Otra cita no llegó a celebrarse. Una intervención urgente obligó a Miguel a viajar a Valencia y avisó por WhatsApp cuando ya estaba en Barajas.

Sofía le llamó.

—¿Desde cuándo lo sabes?

Miguel miró la pantalla de embarque.

—Hace una hora.

—¿Y no podías haberme avisado hace una hora?

—Estaba organizando el traslado.

—Ya. Miguel, no me molesta que te vayas.

Él esperó.

—Me molesta enterarme cuando estás en el aeropuerto y mi noche ha desaparecido de tu cabeza.