48 segundos CAPÍTULO 20 La apertura
87%

CAPÍTULO 20 La apertura

En la segunda mitad de junio, los tres consiguieron salir del trabajo a una hora razonable.

Cenaron en el ático de Miguel con las puertas de la terraza abiertas y el calor pegado a las fachadas.

A las nueve quedaba luz sobre los tejados; desde la calle subían conversaciones de las terrazas, algún claxon y el olor de una cocina cercana.

Nuria llevaba un buen rato sentada en la encimera, descalza, con una copa de vino y la mitad de los tomates sin cortar.

Miguel cocinaba delante de ella y cada vez que se volvía faltaba algo de la tabla.

—Como sigas comiéndote la cena, te hago otra cosa.

Nuria mordió otro trozo de pimiento y lo miró mientras masticaba.

—Eso ha sonado bastante mejor de lo que pretendías.

Miguel dejó el cuchillo un momento.

—Estoy decidiendo si echarte de la cocina.

—No lo harías.

Él le quitó el resto del pimiento de la mano, lo dejó junto a los tomates y siguió cortando. Nuria se inclinó desde la encimera y le besó el hombro.

—Te quiero también.

El timbre sonó antes de que Miguel pudiera contestar. Nuria bajó de un salto y salió hacia el recibidor con la copa en la mano.

Sofía venía directamente de los juzgados. Llevaba la chaqueta doblada sobre un brazo, el pelo recogido con poca convicción y una carpeta demasiado gruesa metida en el bolso. Nuria la besó en la boca al abrirle y tiró de ella hacia dentro.

—Estás ardiendo.

—Madrid está ardiendo. Yo llevo desde las ocho metida en una sala con un señor que considera el aire acondicionado una debilidad moral.

Se apoyó un momento en el marco de la puerta antes de entrar del todo.

—Y antes de eso, un compañero me ha preguntado si conocía al cirujano de Santacruz. Por lo tuyo con Nuria.

Miguel levantó la vista desde la cocina.

—¿Qué le has dicho?

—Que no llevo el caso, que no voy a llevarlo y que si vuelve a preguntar se lo pongo por escrito. —Se encogió de hombros—. No ha vuelto a preguntar.

Se quitó los zapatos en mitad del recibidor y los empujó hacia la pared con un pie. Nuria le cogió la chaqueta y Sofía dejó el bolso junto a la consola antes de seguirla hasta la cocina.

Miguel levantó la vista.

—Llegas a tiempo.

—Eso significa que todavía no has servido.

—Exacto.

Sofía se acercó a él. El saludo tardó un segundo más de lo habitual. Desde la cena que habían compartido solos cerca de Santa Ana, los dos besos de cortesía ya no salían con la misma naturalidad. Ella terminó apoyándole una mano en el brazo y le dejó uno solo en la mejilla, cerca de la boca.

—Huele bien.

—Aún no lo has probado.

—Qué poca fe tienes en ti mismo.

Miguel volvió a la sartén.

—Tengo bastante.

Nuria había recuperado su sitio en la encimera y los observaba por encima de la copa. Miguel giró la cabeza.

—Ni se te ocurra.

—No he dicho nada.

Sofía miró de uno a otro.

—Me preocupa que haya una conversación a la que no tengo acceso.

—La hay —dijo Nuria.

—Pues ahora me preocupa más.

Miguel señaló la tabla.

—Haz algo útil y evita que se coma lo que queda.

—No pienso meterme en vuestra relación con el pimiento.

—Cobarde —dijo Nuria.

Sofía le robó un tomate.

—Cuando hace falta.

La cena empezó fuera, con claridad suficiente para no encender las lámparas.

Nuria llevaba unas tres semanas en su nueva responsabilidad y le gustaba bastante más de lo que había admitido al aceptar.

Aquella mañana había rehecho tres quirófanos por dos bajas, negociado una cobertura con Reanimación y discutido con una supervisora que pretendía cubrir una sala compleja con una enfermera que no tenía experiencia suficiente.

Había salido del bloque cabreada y bastante satisfecha.

—Te encanta mandar —dijo Sofía.

Nuria dejó el tenedor.

—Me encanta que la gente que sabe hacer algo pueda aprender a hacerlo mejor sin que alguien la mande a tomar por culo porque va más lenta.

—Eso ha sonado casi vocacional.

—No exageres.

Miguel sirvió más pescado.

—Lleva toda la semana llegando a casa cabreada y contándome lo mucho que le gusta.

Nuria le dio con el pie bajo la mesa.

—Traidor.

Sofía sonrió.

—Se te nota desde la puerta.

—También quiero matar a gente varias veces al día.

—Eso ya te pasaba antes —dijo Sofía.

Nuria le lanzó la servilleta. Sofía la cogió al vuelo y se la dejó encima de la cabeza.

CRT había ido recuperando actividad en Asterión durante las últimas semanas.

Laura seguía encajando casos entre tres centros y ninguno tenía intención de trasladar otra vez a pacientes que ya estaban programados fuera, pero la clínica volvía a utilizar quirófanos, UCI y planta sin convertir cada autorización en una batalla.

—Hoy nos ha llamado Facturación —dijo Miguel.

Nuria dejó de ocuparse de la servilleta.

—¿Qué querían?

—Nada.

Sofía levantó la vista del plato.

—Eso sí es noticia.

—La factura estaba bien.

Nuria empezó a reírse.

—Rubén va a llorar.

—Quiere enmarcarla.

—Yo le pago el marco.

Miguel bebió vino.

—No pienso permitir que cuelgue una factura en la clínica.

—Es su proceso de sanación, cariño.

—Que sane en su despacho.

El tema murió allí. Sofía contó después una vista que debía haber durado cuarenta minutos y se había prolongado casi hasta las ocho porque dos abogados decidieron discutir durante media hora una fecha escrita en la primera página del documento.

Miguel quiso saber qué pretendía conseguir cada uno y ella acabó admitiendo que probablemente ninguno lo recordaba al final.

De ahí saltaron a una película que Miguel y Sofía llevaban varios días discutiendo por mensaje.

Nuria intentó intervenir.

—Es malísima.

Sofía la miró.

—No la has visto.

—He visto el tráiler.

—Dos minutos.

—Suficientes.

Miguel negó con la cabeza.

—No tienes criterio.

—Tengo un criterio estupendo. Que vosotros llevéis veinte minutos hablando de ella demuestra que sois dos pesados, no que la película sea buena.

Sofía empezó a explicarle una escena y Miguel la interrumpió para corregir un detalle. Se enredaron enseguida en una discusión que ya había empezado antes, probablemente por WhatsApp, y Nuria se encontró escuchándolos con la copa entre las manos.

Le gustó verlos así. Sofía buscaba a Miguel al llegar a una parte que sabía que podía hacerle gracia; él recordaba algo que ella le había escrito días atrás y lo utilizaba para llevarle la contraria.

Ninguno parecía estar actuando para Nuria.

Se habían construido un pequeño territorio al que ella podía asomarse sin haber participado en su origen.

Le gustó. Y también le jodió un poco.

Bebió.

Miguel la sorprendió mirando.

—¿Qué?

—Nada.

—Estás muy callada.

—Porque sois pesadísimos.

Sofía se volvió hacia ella.

—La película es buena.

—La película es una mierda.

—No la has visto.

—Os llevo escuchando media hora. Tengo información de sobra.

Miguel volvió al plato.

—Método científico impecable.

Nuria le dio con el pie por debajo de la mesa.

La claridad terminó de desaparecer mientras seguían hablando.

Miguel encendió una lámpara junto a la pared y Madrid quedó debajo de ellos, constante en el ruido de las terrazas y el tráfico, pero suficientemente lejos para dejarles la noche.

Sofía terminó con los pies debajo de la silla y Nuria apoyó las piernas sobre otra.

A ratos alguno se levantaba por hielo o vino; otras veces los tres se quedaban callados durante medio minuto sin que nadie sintiera la obligación de arreglarlo.

Cerca de medianoche, Sofía vio la hora.

—Joder.

Nuria dejó caer la cabeza contra el respaldo.

—No.

—Sí. Mañana tengo comparecencia temprano y llevo desde las ocho vestida de fiscal responsable.

—Nunca has dado esa imagen.

—Gracias, cariño.

Sofía empezó a buscar los zapatos. Uno estaba debajo de la silla de Miguel y el otro había terminado junto a una maceta.

—¿Cómo coño ha llegado ese ahí?

—Te los has quitado tú —dijo Miguel.

—Eso no responde.

Nuria soltó una carcajada.

—Igual se ha cansado de ti.

Sofía consiguió ponerse ambos y Nuria la acompañó hasta la entrada. La besó despacio, con una mano en su nuca; Sofía respondió agarrándola de la cintura y se quedó un momento cerca cuando se separaron.

—Escríbeme mañana.

—Si sobrevivo.

—Drama.

Sofía recogió la chaqueta y miró a Miguel.

—¿Bajas?

Él tomó las llaves de la consola.

Nuria volvió hacia la terraza con las dos copas.

***

En el portal seguía haciendo calor. El aire de la calle entraba cada vez que se abría la puerta y olía a asfalto caliente y a los árboles recién regados de la plaza. Sofía dejó la chaqueta encima del bolso y se quedó frente a Miguel.

—Nuria me dijo que no piensa hacer de intermediaria.

—Me parece bien.

—A mí también.

Metió las llaves en el bolso y volvió a sacarlas casi de inmediato porque eran las de casa. Tardó unos segundos en empezar. Miró las llaves, el bolso y la puerta antes de volver por fin a Miguel.

—Quiero volver a quedar contigo.

—Yo también.

Sofía sonrió.

—Joder. Qué fácil.

—¿Querías que discutiera?

—Un poco de suspense tampoco habría estado mal.

—Llegas tarde.

Ella lo miró un instante y acabó agarrándolo de la camisa.

El beso empezó con la prudencia suficiente para durar dos segundos. Miguel le puso una mano en la cintura y Sofía se acercó hasta pegarse a él; la boca de ambos se abrió y la chaqueta resbaló del bolso, quedó atrapada entre sus cuerpos y terminó en el suelo. Sofía tuvo que separarse para respirar.

—Joder.

Miguel seguía con la mano en su cintura.

—¿Mal?

—Cállate.

Volvió a besarlo, esta vez más corto, y recogió la chaqueta.

—Te escribo.

—Hazlo.

Sofía cruzó la puerta. A mitad de la acera se volvió y lo encontró dentro del portal.

Sonrió y siguió andando.

***

Nuria estaba colocando los platos en el lavavajillas cuando oyó las llaves. Esperó hasta que Miguel entró en la cocina.

—La has besado.

Miguel dejó las llaves sobre la mesa.

—Sí.

Nuria cerró el lavavajillas.

—¿Y?

—Me ha gustado.

La sonrisa le apareció antes de que pudiera hacer nada con ella.

—Mucho, por esa cara.

—La cara es tuya.

—No te hagas el gilipollas.

Miguel se acercó y le quitó la copa de la mano.

—¿Estás bien?

Nuria apoyó las palmas sobre su pecho.

—Sí.