CAPÍTULO 17 El patrón #2
Miguel le dio un beso y se marchó hacia el coche.
Nuria pidió un taxi y entró en el gimnasio Le Max con el cuerpo pesado del turno.
Corrió media hora, hizo una serie de peso muerto y aumentó demasiado la carga en la siguiente.
Bajó dos discos al darse cuenta de que estaba entrenando con la mala leche del hospital y siguió.
Nuria salió del gimnasio algo después de las seis y media, duchada y con el pelo húmedo. Tenía un mensaje de Sofía enviado quince minutos antes.
«Tengo peluquería en Gabriel a las siete. Como me dé por hacerme flequillo, es culpa tuya».
Nuria contestó mientras bajaba las escaleras.
«Ni se te ocurra».
«Pues ven».
La estilista estaba a diez minutos andando. Cuando Nuria llegó, Sofía ya estaba sentada frente al espejo, con el pelo sujeto por dos pinzas.
—Como te hagas flequillo, no pienso mentirte.
—Por eso te he avisado.
La estilista señaló el sillón de al lado. Nuria llevaba el pelo húmedo del gimnasio y la marca de la coleta.
—Lávamelo, por favor. Estoy hecha un cristo.
—Estás estupenda —dijo Sofía.
Nuria la miró por el espejo.
—No sabes mentir.
En el lavacabezas dejó caer la cabeza y cerró los ojos. El agua caliente y el masaje sobre el cuero cabelludo aflojaron la tensión que arrastraba en el cuello.
—Joder.
Sofía giró la cabeza.
—¿Qué te está haciendo?
—Lo que tú no sabes.
—Perdona.
—No.
La estilista se echó a reír y les pidió que no le explicaran nada.
Mientras le secaban el pelo, Sofía dijo que quería mirar unas sandalias.
—Tienes un armario lleno.
—Negras.
—Entonces compra unas negras. Nadie notará la diferencia.
—Qué pesada eres.
—Y tú qué aburrida.
Salieron poco antes de las ocho. Sofía llevaba el pelo algo más corto y seguía sin flequillo. Nuria intentó recogérselo con la mano y recibió un manotazo.
—No me despeines.
—Te han cobrado ciento ochenta euros por dejarte igual.
—No estoy igual.
—Estás igual, pero más cara.
—Tú acabas de pagar por lo mismo.
—Yo estaba hecha una mierda.
—Eso no te lo discuto.
Nuria le dio un empujón con el hombro y entraron en una tienda dos portales más abajo. Sofía encontró unas sandalias de cuero casi al principio. Pidió otros pares, pero Nuria señaló las primeras.
—Esas.
—Déjame comparar.
—Vas a comprar esas.
Mientras Sofía se probaba el segundo par, Nuria descubrió un vestido verde al fondo. Salió del probador ajustándose uno de los tirantes.
Sofía dejó de mirar las sandalias.
—Joder.
—¿Bien?
—Te queda de puta madre.
Nuria se giró frente al espejo. Sofía siguió su movimiento sin disimular.
—No estás mirando el vestido.
—Vete a cambiarte, tía.
Nuria sonrió y se llevó el vestido. Añadió una chaqueta ligera; Sofía compró las primeras sandalias y una camisa blanca que había criticado al entrar.
Al salir caminaron sin prisa. El calor de mayo seguía pegado a las fachadas y las terrazas estaban llenas. Sofía se detuvo ante una fotografía enorme expuesta detrás del cristal de una galería.
—Me gusta.
—Es enorme porque sí.
—Llevas tres segundos mirándola.
Entraron. Recorrieron las dos salas sin separarse demasiado. Coincidieron en una fotografía y discutieron sobre todas las demás. Al salir compraron el catálogo para continuar la discusión.
Encontraron una mesa en una terraza interior. Sofía pidió un albariño y Nuria una cerveza. Dejaron las bolsas bajo las sillas y el catálogo abierto entre las dos.
—Aquí se ve lo que te decía —insistió Sofía.
Nuria miró la página.
—Sigue sin gustarme.
—Eres imposible.
—Y tú tienes mal perder.
Sofía cerró el catálogo.
—¿Duermes hoy con Miguel?
—Sí.
—¿Has vuelto a tu casa?
—A por ropa.
—¿Y?
Nuria se encogió de hombros.
—No me apetece dormir allí todavía.
Sofía asintió y bebió.
—Pues si te cansas de invadir Salesas, tengo una habitación libre.
Nuria soltó una risa.
—He vivido contigo, Sofía. Sé dónde está.
—Ya. Lo digo porque te conozco. En dos semanas vas a tener media casa de Miguel ocupada.
—Tengo dos cajones.
Sofía abrió mucho los ojos.
—Hostia.
—¿Qué?
—Dos cajones ya.
—Sí.
—Empezaste igual conmigo.
Nuria cogió la botella.
—Mentira.
—Dos cajones y un neceser.
—No me acuerdo.
—Yo sí. Después apareció una maleta.
—Eso fue porque me iba de viaje.
—Ya.
—Qué pesada eres.
—Dentro de un mes hablamos.
Pidieron aceitunas, croquetas y algo de queso. Cuando Nuria alargó la mano hacia la botella, Sofía se fijó en sus nudillos.
—Joder. Dame eso.
—¿Qué?
—La mano.
Nuria intentó retirarla, pero Sofía ya se la había cogido. Le giró los dedos con cuidado. La piel estaba levantada junto al pulgar y enrojecida alrededor de las articulaciones.
—Las tienes fatal.
—Llevo toda la semana con guantes y jabón.
—¿Te estás poniendo algo?
—Eva me dio una crema.
—Úsala más.
Sofía pasó el pulgar por la zona irritada antes de soltarla.
—Sí, mamá.
—Que te den.
Nuria recuperó la mano, aunque la dejó unos segundos sobre la mesa, cerca de la de Sofía. Después cogió una aceituna y siguieron comiendo.
Cuando pidieron la cuenta ya había oscurecido lo suficiente para que las luces de la terraza se notaran. Recogieron las bolsas y salieron a la calle. Nuria seguía cansada, pero ya no llevaba el hospital pegado al cuerpo.
Sofía le tocó la chaqueta nueva.
—Esta sí.
—¿El vestido no?
Sofía la miró.
—No vuelvas a empezar.
Nuria sonrió.
—Cobarde.
—Pesada.
Caminaron juntas hasta la esquina. Sofía sacó el móvil para pedir un coche; Nuria iba a seguir andando hasta Velázquez. Antes de separarse, Nuria le dio un beso en la boca y Sofía se lo devolvió.
—Mándame una foto cuando te pongas el vestido.
Nuria levantó una ceja.
—¿Para valorar el corte?
—Claro.
—Cerda.
—Buenas noches, cariño.
Nuria echó a andar.
—Buenas noches.
—Y ponte crema.
Nuria se volvió.
—¡Vete a la mierda!
Sofía se quedó riéndose en la acera.
***
Horas antes, a última hora de la tarde, Aethel había comunicado la apertura de comprobaciones sobre otras dos reclamaciones. En ambas aparecía Orbe; una contenía una devolución anterior a la rectificación. Los expedientes habían quedado preservados y bloqueados.
Pérez había pedido para el lunes el contrato de Orbe, los anexos, los pagos y las devoluciones de los últimos dos años. Compras y Jurídico ya estaban informados cuando Ramírez leyó la comunicación en su despacho.
—Van a revisar un proveedor —dijo.
—Van a abrir Orbe —dijo Poza.
—No dramatices.
—Hay dos fechas para la misma operación y ahora las están cruzando con otras reclamaciones. Llámalo como quieras.
Ramírez lo mandó hablar con Ortega. Poza le recordó que no todos los anexos estaban en el repositorio general: una parte permanecía en Facturación y otra en Orbe, como llevaban años haciendo.
—El lunes quiero todo localizado.
—Pídelo por escrito.
—Enrique.
—Si lo quieren preservar, que conste quién lo pide.
La conversación terminó sin despedida. Poza volvió a su departamento y empezó a preparar la relación que sabía que le reclamarían el lunes.