CAPÍTULO 17 El patrón
El viernes por la mañana, Francisco Pérez volvió a la extracción de Santacruz después de tres días cruzando facturas, albaranes y registros.
—Enséñame la sesión completa.
La búsqueda contenía once secuencias parecidas; siete utilizaban la misma credencial compartida.
Pérez ordenó cruzar cada identificador con devolución y factura sin abrir datos clínicos.
Cuatro movimientos pasaban por Orbe Consulting y, en la carpeta de Poza, dos justificantes repetían el mismo número de operación con fechas distintas.
Ramírez intentó devolver la reunión a Santacruz y al requerimiento de Aethel.
—Nos han pedido una explicación de ese expediente.
Pérez volvió a las líneas que tenía delante.
—Y acabamos de encontrar cuatro movimientos con Orbe y la misma credencial. Si el recorrido se repite, ya no estamos explicando Santacruz. Estamos averiguando cuántas veces ha ocurrido y quién podía intervenir en cada paso.
Ramírez se acercó a la pantalla.
—Todavía no sabes si son comparables.
—Por eso los vamos a comparar.
Pérez encargó a su equipo facturas, albaranes, rectificaciones y contrato. Ramírez ofreció revisar el material y enviar un informe por la tarde.
—No. Lo revisará mi equipo.
La respuesta dejó unos segundos de silencio. Ramírez recogió el teléfono, pero no hizo la llamada. Poza permaneció sentado, atento a las líneas abiertas en la pantalla.
La revisión tampoco se quedó dentro de Asterión.
A las once y veinte, Helena Martín, analista de riesgos de Aethel, amplió la búsqueda a reclamaciones anteriores del mismo hospital con material de alto coste.
De treinta y ocho resultados, seis habían sido rectificados después de su presentación.
Dos reproducían la combinación que había provocado el bloqueo de Santacruz: devolución, consulta del pagador, sustitución del documento y Orbe Consulting.
El responsable de la investigación leyó el resumen antes de autorizar que siguiera sin datos clínicos.
—¿Estás pensando en fraude? —preguntó.
Helena negó mientras volvía a los identificadores.
—Estoy pensando en comprobarlo antes de llamarlo de ninguna manera.
Envió dos solicitudes con copia a Asterión Spain. CRT quedó fuera de aquellos expedientes: no había intervenido ni en la compra ni en la facturación del material.
En CRT, Laura revisaba la programación de la semana siguiente cuando Jaime entró en su despacho sin llamar.
De los dos quirófanos que habían quedado pendientes por el bloqueo, el vascular ya estaba confirmado; para el segundo habían encontrado una alternativa y Héctor comprobaba la disponibilidad de cuidados intensivos.
—Avísame si Asterión mantiene el bloqueo —dijo Jaime.
—Te avisaré si se convierte en algo más que un problema de programación.
—Eso me vale.
Laura cerró la agenda. Medina había confirmado que Asterión Spain asumía la revisión del requerimiento de CRT, pero ella llevaba desde la noche anterior buscando otra cosa.
Cuando el material pertenecía a CRT, regresaba al proveedor; cuando lo aportaba el hospital, el equipo se limitaba a registrar qué se abría y qué permanecía cerrado.
Logística se ocupaba del resto. El justificante de Orbe no encajaba en el recorrido que conocía.
—Me chirría —dijo.
Jaime miró el documento.
—Gran criterio jurídico.
—Soy enfermera. Puedo permitirme vocabulario útil.
Laura había localizado a Orbe tres veces en dos años dentro de documentación administrativa de CRT.
Ninguno de aquellos expedientes presentaba anomalías y todos estaban cobrados.
La coincidencia estaba en otro sitio: Orbe no aparecía como proveedor ni antes de la cirugía, sino después de que el material abandonara el quirófano.
—Puede estar previsto en su contrato —dijo Jaime.
—Puede. Por eso te lo enseño y no estoy llamando a nadie para acusarlo.
Jaime le pidió que conservara los originales y dejara constancia de cualquier solicitud de acceso. Laura ya lo hacía sin necesidad de abogado y se lo recordó con una sonrisa.
—Por eso sigo viniendo.
—No te emociones.
Antes de salir, Jaime le indicó que lo llamara si Asterión reclamaba aquella documentación fuera del circuito habitual. Laura volvió a la programación. Tenía que colocar a dos pacientes en quirófano y la existencia de Orbe, de momento, no cambiaba ni una cama ni un turno.
A las dos y media, Pérez ya podía separar ejecución, validación y devolución en cuatro facturas.
Dos reproducían con suficiente precisión la secuencia de Santacruz; en las otras, el orden de los movimientos era distinto y necesitaban más documentación.
La comparación ya no bastaba: ahora tenían que saber quién había ejecutado cada modificación, quién la había validado y de dónde había salido la instrucción.
Llamó a Adriana.
—Puedo separar ejecución y validación en dos expedientes. En los otros todavía no.
—¿Y las órdenes?
—No salen de un registro técnico. Necesito correos, incidencias y documentos que no se puedan sustituir mañana.
Adriana tardó un momento en responder.
—¿Estás viendo errores?
—Estoy viendo decisiones. Para saber de quién, necesito preservar lo demás.
La orden salió de Asterión Spain antes de que terminara la conversación.
Ninguna rectificación documental podría hacerse sin conservar la versión anterior.
Carlos ya había protegido Sistemas; desde ese momento la preservación alcanzaba contratos, anexos, comunicaciones y cualquier documento relacionado con las operaciones seleccionadas.
Cada rectificación tendría que encajar desde entonces en una cronología respaldada por documentos.
Nuria no sabía nada de aquello cuando salió del hospital poco después de las tres.
Aquella semana había terminado por acostumbrarse al recorrido contrario al de sus compañeras: mientras el equipo de tarde bajaba hacia quirófano, ella dejaba documentación, revisaba material de planta o completaba alguna tarea que Neus podía justificar dentro de las funciones asignadas.
La costumbre no había conseguido que le molestara menos.
Eva la alcanzó junto a las taquillas.
—¿Te vas?
—Sí.
—Yo bajo ahora.
Nuria vio el gorro quirúrgico asomando del bolsillo de su uniforme.
—Ya.
Eva se detuvo.
—Joder, Nuria.
—No pasa nada.
—Sí pasa.
Nuria cerró la taquilla y se colgó el bolso.
—Y no lo vas a arreglar llegando tarde a quirófano.
Eva aguantó la respuesta un instante.
—Esta mañana había gente de Financiera entrando y saliendo de Sistemas.
—No quiero saberlo.
—No te estaba contando nada confidencial.
—Precisamente.
Eva entendió y levantó las manos.
—Vale.
Nuria se puso la chaqueta.
—Cuando todo esto acabe, te invito a una botella cara.
—¿Por qué?
—Porque debes de tener la lengua llena de mordiscos.
Eva se rio.
—Dos botellas.
Se abrazaron antes de separarse. En la calle hacía más calor que por la mañana y Nuria caminó hacia su casa en lugar de pedir un Uber.
Necesitaba moverse después de ocho horas con la sensación de ocupar un hospital en el que cada día pertenecía un poco menos.
Miguel le escribió cuando estaba a mitad de camino.
«¿Comes conmigo?»
Miró la hora.
«Son las tres y media».
La respuesta llegó poco después.
«Eso explica el hambre».
Nuria sonrió, abrió la dirección que Miguel le había enviado y cambió de rumbo hacia Salesas.
Miguel estaba terminando una llamada cuando llegó. Había elegido una mesa al fondo y tenía la chaqueta colgada en la silla contigua. Al verla, se despidió y dejó el teléfono junto al plato. Nuria se sentó frente a él y dejó el bolso en el suelo.
—Tienes cara de llevar todo el día hablando con abogados.
—Solo con uno.
—Peor.
—Jaime manda recuerdos.
—No quiero saber qué significa eso.
—Que dice que no hablemos de trabajo durante la comida.
Nuria cogió la carta.
—Me cae mejor cada día.
Pidieron algo sencillo. Miguel había operado por la mañana en otro hospital y debía regresar a CRT después.
Llegaron los platos. Miguel le contó que Rubén había confundido dos restaurantes al reservar una comida y había terminado sentado con una asociación de cirujanos maxilofaciales.
Nuria se rio más de lo que la historia merecía y le preguntó cuánto había tardado en darse cuenta.
Cuando terminó de burlarse de Rubén, se quedó mirando el plato.
—Hoy Eva bajaba a quirófano.
Miguel no intentó llenar el silencio.
—Y he sentido envidia —continuó Nuria.
—Normal.
—No me gusta sentirla.
—Eso no la hace menos normal.
Nuria levantó la vista. Miguel seguía comiendo.
—Ana continúa con el escrito. Supongo que alguna vez contestarán.
—Sí.
—¿Sabes qué es lo peor? Que empiezo a organizar el día como si esto fuera mi trabajo normal.
Miguel apoyó los cubiertos.
—No lo es.
—Ya.
Nuria bebió agua y miró hacia la calle. Había gente comiendo tarde en las mesas de fuera, dos chicas compartían una botella de vino y un hombre discutía con el camarero sobre una reserva que ninguno parecía dispuesto a encontrar.
—Cuando vuelva, si vuelvo, voy a necesitar una semana para dejar de pensar que alguien está esperando que meta la pata.
—¿Si vuelves?
—No he decidido nada.
Miguel asintió. Pidieron café. Él le contó que Laura había conseguido colocar los dos quirófanos de la semana siguiente y Nuria le preguntó si pensaba seguir operando en tres centros hasta que Jaime terminara jubilándose por agotamiento.
Miguel aseguró que Jaime llevaba veinte años anunciando su muerte inminente y Nuria dijo que, en ese caso, podía esperar otros veinte.
Al salir, Miguel tenía que volver a CRT. Nuria quería entrenar antes de que el cansancio le ofreciera una excusa mejor.
—¿Cenas en casa? —preguntó él.
—Sí.
—¿Tu casa o la mía?
Nuria se ajustó las gafas de sol.
—La nuestra todavía no existe, cariño.
—Ya me había dado cuenta.
—En la tuya. Pasaré por Velázquez a echar una mirada. Si llego antes, pediré algo.