48 segundos CAPÍTULO 16 El bloqueo #3
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CAPÍTULO 16 El bloqueo #3

Sofía seguía trabajando. Desde el Thyssen, Miguel y ella se escribían directamente y habían pasado otros ratos solos. Aquella noche era distinto: no había un plan previo ni una cita con Nuria después. Miguel quería verla a ella.

Miguel abrió el chat privado: «He terminado en la clínica. ¿Sigues por aquí?» La respuesta llegó cuando estaba cruzando la calle: «Acabo de salir». La llamó.

—¿Has cenado?

—No. ¿Tú?

—Tampoco. Estoy cerca de Santa Ana. ¿Te apetece que tomemos algo?

—Sí. Pero Nuria sale a las diez —dijo Sofía después de mirar la hora.

—Tenemos tiempo de sobra.

—Pues busca sitio y mándame ubicación.

Dos horas antes, Sofía seguía de pie frente a la mesa del letrado de la Administración de Justicia, repitiendo por tercera vez que la citación de la testigo constaba enviada según su copia del expediente.

El hombre revisaba una carpeta sin encontrar nada y a su espalda una mujer con dos niños esperaba en el pasillo, ya vestida para una declaración que no iba a producirse aquel día.

—Podemos intentarlo mañana —le dijo Sofía en voz baja, antes de que la mujer preguntara. No era una promesa que pudiera cumplir sola, pero era mejor que dejarla veinte minutos más de pie sin ninguna.

Firmó la suspensión, recogió la carpeta y salió a la calle todavía con la toga a medio quitar.

Quedaron en un bar pequeño junto a la plaza de Santa Ana.

Miguel llegó primero, dejó la chaqueta en el respaldo de la silla y guardó la corbata en un bolsillo.

Sofía apareció pocos minutos después con el abrigo doblado sobre el brazo y la cara de quien llevaba demasiadas horas bajo luz artificial.

Dejó el bolso en la silla libre y lo miró antes de sentarse.

—Tienes cara de haber discutido con Jaime.

—He discutido con Jaime.

—¿Quién ha ganado?

—Laura.

—Bien por Laura —dijo Sofía.

Pidió una cerveza. Miguel había encargado croquetas, tortilla y una ensalada que ninguno parecía haber elegido de verdad.

Cuando el camarero se alejó, Sofía le preguntó qué había pasado en CRT.

Miguel le contó lo suficiente: dos quirófanos pendientes, el impago, Laura buscando centros alternativos y Jaime empeñado en impedirle regalarle a Ramírez una llamada sin registro.

No entró en documentos ni en nombres que no le correspondían.

—¿Y no lo has llamado?

—Jaime me ha quitado las ganas a base de insultarme.

—Bien hecho —dijo Sofía.

—No se lo digas.

Sofía preguntó si podían mover las operaciones. Una, seguramente. La otra dependía de una cama de intensivos y del material reservado.

—Entonces mañana sabrás si te están apretando o si solo han movido las salas.

—Jaime ha dicho lo mismo, pero peor.

—Cobra por eso.

Miguel acabó preguntándole por la vista. Sofía se apoyó en el respaldo.

—Suspendida.

—¿Por qué?

—Faltaba una citación que todo el mundo juraba que estaba incorporada. Dos horas esperando para descubrir que nadie la había enviado.

—¿La mujer tiene que volver?

—Sí. Otro día, otra declaración y otra vez a buscar con quién deja a los niños. Su hermana había venido desde Toledo para quedarse con ellos y se ha comido el viaje para nada.

Miguel dejó el tenedor.

—Joder.

—La funcionaria que lo descubrió casi mata a alguien. Llevaba toda la mañana diciendo que el documento no estaba y cuatro personas contestándole que mirara mejor.

—Espero que haya elegido bien a quién matar.

—Estaba valorando opciones.

Llegaron los platos. Sofía probó una croqueta, miró el interior y dejó la mitad en el borde.

—Hace diez minutos tenías hambre —dijo Miguel.

—Eso era antes de probarla.

Miguel cogió la mitad y se la comió.

—Qué asco.

—La has mordido tú.

—Precisamente.

Después hablaron de una exposición que Sofía quería ver antes de que cerrara a finales de mes.

Miguel había leído una reseña que la destrozaba y discutieron diez minutos sobre si eso era un motivo para ir o para ahorrarse la entrada.

De ahí pasaron a un restaurante de Chueca en el que los dos habían estado demasiadas veces.

Miguel sostenía que un sitio no podía sobrevivir una década sirviendo una tortilla mediocre.

Sofía empezó a enumerarle locales de Madrid que demostraban lo contrario y él le pidió que dejara de arruinarle la ciudad.

Se dieron cuenta de la hora cuando el camarero retiró los platos. Miguel miró el teléfono: ningún mensaje nuevo de Nuria.

—Sale dentro de poco.

—Y tú tienes la compra pendiente.

—Puedo pedir un Glovo.

Miguel dejó el teléfono boca abajo. La manga de su camisa rozaba la de Sofía sobre la mesa y ninguno movió el brazo. Ella terminó la cerveza sin apartarse.

El camarero trajo la cuenta. Sofía buscó la cartera y Miguel ya había acercado la tarjeta al datáfono.

—La próxima pago yo.

—Hecho.

Sofía guardó la cartera y se levantó. Salieron a la plaza. Había refrescado y todavía quedaban mesas llenas. Sofía había pedido un Uber; Miguel caminó con ella hasta la esquina. Un grupo ocupó media acera y él le puso una mano en la espalda para dejarlo pasar.

—Vas a llegar tarde de verdad —dijo Sofía.

—Nuria sabe que estoy contigo.

—Y también sabe que no has comprado nada.

—Para eso están los de Glovo.

El coche apareció al final de la calle. Sofía miró el cuello de la camisa de Miguel y se acercó.

—Llevas esto doblado desde no sé cuándo.

Le metió dos dedos bajo el cuello de la camisa para sacarlo de debajo de la chaqueta. Al recolocarlo, le rozó la piel. Miguel le sujetó la muñeca antes de que apartara la mano y la retuvo solo un instante. Sofía levantó los ojos. Él la soltó.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Durante el trayecto, Sofía escribió a Nuria en el grupo: «He cenado con Miguel. Iba a pedir algo para cuando salgas».

La respuesta llegó casi enseguida: «¿Dónde estáis? Salgo en veinte minutos». Sofía compartió la ubicación y pidió al conductor que diera la vuelta antes de que alcanzaran el siguiente semáforo. Miguel seguía cerca del bar cuando la vio bajar otra vez del coche.

—Cambio de planes. Nuria viene.

—Entonces volvemos dentro —dijo Miguel, abriendo la puerta del local.

Nuria apareció poco después de las diez, dejó el bolso en la silla y besó a Miguel y a Sofía antes de sentarse. Miguel pidió otra ronda de comida. Nuria miró el plato de croquetas.

—¿Merecen la pena?

—Pide tortilla —dijo Sofía.

Nuria se echó a reír y le hizo caso.

***

Pasada la medianoche, Poza seguía en Facturación.

Juan Ortega le envió desde Orbe un justificante que no coincidía con la copia conservada en Asterión: acercaba la fecha de recepción a la reimputación, pero mantenía el mismo número de operación.

Helix utilizaba otra fecha y CRT conservaba la primera versión.

Poza dejó de buscar una explicación capaz de cerrar Santacruz. Aethel había pedido usuarios, Pérez tendría acceso a la incidencia y la central ya conocía el problema. Si Ramírez decidía que todo empezaba y terminaba en Facturación, su nombre aparecería antes que el de nadie.

A las dos y siete conectó una memoria cifrada al ordenador.

Copió la solicitud firmada por Ramírez, los correos con instrucciones, los dos justificantes de Orbe y el número de la incidencia de Sistemas.

Llevaba meses conservando mensajes delicados como precaución.

No sabía todavía qué tendría que entregar ni a quién.

Aquella noche empezó a reunir una defensa.