CAPÍTULO 16 El bloqueo #2
Carlos abrió una ampliación dentro de la incidencia y dejó constancia de que la comprobación se realizaba a petición de Facturación. Copió a Francisco Pérez y aplicó un filtro que ocultaba cualquier información clínica.
—No hacía falta otro correo —dijo Poza.
—Sí hacía falta otra autorización.
La consulta tardó menos de un minuto. En la pantalla aparecieron varias reimputaciones sobre identificadores individuales, ejecutadas con la misma credencial y desde dos terminales del departamento.
Solo figuraban fechas, códigos y movimientos; ningún nombre de paciente. Carlos dejó las manos sobre el teclado.
—Hay más.
Poza reconoció algunos de aquellos códigos.
En los ajustes que recordaba, cada área conservaba una parte del recorrido: Logística cerraba la salida, Facturación regularizaba el coste y Orbe aparecía en parte de la documentación administrativa.
Nadie había seguido aquellos identificadores de principio a fin.
Aethel lo había hecho con Santacruz; Carlos acababa de dejar varios movimientos juntos en una sola pantalla.
—Vuelve al episodio —dijo.
—La consulta queda preservada.
—No sabes qué documentación respalda esos movimientos.
—No los estoy interpretando. He ejecutado el filtro que has pedido.
Poza vio su nombre junto a la ampliación, sacó el teléfono y escribió a Ramírez.
«Carlos ha abierto la sesión. Hay más identificadores. La consulta está registrada».
El teléfono vibró casi al instante: «Voy».
Carlos regresó a Santacruz y preparó el informe técnico con los usuarios y las marcas horarias en un anexo. Cuando Ramírez llegó, fue directamente a la reimputación.
—La operación fue manual —explicó Carlos—. La cuenta pertenece a Facturación y se utilizó desde este terminal.
—¿Quién tenía acceso?
—Más de una persona. Necesito cruzar el inicio de sesión local, los turnos y la actividad anterior. Todo quedará en el anexo.
Ramírez señaló la ampliación.
—¿Has abierto otros episodios?
—No. Poza pidió comprobar la sesión. Hay movimientos equivalentes sobre otros identificadores y detuve la consulta ahí.
—No los incluyas en el informe de Santacruz.
—No pertenecen a ese informe. Están en la incidencia.
—¿Quién puede verla?
—Sistemas, Dirección General, Dirección Financiera y Facturación. Control Corporativo conserva el volcado de la incidencia.
Ramírez apartó la vista de la pantalla. Dos de los códigos sugerían que quizá no se trataba de una única regularización defectuosa. No pidió que los abrieran.
—Entrega mañana a Francisco el informe y la extracción de Santacruz. El resto se queda en Sistemas hasta que se defina el alcance.
—Pérez puede consultar la incidencia completa —dijo Carlos.
—He dicho que termines el informe de Santacruz.
Poza siguió a Ramírez hasta una sala vacía al final del pasillo. Cerraron la puerta, aunque a aquella hora no quedaba casi nadie en la planta.
—¿Por qué coño le has pedido que abriera la sesión? —preguntó Ramírez.
—Porque necesitábamos presentar la reimputación como un procedimiento ordinario.
—Ahora existe una búsqueda que agrupa varios casos y lleva tu nombre.
Poza dejó la carpeta a un lado.
—La extracción inicial la has firmado tú.
—Limitada a Santacruz.
—La aseguradora quiere aclaraciones y la central quiere el proceso. La cuenta compartida iba a aparecer en cuanto alguien hiciera el trabajo completo.
—La ejecución pertenece a tu departamento.
—Y las órdenes salían del tuyo.
Ramírez se acercó y Poza bajó la voz, aunque no retrocedió.
—Prepara la conciliación esta noche —dijo Ramírez—. Necesito una explicación coherente antes de que Pérez revise la incidencia.
—Las fechas no coinciden.
—Para eso están los justificantes de regularización.
—Los registros seguirán diciendo cuándo se hizo cada cosa.
—Habla con Juan Ortega, de Orbe.
Poza sostuvo la carpeta contra el pecho.
—Eduardo, a partir de ahora quiero tus instrucciones por escrito.
—No seas ridículo.
—Entonces no vuelvas a decir que la ejecución fue mía.
Salió antes de que Ramírez respondiera.
***
Jaime llegó a la clínica poco después de las siete de la tarde.
Laura había reservado la sala del fondo y preparado cuatro carpetas idénticas.
Miguel entró detrás de Rubén con el móvil todavía en la mano; Héctor apareció dos minutos más tarde, se sirvió agua y ocupó la silla más próxima a la puerta.
—¿Cuánto nos deben? —preguntó Rubén antes de sentarse.
—La cifra está en la primera hoja —respondió Jaime—. Léela y te cabreas con fundamento.
—Me voy a cabrear igual.
—Eso nunca ha dependido de los números.
—Por 17.480 euros de mierda estamos sin cobrar toda la intervención, hay que joderse.
Laura deslizó una carpeta hacia cada uno y se quedó junto al portátil. No necesitaba consultar la cronología. Había emitido la factura de CRT, reclamado el vencimiento y preparado la relación de documentos que acreditaban la intervención.
—Asterión ha acusado recibo —dijo Jaime—. Tienen cinco días hábiles para pagar o explicar por escrito por qué retienen nuestros honorarios.
Héctor pasó a la segunda página.
—¿Y después?
—Reclamación formal, intereses y lo que permita el contrato. Antes quiero que definan su posición. «No hemos cobrado» explica lo que hacen; no demuestra que puedan hacerlo.
Rubén dejó la carpeta abierta.
—La operación está facturada desde hace casi tres meses.
—Por nuestra parte, sí —dijo Laura—. Parte quirúrgico, anestesia, equipo, material utilizado, material no abierto y devolución. Todo tiene fecha y firma.
Miguel levantó la vista.
—¿Qué has enviado?
—La factura, el contrato, la prestación acreditada y el índice de la documentación disponible —respondió Jaime—. Los anexos técnicos se aportarán a quien corresponda y con una finalidad concreta.
—Aethel ya tiene parte.
—Aethel no es Asterión Madrid.
Laura giró el portátil. Un correo recibido de Asterión Madrid aquella tarde dejaba pendientes de validación dos quirófanos de la semana siguiente por «necesidades de reorganización interna».
No anulaba las intervenciones ni cuestionaba al equipo, pero las franjas que llevaban días reservadas habían dejado de estar confirmadas pocas horas después del requerimiento de pago.
—Esto es nuevo, menudos hijos de puta —dijo Héctor.
—Ha llegado a las cuatro y veintisiete —precisó Laura—. He pedido la causa operativa y confirmación antes de mañana al mediodía.
Miguel leyó el mensaje completo.
—Llama a Ramírez.
—No —dijo Jaime.
—No te he pedido permiso.
—Entonces llámalo, deja que diga que no sabe nada y regálale una conversación sin registro.
Miguel mantuvo el teléfono en la mano. Jaime lo conocía desde los ocho años y no necesitaba levantar la voz para resultar irritante.
Laura intervino antes de que siguieran.
—Una intervención puede trasladarse a la Fundación sin problemas. La otra necesita cuidados intensivos y un material ya reservado. Estoy comprobando dos centros alternativos.
Rubén se inclinó hacia el portátil.
—¿Podemos moverla sin cambiar la fecha?
—La primera, sí. Para la segunda todavía no tengo respuesta.
—Contesta por escrito —dijo Miguel—. Y que indiquen quién ordenó dejar las salas pendientes.
—Eso llevo haciendo desde las cuatro y media.
Miguel dejó el móvil a un lado. Jaime pasó a la última página.
—Asterión Spain ha asumido la revisión de nuestro requerimiento. Eso saca la reclamación del control exclusivo de Ramírez, pero no convierte al grupo en aliado. Nadie entrega documentación por su cuenta. Todo pasa por Laura.
—Yo no tengo amigos allí —dijo Héctor.
—Por eso eres mi cliente favorito.
Rubén cerró la carpeta.
—Llevas media hora tratándonos como posibles idiotas.
—Os conozco desde hace demasiado.
Rubén resopló y Laura guardó el correo de los quirófanos para abrir el justificante de devolución.
En su lista de comprobación constaban la salida del material sin abrir y la persona que lo recogió; el documento posterior identificaba a Orbe como receptora administrativa.
En la copia del episodio hospitalario que habían visto en marzo, la devolución aparecía cerrada sin destinatario.
—Puede ser una simplificación del sistema —dijo Héctor.
—Puede —admitió Laura—. Lo raro es que el documento externo sea más preciso que el registro interno.
—¿Ramírez sabe que lo tenemos? —preguntó Miguel.
—Sabe que conservamos nuestra documentación. No qué versiones ni qué metadatos.
—Preguntará.
—Y recibirá lo que corresponda cuando lo haga por el cauce correcto.
Rubén se echó hacia atrás.
—Todo esto por una operación que hicimos bien.
Jaime recogió su bolígrafo.
—Todo esto porque una factura ajena empieza a arrastrar nuestro dinero, nuestras salas y nuestra responsabilidad. La operación está bien hecha. Lo demás, que lo expliquen ellos.
Cuando Rubén y Héctor salieron, Miguel continuó sentado con el correo abierto delante. Laura esperaba respuesta de los dos centros y Jaime cerraba las carpetas para llevárselas de nuevo.
—Aparta a Nuria, no nos paga y ahora toca los quirófanos —dijo—. Que no me joda.
Jaime se puso el abrigo.
—Y tú no le regales una conversación que pueda contar como le convenga.
—No voy a quedarme quieto.
—Nadie te lo ha pedido.
Laura cerró el portátil.
—Te aviso en cuanto contesten.
Miguel comprobó la hora. Pasaban unos minutos de las ocho. Nuria estaba de turno hasta las diez y había avisado de que después pasaría por Salesas. Guardó el teléfono y se levantó.
—Envíame cualquier respuesta.
—Te llegará antes de que me la pidas —dijo Laura.
Miguel salió de la clínica con el enfado todavía intacto.
Caminó hasta la esquina antes de mirar el grupo de WhatsApp que compartía con Nuria y Sofía.
A media tarde, Nuria había escrito que saldría del hospital a las diez e iría directamente a Salesas sin cenar.
Él había contestado con una fotografía de la nevera abierta y el mensaje de que aquello era todo lo que podía ofrecer de momento.