CAPÍTULO 15 La medida #3
—A mí me gusta frío —intervino Sofía, y cambió su plato por el de Nuria antes de que ninguno pudiera discutir.
Nuria comió unos minutos en silencio. Miguel volvió a su sitio, aunque mantuvo un pie apoyado contra el suyo por debajo de la mesa.
El correo llegó a las nueve y siete.
La resolución firmada por Ramírez la apartaba desde la mañana siguiente de toda actividad quirúrgica mientras permaneciera abierta la revisión interna. Seguiría adscrita al equipo volante y desempeñaría las funciones asistenciales o técnicas que determinara Dirección de Enfermería.
Nuria leyó el documento dos veces. Luego dejó el teléfono sobre la mesa y se levantó para ir al baño. Miguel empezó a incorporarse, pero Sofía negó con la cabeza.
—Déjala.
Él se quedó sentado. Durante el minuto siguiente no hablaron. La cena continuó enfriándose y desde el pasillo llegó el ruido del grifo. Miguel cogió el teléfono de Nuria, leyó la resolución y lo dejó exactamente donde estaba.
Cuando ella volvió, tenía la cara lavada y el pelo húmedo en las sienes.
—Ya no lo llaman reorganización.
—Mándaselo a Ana —dijo Miguel.
Nuria lo hizo. La abogada contestó antes de que volviera a sentarse: «Mañana voy contigo».
—Voy a ir a trabajar —dijo.
—Claro que vas a ir —respondió Sofía.
Miguel le acercó el vaso de agua. Ninguno añadió nada.
Terminaron la cena hablando poco. Sofía recogió los platos y Miguel recibió una llamada de la clínica. Antes de encerrarse en el despacho, se agachó junto a Nuria y le besó la sien.
—Tengo que revisar unas imágenes. No tardaré mucho.
—Ve.
La llamada se prolongó. Nuria y Sofía llevaron las cosas a la cocina, donde empezaron a recoger sin repartirse tareas.
Durante años habían compartido cenas, camas, resacas y mañanas de trabajo; conocían la forma de moverse de la otra en un espacio pequeño.
Sofía lavaba lo que no cabía en el lavavajillas.
Nuria secaba y guardaba sin preguntar dónde, porque ya sabía dónde estaba casi todo.
—El jueves quiero dormir en mi piso —dijo.
Sofía mantuvo las manos bajo el agua.
—¿Sola?
—No lo sé. Miguel llevará cena y luego veremos.
—¿Quieres que vaya yo?
Nuria dejó el paño. La respuesta fácil era decir que no hacía falta. También era la que había dado demasiadas veces desde la intrusión.
—Puede que sí.
—Me avisas cuando lo sepas. Si quieres que me quede, me quedo; si luego necesitas estar sola, me voy.
El jueves tenía una vista por la mañana y había quedado a cenar con dos amigas. Se lo contó mientras cerraba el grifo.
—Ve a tu cena —dijo Nuria.
—Puedo llegar tarde.
Sofía le apartó un mechón húmedo de la frente y Nuria se inclinó para besarla.
El beso empezó despacio. Sofía apoyó la cadera en la encimera y la atrajo un poco más, con una mano en su cintura.
Cuando se separaron, Miguel estaba en la puerta de la cocina con el teléfono en la mano.
Se acercó, dejó el móvil sobre la mesa y abrazó a Nuria por la espalda.
—¿Qué han dicho? —preguntó ella.
—Que el paciente está estable. Lo reviso a primera hora.
Sofía miró el reloj.
—Yo me voy. Mañana entro antes que vosotros dos y no tengo vuestra vocación de mártir.
Miguel fue a buscarle el abrigo. Mientras ella se lo ponía, Nuria la observó apartarse el pelo para liberar el cuello y a Miguel sostenerle la prenda. Sofía le dio las gracias sin volverse; él esperó a que sacara el segundo brazo y le arregló el cuello doblado.
En la puerta, Sofía besó a Nuria en la boca. Después se volvió hacia Miguel y le apoyó una mano en el pecho mientras le decía algo sobre la botella del frigorífico. Miguel le sostuvo la mano un momento, sin apartar los ojos de ella, antes de abrir la puerta.
Cuando se quedaron solos, Nuria no hizo ningún comentario. Miguel cerró la puerta y la rodeó por la cintura.
—Ven aquí.
Ella apoyó la mejilla contra su pecho. Permanecieron así hasta que Miguel le preguntó si quería acostarse.
Nuria asintió y, ya en el dormitorio, se quitó la camiseta mientras él buscaba el tubo de crema que Eva le había dado.
Se sentaron frente a frente sobre la cama.
Miguel le extendió demasiada en los nudillos y ella protestó porque iba a dejar las sábanas perdidas; él siguió masajeándole las manos con cuidado.
—Tengo miedo de que esto no termine —admitió.
Miguel dejó de mover los dedos y le sostuvo las manos.
—Yo también.
Nuria levantó la cabeza.
—¿Tú?
—Sí, joder. No sé hasta dónde van a llegar ni quién entró en tu casa. Y odio no poder hacer nada que pare esto mañana.
Nuria le tocó la cara.
—Ven a dormir conmigo —dijo ella.
Él soltó una risa baja y la besó en la frente.
—Eso pensaba hacer.
Se desnudaron y apagaron la luz. Nuria se pegó a su espalda, le pasó un brazo por la cintura y hundió la nariz entre sus omóplatos. Miguel buscó su mano y entrelazó los dedos.
—El jueves llevamos cena —murmuró.
—He dicho que quiero dormir allí, no montar una excursión.
—He dicho llevamos porque Sofía vendrá si se lo pides.
—Puede que se lo pida.
Miguel se durmió antes. Nuria permaneció despierta, escuchando su respiración, el ruido distante de un coche en la calle y las tuberías del edificio, hasta que dejó de saber a qué sonido estaba prestando atención.
***
Ana la esperaba a la mañana siguiente frente al acceso de personal. La impugnación registrada la tarde anterior ya tenía una respuesta provisional de Recursos Humanos: Asterión mantenía la medida mientras estudiaba las alegaciones.
—Entramos juntas —dijo.
En el control, la supervisora informó de que Nuria debía bajar a Esterilización. Ana anotó la hora y solicitó una reunión con Susana. Cuando terminaron, acompañó a Nuria hasta los ascensores.
—Ve a trabajar. Yo me quedo arriba.
Nuria bajó sola. En la central habían vuelto a imprimir su nombre en la hoja de control y añadido la referencia de la resolución de Ramírez. La coordinadora le entregó la bata y señaló el primer carro.
Dentro había una caja de instrumental vascular.
Comprobó el precinto, abrió el contenedor y empezó el recuento.
Reconoció cada pieza por el tacto antes de leer su referencia.
A esa hora, en el piso superior, otro equipo preparaba los quirófanos sin ella y Ana discutía una medida que podía durar días o meses.
Nadie había explicado todavía quién había alterado sus permisos.
Colocó la primera pinza en la bandeja, revisó la articulación y anotó la incidencia que encontró en el cierre. Luego continuó con la siguiente.