CAPÍTULO 15 La medida #2
La coordinadora de la central tenía preparada una bata, una hoja de control con su nombre y varios carros pendientes de revisión. No necesitó explicarle el trabajo. Nuria anotó la hora de inicio, firmó y abrió el primer contenedor.
Durante las tres horas siguientes encontró dos precintos deteriorados, una referencia duplicada y cuatro suturas próximas a caducar. Registró cada incidencia y siguió trabajando con el mismo rigor que habría empleado dentro de un quirófano.
A las once y doce recibió el correo de Recursos Humanos.
La comunicación confirmaba su adscripción al equipo volante mientras se revisaba la incidencia de Sistemas y autorizaba a Dirección de Enfermería a destinarla a funciones de apoyo sin acceso a los episodios relacionados con Santacruz.
No establecía una fecha de finalización.
La firma electrónica era de Eduardo Ramírez.
Reenvió el mensaje original a Ana junto con las dos versiones del cuadrante y explicó en cuatro líneas dónde estaba y a qué hora habían preparado la hoja de trabajo. Ana contestó enseguida.
«No respondas. Conserva el original. Nos vemos esta tarde».
Durante la pausa, Eva le mandó una fotografía de la reparación valvular. Paloma aparecía de espaldas junto a la mesa; la prótesis estaba preparada y las cajas de contingencia que Nuria había pedido el viernes ocupaban el extremo correcto. Debajo de la imagen había escrito: «Ha salido bien».
Nuria amplió la fotografía. Reconoció su trabajo en la disposición del material y reconstruyó la secuencia sin esfuerzo: la apertura, el tiempo de circulación, la voz del cirujano pidiendo la siguiente sutura, ese punto de atención extrema en el que una mesa dejaba de ser un conjunto de instrumentos y se convertía en una prolongación de sus manos.
Respondió que se alegraba y guardó el teléfono.
Paloma había ocupado su sitio y la operación había salido bien, como debía. Lo que dolía era haberla preparado y desaparecer del cuadrante durante la noche. Susana podía repetir que conservaba salario y categoría; ninguna de las dos cosas le devolvía el trabajo para el que estaba preparada.
Al terminar el turno, tenía las manos resecas por los guantes y el producto de esterilización. La coordinadora revisó las hojas, se detuvo en la corrección del encabezamiento y le dijo que probablemente regresaría al día siguiente.
—¿Probablemente?
—Dirección lo decide cada mañana.
—¿Antes o después de que yo llegue?
La mujer apretó los labios y Nuria dejó de preguntar. Fotografió la pantalla del fichaje y subió al vestuario.
Eva se estaba cambiando. Al verla, buscó una crema en la taquilla y se la lanzó.
—Póntela, que das pena.
Nuria se untó los nudillos y se sentó a su lado. Durante un rato solo se oyó el ruido de las taquillas y dos secadores en la zona de duchas.
—Paloma ha preguntado por ti —dijo Eva—. Le han contestado que estabas reasignada.
—Pues sabe lo mismo que yo.
—¿Vas a denunciarles?
—Voy a ver a Ana.
—¿Y después?
—Todavía no lo sé.
Eva asintió. No intentó animarla ni volvió a insultar al organigrama del hospital. Le apoyó la rodilla contra la suya y siguió cambiándose.
***
Ana había reservado una sala pequeña en el despacho de Jaime. Sobre la mesa estaban la comunicación de Recursos Humanos, los dos cuadrantes y la respuesta que había preparado.
Nuria leyó el documento completo. Ana no la apremió. Su forma de trabajar era seca, casi antipática. Aquella tarde Nuria lo agradeció. La respuesta de Ana ocupaba tres páginas. Cada afirmación estaba apoyada en una hora, un correo o una versión del cuadrante.
—He preparado la impugnación y una solicitud para que suspendan la medida —dijo Ana—. Puedo registrarlas esta tarde.
Nuria pasó a la última página. Allí estaban las dos versiones del cuadrante, la hora del correo y la ausencia de una fecha de finalización.
—¿Qué harán cuando la reciban?
—Pueden rectificar o endurecerla. También pueden apartarte por completo del bloque mientras discutimos si tenían derecho a hacerlo.
—Ya me han apartado. Lo único que falta es que dejen de esconderlo detrás del equipo volante.
Ana dejó el bolígrafo sobre el documento.
—Una vez registrada, esto deja de ser una reclamación interna. Quedará constancia de que conocían el perjuicio y decidieron mantenerlo. Necesito que seas tú quien me diga que siga.
Nuria recordó la fotografía de la reparación valvular: la prótesis preparada, las cajas en su sitio y Paloma ocupando la posición de la que la habían borrado durante la noche. Cogió el bolígrafo y firmó las dos últimas páginas.
—Registra la impugnación y la solicitud.
Ana comprobó las firmas, escaneó el documento y lo incorporó al envío.
—Todavía puedes pedirme que espere.
—No. Si vuelven a apartarme, quiero la orden con fecha, nombre y firma.
Ana pulsó el botón de registro. El justificante apareció unos segundos después. Lo descargó y entregó una copia a Nuria.
En la sala contigua, Jaime repasó con Nuria la declaración sobre el material de Santacruz.
Miguel llegó cuando Jaime estaba explicando que el requerimiento de conservación incluiría los registros de permisos, facturación y trazabilidad.
Había terminado su consulta más tarde de lo previsto y aún llevaba la bata doblada sobre el brazo.
Besó a Nuria en el pelo al pasar detrás de su silla, saludó a Ana y dejó que Jaime terminara antes de preguntar nada.
—Sale esta tarde —dijo Jaime—. Lo nuestro por CRT y lo de Nuria por separado.
Miguel miró a Nuria y dejó las preguntas para después.
—¿Nos vamos?
Ella asintió.
En el ascensor, Miguel le cogió la mano. Nuria apoyó la cabeza en su hombro y cerró los ojos. La reunión podía esperar hasta llegar a casa; durante el descenso prefirió sentir el calor de su cuerpo y el roce del pulgar sobre los nudillos irritados.
—Joder —dijo él al verlos—. ¿Qué te ha pasado?
—Guantes y desinfectante.
Miguel le giró la mano y rozó la piel levantada junto al pulgar.
—Eva me ha dado crema —dijo Nuria—. Solo llevo seis horas de retraso.
Las puertas se abrieron y salieron de la mano.
***
Sofía estaba en la cocina de Salesas cuando llegaron.
Había terminado antes de lo previsto y Miguel le había dicho que subiera sin esperar a que Nuria saliera de la reunión con Ana.
Ya hablaban directamente y habían pasado otros ratos solos en la casa; aun así, a Nuria le produjo una sensación nueva encontrarlos discutiendo frente al frigorífico como si ella se hubiera retrasado en una rutina.
—Dile que eso no cabe —pidió Sofía, sosteniendo una fuente con ambas manos.
—Cabe perfectamente —respondió Miguel—. Lo que sobra es esa botella que llevas tres semanas guardando para una ocasión que nunca llega.
—No es mía.
—Entonces Nuria puede tirarla.
—Ni se te ocurra —dijo ella desde la puerta.
Sofía se volvió. Llevaba el pelo recogido de cualquier manera, el abrigo sobre una silla y las mangas de la blusa dobladas hasta los codos. Su sonrisa desapareció al verle la cara.
—¿Qué ha pasado?
Nuria dejó el bolso y se acercó a abrazarla, con más necesidad de la que había previsto. Sofía soltó la fuente sobre la encimera antes de rodearle la espalda.
—Un día de mierda —murmuró Nuria junto a su cuello.
—Eso ya lo veo.
Permanecieron abrazadas mientras Miguel guardaba la comida y cerraba el frigorífico. Cuando Nuria se separó, él le acarició la cintura al pasar y señaló el dormitorio.
—Cámbiate. Yo termino esto.
Nuria le dio un beso corto en la boca y fue a cambiarse.
En el dormitorio se quitó la ropa del hospital y se puso un pantalón ancho y una camiseta de Miguel.
Había prendas suyas en el armario, pero eligió aquella porque conservaba su olor y porque no tenía fuerzas para preguntarse si el gesto significaba algo.
Al regresar, Sofía había puesto la mesa y contaba una discusión absurda que habían tenido en el tribunal; una compañera había ocupado durante más de una hora una sala reservada para exploraciones con una reunión que podía haber celebrado en su despacho.
Miguel la escuchaba mientras cortaba pan. Como no conocía a nadie, le pedía que aclarara quién había hecho qué cada vez que la historia se llenaba de cargos y jerarquías.
—Al final nos han cedido la sala —dijo.
—¿Quién?
Sofía se quedó con la cuchara suspendida sobre la fuente.
—La funcionaria que llevaba veinte minutos oyéndome jurar en voz baja. Ha abierto otro despacho y ha hecho salir al que estaba dentro; era la única persona eficaz que quedaba en aquella planta y estaba hasta los cojones de todos nosotros.
Miguel se rio y siguió cortando. Sofía hablaba más que él, se interrumpía para recordar un detalle y dejaba frases a medias mientras probaba la salsa. Miguel comentaba poco y la dejaba continuar sin convertir su trabajo en una curiosidad profesional. Nuria los escuchó desde la mesa.
Cuando se sentaron, Miguel sirvió vino a Sofía.
Nuria tapó su copa con la mano y él le acercó el agua sin preguntar; después de aquel día, no le apetecía beber.
Empezó a contarles lo ocurrido mientras comía, procurando no detenerse demasiado en el cambio de cuadrante, la reunión con Susana o las horas en Esterilización.
Sin embargo, al hablar de la reparación valvular y de la fotografía que le había enviado Eva, se le quebró la voz.
—La había preparado yo —dijo—. El viernes dejé pedida la prótesis, revisé las cajas y hablé con Paloma por si había un cambio de turno. Esta mañana mi nombre ya no estaba.
Miguel apartó el plato y le puso una mano en la nuca.
—Lo siento, cariño.
Nuria dejó el tenedor y se tapó la cara con una mano.
—No quiero llorar por estos hijos de puta.
—Llora porque te duele —dijo Sofía—. ¿Ellos qué coño van a merecer?
La frase le arrancó una risa ahogada y después las lágrimas. Miguel acercó su silla y la abrazó desde un lado. Nuria apoyó la frente contra su pecho; cuando levantó la cabeza, Sofía le alcanzó una servilleta y siguió comiendo.
—Está frío —dijo Nuria al probar de nuevo.
Miguel cogió el plato.
—Te lo caliento.
—Déjalo.