48 segundos CAPÍTULO 15 La medida
57%

CAPÍTULO 15 La medida

Abril empezó con las ventanas abiertas en Salesas y el dormitorio de Nuria cerrado.

La policía no había identificado a quien entró en su casa.

Las cámaras de los comercios próximos no recogieron ninguna imagen útil, la empresa de mantenimiento negó haber enviado a un técnico al edificio y el análisis de la cerradura solo confirmó que la habían abierto sin forzarla.

Quedaban el cuaderno negro, la copia del memorando y veintiséis minutos sin grabación.

Todo lo demás había regresado a su sitio después de la limpieza, aunque Nuria aún no había vuelto para comprobarlo.

Llevaba casi dos semanas durmiendo con Miguel.

La expresión no era exacta. Ya pasaba muchas noches con él antes de la intrusión y en el baño había dejado de distinguir qué cosas había llevado para un fin de semana y cuáles empezaban a pertenecer a la casa.

Desde aquella noche, sin embargo, quedarse había dejado de ser una elección.

Llegó asustada, con la policía aún dentro de su piso, y después fue aplazando la vuelta: primero por la cerradura, luego por el informe de la Científica y, cuando ya no quedó ningún trámite pendiente, porque no quería pasar sola por el portal.

Aquella mañana se despertó antes de que sonara la alarma. Miguel dormía boca abajo, con una pierna fuera de la sábana y el brazo extendido sobre el espacio que ella había ocupado. Nuria permaneció quieta, viendo clarear la pared, hasta que él movió la mano buscándola sin abrir los ojos.

—Estoy aquí —murmuró.

Miguel la encontró por la cintura y tiró de ella. Tenía la cara caliente y la voz dormida cuando le preguntó la hora.

—Las seis menos diez.

—Eso no es una hora.

—Para los cirujanos, sí.

—Para los cirujanos que tienen quirófano. Yo entro a las nueve.

Nuria se volvió dentro de su brazo. Le gustaba aquella versión de Miguel, despeinado y sin prisa, antes del café y del primer teléfono. Le pasó los dedos por la nuca y él enterró la cara entre sus pechos, más por seguir durmiendo que por deseo, aunque al cabo de un momento le besó la piel.

—Quiero ir a mi piso antes del hospital —dijo ella.

Miguel abrió los ojos, buscó el móvil en la mesilla y apagó la alarma que aún no había sonado.

—Dame diez minutos.

Él se sentó en el borde de la cama y se frotó la cara.

—Ya lo sé, cariño. Pero me has despertado a las seis menos diez para decírmelo.

Nuria le dio un beso en el hombro antes de levantarse y entró en el baño mientras Miguel iba a preparar café.

Su cepillo estaba junto al de él y una camiseta suya llevaba desde la noche anterior sobre el radiador.

Se duchó con la puerta abierta, oyéndolo moverse por la cocina.

Aquellos pequeños rastros suyos por la casa ya no parecían provisionales, aunque ella siguiera empeñada en decidir cuándo dejarían de serlo.

Miguel apareció con una taza y la dejó junto al lavabo.

—Te vas a quemar.

—Gracias, mami.

—De nada.

Miguel le dio una palmada suave en el culo al pasar.

Nuria sonrió bajo el agua. Cuando salió, él ya se había vestido y había preparado una bolsa vacía por si quería recoger ropa.

Desayunaron de pie en la cocina, sin hablar del piso.

Miguel revisó el programa de una intervención mientras ella mordía una tostada que no consiguió terminar.

El administrador los esperaba en el portal con un informe sobre las nuevas normas de acceso. Nuria leyó la primera página en el ascensor, vio tres veces la palabra incidencia y lo guardó en el bolso.

—Se lo mandaré a Jaime.

—Luego.

La llave nueva entró mal. Tuvo que sacarla, empujar la puerta con el hombro y probar otra vez. Miguel esperó detrás sin acercarse a la cerradura.

El piso olía a producto de limpieza. Habían retirado el polvo de la Policía Científica, ordenado los libros y lavado la ropa que quedó fuera de los cajones.

En apariencia era su casa de siempre, salvo por pequeños desplazamientos que nadie más habría advertido.

Una fotografía de su madre estaba demasiado cerca del borde de la consola; la caja donde guardaba los recibos ocupaba el lado equivocado del estante; dos perchas no respetaban el orden del armario.

Nuria corrigió la fotografía y dejó lo demás como estaba.

Entró en el dormitorio. La cama tenía unas sábanas que ella no recordaba haber comprado y el joyero volvía a estar cerrado.

Lo abrió. El dinero, los pendientes y el reloj seguían dentro.

Todo cuanto habría podido interesar a un ladrón permanecía allí.

En cambio, el cajón de la mesilla conservaba el hueco exacto del cuaderno.

Miguel dejó la bolsa sobre una butaca, abrió la ventana y esperó junto a ella.

—¿Qué necesitas?

—No lo sé.

—Pues no corras.

Ella sacó dos camisas, una chaqueta fina de cuero y unas botas.

Había ropa suficiente en Salesas, pero llevaba varios días buscando mentalmente aquellas prendas cada vez que se vestía.

Metió también una crema del baño y el cargador del reloj deportivo.

Cuando volvió al dormitorio, Miguel estaba sentado en el borde de la cama, leyendo un mensaje del hospital. Al verla, bloqueó el teléfono.

—El jueves voy a dormir aquí.

—Vale.

Nuria dejó la crema dentro de la bolsa. Miguel no añadió nada.

—Tengo turno de mañana el viernes y me viene mejor.

—Te traeré cena.

—Miguel…

—Cenamos y después me vuelvo si quieres dormir sola.

Nuria se acercó hasta quedar entre sus piernas y le rodeó el cuello. Miguel apoyó la frente en su pecho, con las manos quietas sobre sus caderas.

—No quiero que esto se convierta en una mudanza por miedo —dijo ella.

—No tienes que decidirlo hoy.

—Ya. Pero me gusta estar en tu casa.

Él levantó la cabeza.

—A mí me gusta que estés.

Nuria lo besó despacio. Miguel la abrazó con fuerza y ella se quedó entre sus piernas, en medio del dormitorio revuelto por otros y ordenado por desconocidos, hasta que el teléfono de él vibró otra vez.

—Cógelo —dijo.

—Es Laura.

—Por eso.

Mientras Miguel atendía la llamada junto a la ventana, Nuria cerró la bolsa. Salieron veinte minutos después. Comprobó dos veces la cerradura y, cuando el ascensor llegó, notó que había estado conteniendo el aire.

Miguel no dijo nada hasta el coche.

—¿Desayunamos otra vez?

—Tú ya has desayunado.

—Tú has cometido un delito contra una tostada.

Nuria se echó a reír. Pararon cerca del hospital, donde consiguió comer casi entera otra tostada mientras Miguel le explicaba que la intervención de la mañana se había retrasado por un problema en Reanimación.

Hablaron del cumpleaños de Rubén y de una botella que Héctor llevaba meses prometiendo abrir.

Al dejarla en el acceso de personal, Miguel la cogió por la nuca y la besó antes de que pudiera abrir la puerta.

—Llámame cuando salgas.

—Te llamaré antes.

Nuria le acarició la mejilla con el dorso de los dedos y cerró la puerta.

***

Eva estaba en el vestuario con dos fotografías abiertas en el móvil. En la primera, tomada el viernes, Nuria figuraba como instrumentista en la reparación valvular de aquella mañana. En la segunda, hecha a las seis y cincuenta y cuatro, Paloma ocupaba su lugar.

—Lo han cambiado durante la noche —dijo Eva—. Paloma tampoco sabía nada.

Nuria amplió las imágenes. La intervención del jueves también había desaparecido de su cuadrante.

—Mándame las dos y el correo original.

—Ya los tienes.

La reparación valvular era la primera cirugía compleja que le asignaban desde Santacruz. El viernes había revisado la prótesis, comprobado las cajas de contingencia y hablado con Paloma por si se producía un cambio de turno. Guardó el teléfono mientras abría la taquilla.

La supervisora entró antes de que terminara de cambiarse.

—Nuria, tienes que acompañarme.

—¿Dónde estoy asignada?

—Te lo explicarán arriba.

Eva bajó la vista. Nuria terminó de vestirse, cerró la taquilla y siguió a la supervisora hasta los ascensores.

Susana López y Carlos Vela las esperaban en el despacho. Carlos tenía abierto el registro del intento de acceso a Santacruz. Susana mantenía una carpeta cerrada frente a ella.

—¿Habéis avisado a Ana? —preguntó Nuria.

—No hay ningún procedimiento disciplinario abierto —respondió Susana.

—No te he preguntado eso.

Carlos giró el portátil. Habían localizado dos modificaciones distintas: una en el perfil clínico y otra en los permisos económicos. Todavía no podían identificar quién había solicitado ambas órdenes.

—Mi abogada pidió el historial completo —dijo Nuria—. Fechas, usuarios y peticiones.

—La extracción no depende únicamente de Sistemas —contestó Carlos.

—El acceso rechazado sí os bastó para interrogarme. Lo que nunca termina es la parte que permitiría saber quién me retiró los permisos.

Carlos miró a Susana. Ella abrió la carpeta y deslizó una comunicación hacia Nuria. Dirección había formalizado su adscripción provisional al equipo volante. Conservaba categoría, salario y jornada, pero Dirección de Enfermería decidiría cada día su destino.

Nuria leyó la fecha. El documento no establecía cuándo terminaba la medida.

—¿Quién me ha retirado de la reparación valvular?

—La asignación responde a las necesidades del servicio —dijo Susana.

—La intervención sigue programada y otra persona ocupa mi puesto. La necesidad no ha cambiado.

Susana señaló la comunicación.

—Mientras se completa la revisión, desarrollarás funciones de apoyo sin acceso a los episodios relacionados con Santacruz.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Hasta que Sistemas termine el informe y Dirección valore tu reincorporación.

Nuria dejó la hoja sobre la mesa.

—Enviádmela por correo. La responderá Ana.

Se levantó sin firmar. La supervisora salió tras ella y, camino de los ascensores, aseguró que no había intervenido en el cambio.

—Entonces dime quién lo hizo.

—La instrucción llegó de Dirección de Enfermería.

—¿Y dónde han decidido que soy necesaria hoy?

La supervisora esperó a que se abrieran las puertas.

—En la Central de Esterilización.

Nuria entró sola.