CAPÍTULO 14 La corrección #4
—Esterilización fue el jueves.
Miguel acercó la silla para ver la pantalla.
—Tienes razón. Fue el jueves.
Nuria corrigió la fecha y siguió escribiendo mientras comía, con el plato junto al portátil y las conversaciones de aquella semana abiertas en el teléfono de Sofía; entre las dos completaron los días que faltaban mientras Miguel ordenaba los documentos sobre la mesa y le acercaba el vaso o el pan cuando ella los buscaba sin levantar la vista.
La lluvia golpeaba los ventanales y, entre el ruido de los cubiertos y las voces de los tres, Nuria dejó de sentir que reconstruía sola la historia que alguien había intentado llevarse de su casa.
Al llegar al memorando, Nuria dejó de teclear.
—Han tocado mi ropa.
Sofía levantó la cabeza. Miguel dejó la carpeta que tenía en las manos.
—Los cajones, la cama, las fotos. Sé que se han llevado el cuaderno, pero no puedo dejar de pensar en cuánto tiempo estuvieron en el dormitorio.
Sofía extendió la mano sobre la mesa. Nuria colocó la suya encima.
—No sé cómo voy a volver a dormir allí.
—Hoy no tienes que hacerlo —dijo Sofía.
Nuria giró la cara hacia Miguel.
—Ni mañana, si no quieres.
—No quiero abandonar mi casa.
—No la estás abandonando —dijo Sofía, sin soltarle la mano—. Solo necesitas poder cerrar los ojos sin pensar que alguien ha entrado mientras no estabas.
Nuria bajó la vista hacia sus dedos unidos.
—Me quedaré unos días.
Miguel la atrajo contra él y le besó el pelo.
—Quédate conmigo el tiempo que necesites. Mañana iremos a buscar tus cosas y, cuando quieras volver, entraré contigo.
Nuria apoyó la cabeza en su hombro. Miguel no preguntó cuántos días serían; siguió abrazándola.
Nuria cerró la reconstrucción separando los datos acreditados de lo que solo podía sospechar.
Añadió un inventario del cuaderno, el memorando, las carpetas abiertas, los objetos de valor intactos y los veintiséis minutos sin cámaras.
Cualquier vínculo entre la intrusión y Asterión quedaba fuera de la reconstrucción: correspondía a la policía demostrarlo, si existía.
Envió el archivo a Jaime, guardó otra copia en su correo y descargó una tercera en una memoria externa. La respuesta llegó antes de que cerrara el portátil.
«Recibido. No modifiques esta versión. Mañana añadimos referencias».
—Ya está.
Miguel recogió los platos. Sofía se levantó para ayudarlo, pero Nuria no soltó su mano.
—Quédate un poco más.
Sofía volvió a sentarse.
—Claro.
Eligieron una película que ninguno había visto y Nuria se tumbó en el sofá con la cabeza sobre las piernas de Sofía y los pies encima de Miguel.
A los diez minutos había perdido el argumento porque cada sonido del edificio la obligaba a escuchar: el ascensor, una puerta en el rellano, el golpe de una tubería.
Sofía le apartaba el pelo de la cara mientras Miguel permanecía a sus pies, sin poner nombre a los ruidos ni levantarse a comprobar la puerta.
Cuando la película llevaba media hora, Nuria cerró los ojos y, aunque no llegó a dormirse, dejó de contar las veces que funcionaba el ascensor.
Sofía se marchó poco antes de medianoche. Nuria la acompañó hasta la puerta.
—Te llamo por la mañana.
—Después de las ocho.
—A las ocho y cinco.
Sofía la besó brevemente en los labios y, antes de entrar en el ascensor, apoyó una mano en el brazo de Miguel.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Las puertas se cerraron.
Nuria esperó hasta oír que el ascensor llegaba a la planta baja y solo entonces comprobó la cerradura; Miguel permaneció detrás de ella, sin llamar la atención sobre el gesto.
Después recogió la bolsa del dormitorio, llevó sus cosas al baño y guardó la ropa en el armario, aunque dejó el neceser cerrado sobre la encimera.
—Necesito una ducha.
Miguel abrió el armario para sacar una toalla, pero Nuria empezó a quitarse la camiseta.
—Ven conmigo.
Bajo el agua, permaneció quieta mientras él le lavaba el pelo. Al cerrar los ojos volvió a ver la ropa separada sobre la cama, las manos de un desconocido abriendo sus cajones, y buscó el cuerpo de Miguel hasta apoyar la espalda contra su pecho.
—No quiero hablar.
Él le besó la sien y terminó de aclararle el pelo sin soltarla. Cuando cerró el grifo, el espejo estaba cubierto de vapor y la ropa de ambos se amontonaba en el suelo.
Nuria se puso una camiseta de Miguel y unas bragas. Guardó la ropa usada dentro de la bolsa, dejó el teléfono en la mesilla y, ya en la cama, se pegó a su espalda. Le rodeó la cintura con un brazo y encajó una pierna entre las suyas.
—Así no puedo moverme —dijo Miguel.
—Esa es la idea.
Un golpe metálico recorrió la tubería y Nuria se tensó. Miguel se volvió hacia ella sin encender la luz y la atrajo contra su pecho.
—Mañana quiero volver con la policía.
—Iremos juntos.
—No sé si voy a poder entrar.
Miguel le pasó un brazo por la espalda.
—No vas a entrar sola.
Nuria cerró los ojos y mantuvo la mano sobre su pecho mientras él continuaba abrazándola. Todavía distinguía los ruidos del edificio, pero dejó de buscar su origen y terminó durmiéndose contra él.