CAPÍTULO 14 La corrección #3
Nuria pensó antes de responder. Miguel, Jaime, Ana y Laura sabían que conservaba copias; Eva conocía la existencia de los cuadrantes y los correos, aunque no dónde los guardaba, y en el hospital circulaba el rumor de que había sacado documentación.
—Varias personas sabían que estaba registrando lo ocurrido. No sé quién conocía el lugar exacto.
Esperó a que el agente le pidiera nombres antes de dárselos.
La revisión de las cámaras añadió otra anomalía. El sistema del edificio había dejado de grabar entre las dos y doce y las dos y treinta y ocho. El portero no tenía constancia de ninguna avería y las cámaras habían recuperado el funcionamiento sin intervención registrada.
—¿Quién puede acceder al cuarto de comunicaciones? —preguntó la agente.
—El administrador, yo y la empresa de mantenimiento —respondió el portero—. Hoy no esperaba a nadie.
—¿Puede entrar la empresa sin avisar?
—Tiene llave, pero siempre comunica las visitas.
La policía solicitó los registros de acceso, los datos de la empresa y las grabaciones de los comercios cercanos. También recomendó a Nuria que no durmiera en el piso hasta sustituir la cerradura y comprobar cómo se había interrumpido la grabación.
Cuando terminaron la primera inspección, los tres quedaron en el salón rodeados de cajones abiertos y libros fuera de sitio. Sofía se acercó a una fotografía caída y se detuvo antes de tocarla.
—No se puede mover nada todavía —dijo Nuria.
—Ya lo sé.
Miguel tenía la vista en las carpetas del escritorio.
—¿Qué quieres hacer?
—Esta noche me voy contigo.
—Voy a por una bolsa —dijo Sofía.
Entraron juntas en el dormitorio cuando la agente autorizó a Nuria a recoger ropa. Las prendas removidas seguían sobre la cama. Nuria abrió el armario y se quedó quieta.
Sofía sacó una bolsa de viaje de la balda superior.
—Dime qué meto.
—Dos vaqueros. El pantalón negro. Ropa interior del cajón de abajo.
Sofía no abrió el cajón hasta que Nuria señaló cuál. Fue colocando las prendas sin doblarlas de nuevo. Nuria recogió el neceser, el cargador y las carpetas laborales que la policía ya había revisado.
—¿Para cuántos días? —preguntó Sofía.
Nuria contempló la puerta del armario abierta.
—No lo sé.
—Entonces ya volverás a por lo que falte.
Miguel apareció en la entrada, cogió la bolsa cuando estuvo cerrada y esperó a que ellas salieran.
Nuria firmó la denuncia provisional y autorizó la retirada del cilindro. La policía permanecería allí hasta la llegada del cerrajero y del responsable de mantenimiento.
El agente que había tomado la denuncia le dio un número de referencia y le pidió que enviara una relación más detallada cuando hubiera comprobado todos los documentos.
También le indicó que no ordenara el piso hasta que Científica terminara y que comunicara cualquier acceso extraño a sus cuentas o dispositivos.
El ordenador no parecía manipulado, pero lo revisarían si ella detectaba algo.
Antes de marcharse, miró el recibidor una vez más. El agente cerró la puerta detrás de ellos y giró la llave que Nuria le había entregado. Ella comprobó el picaporte desde el rellano. Aun así, no sintió que su casa quedara cerrada.
***
La lluvia corría por el parabrisas y rompía las luces de la Castellana sobre el cristal; Miguel conducía con Nuria a su lado y Sofía viajaba detrás, con la bolsa entre los pies.
Cuando Jaime respondió, Nuria activó el altavoz y empezó por el cuaderno negro y el memorando, siguió con los veintiséis minutos sin cámaras, la cerradura intacta y los registros solicitados por la policía, pero al oírse enumerar los hechos volvió a ver los cajones abiertos y su ropa apartada sobre la cama.
Sofía se inclinó desde el asiento trasero y le apoyó una mano en el hombro; Nuria la cubrió con la suya mientras Jaime escuchaba.
—Reconstruye el cuaderno esta noche —dijo Jaime—. Antes de que empieces a completar las fechas con lo que crees recordar.
—Tengo copias de casi todo.
—Separa lo que estaba solo allí de lo que existe en correos, fichajes o documentos. No escribas conclusiones. Guarda la primera reconstrucción y envíamela sin modificarla después.
—No voy a acusar a Asterión de haber entrado.
—Ni yo. La intrusión selectiva indica que alguien buscaba esos papeles. No demuestra quién fue.
Miguel cambió de carril para evitar una retención. Jaime continuó:
—Ana debe saberlo. Mañana veremos cómo afecta al requerimiento laboral y qué documentación entregamos a la policía. Esta noche no enviéis nada al hospital.
—No pensaba hacerlo —dijo Nuria.
—La parte final era para Miguel.
—Te oye —dijo Sofía desde el asiento trasero.
Jaime tardó un segundo en responder.
—Perfecto. Me ahorro otra llamada.
Miguel mantuvo la vista en la calzada.
—Que te den por culo, Jaime.
—Eso significa que lo ha entendido.
La llamada terminó. Nuria dejó el teléfono en el compartimento central. Durante varias calles observó los vehículos que circulaban detrás. Ninguno se mantuvo tras ellos cuando giraron hacia Génova.
—Tengo hambre —dijo.
—Hay tortilla —respondió Miguel.
Sofía se inclinó entre los asientos.
—Y yo he traído pan.
Nuria volvió la cabeza.
—¿En qué momento?
—Mientras firmabas. Siete euros.
—¿Has comprado pan a siete euros?
—He comprado lo que había abierto.
Miguel soltó una risa breve.
En Salesas, Nuria se detuvo junto a la puerta. El salón estaba como lo había dejado dos noches antes: una revista de Miguel sobre la mesa, la manta doblada en el sofá y las ventanas cerradas. Tardó en quitarse el abrigo.
Miguel llevó la bolsa al dormitorio. Sofía dejó el pan en la cocina sin buscar la tabla.
—¿Quieres que cierre la puerta con llave? —preguntó Miguel.
Nuria comprobó que ya estaba cerrada.
—Sí, por favor.
Él dio una vuelta al pestillo y dejó las llaves en el cuenco. No revisó el rellano ni las ventanas.
—Voy a reconstruir el cuaderno —dijo Nuria.
—Hazlo —respondió Miguel—. Caliento la tortilla.
Sofía abrió el portátil de Miguel y conectó el cargador, pero dejó la silla libre para ella.
Nuria creó un documento nuevo. Escribió la fecha y empezó por la primera reunión que podía acreditar.
Añadió los cambios de cuadrante, los días en procedimientos menores, la asignación a esterilización, la denegación de acceso, la comunicación de Aethel, la rectificación y el nombre de Enrique Poza.
Las fechas estaban en correos, fotografías y fichajes. No necesitaba reproducir conversaciones palabra por palabra. Quería recuperar el orden en que los hechos habían dejado de parecer independientes.
Miguel puso un plato a su derecha. Sofía se sentó enfrente con una copa de vino y partió el pan con las manos.
—¿Recuerdas qué día me mandaron a esterilización? —preguntó Nuria.
—El martes siguiente a las observaciones —dijo Miguel.
Sofía buscó en el grupo.
—El martes cenasteis con Rubén y Héctor. Habías estado en preanestesia.
Nuria abrió el correo de aquella semana.