48 segundos CAPÍTULO 14 La corrección #2
53%

CAPÍTULO 14 La corrección #2

Durante los días siguientes, Asterión amplió su respuesta sin aportar el historial completo solicitado.

Aethel consideró insuficiente la explicación y mantuvo bloqueado el pago.

Ana envió el requerimiento laboral. El hospital negó cualquier represalia, defendió que los cambios de cuadrante respondían a necesidades asistenciales y justificó la retirada de acceso como una medida de protección de la confidencialidad.

No identificó quién había ordenado modificar el perfil de Nuria ni cuándo se había realizado el cambio.

Sus turnos tampoco mejoraron. Continuó entre esterilización, procedimientos menores y tareas de apoyo que podían justificarse una por una.

Eva fotografiaba los cuadrantes antes de que desaparecieran del tablón y había remontado el rumor sobre los documentos hasta una enfermera de Reanimación que afirmaba haberlo oído en la cafetería.

A partir de ahí, las versiones se deshacían: nadie recordaba quién lo había dicho primero, pero casi todos lo habían escuchado.

La presión mediática ya no condicionaba sus desplazamientos.

Los fotógrafos habían dejado de esperar a diario frente al hospital, las redes de Miguel y Nuria recuperaban una actividad más parecida a la habitual y, aunque Santacruz continuaba en rehabilitación y Luis Garrigues mantenía las reclamaciones, los cuarenta y ocho segundos habían dejado de ocupar titulares.

Nuria había vuelto a dormir en su piso en cuanto desaparecieron las guardias frente al portal; algunas noches se quedaba en Salesas y otras era Miguel quien dormía con ella.

El sábado previsto, él y Sofía fueron al Thyssen y esperaron a Nuria para comer; después volvieron a verse una noche en Chueca y otra tarde en que Sofía pasó por Salesas al salir de trabajar.

El grupo de WhatsApp servía para acordar planes y también para no acordar nada: fotografías de un plato, una queja de Nuria desde el vestuario o un mensaje de Miguel a las seis de la mañana que nadie respondió hasta tres horas después.

A finales de marzo, el conflicto se había estancado entre escritos, documentos preservados y respuestas incompletas.

***

El miércoles, Nuria salió del hospital a las tres y veinte. Había llovido toda la mañana y el aire olía a asfalto mojado. Pidió un taxi desde el acceso de personal y dio la dirección de su casa.

Miguel operaba aquella tarde en otro hospital. Habían quedado en cenar en Salesas cuando terminara, pero ella quería ducharse, cambiarse y recoger unas botas antes de ir. Le escribió durante el trayecto.

«Salgo de casa sobre las ocho».

Miguel respondió casi de inmediato.

«Te recojo».

«Vale».

No quería atravesar Madrid otra vez en taxi si él terminaba a tiempo.

El taxi la dejó frente al portal a las tres y cuarenta. Nuria pagó desde la aplicación, entró en el vestíbulo y recogió dos cartas del buzón. Al llegar a su planta, la luz del rellano tardó en encenderse.

Introdujo la llave en la cerradura.

El cilindro giró sin resistencia y la puerta cedió antes de completar el giro.

Nuria no entró.

Desde el rellano veía el recibidor y una parte del salón. Uno de los cajones de la consola estaba abierto. Había varias hojas en el suelo y el marco de una fotografía había caído boca abajo junto a la alfombra.

Retrocedió hasta el ascensor y marcó el 091, pero el teléfono resbaló entre sus dedos y tuvo que repetir la dirección. Explicó que la puerta de su vivienda estaba abierta y que no sabía si había alguien dentro; la operadora le pidió que bajara sin tocar nada y esperara en un lugar visible.

Bajó por las escaleras de emergencia y, ya en la calle, se refugió bajo el toldo de la farmacia contigua para llamar a Miguel.

Respondió al tercer tono. Detrás se oían voces, ruedas sobre el suelo y el pitido lejano de un monitor.

—¿Qué pasa?

—Han entrado en mi casa.

El ruido continuó, pero Miguel dejó de hablar.

—¿Dónde estás?

—En la calle. No he entrado. He llamado a la policía.

—¿Dónde estás exactamente?

—Bajo el toldo de la farmacia. La puerta estaba abierta y he bajado.

—Voy.

—¿Has terminado?

—Acabo de terminar.

—Miguel…

—Voy.

Nuria apretó el teléfono contra la oreja y siguió mirando la entrada del portal.

Abrió el grupo y escribió: «Han entrado en mi piso. Estoy bien. Estoy en la calle y viene la policía».

Sofía llamó de inmediato.

—¿Estás sola?

—Miguel viene. La policía también.

—Salgo en cuanto pueda.

—Estoy bien.

—Ya. Pero estás sola.

Nuria oyó una puerta y voces al otro lado. Sofía debía de haberse apartado de alguien para llamar y colgó antes de que volvieran a reclamarla.

Dos coches patrulla llegaron siete minutos después. Nuria entregó las llaves y respondió a las primeras preguntas. Los agentes subieron sin permitirle acompañarlos. Uno regresó para confirmar que no había nadie dentro.

Miguel apareció cuando ella cruzaba el portal con el policía. Llevaba el uniforme quirúrgico debajo del abrigo y el pelo marcado por el gorro. Se acercó, pero se detuvo antes de tocarla.

—Estoy bien —dijo Nuria.

Miguel llegó hasta ella.

—Joder, Nuria…

Fue ella quien se agarró a las solapas de su abrigo. Él la estrechó contra su pecho y Nuria se derrumbó. El primer sollozo le cortó la respiración; después llegaron los demás. Llevaba demasiado tiempo ocupada en bajar a la calle, llamar al 091 y contestar preguntas.

—Qué miedo he pasado —dijo contra el uniforme—. He visto la puerta abierta y he pensado que podían seguir dentro.

Miguel le sujetó la nuca y la abrazó con más fuerza.

—Lo sé, nena.

—Gracias por venir.

—¿Dónde coño iba a estar?

Nuria lloró hasta quedarse sin aire. Miguel le besó el pelo y no aflojó los brazos. Cuando las piernas empezaron a temblarle, la sostuvo por la cintura.

El policía salió del portal y los llamó. Nuria no se separó enseguida. Se secó la cara contra el pecho de Miguel.

—Te he puesto perdido.

—Me importa una mierda.

Entraron juntos. Nuria continuó agarrada a su abrigo.

La cerradura y el marco no presentaban daños visibles. El policía habló de una apertura limpia, compatible con una copia de la llave o con herramientas de cerrajería. Nuria escuchó la explicación desde el recibidor mientras contemplaba las hojas esparcidas por el suelo.

El piso estaba revuelto sin parecer saqueado.

Habían vaciado dos cajones de la consola, abierto el mueble bajo del televisor y retirado varios libros de la estantería.

El ordenador portátil seguía sobre la mesa.

La televisión, el equipo de música y una caja donde guardaba algo de efectivo permanecían en su sitio.

Una agente acompañó a Nuria durante la revisión de las habitaciones.

En el dormitorio, los cajones de la cómoda estaban abiertos y la ropa había sido apartada en grupos. El joyero descansaba sobre la cama. Dentro seguían el reloj, los pendientes y las pulseras.

La agente recorrió la habitación con la mirada.

—No parece que hayan venido a por objetos de valor.

Nuria se acercó al escritorio. La carpeta de los cuadrantes estaba abierta. También la que contenía los correos de Recursos Humanos, las observaciones al informe y las comunicaciones laborales. Los papeles habían sido extraídos y devueltos sin respetar el orden.

Abrió el cajón inferior.

El cuaderno negro no estaba.

—Falta uno.

La agente comenzó a tomar notas.

—¿Qué contenía?

—Fechas de reuniones, cambios de cuadrante, restricciones de acceso y anotaciones sobre una factura de la intervención de Santacruz.

—¿Había datos clínicos del paciente?

—No. Ninguna historia clínica ni información de pacientes. Solo hechos relacionados conmigo, nombres de documentos y fechas.

Nuria revisó las carpetas con más detenimiento. Faltaba también la copia impresa del memorando enviado a Aethel. Conservaba el archivo digital y Jaime tenía toda la documentación, pero recordó exactamente dónde lo había colocado.

—También se han llevado un memorando.

—¿Relacionado con la factura?

—Explicaba que una endoprótesis y un introductor facturados por el hospital no se habían utilizado.

La agente anotó los datos del documento. Miguel permanecía junto a la puerta sin intervenir.

La agente preguntó cuándo había visto por última vez el cuaderno y quién más tenía llaves.

Nuria respondió que lo había utilizado dos noches antes y enumeró las copias: la suya, una que conservaba su madre para emergencias y la que guardaba la empresa de seguridad para intervenciones autorizadas.

Su madre vivía fuera de Madrid y la llave seguía en su poder.

No había solicitado ninguna entrada técnica.

—¿Tiene contratado un servicio de limpieza? —preguntó la agente.

—Una vez por semana. Vinieron el lunes. Tienen código de acceso al portal, no llave del piso.

La agente anotó el nombre de la empresa.

Sofía llegó mientras la agente terminaba de consignar el memorando. Llevaba el abrigo mojado en los hombros; se identificó, entró en el dormitorio y, al ver los cajones, se quedó junto a Nuria.

—Hola.

Nuria dejó que la abrazara. Sofía olía a lluvia y al perfume que llevaba desde hacía años; cuando la agente reanudó las preguntas, se sentó en el borde de una silla y escuchó.

La Policía Científica llegó media hora después. Fotografió las habitaciones, tomó muestras de la cerradura y buscó huellas en los cajones, el escritorio y las carpetas. Nuria esperó en la cocina mientras otro agente completaba con ella la relación de objetos sustraídos.

No había dónde sentarse sin contemplar el pasillo del dormitorio.

Después de pedir permiso para abrir un armario, Sofía sirvió agua en tres vasos mientras Miguel se quedaba junto a la ventana; cada vez que un policía atravesaba el salón, Nuria levantaba la cabeza antes de recordar que sabía quién estaba dentro.

El inventario quedó reducido a un cuaderno y la copia de un documento.

—¿Nada más? —preguntó el policía.

—El ordenador, el dinero y las joyas siguen aquí.

—¿Quién sabía que guardaba esta documentación en su domicilio?