48 segundos CAPÍTULO 13 El acceso #3
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CAPÍTULO 13 El acceso #3

—Es una comunicación interna y confidencial dirigida al personal de Asterión. Si la entregas, pueden acusarte de haber sacado documentación del circuito y añadirlo a lo que ya están construyendo contra ti.

—También demuestra que Orbe figuraba en el expediente antes de que apareciera esta factura.

—Lo sé. Quiero que decidas conociendo el riesgo.

Nuria abrió el correo en el teléfono. Conservaba la fecha, los destinatarios y la cabecera original.

—Adjúntalo completo.

—¿Estás segura?

—Sí. Y que conste que lo aporto yo.

Jaime indicó a Laura que incorporara el correo como quinto documento y conservara el original.

—Aethel detectó la duplicidad. Que sea Aethel quien exija la trazabilidad económica. Vosotros delimitáis lo que hizo CRT.

A las ocho y veintidós, Laura incorporó la última corrección, remitió los cinco documentos a Aethel con copia a Asterión y guardó el acuse. Miguel comprobó los anexos y las direcciones antes de cerrar la carpeta.

—Ahora les toca contestar —dijo Laura.

El teléfono de Nuria empezó a sonar. Era Ana Mendi.

—Tengo que cogerlo.

Miguel se puso la chaqueta.

—Te espero.

—No. Quiere hablar del cambio de cuadrante y puede alargarse. Vete; Sofía ya está de camino.

Miguel no insistió.

—Coge un taxi cuando acabes.

—Sí.

Él le pasó una mano por la cara y la besó. Después se despidió de Laura y salió.

Nuria aceptó la llamada. Ana ya tenía delante las cuatro notas de seguimiento de Recursos Humanos y las fotografías de los cuadrantes.

—Lo de hoy no es un hecho aislado —dijo—. Ya tenemos una secuencia.

***

Sofía llegó a Salesas a las nueve menos diez con una botella de vino y una bolsa de pan. En el ascensor leyó el último mensaje de Nuria: «Sigo con Ana. No me esperéis para abrir el vino». Miguel había respondido: «Vale». Ella avisó de que ya estaba subiendo.

Miguel le abrió con la camisa remangada y un paño de cocina en la mano.

—Nuria tardará un poco.

—Lo he visto.

Sofía entró, dejó el abrigo en el recibidor y avanzó hacia el salón. No conocía Salesas; se detuvo ante los ventanales y recorrió después el mobiliario, los libros y la cocina abierta al resto de la casa, demasiado equipada para alguien que vivía solo.

—Así que este es el ático.

—Pasa.

Miguel regresó a los fogones. Sofía llevó el pan a la cocina y buscó dónde dejarlo.

—¿Tienes una tabla?

—En el cajón de la izquierda.

La encontró y dejó la bolsa a un lado. Hasta entonces siempre habían estado con Nuria o rodeados de más gente. Sin ella, la cocina parecía más pequeña.

Sofía dejó tres platos sobre la mesa y volvió a la cocina.

—¿Te ayudo?

Miguel señaló el perejil y le acercó un cuchillo.

—Separa las hojas y pícalas.

Sofía se puso a ello. Miguel probó la salsa, añadió sal y bajó el fuego. Ella siguió un momento las manos de Miguel antes de volver al perejil. Se movían a menos de un palmo de las suyas.

Terminó de picar y volcó el perejil en el cuenco que Miguel dejó junto a la tabla. Cuando él fue a recogerlo, sus dedos se rozaron sobre el borde. Sofía no se apartó. Miguel tampoco, hasta que el cuenco quedó en su mano.

Sofía abrió la botella. Sacó tres copas y sirvió un poco en una de ellas.

—¿No esperas a Nuria? —preguntó Miguel.

—Para cenar.

Bebió mientras él incorporaba el perejil a la salsa. Miguel no se sirvió. El horno emitió un pitido y sacó una fuente que dejó sobre la placa.

—El sábado de la semana que viene quiero ir al Thyssen. Nuria trabaja por la mañana.

Miguel dejó la cuchara.

—Acabo a las doce.

Sofía sacó el teléfono. Había entradas para la una; compró dos y dejó el justificante en el grupo de WhatsApp con un mensaje para Nuria: «Comemos contigo cuando salgas».

Miguel volvió a la salsa. Sofía observó su perfil, las mangas dobladas y la concentración con la que probaba lo que estaba cocinando. Él levantó la cuchara hacia ella.

—Prueba.

Sofía se acercó. Miguel esperó a que soplara antes de inclinar la cuchara. La salsa estaba caliente. Ella cerró los labios alrededor del borde y no apartó los ojos.

—Le falta sal —dijo.

Miguel probó con la misma cuchara.

—Está en su punto.

Sofía sonrió y regresó a su copa.

El ruido del ascensor interrumpió la cocina. Se oyeron unos pasos en el rellano.

—No tiene llave —dijo Sofía.

—Llamará.

El timbre sonó. Miguel dejó la cuchara y fue a abrir.

***

Nuria entró a las nueve y veintisiete con el bolso al hombro y la marca de la coleta hundida en el pelo.

Besó a Miguel en la boca, se quitó el abrigo y cruzó hasta la cocina.

Sofía estaba apoyada en la isla con una copa en la mano.

Había colocado el pan, los platos y las otras dos copas sobre la mesa.

—Hueles a hospital —dijo Sofía.

—No he tenido tiempo de pasar por casa.

Sofía la besó. Fue un beso breve, conocido. Nuria le rodeó la cintura antes de separarse.

—¿Has empezado sin mí?

—Solo con el vino.

Miguel había vuelto a los fogones. Sirvió la salsa y preguntó si el correo había salido.

—A las ocho y veintidós. Lo tienen Aethel y Asterión.

—¿Y ahora?

—Esperar.

Sofía acercó el pan.

—Pues esperáis mañana. No pienso cenar con Asterión.

Nuria dejó el teléfono boca abajo sobre la isla.

—Yo tampoco.

Se sentaron y durante la cena no volvieron a hablar de Santacruz.

Sofía contó que un funcionario llevaba tres días buscando un expediente que tenía debajo del teclado y Miguel acabó explicando cómo Jaime había roto de niño el ventanal de un gimnasio y había conseguido que castigaran a los dos.

Nuria intervino poco al principio; tenía hambre y la cabeza todavía ocupada por el importe de la factura, las instrucciones de Jaime y el correo que acababan de enviar.

Cuando fue a buscar otra botella de agua, los oyó continuar a su espalda. Sofía le preguntaba a Miguel por la cicatriz de la mano izquierda. Él explicó que se la había hecho a los catorce años intentando abrir una ostra con un cuchillo de cocina.

—No puede ser.

Miguel le enseñó la mano.

—Jaime sujetaba la ostra.

Sofía se echó a reír.

Nuria volvió con el agua y encontró a Miguel con la mano extendida sobre la mesa mientras Sofía se inclinaba para examinar la cicatriz. Dejó la botella junto al vaso y volvió a sentarse sin interrumpirlos.

Después de cenar, Sofía recogió los platos mientras Miguel abría el lavavajillas. Nuria se sentó en la isla con la copa y los vio trabajar en el espacio estrecho de la cocina.

—¿Dónde guardas los recipientes? —preguntó Sofía.

Miguel abrió un armario a su espalda y le pasó uno. Sofía guardó las sobras y preguntó dónde debía dejarlo.

Sofía se marchó poco antes de las once. Besó a Nuria en el recibidor y se volvió hacia Miguel.

—La próxima vez, en mi casa. Cocino yo.

Miguel apoyó una mano en la puerta del ascensor.

—Aún nos debes una.

Sofía entró y pulsó el botón. Antes de que se cerraran las puertas, miró a Nuria.

—Te escribo mañana.

Nuria asintió. El ascensor descendió.

Nuria estaba cerrando la botella cuando Miguel regresó a la cocina.

—¿Qué ha dicho Ana?

—Mañana presenta el escrito por el cambio de cuadrante.

Miguel le quitó la botella y la dejó sobre la encimera.

—Mañana lo vemos.

Nuria apoyó la frente en su pecho. El teléfono vibró junto a las dos copas que aún no habían guardado. Sofía había escrito en el grupo: «Mesa para el sábado a las dos y media. He avisado de lo del cilantro».

Él le acarició la espalda.

—¿Quieres dormir?

Nuria introdujo los dedos por la abertura de su camisa y levantó la cabeza.

—Todavía no…