48 segundos CAPÍTULO 13 El acceso
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CAPÍTULO 13 El acceso

El informe seguía diciendo lo mismo a las seis y doce de la mañana.

Nuria lo había leído tres veces desde que despertó. Cuatro páginas para dejar constancia de una reunión en la que, según Recursos Humanos, nadie había cuestionado su trabajo ni adoptado una medida disciplinaria. El hospital solo había intentado proteger su funcionamiento.

Miguel dormía a su lado. Nuria redujo el brillo del teléfono y regresó al segundo apartado.

«La profesional manifiesta comprender las razones organizativas que justifican su reasignación temporal».

No había manifestado nada parecido.

Ana Mendi le había devuelto las observaciones poco antes de medianoche. Había propuesto sustituir «comprende» por «queda informada» y separar los hechos de cualquier valoración sobre la conducta del hospital.

Nuria borró la frase entera.

Escribió que no había prestado conformidad al cambio de cuadrante, que nadie le había comunicado un criterio profesional para apartarla de la resección hepática y que Ramírez había vinculado la decisión a la presión mediática.

Añadió que no pertenecía al equipo de Miguel y que la limitación respecto a sus intervenciones carecía de efecto práctico.

Terminó con las dos omisiones del informe: la investigación que había solicitado sobre la difusión de sus datos y el conocimiento anticipado de la reunión por parte de un medio.

Podía prescindir del enfado. Lo importante era impedir que el hospital utilizara su silencio como una aceptación.

—¿Qué hora es? —preguntó Miguel.

—Las seis y cuarto.

Se volvió hacia ella y tardó un poco en enfocar la pantalla.

—¿Ana ha contestado?

Nuria le mostró el documento. Miguel lo leyó sin cogerle el teléfono. La barba le oscurecía la mandíbula y tenía una marca de la almohada junto al ojo.

—Falta la hora de la consulta del medio.

—Está en el último párrafo.

Miguel volvió atrás.

—Tienes razón.

Nuria programó el envío para las seis y veintidós y dejó el móvil en la mesilla. Él la atrajo por la cintura. El beso sabía a sueño. Cuando intentó devolverla a la almohada, Nuria le mordió el labio y se apartó.

—Entro a las ocho.

Miguel miró la hora.

—Ya lo sé.

Nuria salió de la cama con una camiseta de Miguel y las piernas desnudas. La ropa del día anterior estaba doblada sobre la butaca.

—Necesito una ducha.

—Te he dejado un cepillo en el segundo cajón.

Nuria se detuvo en la puerta.

—¿Cuándo?

—Anoche.

Ella permaneció un instante allí, con la mano en el marco.

—Gracias.

Cuando Nuria salió del baño, él había levantado las persianas y preparado café. En la calle, un autobús avanzaba por Génova con las luces interiores encendidas. Miguel estaba vestido, sin corbata, y leía un mensaje junto a la isla.

—La mujer del paciente del aneurisma confirmó la segunda opinión —dijo—. Esta tarde pasa consulta con Esteban Roldán.

Nuria conocía el nombre. Era un cirujano competente y tenía experiencia suficiente para explicar que un aneurisma de seis centímetros no desaparecía por cambiar de consulta.

—Estará bien atendido.

—Sí.

Miguel dejó el teléfono. El quirófano del miércoles ya estaba liberado y Laura había cancelado el material.

—¿Crees que volverá?

—No voy a organizar la semana contando con eso.

Miguel llevó la taza a la boca y tardó un instante en darse cuenta de que estaba vacía.

Nuria le acercó el plato con pan y aceite.

—¿Te jode?

—Sí.

No hablaron de honorarios ni de la mañana que Rubén y Héctor tendrían que reorganizar. Miguel comió medio trozo de pan y consultó la hora.

—Te llevo.

—Hay cámaras en las dos entradas.

—Te dejo en el aparcamiento.

—Ayer salí escondida por allí. Hoy quiero entrar andando por personal.

Miguel dejó las llaves sobre la encimera.

—Aviso al conserje. Salimos por el garaje y coges un taxi en Bárbara de Braganza.

—Vale.

Nuria se acercó, le cerró el botón de la camisa que había abrochado mal y lo besó.

Solo quedaba un fotógrafo junto a una motocicleta. No los vio salir. Miguel esperó con ella en la esquina hasta que llegó el taxi.

—Escríbeme cuando salgas.

—Te escribo.

El correo salió a las seis y veintidós. A las siete y veintiséis, Nuria atravesó el acceso de personal de Asterión. Dos periodistas esperaban frente a la entrada principal; otro hablaba con un cámara cerca de Urgencias. Ninguno la reconoció antes de que pasara los tornos.

La supervisora la esperaba junto al control de enfermería con un cuadrante nuevo.

—Recursos Humanos ha recibido tus observaciones.

—Las envié hace una hora.

—Quieren que vuelvas a las once.

—Tengo una artroplastia.

—Ya no.

Le entregó la hoja. Nuria buscó su nombre. Había desaparecido de la intervención y figuraba en procedimientos menores durante toda la mañana.

—¿Cuándo se ha modificado?

—Al comenzar el turno.

—Son las siete y media.

—He llegado antes.

—¿Por orden de quién?

La supervisora mantuvo el papel entre ambas.

—De Dirección.

Nuria pidió una copia de la versión anterior. Le dijeron que estaba en el sistema. Fotografió el cuadrante, encuadró también el reloj del control y envió la imagen a Ana antes de entrar en el vestuario.

La sala de procedimientos menores ocupaba el extremo opuesto del bloque.

No había implantes que comprobar ni instrumental específico que preparar con horas de antelación.

Hasta poco antes de las once asistió en la retirada de dos drenajes, una biopsia cutánea y la revisión de una herida.

Marta, destinada a la unidad desde el comienzo del turno, hacía las mismas tareas.

La supervisora apareció mientras Nuria terminaba el último registro.

—Puedes subir.

—¿Quién se queda aquí?

—Marta.

Marta levantó la cabeza. No dijo que ya estaba allí porque las tres lo sabían.

—¿Volveré a la artroplastia después de la reunión? —preguntó Nuria.

—Han empezado sin ti.

Había estudiado la prótesis, revisado las preferencias del cirujano y preparado el material durante la tarde anterior. Mientras cerraba la historia clínica oyó el aviso de entrada del paciente en el quirófano. Se quitó los guantes y subió con el olor del jabón pegado a las manos.

Susana López la recibió con Carlos Vela, responsable de Sistemas. Ramírez y Medina no estaban. La silla reservada para Nuria quedaba más lejos de la mesa que las otras. La acercó antes de sentarse.

—¿Esta reunión quedará documentada?

—Redactaremos una nota interna —respondió Susana.

—Quiero recibirla antes de que la incorporéis a mi expediente.

Carlos abrió una carpeta en el ordenador.

Explicó que el informe se había redactado en un espacio compartido por Dirección Médica, Recursos Humanos, Asesoría Jurídica y Comunicación.

El sistema permitía reconstruir descargas y envíos corporativos, aunque no todas las visualizaciones de los borradores.

—¿Cuántas personas podían abrirlo? —preguntó Nuria.

Carlos no tenía la cifra.

—¿Lo descargó alguien antes de las seis y veinticuatro?

—Estamos reconstruyendo los movimientos.

—¿Y los accesos a mi ficha?

—No se han detectado entradas externas.

—No he preguntado por entradas externas. Quiero saber quién la consultó desde el hospital.

Carlos dejó una mano sobre el teclado. Susana intervino para decir que no podían facilitar conclusiones parciales.

Nuria abrió las notas del teléfono. Leyó en voz alta la hora y anotó que no le habían facilitado el número de personas con acceso al informe, las descargas anteriores a su envío ni la relación de consultas internas a su ficha. Carlos cerró la carpeta de la pantalla.

Susana esperó a que terminara y deslizó una hoja hacia ella. Proponía sustituir «presión mediática» por «necesidades organizativas sobrevenidas» en sus observaciones.

—No voy a cambiarlo.

—La primera expresión no refleja la posición de la dirección.

—Refleja lo que dijo Ramírez.

—Necesitamos que tu relación con la dirección siga siendo operativa.

Nuria miró la hoja, pero no la tocó.

—He atendido a todos los pacientes que me habéis asignado. También los que me asignasteis después de apartarme de una intervención para la que estaba preparada.

—Nadie cuestiona tu trabajo.

—Entonces dejad de rebajarlo cada vez que no os gusta lo que escribo.

Susana retiró la propuesta. Le comunicó que permanecería en procedimientos menores el resto del día y recibiría otro cuadrante a la mañana siguiente.

—¿También es una medida preventiva?

—Es una decisión organizativa.

—¿Adoptada antes o después de que enviarais mis observaciones?

—No existe relación entre ambas cosas.

Nuria pidió que la nota incluyera tres horas: el envío a las seis y veintidós, la modificación del cuadrante y el comienzo de aquella reunión. Susana aceptó consignar la petición, pero se negó a relacionar los hechos.

En el pasillo, Nuria encontró dos mensajes de Eva preguntando si volvería al bloque y una llamada perdida de Miguel. Contestó primero a Eva.

«Procedimientos menores todo el día. Mañana ya veremos».

A Miguel le escribió: «Otra reunión. Otra nota interna. Sigo trabajando».

La respuesta apareció casi de inmediato.

«¿Voy?».

Nuria apoyó un hombro en la pared.

«No».

Miguel tardó un poco más.

«Vale».

Al regresar, Marta estaba preparando una cura.

—¿Qué querían?

—Que cambiara una frase.

—¿La has cambiado?

—No.

Marta colocó las pinzas sobre el campo.

—Entonces volverán a llamarte.

Nuria se puso los guantes y ocupó su sitio. No recibió la nota interna antes de terminar el turno. El periodista apostado junto a Urgencias tardó en reconocerla; cuando gritó si el hospital la había apartado por su relación con Miguel Cortés, ella ya había cruzado la calzada.

***

Tres semanas después, Nuria seguía sin volver a una intervención compleja.

Los cuadrantes cambiaban lo suficiente para que Dirección pudiera hablar de necesidades organizativas.

El resultado era siempre parecido: procedimientos menores, preanestesia, curas y alguna jornada en Reanimación.

Una mañana apareció asignada a un bypass femoropoplíteo.

Había revisado la mesa, reclamado una pinza que faltaba y comprobado los injertos cuando la supervisora entró con Eva.

—Eva se queda aquí. Tú bajas a preanestesia.