48 segundos CAPÍTULO 12 La versión
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CAPÍTULO 12 La versión

Nuria esperó hasta que dejaron atrás el hospital. Entonces abrió el bolso, guardó la acreditación y comprobó por tercera vez que llevaba las copias de los dos cuadrantes.

—No hay expediente —dijo—. Tampoco sanción. Solo me apartan de una resección y lo llaman medida preventiva.

Miguel no apartó la vista de la circulación.

—¿Te han dado algo por escrito?

—Todavía no. Recursos Humanos enviará un informe antes de incorporarlo a mi expediente.

—¿Y la investigación de la filtración?

—Constará que la he pedido. Eso han dicho.

En el semáforo, Miguel apoyó las manos en el volante. Tenía el teléfono boca abajo en la consola y no lo había tocado desde que ella entró en el coche.

El semáforo cambió a verde.

—¿Qué necesitas? —preguntó él.

Nuria aflojó los dedos alrededor de las fotocopias y las guardó.

—Comer. Y dejar de hablar del hospital durante media hora.

—Puedo darte las dos cosas.

—¿Adónde vamos?

—A mi casa. Jaime vendrá a las seis.

—Eso ya estaba decidido.

—Jaime propuso ir. Si no quieres verlo, le digo que espere.

Miguel tomó una avenida con menos tráfico. No añadió nada mientras Nuria miraba los árboles desnudos de la mediana y una mujer arrastraba a un niño que se negaba a cruzar.

—Quiero conocer tu casa —dijo ella.

—Bien.

—No pongas esa cara.

—No he puesto ninguna.

—Y lo dices poniendo esa cara.

Miguel sonrió.

—¿Esa?

—Esa.

Nuria dejó caer la cabeza contra el respaldo. Seguía notando la marca del gorro quirúrgico en la frente. El hambre le retorció el estómago.

—¿Tu paciente se ha llevado las pruebas?

—Su mujer las recogió. Tiene cita mañana con otro cirujano.

—¿Y tú?

—He liberado el quirófano.

Respondió sin vacilar. Después apretó el volante hasta marcar los nudillos.

—Lo siento, cariño.

Miguel asintió. Nuria apoyó la mano sobre la suya hasta que tuvo que cambiar de marcha.

Al acercarse a Salesas, él llamó al conserje desde el manos libres y pidió que comprobara el acceso al garaje. Un fotógrafo esperaba junto al portal; otro hombre permanecía cerca de una motocicleta, con el casco colgado del brazo. Ambos reconocieron el BMW cuando redujo la velocidad.

La puerta empezó a levantarse. Miguel giró sin detenerse y entró antes de que el fotógrafo pudiera colocarse frente al parabrisas. La persiana descendió detrás del coche.

—No han conseguido verme —dijo Nuria.

—Bien.

—Pensaba que me pedirías que me agachara.

—Pensaba que me mandarías a la mierda.

—Habrías acertado.

Miguel aparcó junto al ascensor y apagó el motor.

—¿Qué? —preguntó ella.

—Nada.

—Estabas esperando.

—Estoy intentando hacerlo bien.

Nuria lo cogió por la camisa y tiró de él. Lo besó ahora que no tenía el hospital a la espalda ni una fila de coches aguardando junto a la barrera. Miguel le rozó la nuca con los dedos. Ella cortó el beso.

—Puedes besarme cuando no te pida un minuto.

—Queda apuntado.

—Más te vale.

Salieron del coche. Miguel introdujo una llave en el panel del ascensor y pulsó la última planta.

Nuria se miró en el espejo. La coleta conservaba la marca del gorro y alrededor de los ojos quedaba poco maquillaje. Intentó arreglarse el pelo con los dedos.

—Déjalo.

—Tengo una pinta horrible.

—Tienes pinta de haber trabajado ocho horas.

—Qué diplomático.

—Jaime trae la diplomacia a las seis.

Miguel la abrazó. Nuria apoyó la frente en su hombro, cansada de sostenerse erguida, y permanecieron así hasta que se abrieron las puertas.

En el rellano solo había una vivienda. Miguel abrió y se apartó para dejarla entrar.

Nuria había imaginado el ático más veces de las que estaba dispuesta a reconocer. Esperaba orden, muebles caros y una cocina equipada por un hombre capaz de hablar de cada cuchillo como si cumpliera una misión irrenunciable. Encontró todo eso. La frialdad que también había supuesto no estaba allí.

El salón y el comedor compartían un espacio amplio.

Al fondo, la cocina se abría detrás de una isla de piedra oscura; los ventanales seguían la línea de los tejados, con Madrid extendido en cúpulas, terrazas y azoteas húmedas.

Había dos libros abiertos sobre la mesa baja, una manta mal doblada en el brazo del sofá y fotografías ocupando una pared sin orden aparente.

Nuria dejó el bolso sobre una silla.

—Pensaba que vivirías en un quirófano con sofá.

Miguel colgó los abrigos en el recibidor.

—Puedo encender todas las luces.

—No lo estropees.

Ella se acercó a los ventanales. Desde allí no veía el portal, aunque distinguía parte de la calle y los coches deslizándose entre los edificios. Miguel continuaba junto a la entrada.

—¿Vas a vigilarme mientras cotilleo?

—Quiero ver qué criticas primero.

—La cocina tiene demasiados metros y esa mesa pesa más que mi coche.

—De momento vas bien.

Nuria avanzó por el pasillo y asomó la cabeza en el despacho.

La mesa estaba despejada, salvo por un ordenador cerrado y una libreta junto a la lámpara.

En las estanterías se mezclaban publicaciones médicas, libros de historia y carpetas antiguas.

Un diploma de Harvard Medical School ocupaba un lateral de la pared.

Miguel apareció a su espalda.

—La cocina está en la otra dirección.

Nuria leyó de nuevo el nombre de la institución y salió.

—Ahora entiendo por qué das tantas órdenes.

—En Harvard también enseñaban a obedecerlas.

—Esa clase debiste de saltártela.

Miguel abrió el frigorífico mientras Nuria se sentaba en uno de los taburetes y se quitaba los zapatos empujándolos con los pies.

—Puedo hacer una tortilla.

—¿Cuánto tardas?

—Quince minutos.

—Me muero antes.

Sacó salmón ahumado, aguacates, tomates y huevos.

—Eso no es una tortilla.

—Has rechazado la tortilla.

—He rechazado esperar.

Él dejó el pan y una tabla delante de ella.

—Corta.

Nuria miró los cuchillos alineados en el cajón.

—¿Me permites tocar tu primera línea de defensa?

Miguel eligió el más grande y se lo entregó por el mango.

—Confío en tu coordinación.

Ella sostuvo el cuchillo un instante.

—Procura que no te oiga Recursos Humanos.

Empezó a cortar el pan. Miguel ralló tomate, peló los aguacates y puso los huevos en la sartén. Se movían cerca, entrando y saliendo del espacio del otro sin la torpeza de la cena en Cercedilla. Cuando él le pidió otro cuchillo, Nuria abrió el cajón correcto a la primera.

Miguel la miró.

—Ni se te ocurra.

—No he dicho nada.

—Lo estabas pensando.

—Admiro tu capacidad de adaptación.

—Y ya estamos otra vez.

Nuria terminó la primera tosta antes de que Miguel hubiera llegado a la mitad de la suya. El teléfono de ella se iluminó junto al bolso. Sofía había enviado una dirección y una hora.

«Lúa. Jueves, ocho».

Nuria escribió que estaría allí.

—¿Sofía? —preguntó Miguel.

—El jueves cenamos.

—¿Las dos?

—Las dos.

Miguel le acercó la última tosta de la fuente.

—Entonces tendrás que devolverme la camisa antes.

Nuria bajó la vista hacia su ropa.

—No llevo tu camisa.

—Todavía.

—Jaime llega en cuarenta minutos.

—Ese hombre siempre aparece en el peor momento.

El teléfono de Miguel vibró. Leyó la pantalla desde el taburete, pero no lo cogió.

—Laura. Dos pacientes del jueves han llamado para confirmar que seguiré pasando consulta. Rubén pregunta qué hace con la mañana del miércoles.

—Ya has liberado el quirófano.

—Tengo que decirle que reorganice al equipo.

—Díselo.

Miguel escribió el mensaje. Nuria alcanzó a ver la última frase antes de que dejara el móvil: «Reorganizad la mañana».

—Eso te ha dolido.

—Sí.

Nuria apartó el teléfono hacia el centro de la isla y se colocó entre sus piernas. Miguel apoyó la frente contra su pecho y ella le pasó los dedos por el pelo.

—No puedes operarlo si no confía en ti.

—Lo sé.

—Debe de ser agotador saberlo todo.

Miguel levantó la cabeza.

—Sobre todo cuando alguien me confisca el teléfono.

—Te lo devolveré cuando termines de comer.

Él la sujetó por las caderas. Nuria se dejó acercar, lo besó despacio y notó la mano de Miguel ascender por su espalda.

El teléfono volvió a vibrar.

—Si es Laura, se despide mañana —dijo él.

No era Laura.

Nuria contestó.

—¿Nuria Bosch? Soy Ana Mendi.

Nuria se apartó de Miguel y activó el altavoz. Ana hablaba desde un coche; se oía el intermitente y, detrás, una sirena que se alejaba.

—Jaime me ha contado lo imprescindible. No me ha enviado documentación. Antes de hacer nada necesito saber si quieres que lleve la parte laboral.

—Sí.

—Entonces cuéntame lo de hoy. Solo lo que hayas visto, oído o recibido tú.

Nuria explicó el cambio de intervención, la reunión y la limitación verbal respecto a Miguel. Ana le pidió la convocatoria y las dos versiones del cuadrante.

—El informe de Recursos Humanos, cuando llegue, me lo reenvías desde el correo original.

—¿Contesto esta noche?

—Lo leemos primero. Y necesito una cronología breve: hora, quién comunica cada cambio y qué tarea haces al final. Sin adjetivos. No firmes nada que convierta una recepción en conformidad.

Ana le dio su correo y acordaron hablar a la mañana siguiente.

También le pidió el número directo de Recursos Humanos y el nombre completo de quienes habían asistido a la reunión.

Antes de colgar, Ana confirmó que reclamaría en nombre de Nuria los accesos y la conservación documental del hospital. Jaime seguiría con el medio y con CRT.

Nuria dejó el teléfono sobre la isla.

—Me gusta —dijo Miguel.

—No necesita gustarte.

—Por eso me gusta.

Ella le lanzó la servilleta. Miguel la atrapó antes de que cayera al suelo.

El teléfono de Nuria volvió a sonar. Esta vez era su madre.

—Estoy bien, mamá.

Se llevó el móvil hasta los ventanales. Su madre hablaba tan deprisa que tuvo que interrumpirla dos veces. Nuria explicó que había terminado el turno, que no pensaba regresar todavía a su piso y que su padre no necesitaba ir a buscarla.

—Estoy en casa de Miguel.

La pregunta llegó de inmediato.

—Porque delante de mi portal hay periodistas y a las seis viene Jaime.

Su madre insistió. Nuria contempló los tejados húmedos al otro lado del cristal.

—Sé que estáis preocupados. Yo también he tenido un día complicado y no quiero que volvamos a discutir. Esta noche os llamo con calma.

Colgó.