CAPÍTULO 11 La sospecha #4
—Puedo hablar con él ahora.
—No quiere hablar. Quiere recoger las pruebas y consultar a otro especialista.
—Tiene derecho a hacerlo.
La mujer asintió. Miguel imprimió la solicitud y llamó a Laura para que preparara la documentación. Antes de marcharse, la mujer se detuvo junto a la puerta.
—Si después decide que quiere que lo opere usted…
—Primero que escuche la segunda opinión. Después hablaremos.
Miguel esperó a que se marchara y anuló la reserva del quirófano. El miércoles quedaba libre. Héctor tendría que reorganizar su agenda, Laura cancelaría el material y el equipo perdería los honorarios de la intervención.
Laura entró con la solicitud firmada.
—¿Lo aplaza?
—Sí.
—¿Por la noticia?
Miguel le entregó el documento.
—Por miedo.
—No es culpa tuya.
—Pero lo pagamos nosotros.
Jaime llegó poco después de las diez y media. Entró sin pasar por recepción y dejó el abrigo sobre la silla que Laura acababa de liberar.
—Tienes periodistas en la puerta, un paciente menos y cara de querer matar a alguien. ¿Por dónde empezamos?
Miguel señaló las carpetas.
—Por Santacruz.
Jaime se sentó y revisó la documentación. No leyó cada página. Comprobó índices, firmas, fechas y la correspondencia entre los distintos registros. Marcó con notas adhesivas los documentos que debían incorporarse al informe pericial.
—Necesito una copia certificada de todo esto.
—Pídesela al hospital.
—Ya está solicitada. También he pedido que conserven los registros de acceso, los correos y las llamadas relacionados con Nuria.
Miguel levantó la vista.
—¿Por qué?
—Porque alguien sabía a qué hora se reunía con Dirección.
Jaime dejó delante de Miguel el correo del periodista, recibido a las nueve y cuarenta y uno. Incluía los nombres de los asistentes y una pregunta sobre su relación con Nuria.
—La habían citado a las diez —dijo Miguel.
—Exacto.
Miguel cogió su teléfono. Jaime extendió la mano sin levantarse.
—No llames a Ramírez.
—Eso ha salido de Dirección.
—Ha salido del circuito. Si llamas, avisas a quien la haya filtrado.
Miguel dejó el móvil sobre la mesa, aunque mantuvo la mano encima.
—La han metido sola en esa reunión.
—No sabía que habría un abogado del hospital. Yo tampoco. Espera a que salga.
Laura llamó a la puerta para avisar de que el siguiente paciente esperaba. Miguel consultó la agenda. Llevaba doce minutos de retraso.
—Salgo ahora.
Laura cerró la puerta. Jaime esperó a que se alejara.
—No la pagues con tu equipo.
—No la estoy pagando con nadie.
—Laura parece tener otra opinión.
Miguel se levantó y fue hasta la ventana. Desde allí alcanzaba a ver la parte superior de la unidad móvil estacionada frente al edificio.
—Han aplazado una intervención.
—Lo sé.
Miguel se volvió.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Laura, mientras subía. Está preocupada y tú llevas retraso. Atiende a tus pacientes; yo sigo con la documentación. Deja de actuar como si pudieras resolver esto tú solo.
Miguel regresó a la mesa.
—No empieces.
Jaime ordenó las carpetas y guardó el informe de Rubén. Su teléfono vibró; al ver el nombre de Nuria, salió a contestar al pasillo.
Regresó varios minutos después. Miguel levantó la vista.
—¿Qué ha pasado?
Antes de que Jaime respondiera, el teléfono de Miguel vibró. Era Nuria.
—Es ella —dijo Miguel.
Miguel salió al pasillo y contestó. Le pidió un momento, cruzó entre las voces de la clínica hasta el primer despacho libre y cerró la puerta. Cuando regresó, Jaime colocó delante de él la autorización para el peritaje.
—Tienes tres pacientes esperando y necesito que firmes esto.
Miguel firmó y se lo devolvió.
—Acabas de autorizar cinco mil euros sin leer la segunda página.
—¿El perito es bueno?
—De los mejores.
—Entonces es barato.
Jaime revisó la firma y guardó el documento.
—Esta tarde, cuando recojas a Nuria, entrad por el garaje de Salesas. A las seis iré a tu casa y revisaremos el informe del hospital, si lo han enviado.
—¿Por qué a mi casa?
—Porque delante de la suya hay siete personas y una unidad móvil.
—Esta mañana eran tres.
—La televisión atrae gente.
Miguel regresó a consulta. Terminó las visitas pendientes y atendió dos llamadas.
Ambos pacientes preguntaron por Santacruz antes de hablar de sus propios diagnósticos.
Cerca de las dos, Nuria lo llamó mientras Jaime continuaba en la clínica.
Miguel rechazó la llamada y le escribió que seguía con Jaime.
A las tres y veinte salió por el garaje. Llegó al hospital a las tres y cincuenta y dos. Seguridad comprobó la matrícula y le permitió acceder al aparcamiento. Detuvo el BMW junto a los ascensores de personal y apagó el motor.
Nuria apareció a las cuatro y siete con el bolso al hombro y el abrigo abierto. Caminaba deprisa. El cabello conservaba la marca del gorro quirúrgico.
Abrió la puerta, entró y la cerró con fuerza.
Miguel se inclinó para besarla.
Ella giró la cara.
—Dame un minuto.
Miguel volvió a su asiento. Nuria dejó el bolso entre los pies, se abrochó el cinturón y miró al frente.
—Arranca. Como me vea alguien del hospital, mañana me ponen a ordenar gasas.