CAPÍTULO 11 La sospecha #3
Nuria bajó al vestuario, volvió a cambiarse y llegó al bloque a las once y doce. Eva estaba junto al control, pero Nuria pasó de largo. Primero localizó a la supervisora, dejó constancia de su reincorporación y preguntó si se mantenía la asignación.
—Quirófano seis. El paciente ya está en preanestesia.
Nuria entró en el seis. El equipo de imagen que había rechazado había sido sustituido. La prótesis que reclamó por la mañana había llegado al quirófano contiguo. Revisó el material de artroscopia, los implantes, las suturas y las cánulas. Faltaba uno de los anclajes solicitados por el traumatólogo.
—Está en el armario —dijo Eva.
—Ese es de cuatro con setenta y cinco. Ha pedido cinco con cinco.
La circulante consultó la hoja y llamó al almacén. El anclaje llegó a las once y treinta y ocho.
El paciente entró poco antes de las doce.
Tenía cincuenta y dos años, una rotura del manguito rotador y más interés por saber cuándo podría volver a jugar al pádel que por la anestesia.
Nuria comprobó con el equipo su identidad, el lado que debían intervenir y la documentación.
El traumatólogo apareció mientras el anestesista terminaba el bloqueo.
—Me habían dicho que Marta estaría con Salvatierra y que tú venías al seis.
—Ese es el cuadrante que han dejado.
El médico comprobó la mesa y bajó la voz.
—Si prefieres que Eva instrumente, por mí no hay problema.
Nuria le acercó la lista de verificación.
—Necesito que confirmes el hombro derecho.
El médico miró la marca del hombro, no a Nuria, y lo confirmó.
A las doce y siete cerraron las puertas. Nuria se lavó, entró con las manos en alto y dejó que Eva le ajustara la bata. Se enguantó, preparó la mesa y distribuyó el instrumental. Cuando el artroscopio entró en la articulación, el monitor mostró el tendón desgarrado.
—Eva, óptica de treinta —pidió el traumatólogo.
Eva permaneció junto al carro. Nuria colocó la óptica en la mano extendida del médico.
—Instrumenta Nuria —dijo Eva.
El cirujano mantuvo la mano vacía un segundo.
—Anclaje de cuatro setenta y cinco.
Nuria se lo entregó.
—Nuria, pinza de sutura.
La tenía preparada. Después corrigió la posición de una cánula antes de que perdiera presión y detectó que el anclaje abierto no era el de cinco con cinco solicitado en la hoja. La circulante trajo el correcto sin que el tiempo quirúrgico se detuviera.
Al comenzar el cierre, el traumatólogo se apartó y comprobó el resultado en la pantalla.
—Buen trabajo, Nuria.
Ella inició el recuento con Eva. Gasas, agujas, hojas y material pequeño coincidían. Comunicó el resultado y ayudó a cubrir las incisiones mientras el equipo de anestesia iniciaba el despertar.
Eva esperó a que el celador se llevara al paciente y arrancó la bolsa del contenedor. Al abrirse la puerta, Nuria vio que la luz del quirófano cuatro seguía encendida.
—Ximo ha borrado del chat la captura de anoche. Me ha pedido que borre la mía.
Nuria dejó sobre la mesa el envase de una sutura sin utilizar.
—¿Lo has hecho?
—Te la he enviado por correo y conservo el mensaje original. No soy idiota.
—No he dicho que lo seas.
—No hacía falta. Me estás hablando como tu abogado.
Nuria fue a sujetar la bolsa para que Eva pudiera cerrarla. Eva cambió el agarre y la anudó sola.
—Perdona.
—No me pidas perdón con esa voz. Soy yo, joder.
Nuria se quitó los guantes y los dejó en el cubo.
—No sé quién está pasando información. Cada vez que alguien toca un archivo pienso que van a ir a por quien lo ha guardado.
—Pues pregúntame qué quiero hacer. No decidas por mí.
—¿Qué quieres hacer?
Eva sostuvo su mirada.
—Guardar el correo y decir lo que vi si me preguntan. Y que vuelvas a hablarme como mi amiga.
—No quería meterte en esto.
—Me metieron cuando me pidieron que borrara lo que vi.
Retiraron el material sin recuperar su coordinación habitual. Dos veces alargaron la mano hacia la misma bandeja; a la tercera, Eva esperó a que Nuria se apartara.
Terminaron de recoger a las trece y cincuenta. En el control habían dejado dos bocadillos envueltos en papel de aluminio y una bolsa con fruta para quienes no habían podido bajar a comer. Nuria cogió medio bocadillo y una botella de agua.
Al abrir la taquilla encontró diecinueve mensajes nuevos. El primero era de Miguel.
«La mañana se ha complicado también aquí».
Debajo había otro, enviado siete minutos después.
«A las cuatro te lo cuento».
Nuria se sentó en el banco sin quitarse el gorro. Leyó ambos mensajes y lo llamó.
Miguel rechazó la llamada. La respuesta apareció enseguida.
«Estoy hablando con Jaime. Luego te llamo».
Nuria desenroscó la botella y bebió. El bocadillo seguía sin apetecerle, pero le dio un bocado antes de llamar a Sofía.
—¿Puedes hablar? —preguntó Nuria al oírla.
—Cinco minutos. Tengo una declaración a las dos y media. ¿Has comido?
Nuria miró el pan aplastado sobre el aluminio.
—Estoy en ello.
Sofía no le preguntó por la reunión.
—Quería hablarte del sábado —dijo Sofía—. Cuando dije que no quería esperar otros seis meses, hablaba en serio. Cenamos el jueves. Las dos.
Al otro lado se abrió una puerta. Alguien preguntó por un expediente.
—En la bandeja azul —respondió Sofía, apartándose del teléfono—. No, la otra.
Nuria aplastó una miga contra el papel de aluminio.
—¿Me invitas porque tengo periodistas en el portal?
—Te invito porque te he echado de menos. Los periodistas son otra putada.
—Miguel sabe que quiero verte —dijo Nuria.
—Bien. Pero no voy a cenar contigo con permiso de nadie.
—No se lo he pedido.
La misma voz volvió a llamar a Sofía.
—El jueves a las ocho —dijo Nuria.
—Te mando la ubicación. Y termina de comer.
La llamada acabó. Nuria dejó el teléfono sobre el banco y volvió al bocadillo. Esta vez siguió comiendo.
***
Miguel había llegado a la clínica a las siete y media.
A esa hora ya había un fotógrafo frente al edificio y otro en una cafetería al otro lado de la calle.
Aparcó en el garaje, subió directamente y pidió en la recepción que no facilitaran información sobre sus pacientes ni confirmaran que se encontraba allí.
Laura lo esperaba en la sala de reuniones con dos carpetas, el ordenador abierto y un café frío.
—Asterión no autoriza que salga la historia completa de Santacruz —dijo—. Solo estas copias: registro intraoperatorio, trazabilidad del material y comunicaciones internas.
Miguel dejó el abrigo sobre una silla.
—¿Quién las ha pedido?
—Jaime. También quiere los registros de temperatura, transfusiones y tiempos de anestesia.
—Eso tendrá que solicitarlo a Héctor.
—Ya lo ha hecho. Está operando desde las siete y se lo enviará esta tarde.
Laura le entregó la primera carpeta. El índice de trazabilidad saltaba del documento seis al ocho.
—Falta el siete.
—Lo he reclamado —dijo Laura—. Asterión sostiene que la copia está completa.
—Entonces sobra un número.
—Tampoco han sabido explicarlo.
Miguel pasó la página. Reconoció las horas: ingreso, deterioro, declaración de inviabilidad y orden de amputar. Rubén concluía en su informe que prolongar la reconstrucción solo habría mantenido la hemorragia.
—Está bien.
—Ha escrito «anatómicamente absurdo» dos veces.
—Una sobra.
Laura señaló la repetición. Miguel abrió el registro de los cuarenta y ocho segundos: la anotación de la circulante seguía junto a la hora del monitor y la orden verbal.
—¿Han vuelto a llamarte?
—Ayer lo hizo un periodista. Quería saber si esos cuarenta y ocho segundos eran reales.
—¿Qué le dijiste?
Laura levantó la vista del ordenador.
—Que vendía seguros.
Miguel se echó a reír.
—Bien hecho. No respondas a nadie.
—Lo había deducido.
A las ocho entró la primera paciente para una revisión postoperatoria.
Miguel la había intervenido de una estenosis carotídea tres semanas antes.
La herida evolucionaba bien y la ecografía no mostraba complicaciones.
La mujer habló de los mareos que ya no tenía y, cuando terminaron, sacó el teléfono.
—¿Puedo hacerme una fotografía con usted? Es para mi hija. Lo ha visto esta mañana en televisión y no cree que sea usted.
Miguel dejó el informe sobre la mesa.
—Hoy prefiero que no.
La mujer guardó el móvil, decepcionada.
—Yo confío en usted, doctor.
Miguel le dio las gracias. Cuando la puerta se cerró, abrió la historia del siguiente paciente. Leyó tres veces el motivo de consulta antes de entenderlo.
Las consultas continuaron. Un control de bypass femoropoplíteo, una primera valoración por enfermedad arterial periférica y un hombre de sesenta años remitido para estudiar un aneurisma.
En la sala de espera, los teléfonos mostraban una y otra vez la misma fotografía.
Miguel la reconocía por el color antes de distinguir su cara y la de Nuria.
A las nueve y cuarto, recepción le comunicó que una mujer exigía hablar con él sin cita. Era la esposa del paciente programado para el miércoles. Miguel pidió que la hicieran pasar.
Entró con el bolso apretado contra el cuerpo y rechazó la silla que él le ofreció.
—Mi marido quiere aplazar la operación.
Miguel cerró la historia clínica que estaba revisando.
—¿Ha ocurrido algo?
—Quiere otra opinión.
—La intervención lleva programada tres semanas. El aneurisma mide seis centímetros.
—Lo sabemos.
—Entonces también conoce el riesgo de rotura.
La mujer miró hacia la puerta antes de responder.
—Esta mañana ha visto las noticias.
Miguel apoyó las manos en la mesa.
—El caso Santacruz no guarda ninguna relación con su intervención.
—Ya se lo he dicho.
—¿Qué le preocupa exactamente?
—Que tomara una decisión así en cuarenta y ocho segundos.
Miguel retiró las manos.
—Eso es falso.
—Yo no entiendo de medicina.
—Su marido tampoco, pero lleva tres semanas confiando en mi criterio.
—Está asustado.
Miguel abrió la agenda y localizó la intervención.