48 segundos CAPÍTULO 11 La sospecha
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CAPÍTULO 11 La sospecha

El Uber la dejó a las siete y treinta y ocho frente al acceso de personal.

Nuria había pedido al conductor que evitara la entrada principal.

Desde la esquina distinguió dos cámaras, una furgoneta de televisión y varios reporteros bajo el voladizo del hospital.

Uno hablaba frente a un foco mientras, detrás de él, entraban pacientes y trabajadores.

Esperó a que el coche se alejara, cruzó la calle y pasó la tarjeta por el lector. El vigilante salió de la garita antes de que alcanzara la puerta interior.

—Bosch, ¿verdad?

Nuria asintió.

—Cuando termines, sal también por aquí. Si encuentras a algún periodista dentro del recinto, llama a seguridad. Extensión doscientos doce.

—¿Han conseguido entrar?

—Dos dijeron que venían a visitar a un familiar. El problema es que no sabían cómo se llamaba.

Le abrió la puerta. Nuria le dio las gracias y continuó por el pasillo de servicio.

Quedaban veinte minutos para las ocho. En el ascensor coincidió con una auxiliar de radiología y una administrativa.

La auxiliar guardó el teléfono en cuanto la vio.

La otra siguió con la vista fija en los números iluminados sobre la puerta.

Nuria salió en la planta de vestuarios.

Había seis mujeres dentro. Dos hablaban junto a las taquillas y otra terminaba de recogerse el pelo frente al espejo.

La conversación se interrumpió cuando Nuria abrió la suya.

Una de ellas preguntó por un cambio de turno; la respuesta incluyó nombres, horas y dos bajas por las que nadie había preguntado.

—Buenos días.

Contestaron tres.

Nuria se quitó el jersey y empezó a desabrocharse los pantalones. Eva entró entonces, dejó el bolso sobre el banco y abrió la taquilla contigua.

—Pensaba que vendrías por el garaje.

—He venido en Uber.

Eva intentó abrazarla cuando Nuria aún tenía un brazo atrapado en la manga.

—Tía, me estás dejando en bolas delante de media plantilla.

—Ya te han visto.

La soltó y empezó a cambiarse. Llevaba ojeras y se cambió deprisa. Esperó a que Nuria terminara de ponerse el pijama quirúrgico.

—Han cambiado el cuadrante.

—¿Qué han tocado?

Eva le mostró una captura enviada por Ximo a las veintidós y diecisiete. Nuria seguía en la resección hepática. A las seis cincuenta y ocho, cuando él volvió a abrir el archivo, su nombre había desaparecido.

—¿Tienes el mensaje original?

—En el chat.

—No recortes la captura ni la reenvíes por WhatsApp. Mándamela por correo tal como está.

—Buenos días a ti también —dijo Eva.

—Perdona. Envíamela, por favor.

Nuria guardó la ropa y cerró la taquilla. Tenía veintisiete notificaciones. Puso el teléfono en silencio sin abrir ninguna y se recogió el pelo.

—¿Ha pasado algo más?

Eva buscó el pijama dentro de su taquilla.

—La centralita recibe llamadas desde antes de las siete. Periodistas, programas y aficionados preguntando cuánto cobra una enfermera por mentir.

—Cuando descubran cuánto cobro, igual organizan una colecta.

Eva soltó una risa. Dos compañeras se volvieron y retomaron enseguida lo que estaban haciendo.

Subieron juntas al bloque quirúrgico. En el control, una enfermera revisaba pulseras de identificación. Saludó a Eva y regresó al monitor sin mirar a Nuria.

El cuadrante estaba expuesto en el tablón junto con las modificaciones del fin de semana.

Nuria buscó su nombre. La resección hepática de las once y media continuaba programada en el quirófano cuatro.

Había estudiado el procedimiento, revisado las preferencias del cirujano y comprobado el instrumental específico.

En su puesto figuraba Marta Salas.

A Nuria la habían desplazado a una artroscopia de hombro a las doce.

Revisó el resto de la distribución. Para colocar a Marta en aquella intervención habían alterado también el equipo de la mañana. No había ninguna baja ni cambio de programación que lo justificara.

El documento impreso no indicaba la hora de la modificación. Eva ya le había enviado la captura por correo.

La supervisora salió del control con una carpeta y llamó al personal. Repasó ingresos, incidencias, camas disponibles y material pendiente. Al llegar al quirófano cuatro leyó el cambio sin levantar la vista del papel.

—Marta estará en la resección hepática. Nuria, después de tu reunión te incorporas a la artroscopia del seis.

—¿Por qué?

La supervisora pasó a la hoja siguiente.

—Por necesidades de organización.

—La resección lleva organizada desde el miércoles pasado.

Alguien dejó de ordenar unas cajas. La supervisora cerró la carpeta contra el pecho.

—Tienes una reunión a las diez y no sabemos cuánto puede prolongarse. Esa intervención requiere continuidad.

—Empieza a las once y media. La artroscopia, a las doce.

La mujer levantó la vista.

—Dirección considera aconsejable que hoy tengas una actividad de menor exposición.

—Eso ya es una respuesta.

—Podrás tratarlo en la reunión. Ahora entrega a Marta la hoja de preparación de Salvatierra y las preferencias del quirófano cuatro.

Nuria llevaba la hoja doblada dentro de la carpeta de material. Había anotado el orden de las bandejas, la referencia del sellador y dos alternativas por si fallaba la torre de imagen. La sacó sin mirar a Marta.

—El separador largo no cabe en la primera bandeja —dijo—. He pedido que lo suban aparte. Y comprueba el sellador antes de abrir al paciente; ayer dio un error de temperatura.

Marta tendió la mano, pero la supervisora se interpuso.

—Ella conoce el procedimiento.

—No he dicho que no lo conozca. Le estoy entregando una preparación que he hecho yo.

La supervisora esperó hasta que Nuria soltó la hoja. Marta la sujetó por una esquina; durante un segundo, las dos sostuvieron el mismo papel.

—Yo no pedí que me cambiaran —dijo Marta cuando la supervisora continuó con el reparto.

—Lo sé.

—Pues no me mires como si fuera culpa mía.

Nuria guardó una copia del cuadrante en el bolsillo del pijama.

—Hasta ahora estaba mirando la orden.

Marta dobló la hoja de preparación y se marchó con las mejillas encendidas. Eva se inclinó sobre el carro y comprobó una etiqueta.

—Doce minutos y ya has hecho una amiga.

—No me jodas, Eva. Solo me faltaba esto.

Hasta las diez, Nuria seguía asignada a la preparación de dos quirófanos.

Faltaba una caja de pinzas en el tres, el equipo de imagen del seis no había pasado la comprobación y nadie había confirmado la prótesis prevista para la segunda intervención.

Localizó la caja en esterilización, reclamó la prótesis y rechazó el equipo cuando el pedal falló.

El técnico aseguró que funcionaba. Nuria le pidió que lo probara delante de ella. Se lo llevó sin discutir.

Durante la siguiente hora comprobó referencias, abrió embalajes, revisó conexiones y anticipó lo que necesitaría cada equipo. Cada entrada interrumpía el ritmo: una vacilación antes del saludo, un teléfono que desaparecía bajo una carpeta.

A las ocho y cincuenta y tres recibió un mensaje de Sofía.

«Jaime Santos habló conmigo anoche. Le he contado todo lo que vi en el restaurante. Llámame cuando salgas de la reunión».

Nuria respondió con un pulgar levantado y guardó el móvil. Sofía ya estaría en su despacho; aquella mañana tenía varias declaraciones.

Diez minutos después llegó otro mensaje.

«Y deja de leer mierda en redes».

Nuria no había abierto ninguna desde que se levantó. Bloqueó el teléfono y terminó de colocar las ópticas en la bandeja.

A las nueve y veinte llamó su madre. Nuria dejó pasar la llamada mientras registraba la retirada del equipo defectuoso. Su madre volvió a llamar antes de que terminara. Salió al pasillo, se quitó el gorro y la llamó junto a una ventana estrecha.

—Mamá, estoy trabajando.

—Te he llamado antes.

—Tenía el teléfono guardado.

Su madre hablaba deprisa. Habían mostrado el portal de Nuria en un programa matinal. Una vecina lo había reconocido y dos familiares habían telefoneado a casa. Su padre quería recogerla al terminar el turno y no entendía por qué permitía que los periodistas continuaran frente al edificio.

—Dile a papá que no venga.

—Está preocupado.

—Yo también. Por eso no quiero que aparezca delante de veinte cámaras.

Al otro lado se oyó una puerta y la voz de su padre preguntando con quién hablaba. Su madre se alejó o tapó el micrófono. Cuando regresó, había bajado el tono.

—Necesito preguntarte algo.

—Ahora no es el momento.

—Solo dime si ya estabas con Miguel cuando declaraste.

Nuria apoyó la espalda contra la pared. Un celador pasó empujando una cama vacía. Desde el control llamaron por megafonía al anestesista del quirófano dos.

—¿Tú también?

—No te estoy acusando.

—Me estás haciendo la misma pregunta que los periodistas.

—Porque no sabemos nada. Encendemos la televisión y sales besándote con el cirujano al que defendiste.

—No defendí a nadie. Conté lo que ocurrió.

—¿Estabais juntos?

—El día de la operación no tenía ninguna relación con él. Cuando declaré, tampoco. ¿Te basta?

Su madre no respondió.

—No me hables así.

—Acabas de preguntarme si mentí ante una comisión médica para proteger a un hombre.

—Eso no es lo que he preguntado.

—Es exactamente lo que querías saber.

Su padre volvió a decir algo al fondo. Nuria miró la hora. Faltaban treinta y cuatro minutos para la reunión. La goma de la coleta le tiraba del pelo.

—Estamos asustados —dijo su madre—. Ponte un momento en nuestro lugar.

—Tengo que dejarte.

—Tu padre puede ir a buscarte.

—Miguel me recogerá a las cuatro.

Su madre tardó poco en responder.

—Claro.

Nuria se enderezó.

—¿Qué significa eso?

—Nada. Llámame esta tarde.

Su madre colgó.

Mantuvo el teléfono junto a la oreja hasta que la pantalla se apagó. Abrió la conversación con Miguel. A las ocho y doce le había escrito: «Estoy en consulta. Dime cómo ha ido cuando acabes».

Tecleó: «Me han cambiado el cuadrante».

Lo borró. No quería discutir con él mientras caminaba hacia Recursos Humanos ni recibir una llamada que no podría atender.

Entró en el baño, se lavó la cara con agua fría y limpió el maquillaje corrido bajo un ojo. Cuando volvió al pasillo le dolían los dientes de haberlos apretado.