48 segundos CAPÍTULO 10 La exposición #2
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CAPÍTULO 10 La exposición #2

Él se había detenido cerca de los árboles con el teléfono en la mano. La nieve le cubría las botas y la humedad oscurecía los bajos del pantalón.

Nuria esperó a que regresara.

—Ponte esto.

Miguel aceptó la prenda, pero no se lo puso. Tenía los dedos enrojecidos por el frío.

—Laura dice que la aseguradora del club ha pedido una copia completa del registro intraoperatorio. Rubén y Héctor quieren saber cuándo volvemos.

—¿Y el periódico?

Miguel le enseñó el historial. Junto al número del director aparecía una llamada cancelada.

—He cortado antes de que contestara.

—Mejor.

—Sofía vio a una mujer cerca de la barra. Jaime hablará con ella.

Miguel miró hacia la casa.

—Podemos recoger y marcharnos.

Nuria le puso el abrigo sobre los hombros. Miguel terminó de introducir los brazos en las mangas.

—La noticia seguirá ahí dentro de tres horas. Habíamos quedado después de comer.

Miguel echó a andar hacia la casa.

—Después de comer.

Volvieron a la casa. Miguel dejó las botas junto a la entrada y fue directo a cambiarse el pantalón mojado. Nuria preparó bocadillos con el pan, el queso y el embutido que quedaban. Los teléfonos ocuparon el poco espacio libre de la isla.

Jaime confirmó que Jesús conservaría las grabaciones del asador. También había periodistas delante de sus domicilios: tres en casa de Nuria y al menos dos en Salesas. Les pidió que entrasen sin responder y que lo llamaran si alguien les impedía el paso.

Nuria mordió el bocadillo, pero ya no tenía hambre. Lo dejó en el plato.

—Podemos esperar —dijo Miguel.

—Quiero llegar a casa.

Recogieron la cocina y subieron. Nuria cerró la maleta mientras Miguel comprobaba las ventanas y bajaba la calefacción.

Cargaron el equipaje en el BMW, sujetaron los esquís al portaesquís y salieron poco después de las tres.

La nieve había desaparecido de buena parte del camino.

Miguel condujo despacio hasta alcanzar la carretera.

Nuria respondió primero a Eva. A su madre le avisó de que ya regresaba y a Sofía le confirmó que habían salido.

Luego volvió a leer el correo del hospital.

—¿Sigues pensando ir sola a la reunión? —preguntó Miguel.

—Sí.

Él no insistió. Unos kilómetros después, Nuria apoyó la mano en su hombro. El tráfico empezó a espesarse al acercarse a Madrid.

Jaime escribió cuando entraron en la ciudad. Los periodistas continuaban ante los dos edificios. Había identificado a uno de los que esperaban a Nuria: trabajaba para el medio que había publicado la fotografía.

—Ven a mi casa esta noche —dijo Miguel.

Nuria tardó en responder. Los carriles se detenían y arrancaban alrededor del coche.

—Necesito preparar la reunión, dejar lista la ropa de mañana y dormir en mi cama. Si voy a tu casa, mañana tendrán otra foto al salir juntos.

Miguel condujo varios metros antes de responder.

—Puedo dejarte en la esquina.

—Déjame delante, en el portal.

Tomó la calle Velázquez. A media manzana distinguieron a dos hombres junto al portal y a una mujer dentro de un coche en doble fila. Uno llevaba una cámara colgada del hombro. El otro levantó el teléfono al reconocer el BMW.

Nuria se desabrochó el cinturón.

—No bajes. Abriré yo el maletero.

Los periodistas se acercaron antes de que Miguel terminara de aparcar. Preguntaban desde cuándo se conocían, dónde habían pasado el fin de semana y si Nuria había declarado ante la comisión cuando ya mantenían una relación.

Nuria cogió el bolso. Antes de abrir la puerta, se inclinó hacia Miguel y lo besó. Él le sujetó la nuca. Un destello rebotó en el parabrisas.

—Esto no va a ayudar —dijo.

Salió del coche. Los destellos de la cámara empezaron antes de que llegara al maletero. Sacó la maleta y desenganchó sus esquís mientras las preguntas se cruzaban detrás de ella.

—¿Cuándo empezó su relación con el doctor Cortés?

—¿Ya estaban juntos cuando declaró?

—¿Trabaja habitualmente para su equipo?

Nuria cerró el maletero.

—No trabajo para el doctor Cortés.

La respuesta salió antes de que recordara la advertencia de Jaime. Echó a andar hacia el portal. El hombre de la cámara avanzó a su lado y un micrófono apareció junto a su cara.

—¿Confirma que mantienen una relación personal?

Sujetó los esquís con una mano y sacó las llaves con la otra.

—Apártese, por favor.

El periodista caminó de espaldas delante de ella hasta que tuvo que dejarle espacio para abrir. Nuria empujó la puerta, arrastró los esquís antes de que quedaran atrapados y cerró tras ella.

Las cámaras continuaron disparando al otro lado del cristal.

El ascensor estaba arriba. Nuria pulsó el botón y apoyó la maleta contra la pared. En el reflejo de la puerta vio el BMW detenido junto a la acera. Miguel arrancó cuando un coche hizo sonar el claxon detrás de él.

Dentro del ascensor se quitó el gorro. Tenía el pelo aplastado, la nariz roja y una marca en el cuello que el jersey no cubría. Volvió a colocárselo.

Al entrar en casa dejó el equipaje en el recibidor.

La calefacción estaba apagada y el aire olía a cerrado.

Encendió los radiadores y bebió agua directamente de una botella.

Desde el salón distinguió a los periodistas junto al portal.

La mujer del coche hablaba por teléfono mirando hacia las ventanas.

Miguel le escribió para saber si había entrado bien. Nuria fotografió la maleta junto a los esquís.

«Dentro. Vete a casa».

Eva llevaba intentando localizarla desde la mañana.

«No abras el grupo de quirófano si quieres conservar la tensión arterial».

Nuria lo abrió.

Había más de cien mensajes. Algunos compañeros defendían que su declaración se había limitado a hechos técnicos.

Otros preguntaban cuándo había empezado la relación y por qué no informó a la dirección.

Una enfermera con la que había trabajado el jueves aseguraba que Nuria participaba habitualmente en las operaciones de Miguel.

Eva la había corregido dos veces. La conversación había seguido adelante como si no hubiera escrito nada.

Nuria redactó una respuesta. Pertenecía a la plantilla del hospital, las asignaciones dependían del cuadrante y nunca había formado parte del equipo privado de Miguel. La leyó y la borró.

Eva envió una captura de X. Junto a la fotografía del asador aparecían un fragmento de su declaración y una cuenta atrás de cuarenta y ocho segundos. La publicación afirmaba que Miguel había ordenado amputar sin intentar una reconstrucción.