CAPÍTULO 10 La exposición
Nuria abrió los ojos sobre el pecho de Miguel. Tenía una pierna atravesada sobre las suyas y el brazo de él le sujetaba la espalda por debajo del edredón. Intentó estirar el pie sin moverse demasiado; el muslo respondió con una punzada que le recordó la noche anterior.
Miguel dormía con la boca entreabierta. Nuria levantó la cabeza para comprobar la hora y el brazo se cerró alrededor de ella.
—Buenos días, nena.
La voz le salió áspera. Nuria pasó la mano por su abdomen, encontró uno de los arañazos del pecho y bajó hasta la erección bajo la sábana.
—Parece que has descansado.
Miguel abrió los ojos, le apartó el pelo de la cara y la besó. Tenía la boca seca y la barba más dura que la noche anterior. Nuria prolongó el beso hasta que él intentó hacerla rodar sobre el colchón.
—Necesito una ducha.
—Luego.
—Ahora.
Se levantó antes de que pudiera sujetarla de nuevo. Al apoyar los pies, tuvo que esperar a que las piernas aceptaran su peso. Miguel permaneció apoyado sobre un codo mientras ella cruzaba desnuda hasta el baño.
El agua caliente alivió las agujetas. Nuria se lavó el pelo y dejó que el chorro le aflojara las piernas.
Cuando salió, Miguel ya no estaba en el dormitorio.
El sujetador seguía junto a la cama; el resto de su ropa había quedado en la planta baja.
Nuria abrió la cómoda, encontró varias camisetas dobladas y eligió una gris que le llegaba a mitad de los muslos.
Olía al detergente de la casa y le quedaba grande en los hombros.
Bajó descalza. Los vaqueros estaban junto a la escalera y el jersey ocupaba dos peldaños. El tanga había quedado atrapado bajo una pernera. Pasó por encima de todo.
En la cocina olía a café y a mantequilla. Miguel removía huevos en una sartén, desnudo de cintura para arriba y con unos pantalones de deporte bajos sobre las caderas. La luz entraba por las contraventanas abiertas y dejaba ver los arañazos de su espalda.
Nuria se apoyó en el marco.
—Te falta el delantal.
Miguel se volvió. Miró la camiseta y regresó a la sartén.
—Esa es mía.
—Estaba en un cajón sin vigilancia.
Nuria se sirvió café y bebió antes de acercarse por detrás. Apoyó la frente entre sus omóplatos y lo rodeó con los brazos. Miguel cubrió una de sus manos con la suya mientras terminaba de remover los huevos.
—Tengo hambre —dijo—. Sigue cocinando.
Miguel dejó la espátula, se volvió y metió una mano bajo la camiseta. La palma subió por su espalda desnuda. Nuria le cerró los dedos alrededor de la muñeca.
—El desayuno.
Él retiró la mano y volvió a los fogones. Nuria regresó a la isla con la taza. Al sentarse, la camiseta había subido hasta la parte alta de los muslos. No se la bajó.
Comieron junto al ventanal. La nieve acumulada en el porche cedía por los bordes y dejaba franjas de madera mojada. Un bloque cayó del tejado y Miguel levantó la vista hacia la cubierta antes de seguir con el café.
—Quiero volver después de comer —dijo Nuria—. Mañana entro a las ocho y necesito pasar por casa.
Miguel consultó el reloj de la cocina.
—Si salimos a las tres evitaremos parte del tráfico.
Nuria asintió y le alargó la taza. Miguel sirvió más café. Ella apoyó un pie sobre su muslo mientras terminaba la tostada; él le rodeó el tobillo con una mano y dejó el pulgar quieto sobre el arco.
Al recoger, Miguel abrió el lavavajillas y Nuria limpió la sartén. Hablaron de los esquís, de la previsión de nieve para la semana siguiente y de lo que quedaba en la nevera. Arriba, la maleta continuaba abierta.
Miguel subió a ducharse. Nuria guardó los platos, recogió la ropa de la escalera y metió el tanga en una bolsa. Se vistió con vaqueros y un jersey negro; dobló la camiseta gris, pero la dejó sobre la silla del dormitorio.
Cuando volvió al salón, Miguel estaba afeitado y llevaba vaqueros y una camisa oscura. Pasó junto a ella, le rozó la cintura y abrió el cajón del recibidor.
Los teléfonos seguían dentro.
Nuria sacó ambos y le entregó el suyo.
—Se acabó.
Encendieron las pantallas.
Los avisos entraron antes de que terminaran de cargarse las aplicaciones. Jaime había escrito nueve veces. También aparecían mensajes de Laura, Rubén, Héctor, Eva y Sofía, correos del hospital, llamadas de números desconocidos y notificaciones de Instagram y X.
—Hijos de puta —dijo Nuria.
Miguel abrió la conversación con Jaime. Los dos últimos mensajes incluían un enlace y una captura. La fotografía estaba tomada en el asador: Nuria aparecía de perfil, inclinada hacia Sofía, y Miguel ocupaba el otro lado de la mesa. Jesús y el camarero habían quedado fuera del encuadre.
Sobre la imagen figuraba el titular:
«La enfermera que avaló al cirujano de Santacruz, fotografiada con él días después de declarar ante la comisión».
Miguel abrió el artículo. Identificaba a Nuria por su nombre completo, el hospital y su categoría profesional.
Recuperaba su intervención ante la comisión y afirmaba que colaboraba de manera habitual con el equipo de Miguel.
El subtítulo preguntaba si mantenían una relación; la insinuación reaparecía dos veces en el texto.
Nuria buscó el mensaje de Sofía. Había llegado la noche anterior, poco después de publicarse el artículo.
«Llámame en cuanto veas esto. No contestes a nadie».
Debajo había una captura del mismo artículo y, pasada la medianoche, otro mensaje.
«Estoy bien. Llámame cuando puedas».
Miguel pulsó el nombre de Jaime y activó el altavoz.
—Por fin —respondió su amigo—. Dime que seguís en la sierra.
—Seguimos aquí.
—¿Habéis hablado con alguien?
—Acabamos de encender los teléfonos.
Al fondo se oyó una puerta. Jaime retomó la conversación con la voz más baja.
—La noticia salió a las nueve. Antes de medianoche la habían copiado dos medios deportivos y esta madrugada ha entrado en una web generalista. El bufete recibe llamadas desde las ocho.
Nuria abrió el correo del hospital. Eduardo Ramírez la convocaba el lunes a las diez para una «aclaración de circunstancias sobre informaciones publicadas». Asistiría Susana López, responsable de Recursos Humanos. Tenía además una llamada perdida de Eva y otra de una extensión interna.
—Ramírez me cita mañana con Recursos Humanos.
Leyó el mensaje en voz alta. Jaime le pidió que se lo reenviara y que, por el momento, se limitara a confirmar la recepción. Quería comprobar el protocolo interno que pudieran invocar y hablar con Ana Mendi, la abogada laboralista, antes de la reunión.
—Puedes ir con un representante sindical o con un abogado —le dijo.
—Primero quiero saber qué pretenden.
—Entonces no firmes nada. Si te entregan un documento, te lo llevas.
Nuria reenvió el correo a Jaime y dejó abierta una respuesta de dos líneas.
Miguel recorrió el artículo hasta encontrar otra vez los cuarenta y ocho segundos.
El texto los aislaba del resto de la operación y citaba fuentes próximas a la familia, pero no explicaba desde qué momento empezaba a contarlos.
Jaime había exigido una rectificación. El medio se negaba porque la fotografía era auténtica y, según su director, la relación entre dos personas implicadas en el caso tenía interés público.
—Ayer ya circulaba su nombre —dijo Miguel—. Ahora la han vinculado a mí con una foto.
—La ficha profesional estaba en la web de Asterión. Cualquiera podía encontrarla. Necesito saber quién sabía que estabais en ese restaurante.
—Reservé directamente con Jesús —dijo Miguel—. Nadie de mi equipo sabía que íbamos a comer allí y Sofía se sumó esa mañana, cuando la mesa ya estaba preparada para dos.
—Pásame su número. Quiero hablar con él antes de que lo llame un periodista.
Nuria fue a buscar una libreta. Entre los dos reconstruyeron la llegada al restaurante y la hora a la que se habían marchado. Ninguno recordaba con precisión a qué hora se marchó Sofía.
—¿Vio a alguien hacer la foto? —preguntó Jaime.
—Voy a llamarla ahora —dijo Nuria.
—Pregúntale si le importa que hable con ella después. Quiero saber qué vio, nada más.
Antes de terminar, les pidió que conservaran mensajes, capturas y registros de llamadas. Si aparecía algún periodista, no debían responder. Él hablaría con Jesús, Sofía y el responsable de comunicación del hospital.
—Y no volváis a apagar los teléfonos. No vuelvo a buscaros mediante señales de humo.
La llamada terminó. Nuria contestó a su madre: estaba bien, seguía en Cercedilla y la llamaría por la tarde. Después abrió el contacto de Sofía.
Salió al porche. El aire seguía frío, pero el sol alcanzaba ya la fachada. Marcó el número.
Sofía respondió enseguida.
—¿Dónde estás?
—En la casa. Acabamos de verlo.
—Bien. Pensaba que os encontraríais a los fotógrafos al abrir las cortinas. Hay gente buscándoos desde anoche.
Nuria oyó una cafetera y después el golpe seco de una taza.
—¿Te han localizado?
—Dos periodistas. Uno quería saber desde cuándo os acostáis; el otro, si yo había participado en tu declaración. No he contestado. Tampoco voy a fingir que no estaba allí.
Apoyó una mano en la barandilla. En el jardín, Miguel cruzaba la nieve sin abrigo, camino de los árboles.
—No quería meterte en esto.
—Ya estaba dentro desde que me senté a vuestra mesa. Nadie me arrastró hasta allí, Nuria.
Una voz la interrumpió al otro lado. Sofía pidió que esperara y se oyó cerrar una puerta.
—Había una mujer junto a la barra. Cuarenta y tantos, abrigo claro. Apuntó el móvil hacia nuestra mesa más de una vez. No sé si hizo la foto.
Nuria lo anotó en la libreta.
—Jaime Santos, el abogado de Miguel, te llamará.
—Ya lo imagino. ¿Tú estás bien?
—Tengo una reunión mañana con Ramírez y Recursos Humanos. La foto hace parecer que mi declaración estaba pactada con Miguel y que tú también formabas parte del acuerdo.
—Sí. A mí también me jode. Pero estuve allí porque quería verte. Que no se te olvide cuando empiecen a hablar por nosotras.
—Te llamo después de la reunión —dijo Nuria.
—Llámame antes si te apetece. No necesito el parte oficial.
Se despidieron. Nuria guardó el móvil y bajó del porche con el abrigo de Miguel sobre el brazo.