CAPÍTULO 9 La rendición #3
Miguel besó el pubis y la recorrió con la lengua, evitando el clítoris. Nuria dejó caer la espalda sobre el colchón y le marcó el ritmo con los dedos en el pelo; cuando el roce empezó a quemar, tiró de él hacia arriba.
—Ven aquí.
Miguel subió por su cuerpo. Nuria lo besó, reconoció su propio sabor y lo hizo rodar hasta dejarlo boca arriba. Se colocó sobre sus caderas y descendió con cuidado. Aún estaba hinchada y notó cada centímetro hasta tenerlo por completo dentro. Permaneció quieta, apoyada sobre su pecho.
Empezó a moverse con recorridos cortos. Miguel dejó las manos sobre la cama hasta que Nuria se las llevó a las caderas.
—Agárrame.
Miguel cerró las manos sobre ellas y le dio una palmada en el culo.
Nuria se inclinó para morderle el labio y mantuvo el ritmo. Cuando las piernas empezaron a fallarle, Miguel la hizo girar con cuidado sin separarse. Quedó encima, apoyado en los antebrazos, y volvió a moverse. Ella le rodeó las caderas con las piernas y lo sostuvo contra sí.
—Me voy a correr —dijo Miguel.
—Dentro, por favor. Quiero sentirte.
Él la penetró con dos movimientos más, profundos y menos precisos. Nuria sintió cómo se tensaba y lo oyó gemir junto a su oído. El calor de la eyaculación provocó una última contracción involuntaria; cerró los ojos y permaneció abrazada a él mientras las pulsaciones cedían dentro de su cuerpo.
Miguel permaneció sobre ella hasta que su respiración se calmó. Después se retiró y cayó a su lado.
Cuando Miguel se apartó, Nuria sintió frío de inmediato y se pegó a su pecho sin pensarlo. Miguel la rodeó con un brazo y tiró del edredón para cubrirlos.
—Agua —murmuró ella.
Miguel empezó a incorporarse. Nuria le cerró la mano alrededor del brazo.
—No te vayas todavía, cariño.
Miguel dejó de incorporarse. Nuria notó la pausa, pero él volvió a tumbarse y la acomodó contra su pecho.
—El agua puede esperar —añadió ella.
—De acuerdo, nena.
Nuria oyó el «nena» contra su pelo. Miguel le acarició la espalda hasta que la respiración de ambos se acompasó. La casa había quedado en silencio. Un tronco crujió en la chimenea de la planta baja y el sonido subió hasta el dormitorio.
—No sonrías así —dijo Nuria.
—¿Cómo?
—Como si acabaras de cerrar una operación perfecta.
Miguel empezó a reírse. Ella le dio un golpe flojo en el pecho y volvió a acomodarse.
—He tenido experiencias mejores.
—Seguro.
Nuria levantó la cabeza.
—No me crees.
—Estoy intentando proteger tu orgullo.
Nuria le mordió suavemente la clavícula.
—Idiota.
Miguel le sujetó la cara y la besó. Nuria no se apartó cuando el beso terminó; siguió sobre su pecho mientras él le desenredaba un mechón con los dedos.
Nuria sonrió contra su piel. Cuando Miguel consiguió levantarse, encendió la lámpara de la mesilla y salió desnudo del dormitorio sin buscar la ropa. Desde la cama lo oyó bajar, abrir un armario y llenar los vasos. Lo extraño fue que no sintiera la necesidad de vestirse antes de que regresara.
Regresó con una botella, los vasos y una toalla pequeña doblada sobre el antebrazo.
—Servicio completo —dijo Nuria.
—La casa mantiene ciertos estándares.
Miguel dejó el agua en la mesilla y le ofreció la toalla. Ella se limpió entre las piernas, todavía sensible, mientras él bebía de pie. Las marcas de sus uñas habían empezado a oscurecerse sobre el pecho y la espalda.
—Date la vuelta.
Nuria se incorporó y recorrió con los dedos tres arañazos que bajaban desde el omóplato.
—Vas a tener que explicar esto.
—Soy cirujano. Nadie me ve la espalda.
—Tienes vestuario.
—Dejaré de equivocarme de puerta.
Ella soltó una carcajada y le dio un golpe en el culo. Miguel se volvió, le quitó la toalla de la mano y la dejó junto a la botella.
—Ven al baño antes de que te duermas.
—Puedo ir sola.
—No lo dudo.
Nuria apoyó los pies en el suelo y, aunque las piernas protestaron, consiguió cruzar el dormitorio sin ayuda.
Miguel le abrió la puerta del baño y esperó fuera mientras ella orinaba, se lavaba y se cepillaba los dientes con el dedo y un poco de pasta, observando en el espejo el pelo revuelto, los labios hinchados y las marcas que empezaban a dibujarse en la cadera y cerca del pecho.
Cuando regresó, Miguel había apartado una de las cortinas y contemplaba el jardín, convertido en una extensión azulada por la nieve que devolvía la luz de la casa; más allá de los árboles no se distinguía ninguna otra vivienda.
Nuria bebió medio vaso antes de colocarse a su lado y Miguel le rodeó la cintura con un brazo. Permanecieron desnudos frente al cristal mientras el vaho de sus respiraciones empañaba poco a poco la ventana.
—Sofía te ha gustado de verdad —dijo Nuria.
—Sí.
—No hablo de follártela.
—Ya lo sé.
Miguel no añadió nada. Nuria esperó por si lo hacía, pero él continuó mirando el jardín. Bebió otro sorbo y no insistió.
—Voy a llamarla esta semana.
—Haces bien.
—Y habrá otra comida.
—La paga ella.
—Eso ha dicho.
Miguel cerró la cortina. Nuria dejó el vaso y volvió a la cama. Él apagó la lámpara, se tumbó a su lado y abrió el brazo. Ella ocupó el hueco, le pasó una pierna por encima y apoyó la cara contra su cuello.
—Buenas noches, cariño.
—Buenas noches, nena.
En el recibidor, los teléfonos continuaban apagados dentro del cajón.