CAPÍTULO 9 La rendición #2
La levantó y la besó. En el beso reapareció el sabor salado que Nuria acababa de probar. Él le sacó el jersey por encima de la cabeza y se detuvo ante el sujetador de encaje.
—Al final te lo has puesto.
—No sabía cuánto ibas a tardar.
Miguel pasó el pulgar por un pezón y lo apretó sobre la tela. Nuria le mordió el hombro, rozó de nuevo su polla con la cadera y sintió una mano bajando por su vientre hasta el botón del pantalón.
—Vamos arriba —murmuró ella.
—No llegamos.
—Podemos intentarlo.
Nuria tiró de él hacia la escalera. Miguel dio dos pasos, la atrajo otra vez y le abrió los vaqueros mientras la besaba. Le bajó el pantalón y el tanga; ella salió de la ropa, retrocedió y tropezó con el primer escalón. Él la sujetó antes de que cayera.
La risa los separó.
—Muy elegante —dijo Nuria.
—Ven aquí.
Miguel terminó de quitarse los vaqueros y la levantó por las caderas.
Nuria rodeó su cintura con las piernas y se abrazó a su cuello.
La polla quedó atrapada entre los dos; el contacto directo le arrancó un gemido y borró la risa.
Él la sostuvo contra la pared mientras una mano descendía entre sus cuerpos.
Los dedos encontraron la humedad y se deslizaron por ella sin entrar. Nuria abrió más las piernas y movió la pelvis buscando presión.
—Joder —murmuró Miguel—. Llevas chorreando todo el paseo.
—Desde antes.
Introdujo un dedo y lo movió despacio, con el pulgar sobre el clítoris. Nuria dejó caer la cabeza contra la pared y apretó las piernas alrededor de él.
—No pares…
Miguel añadió el segundo. Cambió el ángulo al sentirla responder y el cuerpo de Nuria se tensó de inmediato.
—Ahí.
Él repitió el movimiento. Nuria hundió las uñas en sus hombros y empezó a acompañar los dedos con la pelvis.
—No pares… ¡Joder!
Miguel mantuvo el ritmo. La presión creció demasiado deprisa para que pudiera controlarla; le mordió el cuello, intentó contener el gemido y acabó soltándolo contra su piel.
El orgasmo la alcanzó con una contracción violenta que le cerró el cuerpo alrededor de los dedos y le hizo perder el apoyo de las piernas.
Miguel continuó más despacio hasta que Nuria le cerró una mano sobre la muñeca.
—Para, por favor.
Retiró los dedos y la sostuvo contra él. Nuria apoyó la frente en su cuello mientras recuperaba el aliento. Le temblaban los muslos alrededor de la cintura y notaba el sudor formándose bajo el sujetador.
—Bájame.
Miguel la bajó. En cuanto tocó el suelo, ella lo empujó contra la pared opuesta y volvió a arrodillarse. Cogió su polla con una mano y se la metió en la boca. Miguel le recogió el pelo y lo sostuvo detrás de la cabeza mientras ella aceleraba, decidida a hacerle perder el control también.
—Nuria, espera.
Se separó. Respiraba deprisa y tenía la boca húmeda.
—¿Qué pasa?
Miguel la levantó y le pasó el pulgar por el labio inferior.
—Quiero estar dentro de ti.
Nuria le llevó una mano entre las piernas.
—Entonces fóllame.
Él no se movió todavía.
—¿Quieres que suba a por un preservativo?
—No por mí. Tomo la píldora. Me hice pruebas en enero y desde entonces siempre con protección.
—Las mías son de diciembre. Tampoco ha habido nadie sin preservativo.
Nuria lo atrajo por la cintura.
—Entonces quiero sentirte.
El beso siguiente fue más lento. Miguel la condujo hasta el sofá, y Nuria se arrodilló sobre el asiento y apoyó las manos en el respaldo. Él se colocó detrás, recorrió con la punta la humedad que le cubría la entrada y esperó. Nuria empujó las caderas hacia él.
—Métela de una puta vez.
Miguel entró despacio, centímetro a centímetro, hasta quedar hundido al fondo. Nuria apoyó la frente en el respaldo y dejó salir el aire; el primer orgasmo seguía vivo en sus músculos y la sensación resultaba más intensa de lo previsto.
Él retrocedió y volvió a penetrarla. El segundo movimiento fue más firme.
Al tercero, Nuria encontró el ángulo y empezó a recibirlo con las caderas.
Miguel apoyó una mano junto a la suya y cerró la otra sobre su cintura.
El cuero crujió bajo las rodillas. Nuria oyó la respiración de Miguel cada vez más cerca de su oído.
—Más rápido.
Miguel aceleró. Nuria se dejó llevar durante varias embestidas, hasta que el placer se mezcló con una sensibilidad que rozaba el dolor.
—Espera.
Él se detuvo sin salir de ella.
—¿Te he hecho daño?
—No. Dame un momento.
Miguel se inclinó sobre su espalda y la besó entre los omóplatos. Nuria respiró contra el respaldo; las contracciones cedieron y Nuria volvió a relajarse alrededor de él.
—Despacio —pidió.
Miguel retomó el movimiento con penetraciones largas, permaneciendo al fondo antes de retirarse. Nuria notó cómo el placer cambiaba, menos brusco y más profundo. Bajó una mano entre las piernas y empezó a tocarse al ritmo con que él entraba.
—Déjame verte.
Miguel salió y la hizo girar. Nuria se sentó en el borde del sofá, abrió las piernas y lo atrajo por las caderas. Él volvió a penetrarla de frente. La sostuvo por debajo de los muslos y Nuria le rodeó la cintura con las piernas. Sus bocas se rozaban con cada movimiento.
—Así —murmuró Nuria.
Miguel mantuvo el ritmo. Había perdido la calma y cada contracción de ella le arrancaba un gesto que no conseguía ocultar. Nuria sonrió, satisfecha de verlo ceder también, y movió la pelvis para recibirlo más hondo.
—¿Te gusta?
—Mucho.
Nuria volvió a tocarse entre los dos y, cuando el orgasmo llegó, se aferró a la espalda de Miguel. Las piernas se le cerraron alrededor de la cintura; el gemido que intentó ahogar contra su hombro acabó llenando el salón.
—Sigue. Por favor.
—Vamos, dámelo todo, nena.
Miguel sostuvo la cadencia hasta que los dedos de ella se clavaron en su hombro.
—Quieto. Quédate quieto.
Se detuvo dentro. Nuria tardó varios segundos en aflojar las piernas. Bajo la palma, el corazón de Miguel golpeaba tan deprisa como el suyo.
—¿Estás bien?
—Sí. Cállate un poco.
La risa de Miguel le vibró contra la mejilla.
—De acuerdo.
Nuria permaneció contra él hasta que dejó de temblarle la pierna. En la chimenea cedió un tronco. La ropa seguía esparcida junto a la escalera. Al intentar separarse, las rodillas no respondieron con la misma seguridad.
—No digas nada.
—No he dicho nada.
—Pero lo estás pensando.
—Estoy pensando cómo vamos a subir.
Nuria apoyó los pies en el suelo y tuvo que agarrarse al respaldo.
—Puedo andar.
Miguel la levantó por debajo de las rodillas.
—Ha quedado clarísimo.
Nuria le rodeó el cuello para no caer, desnuda de cintura para abajo y con el sujetador torcido. Al pasar junto a la escalera vio los vaqueros bajo el abrigo y empezó a reírse.
—Mis pantalones están debajo de los tuyos.
—Mañana presentaré una disculpa formal.
—No van a sobrevivir.
—Tengo otros.
—Qué tranquilidad.
Miguel la dejó sobre la cama y se quedó de pie frente a ella. Continuaba erecto, brillante por la humedad de ambos, con el pelo revuelto y marcas rojas en el pecho. Nuria se apoyó en los codos para contemplarlo.
—Ven.
Miguel apoyó una rodilla en el colchón. Nuria le sujetó la polla y lo atrajo, pero él se inclinó para besarle el vientre.
—Quiero que te corras dentro de mí —dijo ella.
—Lo haré.
La boca descendió hasta el interior de su muslo. Nuria le cogió el pelo antes de que llegara más lejos.
—Estoy muy sensible.
Miguel alzó la vista.
—¿Quieres que pare?
El calor de su respiración bastó para hacerla estremecer.
—Quiero que vayas despacio.