CAPÍTULO 9 La rendición
Miguel esperó a que Nuria se abrochara el cinturón antes de arrancar. El Audi de Sofía cruzó el aparcamiento delante de ellos y tomó la dirección contraria al llegar a la carretera. Nuria siguió sus pilotos hasta que desaparecieron entre los pinos.
—Te habría gustado que viniera esta noche.
Miguel redujo antes de incorporarse y comprobó el carril que descendía del puerto.
—Sí.
Nuria se volvió hacia él.
—Al menos eres sincero. Habría sido ridículo negarlo: llevas media comida imaginándonos desnudas.
Miguel le dedicó una ojeada antes de devolver la atención a la carretera.
—Desde antes del postre.
Nuria se rio mientras bajaba la calefacción. El sol iluminaba todavía las laderas y arrancaba destellos a la nieve acumulada entre los árboles; más abajo, el asfalto estaba limpio y los coches circulaban sin dificultad.
—La has invitado a cenar nada más conocerla.
—Me cae bien. Y me atrae.
Lo dijo pendiente de la carretera. A Nuria se le tensó el vientre.
—¿Te molesta? —preguntó Miguel.
Nuria apoyó la cabeza en el reposacabezas. En el coche se mezclaban el olor del cuero frío y el humo del asador adherido a la ropa.
—No. Me habría molestado que fingieras no haberlo pensado.
—¿Qué crees que estaba imaginando?
Nuria sonrió.
—A Sofía y a mí. Después, a los tres.
Miguel tomó la siguiente curva sin negarlo.
—Más o menos.
—Podías haber insistido para que viniera.
—Ha dicho que quería volver con sus amigos.
Nuria acercó la mano a la suya sobre la consola; Miguel entrelazó los dedos con los de ella y se llevó sus nudillos a la boca.
—Y ahora te quedas conmigo.
—Ese era el plan antes de conocerla.
Llegaron poco antes de las cuatro y media. Las ruedas abrieron dos surcos oscuros en la nieve blanda. Dejaron los esquís y las botas en el garaje de cualquier manera.
Dentro olía a leña. El sol entraba por los ventanales y alcanzaba ya el borde del sofá. Los teléfonos seguían apagados dentro del cajón.
—Podemos sobrevivir un poco más.
—Yo empiezo a tener temblores.
Miguel le cogió una mano y examinó los dedos.
—Gravísimos.
—Son internos.
—Eso complica el diagnóstico.
Nuria recuperó la mano y empezó a subir.
—Necesito una ducha.
—Yo también.
Se detuvo en el tercer escalón y se volvió hacia él.
—En baños distintos.
—Como quieras.
Ya encerrada en el baño, Nuria dejó que el agua caliente le golpeara los hombros, descendiera por la espalda y relajara los músculos cargados por el esquí. El cansancio fue cediendo, pero Sofía se había marchado y Miguel seguía deseándola; saberlo mantenía intacta su propia excitación.
Después de secarse, sacó de la maleta los vaqueros y el jersey fino de color crudo. Había dejado el sujetador de encaje sobre la cama, pero cambió de idea y se lo puso antes del jersey.
Al bajar encontró a Miguel junto al mueble del recibidor, vestido con unos vaqueros y un jersey azul marino sobre la camiseta, con el pelo todavía húmedo curvándosele en la nuca. El cajón estaba abierto, aunque los teléfonos continuaban dentro.
—¿Malas noticias?
—No lo sé. No los he encendido.
Miguel cerró el cajón. Eran casi las cinco y aún entraba luz suficiente para salir. Ninguno tenía ganas de abrir otra botella.
—Enséñame el pueblo —dijo Nuria.
Miguel inclinó la cabeza hacia el salón.
—También podemos quedarnos.
Miguel la recorrió con los ojos desde las botas hasta la boca. Nuria cogió el abrigo.
—El pueblo.
Fueron en coche hasta Cercedilla y aparcaron cerca de la plaza.
El sol empezaba a descender, pero el cielo permanecía limpio y el aire era menos agresivo que en las pistas.
La nieve se acumulaba sobre los tejados y en los bordes de las aceras, mientras las calles despejadas devolvían el brillo del agua.
Varias terrazas mantenían las mesas ocupadas; una familia salió de una pastelería con dos cajas atadas con cuerda y el olor a mantequilla caliente escapó hasta la calle.
Se detuvieron ante una librería. En el escaparate se reflejaron caminando juntos, separados por una distancia que desaparecía cada vez que alguien los obligaba a apartarse hacia el mismo lado.
—Tienes una biblioteca enorme y no te he visto leer —dijo Nuria.
—No me has dejado solo el tiempo suficiente.
—¿Necesitas estar solo?
—Para leer, sí.
—Entonces vas a leer poco este fin de semana.
Miguel retomó el paseo sin discutirlo.
Hablaron del pueblo, de la nieve prevista para la semana siguiente y de una carrera ciclista que atravesaba la sierra en primavera. Nuria creyó que el tema de Sofía había quedado en el coche hasta que él preguntó, al doblar una calle más estrecha:
—¿Has estado alguna vez con un hombre y otra mujer?
—Sí.
Miguel esperó algo más. Nuria examinó el hielo que empezaba a formarse en las zonas de sombra y disfrutó de su silencio.
—¿Eso es todo?
—Has hecho una pregunta muy concreta.
—Ha sido un error.
—Grave.
Un grupo ocupaba casi toda la acera. Miguel apoyó una mano en la cintura de Nuria para hacerla pasar por delante y la retiró cuando recuperaron espacio. Ella siguió caminando, consciente de la presión que aún notaba a través del abrigo.
—También con dos hombres —añadió.
—Esa información no la había pedido.
—Pero te interesa.
—Mucho.
Nuria lo dejó caminar unos metros en silencio.
—¿Sofía estaba contigo? —preguntó él.
—Alguna vez.
—¿Con hombres?
Nuria sonrió sin contestar y entró en la pastelería. Dentro hacía demasiado calor. Se desabrochó el abrigo mientras observaba las bandejas de palmeras, milhojas y rosquillas. Miguel pidió dos palmeras pequeñas de chocolate y un tarro de miel de la sierra.
—Acabamos de comer.
—No tienes que comértela ahora.
—Entonces, ¿para qué la compras?
—Para comprobar cuánto tardas.
Salieron con la bolsa. Nuria esperó hasta llegar a la plaza, se la quitó de la mano y mordió una de las palmeras.
—Un minuto y veinte —calculó Miguel.
—Has comprado dos.
—Una era la mía.
Nuria le tendió la que acababa de morder.
—Comparte.
Miguel sostuvo la palmera por el borde y mordió justo donde ella había mordido. Una pequeña mancha de chocolate quedó en el labio inferior de Nuria; él la limpió con el pulgar y, en vez de llevárselo a la boca, se lo ofreció.
Nuria cerró los labios alrededor de la punta del dedo. Lo lamió despacio y advirtió el cambio en la respiración de Miguel antes de soltarlo.
—Creo que deberíamos volver.
—Todavía hace buen día.
—Me sé el pueblo de memoria.
—Yo no.
Nuria entró en una tienda de ropa de montaña sin intención de comprar. Comentó el precio de una chaqueta, recorrió dos expositores y salió sin nada. Miguel la acompañó sin volver a proponer el regreso.
Las sombras habían cubierto ya la plaza y los camareros encendían las estufas de las terrazas. Miguel se abrochó el abrigo y caminó con las manos en los bolsillos, la mandíbula tensa.
—Ahora nos vamos —dijo.
—¿Tienes frío?
—Tengo otros problemas.
—¿Urgentes?
—Cada vez más.
En el coche, Nuria observó la mano derecha de Miguel sobre la palanca de cambios. Había visto aquellos dedos dentro de la pierna de Santacruz y, esa misma mañana, ajustando las fijaciones de sus esquís. Desde el vestuario imaginaba qué harían con ella.
Al entrar en el camino de la finca, dejó una mano sobre su muslo. El músculo se endureció bajo los vaqueros. Nuria avanzó hacia el interior de la pierna y Miguel la detuvo cerrando los dedos sobre su muñeca.
La soltó al detener el coche y salió. Nuria permaneció sentada mientras él rodeaba el morro, excitada por la facilidad con la que había puesto fin al juego y por la certeza de que solo lo había aplazado. Bajó y lo siguió hasta el porche.
Miguel abrió la casa y se apartó para dejarla entrar. Nuria se quitó los guantes, los lanzó sobre el sofá y esperó mientras él cerraba. El clic de la cerradura se oyó con nitidez en el recibidor.
Miguel dejó las llaves en el cuenco de la entrada. Nuria soltó el abrigo, cruzó el recibidor y le llevó una mano al pecho.
—¿Qué vas a hacer conmigo ahora que Sofía no ha venido?
Miguel tiró de ella y la besó, sujetándole la nuca con una mano. Nuria chocó con su cuerpo y abrió los labios. Había alargado demasiado la espera para conservar alguna moderación: le mordió el labio, hundió los dedos en el pelo húmedo y se apretó contra la erección que notaba bajo los vaqueros.
Miguel la llevó hasta la pared. El golpe fue leve y Nuria se rio; la risa se le cortó cuando volvió a besarla.
Nuria frotó la pelvis contra él y la mano que le sujetaba la nuca descendió hasta la espalda.
—Esto —dijo Miguel junto a su boca—. Quiero hacer esto contigo.
Nuria tiró del jersey y lo obligó a levantar los brazos.
La prenda cayó junto al abrigo. Sacó la camiseta de los vaqueros y pasó las manos por su abdomen, por el vello que desaparecía bajo el cinturón y por la hebilla que empezó a desabrochar sin prisa.
Miguel quiso acercarla de nuevo, pero ella apoyó la palma en su pecho.
—Quieto.
Él dejó los brazos a los lados. Nuria abrió el botón, bajó la cremallera y metió la mano por dentro del pantalón. Lo acarició sobre el bóxer, reconociendo el tamaño y la dureza bajo la tela; la presión de sus dedos le arrancó un gemido.
—¿También habías pensado en esto durante la comida?
Miguel le rodeó el cuello con una mano sin apretar.
—Pensé en tu boca. Y en la de Sofía. Pensé en las dos besándoos mientras yo os tocaba.
Nuria apretó la polla bajo la tela. El pulso de Miguel golpeó contra su mano.
—Sigue.
—Te imaginé encima de mí mientras la follaba. Después a ella mirándonos mientras te corrías.
Nuria abrió el cinturón y le bajó vaqueros y bóxer hasta liberar la erección.
—Así que era eso.
—Entre otras cosas.
Se arrodilló ante él y tomó su polla con la boca sin perder el contacto con sus ojos. Miguel apoyó una mano en la pared y dejó la otra sobre su pelo, sin empujar. Cuando la respiración empezó a fallarle, ella redujo el ritmo.
Miguel le acarició la mejilla y tiró con suavidad para que se separara.
—Aún no.
—No había terminado.
—Yo tampoco.