48 segundos CAPÍTULO 8 La tercera silla #2
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CAPÍTULO 8 La tercera silla #2

Sofía apoyó una mano en el antebrazo de Nuria sin dejar de reírse; Nuria cubrió sus dedos un instante antes de volver a coger la copa.

Miguel lo vio.

Sofía sostuvo la mirada de Miguel un instante más de lo necesario.

Nuria advirtió el intercambio, los observó por encima de la copa y bebió.

***

Miguel bajó la vista hacia la mano de Sofía, que seguía apoyada en el antebrazo de Nuria.

Desde que había aparecido en la terraza había visto esa cercanía en detalles pequeños: la facilidad con la que se abrazaban, las bromas que no necesitaban contexto, la costumbre de interrumpirse y tocarse sin pensar en ello.

Saber que habían sido pareja, que habían vivido juntas y compartido año y medio de sus vidas hizo que empezara a imaginar todo lo que no había visto.

Los dedos de Sofía subían por el brazo de Nuria hasta alcanzarle la nuca y ella se inclinaba hacia delante para besarla. No había torpeza ni necesidad de averiguar dónde colocar las manos; se conocían demasiado para eso.

Miguel imaginó a Nuria abriéndole la boca con la lengua, a Sofía tirando suavemente de su pelo y a las dos recuperando en pocos segundos una intimidad que el tiempo no habría borrado del todo.

Después dejó de verlas vestidas.

Sofía estaba entre los muslos de Nuria, con la boca sobre su coño mientras ella le acariciaba el pelo y se movía contra su cara. Nuria acababa levantando la cabeza, lo encontraba delante de la cama y extendía una mano hacia él.

A partir de ahí, la fantasía lo incluyó sin esfuerzo: se metía entre las dos, besaba a Nuria mientras Sofía le abría los vaqueros y poco después follaba con una mientras la otra seguía tocándolos.

Cambiaban de sitio, de boca, de manos; en algún momento Sofía estaba debajo de él y Nuria inclinada sobre ambos, besándola mientras le metía los dedos.

Miguel notó la polla dura contra el pantalón y cogió la copa, más por hacer algo con la mano que por sed.

Le gustaba la imagen. Mucho.

También sabía exactamente dónde terminaba: en su cabeza.

Cuando volvió a mirar hacia ellas, Sofía lo estaba observando. Seguía con una mano sobre el antebrazo de Nuria, pero sus ojos bajaron un instante hacia el borde de la mesa.

Miguel cambió ligeramente de postura. La polla le apretaba ya contra el pantalón y el movimiento solo consiguió marcarla más.

Sofía volvió a levantar la vista.

La sonrisa que apareció en su boca fue mínima, pero Miguel la vio.

Bebió un poco de vino sin saber si había mirado exactamente donde él creía. Sofía tampoco hizo nada por aclarárselo y volvió hacia Nuria cuando el camarero se acercó para retirar las fuentes.

—Voy a saludar a Jesús —dijo Miguel mientras apartaba la silla—. Hace demasiado que no hablamos con calma.

—¿Pedimos postre? —preguntó Nuria.

—Claro. Lo que queráis.

Se levantó con cuidado y cerró la americana antes de alejarse hacia la barra.

Sofía siguió su movimiento durante un par de segundos.

Miguel no lo vio.

Jesús estaba junto a la entrada de la cocina revisando un albarán con un proveedor. Cuando lo vio acercarse, terminó la conversación y levantó una mano.

***

Nuria esperó hasta que Miguel llegó a la barra. Jesús sacó una botella de debajo del mostrador, le sirvió una copa pequeña y los dos se quedaron hablando apoyados en la madera.

Sofía lo miró un momento antes de volverse hacia ella.

—Te gusta.

—Mucho.

—Ya.

—¿Qué?

—Nada. Me gusta verte así.

Nuria sonrió.

—¿Así cómo?

—Contenta, tía. No empieces.

El camarero dejó la carta de postres. Sofía la abrió.

—Tarta de queso.

—Evidentemente.

Nuria pidió una porción y dos cafés. Cuando el camarero se alejó, Sofía continuó mirando la carta, aunque ya había decidido.

—Antes se le estaba poniendo durísima.

Nuria volvió la cara hacia la barra.

—¿A Miguel?

—No, cariño, al chuletón.

Nuria soltó una risa.

—¿Cuándo?

—Cuando me has cogido la mano. Ha intentado cambiarse de postura y lo ha empeorado.

—¿Y tú lo has visto?

—Claro.

—Sofi.

—¿Qué? Si un hombre hace eso delante de mí, miro.

Nuria reconoció la forma en que evitaba contestar.

—No te he preguntado eso.

—Ya.

El camarero dejó la tarta entre las dos. Sofía rompió el borde tostado con la cucharilla.

—Me ha gustado —admitió.

La sonrisa de Nuria apareció demasiado deprisa.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de «ya lo sabía».

—Te conozco.

—Y yo a ti. Por eso sé que ya estás pensando cosas.

—Siempre pienso cosas.

—Sí. Ese es el problema.

Nuria cogió un poco de tarta.

—¿Te ha molestado?

Sofía tardó en responder.

—No. Sí. Joder, no sé.

—Vale.

—No me digas «vale» como si ya estuviera resuelto.

Nuria dejó la cucharilla.

—Sofía.

—Me ha gustado que mirara. Y me ha jodido un poco que me gustara.

—¿Por qué?

Sofía se encogió de hombros.

—Porque tú y yo ya hemos sido demasiadas cosas. No sé dónde coño colocar a Miguel.

—No tienes que colocarlo en ninguna parte.

—Ya. Pero tú me mirabas como si lo hubieras colocado por las dos.

Nuria guardó silencio.

—Puede que lo haya imaginado —admitió.

—Ya.

—No he dado nada por hecho.

—Nuria.

—Vale. Casi nada.

Sofía intentó mantener la seriedad y acabó riéndose.

—Eres una cabrona.

—Tú me conoces.

—Precisamente.

Nuria acercó la mano sobre el mantel. Sofía dejó que sus dedos se tocaran, pero esta vez no los entrelazó.

—¿Te has acostado ya con él? —preguntó.

—No.

—¿No?

—Anoche estuvimos a punto. Me tenía encima, con la camisa medio abierta y mi mano en su cremallera.

—¿Y qué pasó?

—Me paró.

Sofía abrió mucho los ojos.

—¿Miguel te paró a ti?

—Quería esquiar esta mañana.

Sofía se quedó mirándola antes de soltar una carcajada.

—No puede ser.

—Me dejó con las tetas fuera y se fue a dormir.

—Joder. Me habría encantado verte la cara.

—Le llamé cabrón.

—Poco.

—Varias veces.

—Mejor.

Compartieron la tarta durante unos segundos.

—Tiene peligro —dijo Sofía.

—Ya.

—Y tú no sabes esperar.

—Él me está enseñando.

—Eso me preocupa más.

Nuria sonrió, pero Sofía volvió a mirar hacia la barra.

—No sé si me gusta él o que me haya mirado así.

—No tienes que decidirlo hoy.

—Gracias, mamá.

—Gilipollas.

Sofía le dio un golpe con el hombro. La broma recuperó parte de la cercanía, no toda.

Miguel se despidió de Jesús poco después y empezó a regresar hacia la mesa. Sofía lo vio acercarse, cogió la última cucharada de tarta y dejó el plato vacío justo cuando él apartaba la silla.

—¿No me habéis dejado nada?

—Has tardado demasiado —dijo Sofía.

Miguel miró el plato vacío.

—¿Qué me he perdido?

—Nada que vayamos a contarte.

Miguel miró primero a Sofía y después a Nuria.

—Entendido.

Se sentó sin preguntar. Nuria cogió la taza para ocultar una sonrisa que Sofía no compartió. El camarero llegó con la cuenta y dejó la bandeja en el centro. Sofía abrió el bolso, pero Miguel ya había sacado la tarjeta.

—Ni se te ocurra —dijo ella.

—La reserva era mía.

—Y yo me he acoplado a mitad del día.

—Invitas tú la próxima.

Sofía lo miró mientras guardaba de nuevo la tarjeta.

—Vale. Pero elijo yo el sitio.

—Eso puedo aceptarlo.

—Y el vino.

Miguel negó con la cabeza.

—Eso tendremos que discutirlo.

Sofía sonrió.

—Perfecto.

Nuria los miró por encima de la taza.

—Os habéis entendido rapidísimo.

—No te pongas celosa, cariño —dijo Sofía.

Nuria soltó una risa.

—Sueña.

El camarero devolvió la tarjeta y Miguel se la guardó mientras Sofía terminaba de ponerse la chaqueta.

—Esta noche iba a hacer algo ligero en casa —dijo él—. Si te apetece venir, hay de sobra.

Sofía se quedó con una mano en la cremallera y miró a Nuria antes de contestar.

—Me apetece, pero he venido con gente. Ya he desaparecido toda la mañana y para comer; si tampoco vuelvo esta noche, van a mandarme a la mierda.

—Con razón —dijo Nuria.

—Gracias por el apoyo.

—Para eso estamos.

Sofía terminó de abrocharse.

—Otro día.

Miguel asintió.

—Hecho.

Salieron del asador después de despedirse de Jesús. El sol empezaba a ablandar la nieve acumulada en los tejados y el agua caía desde los aleros sobre los montones blancos junto a la fachada; caminaron hacia los coches hablando de las pistas y de la comida, hasta que Sofía se detuvo junto al X4.

—Bueno.

Se volvió hacia Miguel.

—Me ha encantado conocerte.

—Igualmente.

Sofía lo abrazó brevemente y, al separarse, dejó una mano un instante sobre su brazo.

—Gracias por la comida.

—La próxima corre de tu cuenta.

—No se me olvida.

Luego se acercó a Nuria y la abrazó con más fuerza. Nuria le rodeó la cintura y reconoció su perfume bajo el olor a leña prendido en la ropa.

—Llámame un día de estos —murmuró Sofía.

—Te llamo.

—No me lo digas para que deje de darte la lata.

Nuria se apartó lo suficiente para mirarla.

—Que sí, pesada. Te llamaré.

Sofía asintió.

—¿Estás bien? —preguntó Nuria.

—Sí. Un poco removida.

—¿Por Miguel?

Sofía negó con la cabeza.

—Por ti, idiota. Miguel solo estaba sentado enfrente.

Nuria entendió que no era el momento de seguir preguntando.

Sofía le dio un beso en la mejilla y caminó hacia el Audi. Antes de entrar se volvió hacia los dos.

—Pasadlo bien.

—Tú también —dijo Nuria.

Sofía miró a Miguel.

—Nos vemos, Miguel.

—Nos vemos.

Entró en el coche. Nuria esperó a que encendiera las luces y, cuando volvió la cabeza, Miguel ya había abierto la puerta del acompañante.

—¿Volvemos?

—Sí.