48 segundos CAPÍTULO 8 La tercera silla
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CAPÍTULO 8 La tercera silla

El aroma de la leña de encina les llegó antes de cruzar la puerta.

El asador estaba lleno y desde la cocina salían voces, golpes de cuchillo contra las tablas y platos que atravesaban el comedor.

Un camarero pasó junto a ellos con un chuletón sobre una bandeja de hierro y Sofía siguió el rastro de humo hasta que desapareció entre las mesas.

—Menos mal que he aceptado.

—Todavía puedes arrepentirte —dijo Nuria.

—Después de oler eso, ya no.

Miguel había avanzado pocos pasos cuando Jesús salió de detrás del mostrador con las mangas de la camisa remangadas y una mancha de harina junto al puño.

—¡Miguel!

Se abrazaron.

—Hacía tiempo que no te dejabas ver.

—Desde el puente de diciembre.

—Para ti eso es mucho.

—He tenido trabajo.

—Siempre tienes trabajo.

Jesús se volvió hacia Nuria y Sofía.

—Ellas son Nuria y Sofía —dijo Miguel.

—Jesús Sanjuán. Encantado. Bienvenidas.

—Huele de maravilla —dijo Sofía.

—Eso es porque aún no habéis probado nada.

Tomó tres cartas del mostrador y les indicó que lo siguieran.

—Os he guardado la mesa del ventanal. Estaba preparada para dos, pero añadir una silla es de las pocas cosas que podemos improvisar sin estropear la cocina.

Jesús miró a Nuria y después a Sofía.

—Entonces, ¿la mañana ha ido bien?

—Mejor de lo previsto —respondió Nuria.

La mesa estaba junto a un ventanal empañado en las esquinas.

Más allá del cristal se veía la ladera cubierta de nieve y una parte del aparcamiento entre los árboles.

Las dos sillas originales continuaban enfrentadas; la tercera había sido añadida en uno de los laterales, ligeramente desplazada hacia el pasillo.

Nuria ocupó una de las sillas originales y Miguel se sentó frente a ella. Sofía dejó la chaqueta en el respaldo de la tercera y tuvo que mover una copa para hacerse sitio. Desde allí podía verlos a los dos, pero cada vez que pasaba un camarero debía acercarse un poco más a Nuria.

Un camarero dejó las cartas y una carpeta de piel con los vinos. Sofía abrió esta última mientras Nuria se servía agua.

—Sigue haciéndolo.

—¿El qué? —preguntó Miguel.

—Empieza por lo que no piensa pedir —dijo Nuria.

Sofía pasó una página sin levantar la vista.

—Estoy entre el Mauro VS y el Flor de Pingus.

—Mauro —respondió Miguel.

—¿Tan rápido?

—Jesús guarda bien el vino y ese está para abrirlo.

Sofía cerró la carpeta.

—Mauro, entonces. Si no te gusta, no protestes.

—Pediré otra botella.

—Eso facilita bastante las cosas.

El camarero se acercó y Sofía pidió la botella. Después abrieron las cartas de comida. Jesús regresó antes de que pudieran decidir y apoyó las manos en el borde de la mesa.

—No miréis demasiado. Hay croquetas, alcachofas, verduras y tomate. Después os pongo carne. Tengo un chuletón de buey que está diciendo «cómeme».

—¿Nos vas a permitir elegir algo? —preguntó Miguel.

—El punto.

—Poco hecha —dijeron Nuria y Sofía al mismo tiempo.

Jesús miró a Miguel.

—¿Ves qué fácil?

—Estoy en minoría antes de empezar.

—No pareces acostumbrado —dijo Sofía.

—Puedo adaptarme.

Nuria cogió un pedazo de pan.

—No te fíes.

Miguel se volvió hacia ella.

—Nos conocemos desde el miércoles de la semana pasada.

—Han sido intensos.

Jesús soltó una carcajada y recogió las cartas.

—Traeré comida antes de que esto se complique.

El vino llegó mientras se quitaban el calor de la ropa y terminaban el primer vaso de agua. Sofía comprobó la etiqueta, probó una pequeña cantidad y asintió. El camarero llenó las copas.

—Está estupendo —dijo ella.

Miguel lo probó.

—Sí.

—Qué entusiasmo.

—Te he dado a elegir el vino y te he dado la razón. No abuses.

Sofía alzó la copa hacia Nuria.

—Me cae mejor de lo que esperaba.

—Dale tiempo.

Llegaron las croquetas. Sofía abrió una con el tenedor y dejó que escapara el vapor.

—Jamón.

Nuria probó la otra.

—Boletus.

Miguel eligió de la primera fuente sin preguntar.

Durante unos minutos se ocuparon de la comida. Las croquetas estaban demasiado calientes para comerlas deprisa y el pan desaparecía casi al mismo ritmo. Cuando llegaron las verduras, Nuria dejó un trozo de calabacín en el plato de Miguel.

—A ver si este tiene el grosor correcto.

Sofía miró de uno a otro.

—¿Qué me he perdido?

—Anoche cortó un calabacín como si estuviera probando mi paciencia.

—Una tira salió más gruesa.

—Una.

—Habría tardado más en hacerse.

Sofía examinó el calabacín del plato de Miguel.

—Parece grave.

—Lo era —dijo él.

—¿Y cómo resolvisteis la crisis?

—Se lo lancé.

Sofía empezó a reírse.

—Os conocéis desde hace poco más de una semana y ya os tiráis comida en la cocina.

—Ella me tira comida. Yo cocino.

—Hizo una lubina estupenda —reconoció Nuria.

—Gracias.

—También abrió un Château Margaux.

Sofía dejó el tenedor sobre el plato.

—¡Hostia! Eso mejora bastante la historia.

—La colección la empezó su abuelo. Hay botellas que siguen colocadas donde las dejó su padre.

Miguel bebió un poco de vino. Nuria advirtió que no le molestaba que lo contara, aunque tampoco parecía dispuesto a convertir la comida en una visita guiada por su familia.

El chuletón llegó sobre una bandeja de hierro. Jesús lo cortó delante de ellos, separó las piezas más hechas de los extremos y dejó el centro rojo y caliente.

—Si necesitáis más calor, lo pedís. Aunque preferiría que no destrozarais la carne.

—No será necesario —dijo Sofía.

—Sabía que podía confiar en alguna de las dos.

Jesús se llevó el cuchillo y los dejó sirviéndose. Durante unos minutos apenas hablaron; la carne estaba en su punto y Sofía, después del primer bocado, cerró los ojos un instante antes de señalar el plato con el tenedor.

—Vale. Por esto he abandonado a mis amigos.

Miguel se sirvió un poco más de vino.

—Todavía puedes recuperarlos.

—No los conoces.

—Entonces tampoco parece una pérdida irreparable.

Sofía levantó la vista hacia él, divertida.

—Qué práctico eres.

—Te lo dije —intervino Nuria—. Todo lo convierte en un problema que se puede resolver.

—No todo.

Miguel dijo aquello mirando a Nuria.

—Ajá.

Nuria la conocía demasiado bien.

—Ni se te ocurra.

—¿Qué?

—Esa cara.

—No estoy poniendo ninguna cara, tía.

—Claro.

Sofía sonrió mientras cortaba otro trozo.

—Solo estoy entendiendo cosas.

Miguel miró de una a otra.

—¿Tengo que preocuparme?

—Todavía no —respondió Sofía.

Nuria soltó una risa.

—No le hagas caso. Le encanta llegar a un sitio y enterarse de todo en diez minutos.

—Deformación profesional.

—Cotilla desde mucho antes de ser fiscal.

Sofía aceptó el golpe con una sonrisa.

—También.

Miguel bebió un poco de vino.

—Eso explica bastantes cosas.

—¿Ves? —Sofía señaló a Nuria con el tenedor—. Me cae bien.

—Llevas diciéndolo desde esta mañana.

—Porque va mejorando.

Nuria negó con la cabeza y volvió al plato.

—Qué peligro tenéis los dos.

Sofía la miró un segundo sin dejar de sonreír.

—Relájate, cariño. Estamos comiendo.

—Eso es lo que me preocupa.

Nuria cortó otra porción de carne y la dejó en el plato de Sofía antes de servirse. Sofía ni siquiera levantó la vista para darle las gracias.

—Bueno —dijo ella—. ¿Quién ha ganado esta mañana?

—Yo —respondió Nuria.

—No hubo resultado —dijo Miguel casi al mismo tiempo.

Sofía los miró a los dos y sonrió.

—Vale. Ya entiendo.

—Tuvo que frenar por una familia —explicó Nuria—. Yo llegué primero.

—Eso no cuenta.

—Llegué primero.

—Mañana repetimos.

—Perfecto.

Sofía bebió un poco de vino.

—Te aviso de que cuando se pone así es bastante insoportable.

—Lo estoy descubriendo.

Nuria los señaló con el cuchillo.

—No os hagáis amiguitos tan rápido.

—Un poco tarde —dijo Sofía.

Miguel sonrió y siguió comiendo.

—Cuando vivíamos juntas era peor —añadió ella—. Si se le metía algo en la cabeza, yo podía acompañarla o esperar a que volviera.

Miguel levantó la vista.

—¿Vivisteis juntas?

—Casi un año —dijo Nuria.

—Once meses —corrigió Sofía.

—Eso es casi un año.

—Cuando eres tú la que paga el alquiler, no.

Nuria soltó una risa.

—Pagábamos las dos.

—Sí, pero yo llevaba las cuentas.

Miguel dejó la copa sobre el mantel.

—Eso ya explica quién mandaba de verdad.

Sofía lo miró, divertida.

—Gracias. Por fin alguien lo entiende.

—No te vengas arriba —dijo Nuria.

Sofía se inclinó ligeramente hacia Miguel.

—¿Sabes que reorganizaba el lavavajillas después de que yo lo pusiera?

—Porque lo hacías fatal.

—Es un lavavajillas, cariño.

—Precisamente.

Miguel empezó a reírse.

—No sé de qué te ríes —dijo Nuria—. Tú harías exactamente lo mismo.

Él dejó de sonreír un segundo.

—Probablemente.

Sofía indicó a Miguel con una inclinación de la copa.

—¿Ves? Este hombre te comprende.

—Eso empieza a preocuparme.

Sofía cortó otro trozo de carne mientras Miguel llenaba las copas.

—Ahora quiero saber cómo empezó todo —dijo él.

Nuria lo miró.

—No quieres.

—Sí quiero.

Sofía dejó el tenedor.

—Llegó cuarenta minutos tarde a nuestra primera cita.

Miguel volvió la cabeza hacia Nuria.

—No te imaginaba llegando tarde.

—Salí tarde del hospital.

—La urgencia había terminado bastante antes —dijo Sofía.

—Tenía que ducharme.

—Y cambiarte.

—Una vez.

Sofía negó despacio.

—Tres.

—Dos.

—Tres, Nuria. Llegaste con una bolsa en la que llevabas otros dos vestidos.

Miguel tuvo que dejar la copa.

—Eso es bastante difícil de defender.

—Gracias —dijo Sofía.

Nuria los miró a ambos.

—Qué bien. Cinco minutos juntos y ya formáis equipo.

—No exageres —respondió Miguel—. Solo estamos estableciendo los hechos.

—Fiscal y cirujano. Fantástico.

Sofía sonrió.

—Te pusiste nerviosa.

—No estaba nerviosa.

—Claro.

—Quería estar guapa.

La respuesta hizo que Sofía se callara un momento.

—Lo estabas.

Nuria la miró y la sonrisa le cambió apenas.

—Tú también.

Miguel bebió vino sin apartar del todo la atención de ellas.

Sofía fue la primera en romper el momento.

—Luego se quedó a dormir.

—Porque hacía un frío de cojones —dijo Nuria.

Miguel soltó una carcajada.

Sofía lo acompañó.

—Llevábamos horas follando, pero al parecer el problema era la calefacción.

—Era enero.

—Claro, cariño.

Nuria intentó mantener la seriedad y acabó riéndose con ellos.

—Sois unos hijos de puta.

—Yo acabo de llegar —dijo Miguel.

—Y te estás adaptando demasiado bien.