CAPÍTULO 7 La nieve #2
Durante las siguientes bajadas alternaron zonas rápidas con otras técnicas.
A veces Miguel abría la pista y ella utilizaba sus huellas para localizar las placas; otras, Nuria elegía el recorrido y él se mantenía detrás hasta que el terreno se ensanchaba.
Dejaron de competir en cada pendiente, pero ninguno obligó al otro a esperar.
El sol terminó imponiéndose a las nubes. La nieve se desprendía de las ramas en golpes blandos; crecían las colas y el murmullo de la estación sustituía la quietud de las primeras horas. Cerca de la cafetería superior, Miguel se descalzó un esquí.
—Necesito café.
—¿Cansado?
—Necesito café.
Después de toda la mañana bajando pistas, Nuria apenas había pensado en el hospital. Tenía las piernas cargadas y la cara fría, pero por primera vez desde la intervención no estaba pendiente de titulares, llamadas ni de lo que tendría que encontrarse el lunes al volver a Madrid.
—Hacía tiempo que no disfrutaba tanto esquiando.
Miguel bebió un poco de café.
—Se te nota.
Una voz llegó desde el otro lado de la terraza.
—¡Nuria!
Ella volvió la cabeza. Una mujer avanzaba entre las mesas con los esquís al hombro, chaqueta roja y el casco bajo el brazo.
Nuria tardó un segundo en reaccionar.
—¿Sofía?
Sofía dejó los esquís contra la barandilla y sonrió de una forma que Nuria habría reconocido en cualquier parte.
—No me lo puedo creer.
Nuria ya estaba levantándose cuando llegó hasta ella. Se abrazaron con fuerza y, al separarse, Sofía continuó sujetándola por los brazos mientras la miraba.
—Qué fuerte encontrarte aquí.
—Ya ves.
—Estás guapísima.
—Tú también.
Sofía sonrió y le recolocó el cuello de la chaqueta, que se había doblado hacia dentro.
—Me alegro muchísimo de verte.
—Yo también.
Nuria seguía sonriendo cuando recordó que Miguel estaba delante.
—Perdón. Miguel, ella es Sofía.
Él se puso en pie. Sofía lo miró un momento y entonces lo reconoció.
—Claro. Miguel Cortés.
—Hola.
Se dieron dos besos.
—He tardado en situarte —dijo Sofía—. Últimamente te veo más en una pantalla que a gente que conozco.
—No es voluntario.
—Ya me imagino.
Miró a Nuria y la sonrisa perdió algo de ligereza.
—He visto lo de esta mañana. Han publicado tu nombre.
—Y el hospital.
—Sí.
Acercó una silla y dejó el casco bajo la mesa.
—¿Te ha llamado alguien?
—No lo sé. Tenemos los teléfonos apagados desde esta mañana.
Sofía levantó ligeramente las cejas, pero no hizo ningún comentario.
—¿Y en Asterión?
—De momento, lo habitual: comunicados, reuniones y gente procurando no decir nada.
—Qué maravilla.
Nuria hizo una mueca.
Sofía la observó unos segundos.
—¿Estás bien?
—Sí.
No insistió.
—Luego hablamos.
—Luego.
Miguel volvió a sentarse y Sofía miró hacia las pistas.
—¿Qué habéis bajado?
—La negra dos veces.
Sofía miró a Nuria.
—¿Sin perder ningún esquí?
Nuria dejó el café sobre la mesa.
—Ni se te ocurra.
Miguel sonrió.
—Ahora quiero saberlo.
—El año pasado —empezó Sofía— esta mujer entró demasiado rápida en una curva y acabó bastante lejos de donde pretendía.
—Había hielo.
—Había una pista de esquí en invierno. Algo de hielo era previsible.
—Venías detrás y no viste nada.
—Venía detrás porque alguien tenía que recogerte.
Miguel soltó una risa.
Nuria lo miró.
—No la animes.
—No estoy haciendo nada.
—Eso decía ella cuando salíamos juntas.
Sofía sonrió.
—Y casi siempre era verdad.
Miguel pasó la mirada de una a otra, pero no preguntó nada.
Sofía continuó contando cómo había encontrado uno de los esquís veinte metros más abajo mientras Nuria corregía los detalles que no le convenían; entre las dos reconstruyeron la caída, el guante que Sofía perdió después y la comida que terminó alargándose hasta media tarde.
Sofía consultó el reloj.
—Me tengo que ir. He quedado abajo con unos amigos y ya debo de llevar diez minutos de retraso.
Se puso los guantes y cogió el casco.
—¿Coméis aquí?
—Tenemos reserva a las dos en Guadarrama —dijo Miguel—. Si te apetece venir, llamo y añado una persona.
Sofía lo miró y después buscó a Nuria.
—¿Seguro?
—Claro. Vente.
—No quiero cambiaros el plan.
—No lo cambias.
Sofía sonrió.
—Pues me apetece.
—A la una y media delante de Venta Arias —dijo Miguel.
—Perfecto.
Antes de marcharse, Sofía abrazó otra vez a Nuria y le dio un beso en la mejilla.
—Luego hablamos con calma.
—Sí.
—Y no te agobies con lo de esta mañana.
Nuria sonrió.
—Intentaré obedecerte por una vez.
—Sería una novedad.
Sofía se separó y cogió los esquís.
—Hasta luego.
—Hasta luego —respondió Miguel.
Nuria la vio alejarse entre las mesas hasta perderla de vista entre la gente. Cuando volvió a la mesa, Miguel le acercó el casco.
—Fue tu pareja.
Nuria lo miró.
—Sí. Estuvimos juntas año y medio.
Miguel asintió mientras se ajustaba un guante.
—Es muy guapa.
—Sí, lo es.
No hubo incomodidad en la respuesta. Nuria cogió el casco y se lo puso mientras una sonrisa pequeña le aparecía en la boca.
—Venga. Nos queda casi una hora.
Miguel la observó un instante más antes de calzarse los esquís.
Volvieron a las pistas.
Poco antes de la una, el aparcamiento estaba ocupado por familias, monitores y grupos que se cambiaban entre los coches. Miguel guardó el material en el X4. Nuria se había quitado el casco cuando vio acercarse a Sofía, ya con otro calzado y las gafas sobre la cabeza.
—¿Vienes con nosotros? —preguntó.
Sofía señaló un Audi A3 blanco unas plazas más abajo.
—Os sigo. Así puedo volver cuando quiera.
Era muy de Sofía: aceptar la invitación y conservar su propio coche para marcharse cuando quisiera.
—Me alegro de haberte encontrado.
—Yo también. Aunque vas a contarme qué haces aquí con él.
—Durante la comida.
—Y lo de la noticia.
—También.
Sofía ajustó el cuello de la chaqueta y se dirigió hacia su coche. Nuria ocupó el asiento del acompañante. Miguel arrancó sin preguntar qué quedaba pendiente entre ellas. En el retrovisor, el Audi blanco encendió las luces y salió detrás del X4.