48 segundos CAPÍTULO 7 La nieve
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CAPÍTULO 7 La nieve

Cuando Nuria abrió los ojos, una claridad blanca llenaba la habitación.

Cruzó descalza la alfombra y descorrió la cortina para encontrarse el jardín, la terraza y el camino de acceso enterrados bajo la nieve; las ramas de los pinos cedían por el peso, todavía caían algunos copos y, cerca del lindero, las huellas de un animal atravesaban la superficie intacta antes de perderse entre los árboles.

El teléfono seguía sobre la cómoda, medio oculto bajo el jersey, y allí lo dejó mientras se duchaba, se recogía el pelo y se vestía con la camiseta térmica, el pantalón de esquí y un jersey de lana.

La marca de la barba de Miguel bajo su oreja apenas se veía ya, aunque la encontró con los dedos al pasárselos por el cuello.

El olor a café y pan tostado le llegó antes de entrar en la cocina. Miguel estaba frente a los fogones con los pantalones de esquí puestos y las mangas de la camiseta térmica subidas hasta los antebrazos, removiendo unos huevos en una sartén.

—Buenos días.

Miguel miró el reloj.

—Siete y treinta y dos.

Nuria fue directa hacia el café.

—Después de lo de anoche, no te convenía subir a despertarme.

—Lo tuve en cuenta.

—Muy listo.

—Llevo despierto desde las siete.

Ella se sirvió una taza y bebió antes de mirarlo.

—Eso ya es problema tuyo.

Sobre la isla había zumo, fruta y varias rebanadas de pan; la botella de Margaux, recorchada, seguía junto a las copas de la noche anterior. Nuria dejó el teléfono donde pudiera verlo sin necesidad de tocarlo y se acercó al ventanal mientras el café le calentaba las manos.

Miguel pasó por detrás, la rodeó por la cintura y acercó la boca a la marca que todavía quedaba bajo su oreja.

—¿Has dormido bien?

—Del tirón. Aunque anoche hiciste todo lo posible por impedirlo.

Miguel sonrió contra su cuello y Nuria volvió la cabeza.

—No presumas.

Él le dio un beso corto antes de regresar a los fogones.

Hablaron de las pistas mientras desayunaban.

Miguel quería aprovechar las bajadas largas antes de que se llenaran y Nuria prefería subir cuanto antes, aunque la discusión duró poco porque ninguno tenía intención de pasar la mañana esperando remontes ni esquivando gente que apenas controlara los esquís.

—Si te veo haciendo cola veinte minutos, te hago una foto —dijo Nuria.

—No ocurrirá.

—Eso quiero verlo.

Miguel señaló con el tenedor hacia el exterior.

—Primero consigue llegar abajo sin enterrarte en medio metro de nieve.

—Preocúpate de seguirme.

La neblina entraba y salía entre los pinos mientras terminaban el desayuno, ocultando las cumbres cada pocos minutos. Los dos estaban vestidos para salir y los esquís esperaban fuera, pero ninguno parecía tener demasiada prisa por levantarse de la mesa.

Al terminar, Nuria llevó la taza a la isla mientras Miguel recuperaba el teléfono del cajón y lo encendía. Las notificaciones empezaron a entrar casi de inmediato y, entre ellas, apareció un mensaje de Jaime:

«Conecta el puto teléfono. Quiero verte el lunes a primera hora».

Nuria lo leyó por encima de su hombro.

—Tu abogado te echa de menos.

—Es muy cariñoso.

—Se nota.

Miguel dejó que siguieran entrando avisos mientras ella desbloqueaba su propio teléfono. El hospital había reforzado el acceso a la planta de Santacruz y varias alertas repetían la rueda de prensa de la tarde anterior; abrió una de ellas casi sin interés hasta que encontró su nombre en el titular.

—Joder…

Miguel dejó el suyo sobre la isla y se acercó.

El artículo la identificaba como la instrumentista que había declarado ante la comisión y hablaba de una «estrecha colaboración profesional» entre ambos, una expresión lo bastante ambigua para insinuar que su testimonio podía no haber sido imparcial.

—Vaya panda de hijos de puta. Solo he trabajado contigo en esa intervención.

Miguel leyó unas líneas por encima de su hombro.

—Lo saben.

—Pues están haciendo un esfuerzo enorme por fingir que no.

Volvió al principio y leyó otra vez su nombre.

Hasta entonces había soportado comentarios en el hospital, cámaras en la puerta y todo el ruido que rodeaba a Miguel; aquello era distinto.

Ahora alguien había cogido su declaración, le había añadido una relación que no existía cuando entraron en aquel quirófano y la había colocado en un titular.

Miguel extendió la mano.

—Pásamelo.

Nuria le envió el enlace y él lo reenvió a Jaime con un mensaje breve antes de bloquear la pantalla.

—Ya lo tiene.

—Perfecto.

Durante unos segundos ninguno tocó los teléfonos. Los avisos continuaban apareciendo en el de Miguel y una nueva notificación iluminó el de Nuria.

Ella fue la primera en mantener pulsado el botón lateral.

—A tomar por culo.

La pantalla se apagó.

Miguel la miró y después hizo lo mismo con el suyo.

—Hasta mañana.

Nuria abrió el cajón de la consola, dejó dentro su teléfono y apartó la mano para que Miguel colocara el suyo al lado; cerró después con un golpe suave y se guardó la llave del coche que había en el cuenco de la entrada.

—Ahora sí. Vamos a esquiar.

Se abrigaron en el recibidor y salieron al porche, donde el frío les golpeó la cara y la nieve cedió bajo las botas casi hasta los tobillos.

Miguel abrió paso con la pala mientras Nuria limpiaba los cristales y retiraba la acumulada junto a las ruedas; trabajaron entre bromas y algún empujón hasta que el color oscuro del X4 volvió a aparecer bajo la capa blanca.

Miguel guardó la pala, Nuria se sacudió la nieve de los guantes contra los pantalones y subieron al coche con la calefacción al máximo, dejando detrás la casa cerrada, el fuego todavía vivo y los dos teléfonos apagados dentro del mismo cajón.

Las máquinas todavía trabajaban en la zona más alejada del aparcamiento de la estación. El aire olía a gasóleo, madera húmeda y nieve removida. Se cambiaron las botas junto al maletero y descargaron cascos, bastones y esquís sin tener que repartirse las tareas.

Miguel se detuvo ante los Stöckli de Nuria.

—Son exigentes.

—Si sabes llevarlos.

Ella señaló las tablas italianas apoyadas al otro lado del coche.

—Blossom. Veremos si funcionan.

—Funcionan.

Nuria encajó la bota en la fijación y se bajó las gafas. Las nubes empezaban a abrirse sobre las cumbres.

Subieron al primer telesilla sin esperar.

El ruido de los motores quedó debajo, sustituido por el silbido del cable y el viento contra las protecciones.

Bajo sus botas se extendía el bosque; algunas ramas se liberaban de la nieve con sacudidas breves y dejaban caer nubes blancas.

Las primeras figuras descendían a lo lejos, pequeñas y silenciosas, por pistas que todavía conservaban las líneas de las máquinas.

Desde la silla distinguieron las bandas recién pisadas y las placas oscuras cerca de la cresta. La nevada ofrecía una capa limpia sobre un firme compacto y rápido. Miguel propuso una bajada amplia para comprobar el agarre. Nuria aceptó y, al llegar arriba, le cedió el paso.

—Tú delante.

Quería verlo esquiar.

Miguel tanteó los primeros giros antes de dejar correr las tablas. Su técnica era limpia y contenida, atenta a las zonas donde el viento había endurecido la superficie. Cuando la pista se abrió, Nuria cargó el peso sobre los esquís, cortó la trazada por la izquierda y lo adelantó.

La risa de Miguel se perdió detrás de ella.

Frenaron junto al remonte, levantando una nube fina.

—No esquías mal —dijo él.

—Tú tampoco estorbas.

—¿Otra vez?

Nuria señaló la pala superior con el bastón.

—Esta vez sin reconocer nada.

En la segunda bajada salió delante. Miguel apareció a su derecha después de los primeros giros.

Nuria eligió una línea directa; él aprovechó mejor la anchura y recuperó terreno en las zonas abiertas.

Durante un tramo descendieron casi en paralelo, separados por varios metros y por los abanicos de nieve.

Ella podía seguirlo por el sonido de sus cantos y afinaba el siguiente giro cada vez que lo oía acercarse por la derecha.

Más abajo, una familia atravesó la pista. Los dos redujeron la velocidad y la carrera se deshizo entre otros esquiadores. Llegaron a la explanada con pocos metros de diferencia.

—No hay resultado —dijo Miguel.

—Había gente.

—Precisamente.

La pista empezaba a llenarse. Ocuparon de nuevo una silla y dejaron bajo sus pies las trazadas mezcladas con decenas de líneas nuevas.

Un hombre bajaba por una pista lateral con un niño detrás. Cada vez que el pequeño se acercaba, el adulto alargaba los giros y recuperaba la distancia.

—Mi padre hacía lo mismo —dijo Miguel.

—¿No te dejaba alcanzarlo?

—Nunca. Todos los inviernos pensaba que iba a ganarle.

Nuria siguió al niño, empeñado en acercarse.

—Podía haberte dejado una vez.

—No tenía por qué.

La respuesta contenía el mismo respeto irritado con que había hablado de las botellas de la bodega. Nuria imaginó a Miguel de niño detrás de las huellas de su padre, intentando alcanzarlo sin conseguirlo. No preguntó.

En la estación superior se apartaron hacia una pista negra que descendía entre los pinos. Era estrecha y desaparecía tras varios cambios de rasante. Miguel examinó la primera pendiente.

—Aquí ya no vale correr.

—Baja tú.

—Quiero verte.

Nuria se impulsó. Los árboles encerraban el descenso y proyectaban sombras azuladas sobre la nieve.

Acortó los giros en el tramo estrecho, cargó el peso sobre el esquí exterior y dejó que las tablas corrieran cuando la pista volvió a abrirse.

Las placas endurecidas exigían precisión; una entrada demasiado rápida podía expulsarla hacia los márgenes.

Detrás, el sonido regular de Miguel conservaba la distancia sin invadir su línea.

Nuria no cambió su forma de esquiar porque Miguel fuera detrás.

Al final frenó junto a la señal del cruce. Tenía los músculos despiertos y calor bajo la chaqueta.

Miguel llegó después.

—¿Y? —preguntó ella.

—No esperaba que esquiaras así.

—Eso no es un elogio.

—Tendrás que conformarte.

Nuria volvió hacia el remonte. Había conseguido sorprenderlo y no necesitaba que lo adornara.