48 segundos CAPÍTULO 6 El refugio #2
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CAPÍTULO 6 El refugio #2

—Juntaba las que pensaba abrir con la misma gente.

Nuria miró de nuevo la fila.

—Eso explica bastante.

—No siempre. Cambiaba de idea continuamente.

Había varios huecos marcados por rectángulos limpios entre el polvo y Nuria pasó un dedo cerca de uno sin tocarlo.

—¿Y estas?

Miguel tardó un poco en contestar.

—Nunca supe con quién pensaba abrirlas.

Nuria levantó la copa y bebió sin decir nada. Miguel tampoco parecía necesitar que respondiera; se quedó apoyado en la mesa unos segundos, mirando aquella parte de la bodega antes de continuar.

—Después de morir mi padre tardé meses en volver aquí. Su chaqueta seguía colgada arriba, había dejado un libro abierto en el escritorio y esto estaba exactamente igual.

Nuria mantuvo la copa entre las manos.

—Pensaba venir por la mañana, recoger algunas cosas y volver a Madrid después de comer —continuó Miguel—. Me quedé una semana.

—¿Solo?

—Sí.

Señaló las estanterías con la copa.

—Una tarde empecé a ordenar esto. Aguanté media hora.

—¿Tú?

Miguel soltó una risa breve.

—Yo.

—Debió de ser grave.

—Bastante.

Nuria sonrió, pero él siguió mirando las botellas.

—Empecé a moverlas y de repente no sabía por qué coño estaba haciéndolo. Así que las volví a dejar como pude y no he vuelto a tocar esa parte.

—¿Hace mucho?

—Cuatro años.

Nuria bajó un poco la copa.

—Lo siento.

Miguel asintió y siguió andando entre las estanterías, sin cambiar de tema de inmediato. Le enseñó un rioja que habían abierto en el último cumpleaños de su madre celebrado allí y otra botella comprada durante un viaje a Burdeos con su padre.

—Discutimos desde Madrid hasta casi llegar a la frontera.

—¿Por qué?

—No me acuerdo.

Nuria lo miró.

—Mentira.

—Vale. Me acuerdo, pero era una gilipollez.

—Eso me cuadra más.

—Volvimos con el maletero lleno de vino y sin hablarnos durante dos horas.

—Una familia muy funcional.

—Muchísimo.

Siguieron recorriendo las baldas mientras Miguel recordaba comidas, viajes y discusiones que a veces terminaban alrededor de la misma mesa unas horas después.

No hablaba de precios ni de cosechas salvo cuando venían al caso; recordaba quién había comprado cada botella, dónde pensaban abrirla o quién estaba sentado allí cuando finalmente lo hicieron, y Nuria fue componiendo a sus padres a partir de aquellas historias sin necesidad de preguntarle demasiado.

Esa misma semana había visto su cara repetida en las pantallas de la cafetería y ahora lo tenía delante hablando de una discusión absurda con su padre durante un viaje a Francia.

Se detuvo frente a otra fila.

—¿Piensas beberte todo esto algún día?

Miguel echó un vistazo alrededor.

—Como siga al ritmo actual, necesitaría vivir unos ciento cincuenta años.

—Puedes pedir ayuda.

—Vas por la segunda copa y ya te estás ofreciendo voluntaria.

—Soy generosa.

Miguel llenó apenas el fondo de ambas.

—Empezaremos por terminar esta.

El frío había acabado atravesando el jersey de Nuria y ella se frotó los brazos.

—Ahora mismo empezaría por subir.

—Por fin estamos de acuerdo.

Apagaron las luces y regresaron a la cocina, donde el calor y el olor de la leña los alcanzaron nada más cerrar la puerta.

Miguel llevó la botella al salón y añadió un tronco a la chimenea mientras Nuria se descalzaba, se quitaba el jersey y se acomodaba en una esquina del sofá con las piernas recogidas, frotándose los pies fríos dentro de los calcetines.

Miguel se sentó cerca, tomó sus pies y los dejó sobre sus muslos.

—Estás helada.

—La visita guiada no incluía equipamiento polar.

Miguel le envolvió los pies con las manos y empezó a frotarlos bajo la manta mientras Nuria bebía mirando el fuego. Fuera nevaba con más fuerza y el jardín empezaba a desaparecer detrás del cristal.

—¿Abres botellas así cada vez que traes a alguien?

—No.

Miguel bebió sin soltarle el tobillo. Nuria dejó pasar la respuesta, aunque no tardó mucho en volver a mirarlo.

—¿Qué pensabas que iba a pasar este fin de semana?

—Ayer dudaba de que vinieras.

—Te dije que estaría preparada a las cinco.

—Después de hacerme trabajar bastante para conseguirlo.

Nuria sonrió.

—Querías estar seguro.

—Quería saber que venías porque te apetecía.

—Me apetecía.

—También necesitabas salir de Madrid.

—Las dos cosas pueden ocurrir a la vez.

El pulgar de Miguel recorrió despacio la parte interior de su tobillo y Nuria sintió el movimiento bastante más arriba. Bajó la copa.

—¿Y por qué aquí?

—Porque quería tenerte dos días para mí.

Nuria arqueó una ceja.

—Eso ha sonado bastante posesivo.

—No era la intención.

—Ya.

Miguel sonrió antes de beber.

—Aquí consigo desconectar. Más o menos.

—Contigo el «más o menos» debe de ser un triunfo.

—No tienes ni idea.

Nuria apartó la manta, dejó los pies en la alfombra y se acercó hasta quedar junto a él.

—Entonces dime una cosa.

—Dime.

—¿Qué quieres de mí?

Miguel la miró un momento.

—Este fin de semana, conocerte fuera del hospital.

Nuria esperó.

—¿Y?

—Follarte.

La risa le salió antes de poder contenerla.

—Gracias. Empezaba a preocuparme.

—No parecía.

—Disimulo muy bien.

Se sentó a horcajadas sobre él y Miguel apoyó las manos en sus caderas.

—Llevas toda la tarde tocándome y apartándote.

—Tú tampoco has sufrido demasiado.

—No cambies de tema.

—No lo estoy cambiando.

Nuria le agarró el pelo.

—Estás jugando conmigo.

—Un poco.

—Cabrón.

Lo besó antes de que pudiera responder. Miguel le sujetó la nuca y durante unos segundos mantuvo la misma calma de antes, hasta que Nuria apretó las caderas contra él y notó su erección bajo los vaqueros.

Ella sonrió contra su boca.

—Eso me gusta más.

—No empieces.

—¿Ahora te pones nervioso?

Miguel la atrajo con más fuerza y Nuria dejó de hablar.

El beso cambió. El sabor de vino seguía entre los dos mientras las manos de Miguel bajaban por su espalda y ella volvía a moverse sobre él, buscando el contacto a través de los vaqueros.

Miguel le abrió el primer botón de la camisa, después otro, y bajó la boca por su cuello hasta encontrar la zona bajo la oreja que ya sabía que la hacía reaccionar.

Nuria inclinó la cabeza y cerró los dedos en su pelo.

—Ahí.

Miguel repitió el mordisco, esta vez más despacio.

—Joder…

Ella volvió a rozarse contra él y las manos de Miguel terminaron en sus nalgas, apretándola contra su cuerpo.

La contención que había mantenido desde la cocina empezaba a desaparecer y Nuria lo notó en la forma de besarla, en sus dedos hundidos sobre sus vaqueros y en la respiración más rápida contra su cuello.

—No pares ahora.

Miguel levantó la cara.

—Si seguimos, subimos.

Nuria buscó el botón de sus vaqueros.

—¿Y cuál es el problema?

—Querías esquiar mañana.

Ella soltó una carcajada.

—Miguel, son las diez de la noche.

—Lo sé.

—Y estoy sentada encima de ti intentando quitarte los pantalones.

Miguel miró la mano que tenía sobre el cierre.

—También lo había notado.

—Entonces deja de hablar de esquiar.

Nuria volvió a besarlo mientras abría el primer botón de sus vaqueros. Miguel respondió al beso y la apretó contra él hasta arrancarle un gemido; cuando ella llevó de nuevo la mano hacia la cremallera, le sujetó la muñeca.

Nuria se separó lo justo para mirarlo.

—No me jodas.

Miguel sonrió.

—Mañana.

—¿Mañana?

—Primero esquiamos.

Ella intentó recuperar la mano, pero él no la soltó.

—Eres un cabrón.

—Probablemente.

Nuria le mordió el labio y Miguel respondió con otro movimiento de las caderas, lento y deliberado, antes de soltarle la muñeca y apoyar las manos en el respaldo del sofá.

Eso fue peor.

—Lo estás haciendo aposta.

—Sí.

Nuria lo miró durante un segundo, incrédula, antes de echarse a reír.

—Te voy a hacer pagar esto.

—Mañana tienes todo el día.

—No sabes la mala idea que acaba de ser esa frase.

Miguel seguía excitado debajo de ella y no hizo ningún esfuerzo por ocultarlo. Nuria permaneció un momento más sobre sus piernas, tentada de ignorarlo y continuar.

Se inclinó hasta rozarle la boca.

—Disfruta de tu victoria.

—Pienso hacerlo.

—Capullo.

Lo besó una última vez y salió de su regazo antes de cambiar de opinión, abrochándose la camisa mientras recuperaba la manta. Miguel continuó sentado, con la polla apretada contra los vaqueros y bastante menos sereno de lo que pretendía aparentar.

Cuando el fuego empezó a bajar llevó la botella y las copas a la cocina. Nuria recuperó el teléfono y encontró mensajes de Eva y dos notificaciones del hospital; leyó el nombre de su amiga, bloqueó la pantalla y dejó el aparato boca abajo.

Subieron juntos mientras la madera crujía bajo sus pasos. Al llegar al pasillo, Miguel miró el reloj.

—Desayuno a las siete. Salimos a las siete y media.

Nuria se volvió despacio.

—Después de lo que acabas de hacerme, ¿pretendes despertarme a las siete?

—Ese era el plan.

—Como entres en mi habitación antes, te parto un esquí en la cabeza.

—Los has dejado junto al garaje.

—Tienes cuchillos.

Miguel se acercó y le besó la piel enrojecida bajo la oreja, demorándose lo suficiente para que Nuria cerrara los ojos.

—Buenas noches.

Ella volvió a abrirlos.

—Vete a la mierda.

Miguel sonrió y siguió hacia su habitación.

Nuria cerró la puerta de la suya y permaneció unos segundos apoyada contra ella. Al otro lado oyó los pasos de Miguel y poco después el agua de la ducha; se quitó la camisa, encontró en el espejo la marca de su barba y tuvo que contener las ganas de abrir de nuevo la puerta.

Se puso el pijama a medias y acabó sentada en el borde de la cama con la parte de arriba en las manos. Bastaban unos pasos por el pasillo para terminar lo que él había decidido interrumpir.

El agua seguía corriendo.

Nuria apretó los muslos.

—Cabrón…

Terminó de vestirse y se metió bajo el edredón.

El agua se cortó poco después y durante unos segundos escuchó el silencio del pasillo, esperando unos pasos que no llegaron. Sonrió en la oscuridad, excitada y bastante más despierta de lo que convenía si Miguel pensaba sacarla de la cama a las siete.