48 segundos CAPÍTULO 6 El refugio
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CAPÍTULO 6 El refugio

El minuto concedido se alargó bastante más en el recibidor, hasta que Nuria terminó separándose de él para colgar el anorak y seguirlo hasta la cocina, con las manos frías por el paseo y la piel alrededor de la boca sensible por el roce de la barba.

—¿Qué hago?

Miguel se lavó las manos y señaló las verduras.

—Córtalas finas y más o menos del mismo tamaño.

—Sabía que esto venía con instrucciones.

Nuria empezó por el calabacín mientras él encendía el horno, secaba las lubinas y preparaba la sal; trabajaban en lados opuestos de la isla y tenían que cruzarse para alcanzar el fregadero, el aceite o alguna fuente, de modo que el orden inicial duró poco y pronto hubo pieles junto al cuchillo, sal gruesa sobre la madera y la hogaza abierta cerca de la tabla.

Miguel apartó una rodaja algo más gruesa con la punta del cuchillo.

—Esa se te ha escapado.

—Si vas a vigilarme, te doy el cuchillo.

Nuria siguió cortando sin mirarlo y él dejó la rodaja donde estaba. Cogió entonces la botella que ella había traído, abrió el albariño y sirvió las dos copas antes de añadir un poco a las verduras junto con el aceite, la sal y la pimienta.

Nuria bebió mientras Miguel llevaba la fuente hacia el horno.

—Martín Códax. Buena elección.

—El vino no lo dejo al azar.

Miguel volvió a probarlo.

—Concentras la disciplina en lo importante.

El calor empezó a empañar las esquinas de los cristales mientras Miguel pasaba por detrás de ella para alcanzar un cajón; tenía espacio de sobra, pero apoyó una mano en su cintura para apartarla apenas unos centímetros y dejó que el pulgar se moviera sobre el jersey antes de retirarlo.

Nuria siguió cortando el pan, demasiado pendiente del lugar donde acababa de sentirlo.

—El cajón estaba al otro lado.

Miguel sacó una cuchara de madera.

—Este también sirve.

Lo hizo con una tranquilidad que empezaba a irritarla.

Durante el paseo había esperado a que fuera ella quien lo besara y ahora encontraba cualquier excusa para tocarla sin terminar lo que empezaba, de modo que Nuria bebió un poco de vino y se acercó al horno hasta quedar detrás de él; cuando Miguel abrió la puerta, apoyó una mano en la encimera y se inclinó lo suficiente para que su pecho rozara su espalda.

—¿Cuánto falta?

—Veinte minutos.

Nuria hizo una mueca.

—Mucho.

Miguel cerró el horno y se volvió, dejándola entre su cuerpo y la encimera. Durante un instante pareció que iba a besarla; se acercó hasta casi rozarle la boca, pero alargó el brazo, cogió la copa que ella había dejado detrás y bebió antes de apartarse.

—Pon la mesa.

Nuria se quedó mirándolo mientras se alejaba con su copa.

El cabrón sabía perfectamente lo que estaba haciendo y, por mucho que empezara a impacientarla, tenía que admitir que le gustaba: no había ninguna duda sobre lo que acabaría ocurriendo entre ellos y precisamente por eso podían permitirse alargarlo.

La cena estuvo lista poco después y Miguel rompió la costra de sal antes de retirar la piel y separar los lomos; una parte de la segunda lubina se deshizo al pasarla a la fuente y Nuria alargó el plato antes de que pudiera arreglarla.

—Dámela.

—Puedo servirte una entera.

—No pienso verte reconstruir una lubina para que parezca perfecta.

Miguel dejó el trozo en su plato y, mientras Nuria repartía las verduras, llevó la fuente hasta la mesa del ventanal. Afuera había empezado a nevar; los copos cruzaban la luz del porche antes de deshacerse contra el cristal y la oscuridad había borrado ya el sendero por el que acababan de regresar.

Nuria probó el pescado, jugoso bajo la costra de sal, y después las verduras, que conservaban la textura.

—Está muy buena.

Miguel alzó la copa.

—¿A pesar de las verduras?

—Gracias a mis verduras.

Siguieron comiendo sin música, con el fuego del salón, el viento en la salida de humos y los pequeños golpes de la nieve contra el ventanal ocupando el fondo de la conversación.

Nuria llevaba toda la semana rodeada de compañeros repitiendo rumores, pacientes pendientes de las pantallas y periodistas apostados ante el hospital, de modo que agradeció poder quedarse callada delante de alguien sin que el silencio resultara incómodo.

Acabaron hablando de las pistas que podrían abrir por la mañana y de otras veces en que la previsión había fallado por completo.

Nuria recordó una jornada en la que condujo dos horas para encontrarse todos los remontes cerrados y Miguel le contó una subida desde Londres con varios cirujanos que terminó bajo la lluvia, con la carretera bloqueada y seis adultos discutiendo delante de un mapa que ninguno sabía volver a plegar.

—Tú habrías organizado la evacuación —dijo Nuria.

—Yo llevaba el mapa.

—Eso no responde.

—Conseguimos llegar a un restaurante.

La conversación derivó hacia comidas improvisadas a deshora, restaurantes de la sierra y guardias que terminaban delante de una tortilla fría.

Miguel recordó una noche en Londres, después de doce horas de cirugía, en la que seis médicos discutieron una técnica nueva frente a platos que ninguno recordaba haber pedido; mientras la contaba imitó el acento de un adjunto escocés, gesticuló más de lo habitual y acabó confesando que aquella misma noche se había dormido en un taxi con el abrigo puesto.

Nuria reconocía algunos de los hospitales y congresos que mencionaba; con el resto le bastaba seguirlo. Le gustaba verlo así, riéndose de los años en que podía encadenar una guardia con otra y considerarlo una demostración de resistencia.

—¿Los echas de menos? —preguntó cuando terminó la historia.

Miguel hizo girar la copa entre los dedos.

—Echo de menos poder hacer el ridículo en una sesión clínica y que se quedara allí.

Eso lo entendía mejor. Nuria cogió otro trozo de pan.

—Una vez cancelé una cena, apagué el teléfono y me quedé en casa comiendo queso delante del televisor.

Miguel la miró con atención.

—¿Toda la noche?

—Toda. Y no busqué otro plan.

—Empiezo a comprender tu lado oscuro.

Nuria le lanzó una miga de pan. Siguieron hablando de lo mal que se les daba parar después de un turno largo; ella solía acabar entrenando o preparando la semana y Miguel admitió que más de una madrugada había terminado ordenando papeles, armarios o cualquier cosa que le permitiera seguir despierto hasta que el cuerpo decidiera por él.

—No eres la persona adecuada para prescribirme reposo.

—Nunca se me ocurriría.

Cuando acabaron, Miguel recogió los platos y Nuria fue detrás con las copas; él protestó que era su invitada, pero ella ya había abierto el lavavajillas y empezó a colocar los cubiertos mientras él aclaraba las fuentes, cruzándose los dos varias veces delante del fregadero hasta convertir una cocina enorme en un espacio demasiado pequeño.

Al buscar una cuchara coincidieron frente al mismo cajón y Nuria le rozó el pecho con el hombro.

Miguel apoyó una mano en su cintura, deslizó el pulgar bajo el borde del jersey y esta vez lo dejó allí; ella volvió la cabeza y se encontró su cara tan cerca que notó el calor de su respiración antes de girarse entre sus brazos y buscarle la boca.

El beso empezó despacio, con el sabor del albariño entre los dos, pero cuando Nuria lo sujetó por la nuca Miguel respondió hasta dejarla apoyada contra la encimera; sus manos bajaron por su espalda y ella acercó las caderas, dispuesta a continuar allí mismo lo que llevaban aplazando desde que habían llegado.

Miguel se apartó apenas lo necesario para hablar.

—Quiero enseñarte algo.

Sacó una llave de una puerta integrada en el aparador. Nuria habría preferido que abriera el primer botón de su camisa, pero algo en la expresión de Miguel la hizo guardarse el comentario y seguirlo.

La escalera descendía bajo la casa entre muros de piedra y el aire se enfriaba a medida que dejaban atrás la cocina.

Miguel encendió una hilera de luces y al final apareció la bodega, con estanterías de roble, cajas abiertas y botellas acostadas bajo una capa de polvo que contrastaba con el orden de arriba; una tubería recorría el techo, junto a la puerta colgaba un termómetro amarillento y olía a humedad, corcho y madera.

Nuria se ajustó el jersey mientras avanzaba entre las baldas. Reconoció bodegas españolas y francesas, algunas habituales en restaurantes y otras con etiquetas gastadas por los años, además de huecos recientes entre botellas que parecían llevar allí desde mucho antes de que Miguel pudiera beberlas.

—Ahora entiendo la llave.

Él llegó hasta una mesa de madera al fondo.

—Mi padre se habría llevado un disgusto si alguien hubiera entrado aquí sin permiso.

Nuria recorrió las estanterías.

—¿Cuántas tienes?

—Ni idea.

—Eso no me lo creo.

—Sé cuántas cajas hay. Con las botellas dejé de contar hace años.

—Mucho más razonable.

Miguel sonrió y sacó una botella de una de las filas, limpiando el polvo de la etiqueta con un paño. Nuria reconoció el Château Margaux antes de que él terminara.

—¿Esa estaba esperando alguna ocasión especial?

—Mi abuelo decía que la mejor forma de estropear un vino era esperar demasiado para abrirlo. Mi padre convirtió la frase en una filosofía de vida bastante conveniente.

—Sobre todo para seguir comprando.

—Exactamente.

Introdujo el sacacorchos despacio, revisó el corcho y sirvió un poco en su copa para probarlo antes de llenar la de Nuria. Ella acercó el borde a la nariz y bebió un sorbo, encontrando fruta madura, madera y algo terroso que encajaba demasiado bien con aquellas paredes.

—Está muy bueno.

—Tenía que comprobarlo antes.

—Qué sacrificio.

Miguel bebió y dejó la botella sobre la mesa. Nuria siguió caminando, reparando en que algunas baldas mantenían un orden impecable mientras otras mezclaban regiones, bodegas y añadas sin ningún criterio que pudiera reconocer.

—Esto no lo has organizado tú.

Miguel miró hacia donde señalaba.

—Esa parte sí.

Los burdeos ocupaban dos baldas perfectamente ordenadas.

—Esa, desde luego.

—Al principio intenté hacer lo mismo con todo. Luego descubrí que mi padre tenía otro sistema.

—¿Cuál?

Miguel se acercó y señaló varias botellas mezcladas.